Arte y Letras Literatura

Gengis Kan, gol de oro

Detalle de portada de Cuando el mundo era mío, una novela sobre Gengis Kan de Eduardo Gil Bera. Imagen Círculo de Tiza.
Detalle de portada de Cuando el mundo era mío, una novela sobre Gengis Kan de Eduardo Gil Bera. Imagen: Círculo de Tiza.

El 10 de julio de 2016, me senté a ver la final de la Eurocopa entre Portugal y Francia. De Francia me enamora su lengua, su literatura, su gastronomía, su maravilloso art de vivre, y me parece que sus mujeres son las más bellas del mundo. Pero en el fútbol quiero que pierda siempre.

Si a esto le añadimos que llevaba varios años viviendo en Lisboa, se entenderá que fuese con Portugal a muerte. Bueno, a muerte, pero a la portuguesa. A muerte, pero como un hidalgo lusitano al que un excesivo consumo de sopa le ha suavizado el carácter. A muerte, pero con saudade.

Tras la temprana lesión de Cristiano Ronaldo, el partido transcurrió sin la menor emoción, con un invariable empate a cero que pronosticaba la menos heroica de las resoluciones: la tanda de penaltis. Llegamos así al minuto 79, momento en el que el seleccionador portugués realizó un cambio y entró al campo un tipo llamado Éder. Yo no tenía ni idea de quién era ese jugador, pero me impresionó su porte y tuve un presentimiento:

—Este tío —pensé— va a marcar el único gol del encuentro.

Y, en efecto, Éder marcó un golazo en la prórroga y Portugal do meu coração ganó la Eurocopa.

Años después de aquella final, hará cosa de mes y medio, coincidí con Eva Serrano, que es una de las editoras con el instinto más afilado para detectar el talento, y le pregunté por las novedades que iba a sacar en Círculo de Tiza. Eva me habló entonces de Cuando el mundo era mío, una novela sobre Gengis Kan escrita por un tal Eduardo Gil Bera, que se había publicado en Alianza hace catorce años y que ahora ella había rescatado para su editorial. Me sorprendió que publicara un libro de esa temática, que no me cuadraba con la línea de Círculo de Tiza, pero más aún que me dijera que el libro la había deslumbrado en su día y que una de las razones por las que creó su editorial fue para poder dar a la imprenta libros como ese.

A mí leer una novela sobre los mongoles me apetecía tanto como a vosotros: nada. No obstante, para no hacerle el feo a Eva, fingí un cierto interés por el libro y leí el primer párrafo, que dice así: «Hubo un tiempo en que los hombres creyeron que el centro del mundo coincidía con la plaza del mercado. Así pensaban los habitantes de las ciudades abominables. Les dimos caza, los exterminamos, ya no viven. Ni siquiera llegaron a saber que nosotros existíamos mucho antes que ellos».

Me sedujo la sentenciosa sonoridad de la prosa, con ecos de Borges, y me fijé en la foto del autor, que aparecía en medio del campo con una camisa de cuadros y sin saber muy bien a dónde mirar, con un aire descuidado de señor que pasaba por la estepa. Tuve entonces un pálpito similar al de la final de la Eurocopa y pensé:

—Este pavo va a marcar el único gol de la temporada.

Y es que hasta el 3 de junio pasado, en que se publicó Cuando el mundo era mío, el pronóstico de la literatura española durante este 2025-2026 había sido como el del enfermo que ni se muere ni comienza de nuevo a vivir: estable. Llevábamos meses en una calma chicha, fallando todos los tiros a puerta, y así llegamos a la prórroga de junio y julio, cuando se publica alguna que otra novela policiaca para pasar el verano y ya todo queda en suspenso hasta la rentrée de septiembre.

En esa desidia estábamos instalados cuando Eva Serrano hizo un cambio de última hora en la alineación y reintegró en el once de las letras españolas a un tipo que llevaba chupando banquillo catorce años:

—Calienta, que sales.

Eduardo Gil Bera (a partir de ahora, Éder Gil Bera) se calzó entonces sus viejas botas, hizo una carrerilla, robó un balón, disparó un pepinazo y marcó un gol por toda la escuadra que certificó que, por mucho que pasasen los años, el mundo seguía siendo suyo.

En la novela-gol de Éder Gil Bera, Gengis Kan nos cuenta la historia de su vida, con frases que tienen la contundencia de un hachazo y que incitan a leerlas en voz alta: «Nadie fue como yo. Y los que vinieron luego tampoco son comparables a mi memoria. No obedecí camino alguno, así que nadie podrá ver ahora su traza. Fui como el lobo: salí a dominar el mundo, para que todo fuera mi territorio; solo con eso, ya barruntaba hacia dónde debía galopar. No tuve guía, solo la manera de hacer de quien no se detiene, arrea sus rebaños hacia la mejor hierba y acaba con el enemigo. Solo confié en el fuego y la espada».

Lo del fuego y la espada no es un decir, sino que es el método exacto de Gengis Kan para unificar a los mongoles y derrotar a sus enemigos hasta crear un imperio descomunal. La clave es siempre la misma: repartir estopa a todo quisqui. Cuidado, chavales, que llega Gengis.

Precisamente, los verbos que más se repiten durante toda la conquista son exterminar y asolar, porque en el imperio mongol no hay Leyes de Indias, ni Controversia de Valladolid, ni Bartolomé de las Casas, ni hostias. Aquí los mongoles cortan cabezas como el que come pipas. En el tiempo que tardáis en leer esta columna, Gengis Kan ha cortado lo menos quince cabezas.

Se cepillan a tantos enemigos los mongoles que ya no saben ni cuántos son: «Cuatro esclavos hicieron el recuento de los muertos durante tres semanas. Y los soldados construyeron, en el lugar donde estuvo el gran mercado, dos clases de pirámides, unas con las cabezas, y otras, con las orejas derechas. Igual que en la caza de la liebre, por cada millar de muertos se colgaba uno patas arriba, sobre su pirámide. Era cómodo para el recuento y se veía de lejos».

Las masacres se convierten en algo tan cotidiano que se refieren sin otorgarles la menor importancia, y así leemos: «Entrada la primavera, atravesé el desierto de Gobi, asolé el país Hsia-Hsia y llegué ante su ciudad de Wulanhai». Para Gengis Kan, asolar un país es como tomarse un capuchino a media mañana.

Durante todo el libro se enfrentan dos visiones contrapuestas de la existencia: el nomadismo de los mongoles y la vida sedentaria de los hombres parados, a los que Gengis Kan califica continuamente de pestilentes y arrogantes. El hombre más poderoso de la Tierra no admira a los pueblos que han erigido templos, plazas y palacios, sino que los desprecia. Él, que todo lo posee, circunscribe sus días a su yurta, su rebaño y su eterno cabalgar por una estepa infinita.

Cuando el mundo era mío resulta fascinante por su lenguaje de hierro, sus diatribas que recuerdan a las de los héroes de la Ilíada y su tono similar al de las historias que se contaban hace siglos, a la luz de una hoguera, en el preludio de una batalla. Con esta novela, Éder Gil Bera, un verso suelto de nuestras letras, ha logrado este año lo que muchos autores con más partidos a sus espaldas anhelaban: el gol de la victoria. Y vaya gol. Golazo.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*