Hebras y nodos

A esto le falta culo

Ilustración de Pablo Amargo. a esto le falta culo
Ilustración de Pablo Amargo.

La mañana en que desaparecieron los bancos, mi vecina Amparo bajó a la calle con una bolsa de pan duro para las palomas y volvió con cara de haber visto a un concejal comerse un niño. En la plaza del Mercado, donde hasta el día anterior había seis bancos de madera con las iniciales de varias generaciones de imbéciles grabadas a navaja, quedaban unos rectángulos más claros en el suelo. Amparo, que tiene setenta y ocho años y la paciencia  de una persona que ya ha enterrado a dos perros y un marido, se quedó mirándolos un rato, dejó la bolsa junto a la papelera y dijo una frase preciosa, aunque ella la dijera sin intención literaria.

—A esto le falta culo.

Durante las primeras horas circuló la versión de que los habían retirado para restaurarlos. La ciudad siempre explica sus agresiones como quien manda un mueble al carpintero. Restaurar, reordenar, pacificar, dinamizar. Nadie roba un banco público a las siete de la mañana con un camión del Ayuntamiento; lo somete a un proceso. A media tarde, la web municipal publicó una nota donde se anunciaba la implantación de nuevas zonas de estancia activa, expresión que todos leímos varias veces porque tenía esa música de patada con informe. La ciudad, según la concejala de Espacio Amable, avanzaba hacia un modelo más flexible, más saludable y más adaptado a los flujos contemporáneos. Amparo cerró la noticia en mi móvil con el dedo índice, como si aplastara una cucaracha.

—Han quitado los bancos.

Y así era.

Al día siguiente aparecieron unos artefactos metálicos en los lugares donde antes se sentaba la gente. Parecían perchas para gigantes deprimidos. Tenían una barra inclinada, un respaldo mínimo y una placa que decía APOYO ERGONÓMICO DE BREVE ESTANCIA, patrocinado por una marca de agua mineral que vendía equilibrio interior en botellas de plástico. Uno podía recostarse allí durante unos minutos, siempre que tuviera menos de treinta años, las lumbares de un acróbata y ninguna intención de hablar con nadie. Los viejos los miraban con odio técnico. Los adolescentes los usaban para apoyar patinetes. Un turista alemán hizo una foto y sonrió con esa felicidad de quien confunde cualquier estupidez urbana con diseño nórdico.

La desaparición de los bancos cambió antes a los cuerpos que a las calles. La gente empezó a calcular sus trayectos por cafeterías, portales con escalón, farmacias donde se podía fingir interés por las vitaminas mientras las rodillas negociaban una tregua. Mi madre, que llevaba años dando un paseo después de comer para vigilar obras ajenas, redujo su recorrido hasta la esquina del estanco. Decía que la ciudad se había puesto en su contra con disimulo, como una nuera fina. Los niños seguían corriendo, porque los niños son indecentes y todavía creen que el suelo existe para ellos, pero los demás aprendimos pronto que quedarse quieta era una actividad sospechosa.

La plaza del Mercado, en cambio, empezó a llenarse de terrazas. Donde antes se sentaban cuatro jubilados a repartir diagnósticos sobre el país, apareció una fila de mesas altas con taburetes estrechos y precios capaces de hacer llorar a una empanadilla. El camarero, un chico con barba de barbero caro, nos explicó que no podíamos ocupar una mesa sin consumir. Lo dijo con pena profesional, como si la orden acabara de bajarle del cielo y no de un jefe que llamaba experiencia a cobrar tres euros por una caña servida en vaso triste.

Amparo inauguró la resistencia una semana después. Bajó con una silla plegable de camping, la abrió en mitad de la plaza y se sentó a dar pan a las palomas con la solemnidad de una reina cutre. A los diez minutos llegó un agente municipal en bicicleta. La bicicleta llevaba más equipamiento que un helicóptero y el agente llevaba esa cara de quien ha estudiado una oposición para acabar discutiendo con una anciana armada de migas.

—Señora, aquí no puede instalar mobiliario.

—Es mi culo —dijo Amparo—. Lo traigo de casa.

El agente tragó saliva. Yo estaba cerca, fingiendo mirar escaparates, y vi cómo buscaba una palabra que permitiera multarla sin parecer un villano de cuento infantil. Uso privativo del espacio público, dijo al cabo. Amparo le preguntó si las terrazas tenían el culo homologado. El agente miró las mesas, miró la silla, me miró a mí, que cometí el error de sonreír, y terminó pidiéndole que recogiera aquello por favor. El por favor fue su rendición.

La noticia corrió por el barrio con la velocidad de las cosas pequeñas cuando tocan un nervio. El sábado siguiente aparecieron once sillas plegables, dos taburetes de pesca, una banqueta de piano y un reposapiés que nadie supo explicar. Nos sentamos sin consumir nada. Eso, que dicho así parece una bobada, tuvo un sabor casi pornográfico. Estar en una plaza y no pedir. Ocupar un metro cuadrado sin justificarlo con un ticket. Hablar con una desconocida sin que hubiera una carta plastificada entre las dos. Una niña dejó su patinete tirado junto a la fuente y se sentó en el bordillo a mirar cómo su abuela discutía con un camarero sobre la diferencia entre convivencia y facturación.

El Ayuntamiento reaccionó con rapidez de plaga. Primero envió mediadores con chalecos color mandarina. Luego colocó carteles sobre el uso responsable del espacio compartido. Más tarde anunció un plan piloto de descanso ciudadano en colaboración con tres cafeterías del centro, donde las personas mayores podrían sentarse diez minutos en horario valle si adquirían una consumición saludable. Amparo preguntó si el café solo contaba como eutanasia o como merienda.

La ciudad se fue llenando de personas que llevaban su asiento bajo el brazo. La imagen resultaba ridícula y, por eso mismo, empezó a dar miedo a quien correspondía. En la calle Mayor, un grupo de señoras abrió una hilera de sillas frente a una tienda de souvenirs que vendía imanes con una ciudad sin viejos. En la plaza de la Catedral, unos estudiantes se sentaron en el suelo con carteles donde se leía PROHIBIDO PERMANECER SIN GASTAR. Yo llevé una silla azul heredada de mi padre, con una mancha de pintura en una pata, y al sentarme sentí una vergüenza rara, parecida a sacar una braga del bolso por accidente. Luego se me pasó. La dignidad, cuando se practica demasiado, acaba pareciéndose a un lujo.

Una tarde, al volver del trabajo, encontré a Amparo dormida en su silla, bajo la sombra mínima de un naranjo municipal. Tenía la boca abierta, las manos sobre el bolso y las palomas alrededor, esperando instrucciones. A su lado, alguien había dejado un cartel escrito a rotulador.

ESTANCIA ACTIVA DE LARGA DURACIÓN.

Me senté junto a ella sin hacer ruido. Durante un rato la ciudad siguió funcionando a nuestro alrededor con su ruido de maleta, cafetera, rueda de carrito y persiana de tienda cara. Un turista se detuvo, nos hizo una foto y se marchó encantado, convencido de haber encontrado una escena auténtica. Amparo abrió un ojo.

—¿Ha consumido algo?

—Una imagen.

—Pues que pague.

La ciudad tardó meses en devolver algunos bancos, pocos, con reposabrazos en medio para que nadie pudiera tumbarse y placas de patrocinio por todas partes. La victoria llegó coja y con publicidad, que es la forma habitual en que llegan las victorias urbanas. Amparo, cuando instalaron el primero, lo probó como quien examina un melón.

—Sirve —dijo—. Poco, pero sirve.

Después se levantó, plegó su silla y se la llevó a casa. Yo pensé que iba a guardarla. Me equivoqué. La dejó junto a la puerta, lista para bajar otra vez en cuanto a alguien se le ocurriera mejorar la ciudad hasta hacerla inhabitable.

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