Sociedad

Bad Bunny, Mariano Rajoy, ese extraño «nosotros» y las esencias identitarias

Mariano Rajoy escribiendo cosas. Foto Cordon.
Mariano Rajoy escribiendo cosas. Foto: Cordon.

Benito Martínez —alias Bad Bunny— revienta el descanso de la Super Bowl 2026 en un Levi’s Stadium lleno hasta las trancas. Unas setenta mil personas en directo que nada son en comparación con los ciento veinticinco millones que lo siguen en la distancia. La elección de Bad Bunny como protagonista del show del intermedio no debiera coger desprevenido a nadie, a la vista de que es, mes tras mes, uno de los artistas más escuchados en EE. UU. y en el resto del orbe.

Es bien sabido que la cosa no fue tan plácida. Dado que el concierto sería íntegramente en español, distintos sectores norteamericanos mostraron su disconformidad. Pese a ello, el evento siguió su cauce y a los opositores no les quedó otra que organizar un «All American Halftime Show». Esto es, un intermedio alternativo copado por estadounidenses de pura cepa.

Como también es sabido, el concierto de Bad Bunny fue un éxito. Millones de almas se movieron al compás de sus tonos latinos y otras tantas se interesaron por aprender español. Tras la actuación, Duolingo informó de que los estudiantes de este idioma se habían incrementado un treinta y cinco por ciento y, por su parte, la directora de la aplicación Preply afirmó que las búsquedas vinculadas con el aprendizaje del español habían subido un ciento setenta y ocho por ciento.

¿Acaso no es positivo que la gente se divierta, baile y quiera aprender idiomas? Para algunos, no. Hete aquí esa Nada que se expande por nuestro mundo como en La historia interminable, de Michael Ende. Esa ideología racista y xenófoba que se nutre de los instintos más primarios de los animales humanos. Ese grito que alerta de que nos invaden por doquier. Que hay una disyuntiva: o Nosotros o Ellos.

¿Y quiénes somos Nosotros? Los que no somos Ellos, claro. Es el absurdo de las esencias identitarias, del discurso que alarma contra la presencia de un Otro. Ante semejante ambigüedad en los términos manejados, no es de extrañar que todo el mundo pueda ser víctima del discurso xenófobo. Los marroquíes lo pueden ser en España, igual que las personas de origen subsahariano en Marruecos. Un español lo puede sufrir en Rusia o Polonia, así como ya fue menospreciado a principios del siglo pasado en Latinoamérica: despectivamente, el gallego era el inmigrante español, el bobo.

Es la cantinela de siempre. La palabra «bárbaro» hunde sus raíces en la antigua Grecia, donde se empleaba para referirse con asco al extranjero que no sabía griego (para los helenos, solamente balbuceaban, haciendo un sonido semejante al «bar-bar-bar»). La apelación a esa extraña entelequia, la esencia identitaria, suena hasta ridícula. Todo fluye, cantó Heráclito de Éfeso. Las lenguas lo hacen de acuerdo con los modos de vida y es por ello que tratar de preservar su pureza no es otra cosa que anquilosarlas, tratar de convertirlas en reliquias de museo. Es no entender su función.

Todo fluye. Como las lenguas, los ecosistemas han cambiado y lo seguirán haciendo. Los animales —humanos o no— nos desplazamos y nos mezclamos. Ningún humano ha sido jamás de ningún lugar concreto: también las fronteras fluyen, son ficciones interesadas que se crean y se olvidan en función del viento que sople.

Nuestros compañeros primates, los gorilas, abandonan su grupo natal al alcanzar la madurez sexual. Es posible que la razón evolutiva de este comportamiento radique en el beneficio de la dispersión genética. El incesto y la endogamia no son nada recomendables. Cuanta más distancia haya entre las respectivas cargas genéticas, menos riesgos entraña la reproducción. En esta línea, una profesora de universidad solía decir jocosamente que lo mejor que le ha pasado a la especie humana —en lo que atañe a su salud genética— es el programa Erasmus.

Los distintos beneficios de la apertura de miras, del rechazo al binomio Nosotros-Ellos, son palmarios. Aun así, algunos siguen erre que erre con sandeces que incluso pueden mentar un derecho de sangre. ¿Cómo es posible tamaño atentado contra la inteligencia? Es la mentalidad primitiva —muy fuerte— del sentimiento de grupo. Del Nosotros contra Ellos, siendo Nosotros, cosa curiosa, siempre los buenos y Ellos los malos. Es difícil de combatir. Al menos tanto como explicarle a alguien que se tapa las orejas y cierra los ojos que la Tierra se mueve.

La mentalidad tribal aflora constantemente, en los pequeños o grandes detalles. Se ve en el artículo en el que Mariano Rajoy —en su versión de comentarista del mundial— asegura que la selección francesa posee un «altísimo nivel», pero que juega «sin franceses». Estas palabras revelan una mentalidad anclada en el Nosotros-Ellos; en este caso, basada en el origen familiar y el color de piel de los futbolistas franceses. ¿Cómo disolver esta interpretación tan sesgada de la realidad social?

La empresa se antoja compleja. Máxime cuando el veneno xenófobo y racista medra con tanto brío en todos los lugares. Pero hay que seguir reiterando, repitiendo hasta la extenuación, lo obvio, lo que ya decían esos sabios que fueron los sofistas: no hay ningún Nosotros. Simple y llanamente, no existe tal ente fuera de los confines del lenguaje. Si acaso, como excepción lúdica, se podría convenir artificiosamente que en ese equipo juegan los que nacieron aquí y, en ese, pues los de allá. Por supuesto, reconociendo la arbitrariedad de la clasificación.

Puede que el camino teórico no sea el más persuasivo para disolver ese binomio. Muchos no quieren saber nada de genética y mucho menos de filosofía. Nada más escuchar alguna referencia a Heráclito de Éfeso o a los sofistas se enclaustran herméticamente en su caparazón. Así pues, enfoquemos el asunto desde la parte más pragmática.

Occidente y demás regiones occidentalizadas enfrentan un problema: se están quedando como un queso suizo repleto de agujeros. En realidad, cada vez afecta más al resto del planeta. El caso es que la gente no quiere tener hijos. Si nos centramos en Europa, las tasas de natalidad se desploman con la velocidad de un señor que ha saltado alegremente del trampolín a la piscina. Cada vez hay menos niños y la esperanza de vida comienza a menguar. ¿Cuál es el plan?

Si no se quiere aceptar a la población extranjera que desea probar fortuna o incluso a aquella otra que huye de la miseria —como, por otra parte, haría cualquiera en su misma situación—, ¿qué hacer? ¿Prohibir los preservativos? ¿Cualquier método anticonceptivo? ¿A follar todo el mundo se ha dicho? Tal vez los adalides contemporáneos de la xenofobia tengan algún brillante plan en mientes. Tal vez, pero, por lo pronto, pongámoslo en duda. Entretanto, el apuro se irá agravando: sus preciadas naciones y abstractas esencias identitarias se corromperán como lo que son, hojas secas.

El tema, desde luego, no da para más. Ni en el territorio que hoy conocemos como Norteamérica se habló siempre español —perdón, inglés— ni en el breve lapso de existencia del Homo sapiens tiene sentido hablar de esencias identitarias fijas, sea la francesa o cualquier otra. De hecho, si se permite el apunte, ni tan siquiera somos completamente sapiens: hay en nosotros (¿Nosotros?) un poquito de neandertal, vaya. El rechazo al otro, la xenofobia o el racismo (aporofobia soterrada, como indicó con fortuna la filósofa valenciana Adela Cortina) podrán operar hoy como ingredientes útiles para ciertos relatos políticos. Pero ello no los salvará de ser una estupidez supina tanto en el plano teórico como en el práctico. Mientras unos se lamentan, divirtámonos viendo cómo los otros siguen bailando con Bad Bunny.

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