
La música es política. También, últimamente, el tradicionalmente vituperado reguetón. El género alcanza su mayoría de edad en el terreno de la censura al poder establecido, el colonialismo y en el plano de la defensa orgullosa de la identidad y la lengua, desplegando un contenido altamente político y comprometido que no se le sospechaba en sus orígenes. Todo ello, vehiculizado a través de una nueva generación liberada de las ataduras de la anterior, con Bad Bunny como abanderado en el intermedio de la final de la Super Bowl de 2026. Una noche memorable y reivindicativa que no iba a dejar pasar la oportunidad de protestar contra la administración Trump, que está deslizando a su país hacia el autoritarismo y la fractura social, con una furia estigmatizadora especialmente iracunda contra los latinos. Es por dicha razón por la que Green Day, el veterano grupo de skate punk, no se limitó a interpretar sus temas más contestatarios, como «American Idiot», reconvertido en un alegato contra la caspa totalitaria antihispana del MAGA —cambiaron la letra para dejar claro que por ahí no pasaban—; además, su cantante Billie Joe Armstrong exhibió una efigie de la Virgen de Guadalupe, emblema extraoficial mexicano que funge más de una vez para el mundo iberoamericano. Símbolo de México en tierra arrebatada a aquel país. Defensa de hispanos que ya estaban allí antes de que arreciara la anexión estadounidense. El intermedio de la Super Bowl LX del Levi’s Stadium de Santa Clara, California, fue el momento álgido del acontecimiento y, dentro de él, Bad Bunny, con especial referencia a Ricky Martin: conversación entre generaciones que, a su manera, defendieron su país. El Conejo Malo decidió convertir una de las expresiones más estadounidenses en un homenaje vindicativo a su Puerto Rico natal, recordando los apagones y reivindicando el término geográfico de América más allá de los Estados Unidos.
Ah, sí: se dice que ganaron los Seattle Seahawks. Sí. También anduvieron por allí.
1. Enemigos míos, genealogías resilientes
«Si tú no fueras tan americano
yo no sería tan ruso
si tú… si yo». (Kiko Veneno)
Enemigo mío es una película de los años ochenta que comienza con un lance militar anónimo de una guerra interestelar entre humanos (terrícolas) y la especie alienígena de los drac —desde la perspectiva humana, claro está, y este aspecto es decisivo—. Durante un combate aéreo (¿espacial?), el piloto humano Willis Davidge (Will) y el drac Jeriba «Jerry» Shigan son derribados y terminan estrellándose en el planeta árido, hostil, volcánico y lleno de criaturas dispuestas a hacerte la vida un yogur: Fyrine IV. En honor a la verdad, no era para tanto: se trata de los estudios Bavaria, en Múnich, la isla canaria de Lanzarote y algunos parajes islandeses, cuyas escenas no se agregaron al filme. No nos pondremos picajosos por ello.
El planeta no solo es físicamente adverso —abundan las lluvias de meteoritos, las erupciones volcánicas, engendros carnívoros y chungos que habitan en los avernos telúricos—, sino que actúa como un espacio metafórico que nos redirige a la tensión de la Guerra Fría: dos mundos enfrentados obligados a convivir en un entorno extremo. Luego, este perdido mundo, un trasunto del típico cuento de la isla desierta, solo que con naves espaciales y rayos láser, resulta que tiene aire respirable para las dos especies. Qué suertudos. De acuerdo, se admite la licencia cinematográfica. No será la única, pues se habla de machos y hembras entre los drac y luego se lían un poco.
Para desinformar no se precisan celulares
En un principio, no se pueden ver: tanta porquería que se ha vertido sobre esos alienígenas, tanta leyenda negra. Deshumanizarlos no es la palabra, porque no son humanos, pero tanto da: son seres inteligentes dotados de sensibilidad a los que se invisibiliza y manipula para tener una excusa contra ellos, para no pensar en los problemas, el aburrimiento y la ansiedad de unos humanos metidos en una nave, que no verán a sus familias en años —o nunca— y sujetos a cualquier azar asesino del cruento medio no biosférico del espacio. Tan en boga hoy en la era de la desinformación y demonización del otro, donde opinadores sin cualificar —o maliciosamente cualificados, o los dos— vuelcan toda la burricie de que son capaces en platós y redes.
En la película no poseen los protagonistas la eficaz herramienta fundamental de desinformación y bulos: los teléfonos móviles —quizá no hay cobertura: total, es un planeta hostil y todo eso—, pero ni falta que hace: cada uno contempla al otro como enemigo mortal, como bicho malo, ser maléfico: un reflejo de la rigidez mental entre Estados Unidos y la Unión Soviética en los años ochenta, con reproches mutuos que impiden avanzar. Si tú… si yo.
Pero la supervivencia impone cooperación: deben compartir recursos, refugio y conocimientos. Poco a poco, la hostilidad da paso al respeto, al humor e incluso a la amistad. Will aprende la lengua drac, y Jerry enseña al humano la sofisticada sociedad y cultura y la espiritualidad de su pueblo. Un pueblo donde uno no es nada sin el resto, sin el linaje. A diferencia del individualismo del sálvese quien pueda de entonces —y de 2026, huelga decirlo, aún profundizado con la segunda administración Trump—.
En un momento dado, Jeriba revela que está embarazado, ya que los drac se reproducen asexualmente —«esto no es una decisión mía», explica—. Nos quedamos embarazados y punto. Sin embargo, en la biología de su especie, la hembra (Jerry lo es) muere en el parto: sacrificio por la especie. Hecho que tiene su reflejo en la realidad humana: el rol de la mujer en la sociedad como personas supeditadas al bienestar del hombre. Sea o no con tal o cual intención, el resultante es el que sigue: que, a falta de un drac a mano en tan malhadado entorno, solo podrá hacerse cargo del bebé el humano Will. Por lo tanto, Jeriba debe dejar algunos menesteres atados. Así, instruye al humano acerca de la cultura, sociedad y libros sagrados de su civilización. En este sentido, Davidge tiene ya la más crucial tarea asignada para el niño, al que nombrará Zemmis: debe presentarlo al Consejo Sagrado del planeta que alberga la especie del malogrado Jerry para que sea miembro de la sociedad. ¿Cómo? Mediante la recitación —cantada— del linaje de Jerry, porque, se insiste, un hombre solo no es nada, no es nada sin su prosapia, no es nada sin sus antepasados, sin su memoria. Sin su sociedad. De modo que le toca a Davidge mantener viva la memoria ancestral de Jerry para enlazar con el presente, para reclamar la continuidad, eso sí, vía un humano. Solo así podrá entrar Zemmis en sociedad, solo así se podrá evitar el olvido de las raíces.
Nombrar la estirpe no es nostalgia: es reivindicar que se está ahí, que se tiene derecho a estar ahí, que no se es menos que nadie. No se habla del linaje como arma arrojadiza y generador de desigualdad (mundo nobiliario, élite económica o política): es una ascendencia como afirmación ante una situación que amenaza una cultura, por lo general, denigrada y pisoteada. Es más: hay minorías cuya pertenencia a la sociedad se niega, una especie de parias o ciudadanos de segunda clase. Ocurre en Europa y —en particular— en los Estados Unidos de Trump… y en los de la segregación racial; es decir, los de casi siempre.
Deshumanizar, colonizar, exterminar
A continuación, unos piratas raptan a Zemmis, que Davidge considera ya su hijo, y lo esclavizan junto a otros drac en otro peligroso cuerpo celeste en el que también (suertudos, parte II) hay oxígeno. Con o sin el vital gas, se trata de racismo preparado previamente por bulos, deshumanización-estigmatización (no son humanos, pero valga la extrapolación). No son niños inmigrantes, sin padres, que se las tienen que apañar solos en un país, cultura y lengua diferentes: son —gusta decir a la ultraderecha española— menas (menores no acompañados). En Francia los OQTF son personas, es decir, se les menta con una categoría administrativa que significa «obligación de abandonar el territorio francés», los expulsandos. En Alemania, a los migrantes que no tienen permiso de residencia, pero permanecen en el territorio se les denomina Geduldete, los tolerados. Ojo: tolerados, que no aceptados.
Deshumanizaciones como la Stück («pieza») con que los nazis denominaban a judíos, gitanos o a exterminandi en general y que Curzio Malaparte, con toda intencionalidad crítica, describe en su Kaputt como Figuren.
La idea subyacente a que otra especie, otra raza o una adscripción étnica implican —según el caso— realizar determinados trabajos, pero también que no tienen derecho a estar allí y que se les criminalice y que se les use como esclavos por ser drac. Por ser negros, por ser latinos, porque todo son problemas para llegar a los trabajos mejores: eso son para los nacionales. Pero nacionales —túmentiende— originales.
La cuestión, para terminar con la película ya, es que Will realiza un rescate intrépido y muy en la línea ochentera, para qué negarlo —él contra el mundo—, enfrentándose a la crueldad de su propia especie.
2. Un conejo boricua en la Super Bowl
Reguetón: del perreo a la conciencia social
«En la guagua, se quedó el olor de tu perfume/Tú ere’ una bellaca, yo soy un bellaco/Eso es lo que no’ une». Pero ¿esto qué es? Respuesta: uno de los despropósitos letrísticos de Bad Bunny. Unido al «titi me preguntó si tengo muchas novias» es fácil etiquetar a la persona que compuso tales «versos». Pero las personas son poliédricas.
Típicas canciones reguetoneras, y es aún peor si se persiste en navegar por aquello a lo que se quiere llamar letra. ¿Qué puede esperarse de este tipo de música, que puede resumirse muchas veces en «te he visto, me gusta como bailas, voy a bailar contigo y luego te vià`sé una muhé, porque en la cama soy lo más», una especie de versión moderna del «Devórame otra vez», si bien cambia el agente de pasivo a activo: siempre devora el que canta. Aquí se viene, normalmente, a lo que se viene: a perrear. Y ojo, que a más de uno le encanta, por algo se llenan estadios. Lo que nos llega, los grandes éxitos. Las letras no son un prodigio de igualdad, ni de masculinidad no tóxica, y se le ha denostado como exponente de género vacío y muy en la línea de perpetuar roles de género y cosificación del cuerpo.
En realidad, no es tan así, ni siempre es así, no es el reguetón el único género en practicar la matraca de la hipersexualización: la música conocida como salsa, el pop y el rock abundan en ejemplos de letras que vienen a decir muchas de ellas lo mismo: un señor que tiene un deseo o necesidad sexual muy reprimido y quiere satisfacerlo con una señora en concreto o varias. Por ahí anda el truhán y el señor, Marvin Gaye con su «Let’s Get It On» o los Led Zeppelin con su glorioso plagio «Whole Lotta Love», por no hablar de aquellos ángeles (del infierno) que solo lo hacían en su moto, o de aquella Sierra Maestra que hablaba de una chica con devoción por la piña pelá. En todos los géneros… quien esté libre de pecado…
Es cierto que el reguetón, al hundir sus raíces en lo popular y al ser el último en llegar, carece de la aludida alcurnia de los otros y ha sido en muchas ocasiones más estigmatizado. Este género, en cualquier caso, es hoy parte inalienable de la cultura hispanoamericana, por mucho que gran parte de sus mayores éxitos tampoco haya hecho mucho por desterrar el sambenito de su vacuidad, sino todo lo contrario.
Con todo, no se haría honor a la verdad si se pasa por alto el hecho de que el género también tiene una dimensión social y política. Muestras, desde luego, no faltan. A través de las canciones de, en primer lugar, los Calle 13, Daddy Yankee (sí, el que perpetró lo de «Despacito»), Don Omar, Tego Calderón e Ivy Queen, se abordan aspectos como marginalidad y pobreza (Don Omar, «La Diabla»), desigualdad, la migración, el racismo y la reivindicación de lo afropuertorriqueño (Tego Calderón, «Loíza»), el feminismo del no es no (Ivy Queen, «Quiero Bailar»), la violencia institucional (Daddy Yankee, «Corazones», más trap que reguetón), el turismo depredador poco amigo de la sostenibilidad (se platicará sobre Bad Bunny, la gentrificación) y, por supuesto, el estatus colonial de Puerto Rico, que aparece más en Debí tirar más fotos, el último álbum de Bad Bunny, que supone un salto cualitativo de compromiso social, pertenencia e identidad boricua. Su portada representa un claro de un bosque tropical con dos sillas de plástico (nada casuales) rodeadas de bananos, que se reproduce en la actuación de la Super Bowl (allí canta Ricky Martin).
Afirmación cultural boricua en la Gran Taza
En la Super Bowl de 2026, Bad Bunny no hizo otra cosa que, precisamente, eso: recitar su linaje en un entorno hostil, para no olvidar sus raíces, dando a entender que, por mucho ICE que hubiera y por mucho que los WASP estadounidenses del MAGA piensen que el país solo les pertenece a ellos (un rasgo común en el nacionalpopulismo de tintes ultraderechistas), existe una pujante comunidad latina que habla su idioma y que tiene medios de comunicación propios. Los latinos (se abordará después dicha voz): no hay más que mirar los repartos de las series o las películas de aquel país para darse cuenta de que son parte de la sociedad. Son aproximadamente el 19 por ciento de la población, si bien solo el cuatro o cinco por ciento de los roles principales en cine y televisión, y persisten los estereotipos, asegura Time.
Cuando Bad Bunny se quitó la máscara del artista, emergió Benito Antonio Martínez Ocasio. En el círculo de los países más ricos, pervive, curiosamente, una atávica tradición: que la mujer pierde su apellido y toma el del hombre. No es patrimonio exclusivo de los países más desarrollados, pero sí se da en todos ellos el hecho de que solo hay un apellido y la mujer toma el del hombre. Hay matices, naturalmente. Siempre se puede usar el de la mujer, si bien la tradición pesa y, con independencia de militantes excepciones, acaba prevaleciendo el del hombre.
Excurso alemán: se recomienda destruir voluntariamente la propia identidad
No es cuestión inane decir tus dos nombres de pila y tus dos apellidos. En Alemania —y otros países—, lo normal es que a aquel que porta dos apellidos se le acabe identificando por el segundo, como si los tres elementos que le preceden fueran nombres de pila. Resulta indiferente que lleven acogiendo españoles casi setenta años e hispanoamericanos unos cincuenta. Por ello, siempre se pregunta la fecha de nacimiento. Tienen sus motivos: baste llevar a cabo un sucinto ejercicio de representación mental en el que, al preguntarte por tu nombre, se responda Christian Schmidt o Andrea Müller. Son, posiblemente, miles; quizá decenas de miles. Y no: en suma, no es práctico andar por la vida con un solo apellido. En cualquier caso, pronunciarlos todos es algo que, en sí mismo, constituye un acto contestatario.
Sin salir del país teutón hubo propuestas de asimilación de extranjeros. Una de dichas ocurrencias fue la desplegada por la CSU, formación hermana de la conservadora CDU (ambas formadas en 1945), junto a la cual se presenta siempre a nivel federal: que los extranjeros hablaran solo alemán en casa. Eso sí, siempre persiguiendo la noble meta de la integración: no se piense que.
Dicho en otras palabras: borrar la cultura y la lengua de origen, una práctica de siniestros recuerdos que ya se ha dado, por poner dos ejemplos, en las guerras yugoslavas con las limpiezas étnicas y eliminación de vestigios culturales (Biblioteca de Sarajevo, por ejemplo) o en Palestina, donde los israelíes borran no solo bibliotecas sino, en la medida de lo posible, todo aquello que esté en pie o que vaya a pie. EE. UU. tiene bastante experiencia en el asunto. Y los puertorriqueños no quedan fuera; de hecho, fueron destinatarios de no pocas medidas de exterminio cultural. Se hablará de ello cuando corresponda. De momento, nos quedamos en Alemania.
Muchos medios e incluso gente de su propio partido salieron en tromba calificando la iniciativa del alemán doméstico «para todos» como sumamente estúpida, sinsentido o ridícula. Por suerte, la elucubración ceseuniana no llegó a buen puerto e incluso fue objeto de bromas y chascarrillos varios. Hasta Peter Tauber, el jefe de filas socialcristiano, aseguró que no es de la incumbencia de los políticos si se habla en casa klingon (el idioma del mencionado drac Jeriba-Jerry), latín o hessisch (dialecto del alemán hablado en el Land de Hesse). Al final todo quedó en un «bueno… no quise que pareciera… lo que se quiere es motivar a hablar alemán en la vida diaria»: venga, vamos a pasar página. Claro, que nadie propuso nunca que hubiera que hablar suajili, quechua o malayo en el trabajo.
Donde fueres, haz lo que vieres… por si acaso
Pero las ideas siguen ahí. Siempre estuvieron ahí. No nacen de la nada, como de allí salió tampoco el nazismo ni Hitler. Y volverán: solo hay que dar tiempo a la AfD, cada vez más potente, y a una CDU dispuesta a bailarles el agua. En 2018, ya propusieron los aefdistas que el alemán tuviera protección de rango constitucional. La constitución alemana —que no es una constitución al uso, sino un texto provisional que acabó quedándose, efectuado en la parte occidental bajo la ocupación aliada—. En 2025, AfD volvió a la carga. En Baviera. Vallas fronterizas y alemán obligatorio… en las mezquitas. Casi que ya estábamos acostumbrados al «La ilaha illa Allah wa Muhammad rasulu Allah», «Allahu akbar» o «salam aleikum». Ahora en alemán «Es gibt keinen Gott ausser Allah, und Muhammad ist sein Prophet». «Gott ist gross». «Friede sei mit dir» ya es liar las cosas. Además, ni queda bonito.
Los intentos a que se renuncie a la lengua son recurrentes: germanización en Moravia, con un alemán dominante que casi destruye el checo durante los Habsburgo (prácticamente había desaparecido en los centros urbanos): se hubo de acometer un esfuerzo titánico para cuasirresucitarlo en la segunda mitad del siglo XIX, en el marco de la llamada primavera de los pueblos, que trajo despertar nacional y, en más de un caso, depuraciones étnicas. O la rusificación del Dombás, cuando el ruso, vía industrialización promovida por el Imperio ruso, pasa a ser la lengua de los centros fabriles, de la administración. Como el checo, el ucraniano pervivió en núcleos rurales.
En Estados Unidos, en España, en Alemania. Muchos migrantes con idioma distinto al del país de acogida reciben altas dosis de desinformación que conminan al acogido, si no tiene cuidado, a incubar un sentimiento de inferioridad. A considerar a los alemanes (que se ponen de ejemplo, aunque es seguro que la situación es extrapolable a otros países) como seres superiores a cuya supuesta excelencia se puede y debe aspirar. Las consecuencias de índole psicológica pueden manifestarse de varias formas. En primer lugar, ese martilleo constante en el cerebro que sugiere que se es menos, amplificado por la tendencia general de tratar a los extranjeros como si fueran tontos (en España somos más de gritarles, en la creencia de que el español a gritos se entiende siempre). El supuesto cosmopolitismo alemán se estrella contra el paletismo de corte provinciano, garrulismo de rostros y ceño torcidos por no entender —más bien pocas ganas de entender— a un extranjero que no habla como un nativo. Que haya excepciones, y no pocas, no hace sino arrojar veracidad a la regla.
La segunda consecuencia pasa por despreciar el propio idioma. Muchos hablan en Alemania un muy mal alemán a sus hijos porque flota en el ambiente la inoculación de «habla alemán siempre, también en casa». Expulsar una idea de las mientes de la gente que ya se ha visto en los medios crea en aquellos que lo leen una impresión de «por si acaso, yo hablo alemán». Algunos, algunas, hasta prefieren renunciar a sus apellidos hispanoamericanos y adoptar el alemán del marido: es preceptivo que la cepa no se extinga, aun cuando ello no va a garantizar nada, pues van a seguir exponiendo en acento peruano, argentino, boliviano o de donde se fuere. Y acabarán ejerciendo oficios que los alemanes «de pro», con apellidos tan sonoramente germanos como los suyos, no quieren ejercer ni hartos de helles.
El resultado es catastrófico: niños que pierden el referente del progenitor. Para un niño, el padre y la madre suelen ser los mejores del mundo, los más guapos, los más simpáticos. Les da seguridad. Por el contrario, si el niño o la niña percibe que su padre habla peor que cualquier niño del colegio, se caen los palos del sombrajo con estrépito. Un extranjero que no lleve mucho tiempo, por muy bien que hable el idioma del país, nunca atesorará la naturalidad ni las expresiones idiomáticas que comportan no ser percibido como diferente.
Por descontado vaya que, si se da el caso (frecuentísimo) de que los padres se pasan el día trabajando y muchos de ellos no han tenido acceso a un curso de alemán porque sus circunstancias no se lo permitieron (ahora el Estado, por si fuera poco, está eliminando la gratuidad de tales cursos), seguirán toda la vida hablándoles a sus hijos un alemán deficiente. Los menores pronto sacan cuentas: «yo hablo alemán nativo, los padres alemanes de mis amigos hablan bien a mis compañeros con una riqueza de vocabulario y recursos que mis padres no tienen. No puedo tener una conversación con mis padres que me enriquezca, porque no saben hablar». Se le sustrae ese aspecto tan importante de la vida de poder hablar con sus padres de forma normal y se les priva, además, del regalo de hablar otro idioma. No es culpa de los padres: lo es de un sistema que crea un estado mental en muchas personas que los hace proclives a actuar así. El problema es que los padres no van a ayudar a los hijos en la vida, sino que les van a transmitir fallos e inseguridad. Realmente, estos inmigrantes que se pasan la vida trabajando acaban por pensar que, efectivamente, valen poco o nada. Se acaba interiorizando. El linaje debe quedar en el olvido, desterrado en pos de la infusión en la sociedad receptora.
Un linaje glocal-hispanoamericano: expresando conciencia para conjugar el eclipse
Es por ello que, cuando Benito Antonio Martínez aseguró que nunca dejó de creer en sí mismo, encerraba esta afirmación un altísimo voltaje político. El entorno estigmatiza a los latinos y, en especial, a la colonia estadounidense de Puerto Rico, ejerciendo una presión gravitatoria muy fuerte que amenaza con arrancar de la órbita identitaria no solo a los isleños, sino a la totalidad de los hispanohablantes de Estados Unidos. Un desleimiento en la corriente principal homogeneizadora, un patriotismo estadounidense que, a día de hoy, es más simbólico (himno, bandera, orgullo nacional) que de contenido (hay demasiada desigualdad social, las instituciones generan poca confianza en la era Trump y el país se encamina hacia el autoritarismo).
En este país está Puerto Rico, llamado «Estado libre asociado», en eufemística jerga de la potencia colonial. Aunque, en realidad, no es libre, ni es estado ni es asociado. De ello se platicará después.
En cualquier caso: cuando Bad Bunny, de forma nada velada, reivindicó Puerto Rico, el acto se desbordó pronto y se convirtió en un lábaro de resistencia que abarcaba a toda la América geográfica. Y se cuidó de desactivar el modo más confrontativo de que es capaz. Al recoger el premio al mejor álbum en los Grammy, hizo historia al triunfar en esa categoría: era el primero que lo había conseguido con un disco en español. Empezó ordenando a la policía migratoria de Trump «ICE out» para, a continuación, asegurar que los latinos «no somos salvajes, no somos animales, no somos extraterrestres, somos humanos y somos americanos» («americanos»: quédense con el palabro). Continuó la plática dejando claro que esta reivindicación no debía hacerse con odio, incidiendo en que la única arma es el amor. Sería una muy mala táctica mostrar odio: es lo que están deseando.
A todos, en suma, que llevaban sufriendo los más variados «destinos manifiestos» estadounidenses: en breve se discurre sobre ellos. Por ello, su actuación en la taza no podía discurrir generando malquerencia, sino desde la esfera de la devoción por la propia identidad. Se puede ser combativo con amor. Es más elegante.
«Tú también tienes que creer en ti. Vales más de lo que piensas» —prosigue—. Es un grito de emancipación en el corazón de la metrópoli de todo aquel maltratado en el país que lo alberga. En las barbas del jefe. El derroche de simbólica energía está fuera de toda duda y conecta con todos esos millones de personas, en especial los hispanohablantes, repartidos por el mundo, más aún con los puertorriqueños residentes en EE. UU. No eres nada, dice la sociedad que pasa por integradora. No vales nada. Y acaba por procesarse un estado mental de autoconvicción: eso es verdad.
Pero «aquí seguimos», concluye Benito. Porque no han logrado la evaporación cultural que se pretendía. Aquí seguimos los boricuas, aquí seguimos no solo ellos, sino también aquellos cuya cultura quiere ser borrada… para integrarse. Aquí nadie ha dicho que olvides nada ni renuncies a ser quien eres. Solo faltaba.
Latinos, destinos manifiestos, Chuck Norris
A más de un latino tuvo que llegar el mensaje. Latino, por cierto, es un vocablo que desde su origen presenta el pecado original de la impostura: una idea de los franceses en su intento vano de llenar el poder abandonado por España en sus antiguas colonias. Los latinos no inventaron ni su nombre, pero los estadounidenses sí se quedaron con el de americanos, otra palabra impostada que los estadounidenses exportaron a todo el mundo. De ahí que hubiera que designar algo para nombrarlos. Americanos, no: gringos. Una palabra que se documenta en el español desde finales del siglo XVIII y que parece una evolución de griego (hablar en griego, es decir: no se entiende nada). Significaba «extranjero» pero, desde la guerra de agresión de Estados Unidos contra México (1845-1848), nomina a los estadounidenses. Como la supuesta cruzada del general Francisco Franco en 1936 o Trump en 2026, Dios estaba de su parte (entonces se hablaba de «Destino manifiesto», una horterada que rivaliza con los nombres con que bautiza Trump a sus operaciones militares, a saber: las operaciones Martillo de Medianoche (2025, Irán), Lanza Sur (Venezuela, 2026) o Furia Épica (2026, Irán). Lo enunciado no son, por mucho que lo parezca, títulos de películas de serie C que vería un escuincle malcriado empachado de Chuck Norris o Trump, que viene a ser lo mismo: son nombres serios —oficiales; «serios» es mucho decir— que cuestan muchas vidas y arrasan la legalidad internacional. Y eso sí que es serio.
Cuando Bad Bunny —volvamos a aquella tarde de afirmación boricua—, a modo de cierre, pronunció algo tan «americano» como God Bless America, con mucha intención, entendió como América algo ajeno a la apropiación del término por los estadounidenses: lo que viene siendo América en el sentido geográfico. No el golfo, que nunca se llamó así, sino de México. De allí llamó Scheibaun preguntando que qué es eso. Quizá pensó que Donald hablaba de América como se empeñó el Conejo Malo: América. Ya sabes… Chile, Argentina, hasta Canadá (memes de canadienses que desde entonces se sienten más latinos aparte). Igual era eso. No, Claudia. No busques que encuentras: hallas que Trump es justo eso, Trump. No va con segundas. No se busquen entrelíneas.
No obstante, el mensaje caló, hizo llorar hasta a los más profesionales bregados en hablar ante la cámara. Alguno destacó el mensaje de Benito y justificó que aquel día se valía emocionarse porque se podía estar muy orgulloso de que Benito le hubiera cantado en español a los estadounidenses en una de las celebraciones más importantes del país.
3. Ante el borrado civilizatorio, expresión de identidad
Quieren quitarme el río y también la playa
Quieren el barrio mío y que tus hijos se vayan
No, no suelte’ la bandera ni olvide’ el lelolai
Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái
Bad Bunny, «Lo que le pasó a Hawaii»
El cuatrista afamado
Y entonces, en uno de los recovecos del intrincado laberinto de palmas, escenas boricuas, rincones de antaño, evocaciones juveniles de barrio y líneas espaciotemporales que saltan y se esconden, se vislumbró, a la vuelta, aparece, sentado, un tipo armado con atuendo tradicional puertorriqueño: camisa y pantalones de algodón blancos, y la pava, sombrero de paja nacional, emblema de los trabajadores del campo boricuas. No es un tipo cualquiera, eso también debe aclararse. Es un mago de las cuerdas y se apellida Santana. Sin embargo, el instrumento no es una Paul Reed Smith, y el músico no es mexicano: se trata de José Eduardo Santana, y no es eléctrico su arte. José Eduardo es cuatrista y lo que blande no es exactamente una guitarra, sino un cuatro, el instrumento musical nacional de Puerto Rico y él, uno de los máximos artistas en sacar música al artilugio. No es el mexicano, pero sí que actuó en Australia, deleitando a los presentes con el punteo inicial de «Thunderstruck», de AC/DC, dioses vivientes —salvo el infortunado Bon Scott— del país de los canguros, con la diferencia de que el cuatro tiene diez cuerdas y un mástil mucho más pequeño, por lo que mover los dedos por él no es designio fácil. Empoderamiento del cuatro, el de los insulares. Solo faltaba por aparecer Ricky y sus veinte segundos cargados de intensidad reivindicativa.
Durante dicho lapso, se robó el show. Además, canta mejor que Bad Bunny, vayamos a. Es indiferente dicho aspecto, pues no versa el asunto sobre ello: Benito no pretende ser José Carreras, ni que le entiendan. A otros se les entiende más, pero no llenan estadios. Quien sí que no se enteró de nada fue Trump, quien reaccionó airadísimo porque no entendía nada. No nos indignemos, pues no es su fuerte, con independencia del idioma, entender cosas: sirva como validación el cacao que ha montado en Irán, del que no sabe cómo salir mientras asegura, según dé el viento, que ha ganado (se perdió la cuenta), que le queda poco, en tanto que solicita doscientos mil millones de dólares al Congreso. Debe ser que el destino de los cuartos es la fiesta de celebración de la victoria, aunque para qué los quiere, si lo va a financiar vía petróleo de su nuevo-viejo enemigo.
Las dos salidas del armario de Ricky
Dejando las chamacadas de Donald a un lado, la cámara, tras abandonar a Santana, ejecuta un tilt hacia arriba, pasando a un claro natural con suelo de tierra rodeado de bananos donde aparece, ante el delirio del público, otro icono puertorriqueño: Ricky Martin. Con cincuenta y cuatro años, fue, junto a Lady Gaga, una de las sorpresas mantenidas en secreto.
El músico es buen conocedor de la autoafirmación en un entorno hostil que se lo niega. Dos veces hubo de salir del armario, nunca de forma particularmente explícita, siempre intentando sacudirse aquella colonialidad del ser: hay que percibirse de esta manera, hay que tener un casón con jardín. Si vives en un piso (visualícese cualquier sueñoamericana película o serie) eres un margen del sistema, la periferia social, los excluidos, los que no triunfan.
Primera salida
En los años noventa, Ricky Martin no era solamente un hombre guapo dotado de carisma que nunca solía hablar abiertamente de su homosexualidad. Porque no le interesaba, porque no estaba preparado. La sociedad inquiere sobre la vida privada de las personas. Más de colonialismo o, mejor dicho, colonialidad del ser, colonialidad del saber (hasta la forma de verse, la manera de percibirse): nadie pregunta si se es hetero. Porque es la norma, es el estándar proveniente de Europa con la colonización. Y es que sucedía que en muchas sociedades precolombinas la sexualidad no se organizaba según las categorías modernas de heterosexualidad y homosexualidad, sino a través de roles sociales, espirituales y de géneros más flexibles y fluidos, no tan binarios (variaba, qué duda cabe, según la cultura en cuestión). Empezamos mal, pues. A partir de ahí, arduo empeño el de librarse de la tutela estadounidense.
Otros quieren pasar de la guarda estadounidense a otra: mención aparte comporta la «propuesta» de algunos sectores en el país que consideran que Puerto Rico debería retornar a la soberanía española (todo serían ventajas), una idea poco realista —ni siquiera deseable— para la inmensa mayoría de los puertorriqueños y que precisa mirarse, quizá, desde el prisma simbólico, con el objeto de denunciar el estatus colonial que ejerce EE. UU. sobre la isla, para contraponer el pasado histórico y las tradiciones (latinidad, idioma, identidad).
Volvemos a Martin: rumores siempre hubo, pero él esquivaba las invectivas hacia la irrelevancia de su vida privada. Hasta que, en una entrevista que tuvo lugar en 2000, la periodista Barbara Walters lo llevó, en el minuto treinta y dos, a una encerrona. Quería su exclusiva sí o sí.
—Podrías detener estos rumores. Podrías decir: «Sí, soy gay» o podrías decir: «No, no lo soy» —disparó a bocajarro.
Ricky mantuvo el tipo como pudo ante la emboscada. No se descompuso, pero, tan sorprendido como incómodo, respondió tajante:
—No, simplemente no tengo ganas.
Con el tiempo, el artista aseguró que la tensión del conversatorio le había ocasionado cierto «TEPT» (trastorno de estrés postraumático), llegando a sentirse «violado» ante la presión de verse obligado a salir del armario sin estar preparado. La conductora estadounidense, por su parte, reconoció en 2010 que fue una de las mayores meteduras de pata de su carrera. Tras más de sesenta años en antena, colgó el micrófono en 2015 y falleció a los noventa y tres años en 2022.
Martin no anunció públicamente su homosexualidad hasta 2010, considerándose «un hombre gay afortunado». Antes, simplemente, no se sentía preparado para tomar la decisión. En realidad, nadie debería tener que tomar ninguna decisión. Ni para anunciar la tendencia sexual, ni para hablar tu idioma, ni para sentirte puertorriqueño, español o marroquí.
Otros no tuvieron, en cambio, tanta suerte: es el caso del gran artista mexicano Juan Gabriel. Siempre acosado, interrogado y conminado a confesar su sexualidad. De nombre Alberto Aguilera Valadez, nació veintiún años antes que Ricky.
En una famosa entrevista (curiosamente solicitada por el cantante mexicano) con Fernando del Rincón en 2002, el comunicador comenzó citando a un historiador mexicano que había analizado las actuaciones del Divo de Juárez (así se conocía también a Juan Gabriel), sobre la sexualidad, «quien había roto las barreras sexuales en el escenario, porque explora el lado femenino». Entonces, Del Rincón emplea un salto inferencial poco legítimo, pasando de una investigación en un ámbito artístico a la vida privada.
Juan Gabriel recibe la plática suspirando de cansancio: «Ya tardaba», muy posiblemente pensó.
—El arte es femenino —dijo al fin.
—¿El arte es femenino? —terció el entrevistador, agarrando con los dientes una presa que se veía segura.
—¿No hay arte masculino? ¿O de los dos? —inquirió.
—Pues puede ser, yo qué sé —respondió con desdén—. Y mire: si usted es guapo, y está joven, está divino, pues siempre van a decir (…) que usted es gay…
—Juan Gabriel —interrumpe el presentador—, dicen que es gay —continúa, ya dejado atrás todo escrúpulo—. ¿Juan Gabriel es gay? —acaba soltando, mal disimulado desde el principio el objetivo.
Juan Gabriel ríe, triunfante: se lo habían servido en bandeja. Era una pregunta zafia.
—¿A usted le interesa mucho? —repregunta, estratégicamente, provocador, dejando pasar unos segundos que a Fernando del Rincón debieron hacérsele eternos. Pillado a la contra.
—Yo pregunto —logra insistir después de recomponerse.
—Pues yo le respondo con otra pregunta —vuelve a saborear otra pausa, mientras el otro conmina: «Dígame».
—Dicen que lo que se ve no se pregunta, mijo.
—Yo veo a un cantante, veo a un triunfador —terció para salir del atolladero el conductor.
La conversación siguió. Juan Gabriel aseguró que eso era lo más importante y que lo que importa es trascender (…) yo no tengo por qué decir ni tampoco tener que decirle una cosa que a usted no le interesa, como a muchas personas no le interesa. Prosiguió censurando que la tele realiza siempre preguntas capciosas. Fernando del Rincón debió verse muy chiquitito cuando Juan Gabriel declaró que ha aprendido que a veces está en el infierno y tiene su propia gloria y otras veces está en la gloria y que a lo mejor hace su propio infierno, pero no me llevo a alguien entre las patas. También que la vida es una y hay que vivirla y que, si hay que pasar a mejor vida, que sea en esta; así que preocúpense mucho por sus vidas y dejen vivir a los demás.
Para muchos, fue una especie de salida del armario, pero era algo más que eso, más complejo. Toda identidad es compleja. Unos años antes, el juarense aseguraba que había tenido amigos y amigas y que nunca tuvo ninguna preferencia sexual.
Catorce años después de la entrevista, seguía sin salir del armario. En su gira por Estados Unidos, eso sí, no perdió la oportunidad de hablar siempre en clave implícita, de aquello que todos sabían: «Felicidades a todas las personas que están orgullosas de ser lo que son». Era 28 de agosto de 2016. Murió al día siguiente de un repentino infarto, con sesenta y seis años. Fue su epitafio.
Segunda salida: misma identidad, distinta expresión
Quieren quitarme el río…
El veterano cantante interpretó «Lo que le pasó a Hawái» ciertamente aflamencado, en un tono menos dulce del que suele. Quizá, como decía Raimundo Amador, era lo que tocaba: el quejío.
Porque denunciaba la gentrificación, la turistificación como modelo económico, la pérdida de control sobre el territorio (Puerto Rico es una colonia) y los recursos, y advertía contra un modelo tipo Hawái cuya monarquía Estados Unidos eliminó para proceder, poco después, a la anexión en 1898. El mismo año en que Estados Unidos «liberó» a Cuba, Puerto Rico y Filipinas. En especial con las dos primeras, nada hace pensar que no iban a correr la suerte de Hawái, con la diferencia de que el archipiélago, dentro de lo malo, pasó a ser un estado más de la unión mientras EE. UU. procedía a la destrucción de su cultura y a la discriminación de los nativos, que fueron siendo despojados de sus tierras.
Ricky Martin es una persona comprometida, de lo que da fe su Ricky Martin Foundation (constituida en 2004), volcada en combatir el flagelo de la trata de personas (niños, en particular) y la violencia de género o la homofobia, con multitud de proyectos relacionados con la reconstrucción de viviendas dañadas por huracanes como María en 2017 (mientras Trump lanzaba rollos de papel higiénico y presumía de haber gastado mucho dinero).
De igual modo, estuvo activo en las protestas de 2019 en Puerto Rico contra el gobernador de entonces, Ricardo Rosselló (miembro del Partido Demócrata), donde apoyó demandas sociales y políticas. La movilización se originó a raíz de las filtraciones de un chat privado de Telegram entre el gobernador y su entorno que no dejaron títere con cabeza, burlándose de las víctimas del huracán y rociando generosamente de insultos e imprecaciones homófobas y machistas a diversas personalidades de la oposición y a periodistas. Llovía sobre mojado, sobre la pátina de ineficiencia corrupta del gobierno.
Ricky Martin, ya fuera del armario de la identidad sexual, estuvo allí junto con otras personalidades como Daddy Yankee y un muy joven Bad Bunny y otros artistas más. Allí ondeaba, como en la Super Bowl de 2026, la enseña nacional con la estrella enmarcada en fondo azul claro, la original: no la institucional. A veces el borrado civilizatorio viene en forma de entintado más oscuro.
En 2023, su labor se ve reconocida por el Museo Nacional de Arte y Cultura de Puerto Rico en Chicago, institución que le otorgó un premio por su «compromiso con el pueblo puertorriqueño» y la «promoción de sus tradiciones culturales», por proyectar la identidad puertorriqueña a nivel global en su música y carrera internacional, mostrar orgullo por su origen en el espacio público, y su mencionada labor de ayuda en momentos clave (huracán María). En cambio, el Conejo Malo presenta un cariz más político y culturalmente beligerante. Con todo, sus trayectorias convergen, como dos conos de luz que a veces intersectan, permitiéndoles hablarse, tocarse, abrazarse, invitarse.
El amor por una tierra bajo los designios de otra potencia está presente en Ricky Martin, pero vivió una realidad distinta a la de Benito, en varios aspectos, siendo el primero el contexto generacional y político. Ricky Martin emergió en los años noventa y principios de los dos mil; Bad Bunny, a mediados de los años dos mil diez. Se trata de un momento muy distinto al actual, que mantenía al mercado latino en una situación mucho más dependiente del ecosistema musical estadounidense y que daba poco juego a la crítica o protesta política. Exhibir una posición política abiertamente comprometida podía comportar la exclusión de la industria, en tanto que lo latino tenía menos centralidad; hoy, en el entorno que le tocó vivir a Bad Bunny, la política y la identidad son temas más visibles en la música.
En segundo lugar, y derivado de lo expuesto, la estrategia de carrera debía forzosamente transitar otras rutas. Las que Ricky Martin recorrió se mantuvieron muy ligadas al mercado anglosajón (Grammy, medios estadounidenses, industria del pop global). «Morder a la mano que te da de comer» podía ser peligroso, podía cerrar muchas puertas. No era Susan Sarandon en 2026 con una carrera consolidada: era un joven puertorriqueño que, a mediados de los noventa, durante su eclosión, contaba solo veintitrés años.
Bad Bunny también es global, depende no poco del mercado estadounidense, pero en los tiempos que corren la industria es más descentralizada, más streaming, ya no se depende exclusivamente de vender discos —y de tener detrás la consiguiente buena maquinaria de promoción—. Esto no ha desaparecido y tener detrás una buena disquera es nacer con un pan bajo el brazo, pero hoy subsiste siempre la posibilidad de petarlo en internet. Con o sin disquera. Los temas adquieren su propio vuelo. Incluso para gente externa a la industria hay oportunidades aunque canten como una urraca con gripe. Por suerte, por talento, por los dos, por conjugación de astros.
A esto se añade el contexto político-social en Puerto Rico. El clima político ha cambiado: tras las crisis económicas, las catástrofes naturales regadas con papel higiénico e insultos a las víctimas junto a la grosería y chabacanería y las pandemias, con las consecuentes protestas y una administración Trump que maltrata sistemáticamente a los latinos de palabra y de hecho.
Bad Bunny destaca por un discurso público más directo y políticamente explícito, usando redes sociales y apariciones para criticar de forma abierta temas como el colonialismo, la desigualdad o la situación social de Puerto Rico. Emplea un tono directo, muy posicionado en lo político. En especial a partir de su disco de 2024 Debí tirar más fotos, sus canciones ya hablan más abiertamente de temas sociales, a veces en clave glocal, es decir, el viejo adagio «pensar globalmente, actuar localmente». Lo glocal tiene mucho juego. Y el mismo reguetón posibilita, del mismo modo, mensajes políticos más explícitos y contundentes.
Lo latino, en suma, ha eclosionado no solo en la esfera musical, sino en un componente identitario que se independiza de lo meramente artístico y que proclama orgullo de pertenencia, lengua (contestación a lo angloparlante), contestación a los intentos de invisibilización y dinámicas de revalorización de lo propio en unos parámetros decoloniales.
Con todo… mientras los Emilios, Ramón Luis, Martha Ivelisse y Benito sigan llamándose Ricky, Daddy, Ivy Queen o Bad Bunny sigue quedando mucho por hacer. En el campo de la mercadotecnia, es buena estrategia sonar anglosajón. Dicen. Se decía.
O no. Quizá el dinero no lo es todo. Quizá el paradigma del crecimiento no es aplicable a todo. Genera chavos, pero también desigualdad, disfunciones sociales, impacto ambiental, neocolonialismo que acaba arrasando la cultura.
A buen seguro no es el mejor método comercial significarse y reivindicar la propia identidad. A Benito, por ejemplo, le va a ir mucho mejor y engordará más su cuenta si se queda calladito recalando entradas e ingresos de todos los espectros políticos. No necesita crearse enemigos como se los ha creado. En consecuencia, hay algo que trasciende al dinero. Ricky Martin, cantando una canción de Benito contra la gentrificación, la asimilación cultural y ejerciendo una crítica frontal contra EE. UU., se proporciona a sí mismo la satisfacción de salir del armario por segunda vez: esta vez hablando claro, mostrando su pertenencia boricua y exponiendo el descontento hacia la situación colonial de su país, no solo por la vía de los hechos, sino de manera explícita. Ya se sabe: los hechos son más importantes que las palabras, pero estas hacen más ruido y llegan a más gente. Y todo gracias a su compañero milenial-Z ¿quién dice que los jóvenes de ahora no valen para nada y, si así fuera, de quién es la culpa? Dale un móvil a un boomer (paradojas del abuelo disculpadas), y posibilita un piso a un zeta.
Hay veces en que la colonialidad del ser es tan fuerte, que es imposible independizarse hasta del nombre dado por otros. Ejemplo paradigmático es la palabra «latino», venida de fuera, impuesta, al objeto de borrar una realidad para implantar o superponer otra. Artistas como Residente, Rubén Blades o, últimamente, Carlos Vives, cuestionan el término.
Lo que le pasó a Hawái y a Puerto Rico ya no es cuestión sobre la que se guarde silencio más, siendo la música el vehículo. El caso de Hawái recuerda a unos boricuas decididos a sacar a la palestra internacional los abusos sufridos en la isla. Ello constituye una muestra de poder blando por parte de un agente no estatal (inverso). Siempre recibirá sus críticas, vaya por adelantado, bien o malintencionadas, de lo que se tendrá ocasión de reflexionar en la segunda parte de este artículo.







