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Cien años de Caballero Bonald

José Manuel Caballero Bonald. Imagen RTVE.
José Manuel Caballero Bonald. Imagen: RTVE.

Se cumplen cien años del nacimiento de Caballero Bonald y el Instituto Cervantes lo homenajea en Jerez, su pueblo y el mío. Allá que vamos porque pagan casi tan bien como Jot Down y no está la cosa para hacerse el johatsu, por más que sea lo único para lo que uno sirve ya.

Cada vez que llego a Jerez, ya sea por carretera o por raíles, me acuerdo de Caballero Bonald. Bueno, no tanto de él como de un poema suyo que se titula «Color local» y en el que cuenta que hace ya tres años que no va por su infancia y va siendo hora y coge el caminito para Jerez y al llegar ve una sucesión de horrores, carteles costumbristas, las opiniones perfumadas de insensatez de los asiduos al casino, plazoletas llenas de hombres quietos a la espera de que a alguien se le ocurra darles faena, casitas destruidas para hacer hoteles que contenten al turista, y así todo seguido, metiéndole en el alma un deseo de largarse que le lleva a la conclusión de que nada de todo aquello tiene ya que ver con él, nada de todo aquello le pertenece ya… para terminar reconociendo que «todo me pertenece». Prosificar un poema y contarlo así es lamentable, hay que reconocerlo, pero es lo que llevo en la memoria y, si me acuerdo del poema cuando llego a Jerez, no es porque vea las plazoletas llenas de gente con las manos en los bolsillos esperando al patrón ni carteles costumbristas ni me pare a oír qué se dice o qué se calla en el Casino, donde habré entrado una o dos veces en mi vida, sino porque me parece que dice mucho en favor de una ciudad el hecho de que le hagan un retrato tan aplastante y aun así reconozca la grandeza del vecino pintor. Cuando yo era chaval y Caballero Bonald debía de andar por los sesenta, ya le pusieron su nombre a un instituto de bachillerato, que en Jerez los institutos entonces lucían nombres de escritores: estaban el Coloma —autor del Ratoncito Pérez, junto al tocino de cielo, una de las grandes aportaciones de la ciudad a la cultura universal—, el Álvar Núñez —puede que el mejor cronista de Indias, autor de esa autoficción prodigiosa que es Naufragios— y el Caballero Bonald. Cuando lo conocí, lo primero que le dije fue eso: «Eres un instituto de Jerez, ¿cómo dejas que le pongan tu nombre a un instituto lleno de chavales y tientas al destino dejando que el futuro se llene de frases como “me rompieron el corazón en el Caballero Bonald”, “un cabrón me hizo la vida imposible en el Caballero Bonald”?». El hombre supo salir airoso: «También habrá frases como “me enamoré por primera vez en el Caballero Bonald”».

Lo conocí en Sevilla en 1991. Naturalmente, ya había leído cosas suyas. Si no te leías Ágata ojo de gato en el colegio, no te dejaban hacer la primera comunión, y mi padre tenía los seis discos del Archivo del cante flamenco, así que para mí era una celebridad. Se daba el caso de que trabajaba yo en una emisora de radio en la que no había jornada en que no entrara alguna celebridad por la puerta, desde Nacha Guevara hasta Alfonso Guerra, porque el dueño de la emisora era célebre él mismo y todo el que pasaba por Sevilla le rendía visita para pasar por sus micrófonos. Así que, cuando lo vi entrar por la puerta de la emisora acompañado del poeta Fernando Ortiz, pensé que venían a ver a Jesús Quintero, el dueño de Radio América y de todo el edificio donde la emisora estaba: en la planta baja se ubicaba el Café Placentines, con sus camareras escogidas más o menos como el dueño de Playboy debía de escoger a las damas que inspiraban tantas fantasías en su revista; en la primera planta, Administración y una agencia de publicidad; en la segunda planta, la productora de televisión Babilonia; en la tercera, la radio, y en el ático, la vivienda de Quintero, desde la que, empinándose un poco y alargando la mano, podía uno tocarle el lomo a la Giralda. Pero qué va, Caballero Bonald no venía a saludar a Quintero ni a ser entrevistado por él. En realidad, no se llevaban nada bien porque una década antes, cuando el escritor dirigía un sello discográfico, quiso publicar un álbum de Paco de Lucía, al que representaba Quintero, y la negociación para producirlo acabó fatal. Caballero Bonald, que había publicado discos de Serrat, de Lluís Llach, de Maria del Mar Bonet, de Rosa León y esa obra maestra que es el disco de Massiel con poemas de Bertolt Brecht, avisó al guitarrista, al fin y al cabo paisano, de que tenía un representante que era un botarate.

El trabajo en los informativos de la emisora era grato pero cansino. Quintero quería reinventar la radiofórmula e ideó un modo en el que el sinfín de temas musicales fuera agujereado por textos de cualquier procedencia, desde aforismos cazados en Nietzsche o Marco Aurelio hasta fragmentos bíblicos, greguerías, poemas de Juan Ramón, en fin, lo que se fuera seleccionando, siempre grabado por las mejores voces de España, porque Quintero, al fin y al cabo locutor de la vieja escuela, tenía clarísimo que un locutor no puede ser redactor y un redactor no puede ser locutor; él había pasado exámenes míticos en Radio Nacional y llevaba a gala haber sacado mejor nota que Luis del Olmo y otras voces legendarias. La cosa es que había ideado unos boletines informativos que debían mantener el tono sosegado y poético de la emisora, segurísimo como estaba de que, después del Paleolítico y del Neolítico, estábamos ya en el Ansiolítico. Bastante tiene la gente con lo que tiene como para encabronarla con malas noticias u opiniones desaforadas, así que exigía un tono poético, irónico como mucho, cercano. En una frase que llevábamos todos tatuada en la corteza del alma: «Tiene que parecer que los informativos de esta radio los ha escrito Mario Benedetti».

Como seguramente saben, en unos informativos horarios se repiten unas cuantas noticias, las principales. Yo ejercía de jefe en la redacción y cada mañana contaba con un lecho de unas diez o doce noticias que iba barajando para que el que escuchara los boletines de las nueve y de las diez no pensara que nos habíamos limitado a leer dos veces lo mismo. Pero, como las noticias engordan a lo largo de la mañana, los textos había que rehacerlos o aumentarlos o corregirlos al compás de lo que fuera ocurriendo allá fuera, en la remota realidad. Y como temía que leer tantas veces al cabo de una jornada lo mismo me hiciera desatender lo que fuera diciendo el texto —porque encima nuestros locutores eran unos grandes profesionales, sin duda alguna, pero más seguros de sí mismos que un futbolista argentino en el minuto noventa de una final del campeonato del mundo que va cero a cero: ni siquiera se paraban a echarle un vistazo al mazo de folios que iban a leer en la pecera—, se me ocurrió un modo de obligarme a repasar los textos de cada boletín antes de entregárselos al locutor al que le tocara salir en directo. Les dije a los redactores que, si no en cada boletín, sí a menudo, metieran una noticia falsa, abrumadoramente falsa, indiscutiblemente falsa, tan disparatada que me hiciera reír antes de retirarla del mazo de folios que dejaba preparado para locución. Los redactores la tomaron con el propio Quintero, que se volvió protagonista de casi todas las noticias disparatadas que colaban entre las que había producido o estaba produciendo la jornada. Del tipo: «Fuentes bien informadas nos han asegurado que la más brillante estrella de la televisión nacional, historia viva de la radiodifusión y socio del Betis, el locutor Jesús Quintero, ha decidido abandonar la comunicación, decepcionado con el nivel de la audiencia, y va a vender la productora de televisión Babilonia y esta misma emisora para dedicarse a producir películas pornográficas, convencido de que en el porno está la única revolución sentimental posible, siguiendo así a los teóricos franceses que defienden que el porno, al ser pura imagen, es el modo más moderno de narrar este fin de los tiempos en que, aunque nadie se haya dado cuenta aún, estamos todos muertos». Por supuesto, el mecanismo ideado para que atendiera cada boletín quedaba desactivado porque bastaba ver una Q mayúscula y leer el apellido de nuestro dueño para que localizara la noticia falsa. De todas maneras, me ayudaba a leer de nuevo lo que había leído esa mañana ya varias veces y nunca se había colado en ningún boletín ninguno de aquellos disparates que los redactores de Radio América confeccionaban para echarse unas risas y hacerme reír mientras seguía vigilando. Había retirado de los boletines antes de darlos a locución noticias sobre Quintero narqueando, Quintero retirándose al Tíbet, Quintero comprando por una peseta el Betis Balompié, Quintero fundando una secta que estaba segura de que el fin del mundo se produciría el día de la inauguración de la Expo…

Las noticias redactadas tenían que estar en mi mesa a menos diez; a menos cinco, el locutor al que le tocara se pasaba por mi mesa a recoger el boletín. Eso en teoría. En realidad, los redactores depositaban sus folios en mi mesa a menos cinco, yo los leía sabiendo que el locutor no iba a pasarse por mi mesa hasta menos un minuto, retiraba la noticia falsa si había bicho en el boletín, corregía alguna cosa, seleccionaba las notas que mejor me pareciesen, guardaba alguna para un boletín posterior y dejaba el mazo listo en el borde de mi mesa para que el locutor lo recogiese sin que tuviese ni que preguntarme dónde estaba el boletín.

Ya se va viendo lo que va a pasar, lo sé. Pero esto no es un cuento de misterio. Entra Caballero Bonald en la emisora, al verlo pienso que Quintero lo va a entrevistar, estoy esperando que lleguen las noticias de los redactores para el boletín de la una y, con sorpresa, advierto que Fernando Ortiz y Caballero Bonald vienen hacia mí, esquivan el pasillo que lleva a los estudios y me pongo en pie y me adelanto a saludarlos. Los redactores van dejando sus notas en mi mesa. Caballero Bonald me felicita. Ha venido a decirme que he ganado el Premio Luis Cernuda de Poesía, al que me había presentado hacía meses con mi primer libro —en ese momento yo no había publicado ningún libro—. Estaban en el jurado Ortiz, Caballero Bonald, el crítico García-Posada y Jacobo Cortines. Abrieron la plica y Fernando Ortiz dijo: «Es un muchacho de Jerez, trabaja ahí al lado con Quintero; vamos a decírselo». Y vinieron a la radio. Un millón de pesetas. Es un premio que habían ganado poetas muy favoritos míos, Javier Salvago —que encima es mi jefe—, Felipe Benítez Reyes, Vicente Tortajada…

En fin, hay que celebrarlo, ¿no? Y tanto que sí. Bajamos al Placentines, hablamos de esto y de lo otro, de flamenco, por el que él cada vez tenía menos interés y yo también, de Jerez, adonde por entonces yo iba casi todos los fines de semana y él tampoco, de Quintero, a quien, a pesar de no caerle demasiado bien, le reconoce una grandeza y una fuerza únicas y yo también… Por supuesto que me olvidé del boletín informativo de la una, señoras y señores del jurado, y por supuesto que en el boletín informativo de la una había una de esas notas falsas que yo les había pedido a los redactores para mantenerme despierto y estar atento y revisar lo que iba a ser leído en antena sin darlo por sabido; y mientras estaba en el Placentines tomándome con los dos poetas una manzanilla —no despachaban fino allí—, dado que en el local («Excelente gusto tiene Quintero, hay que reconocerlo», comentó Bonald entre los terciopelos rojo sangre y las columnas con espejos y las inacabables camareras disfrazadas de cantineras de wéstern) sonaba como hilo musical la emisora, sale en antena la cortinilla de los boletines informativos y oigo al locutor leer la primera noticia, y un calambre me recorre la espina dorsal porque estoy seguro, segurísimo, de que en el boletín que no he mirado va una noticia en la que se informa de que Jesús Quintero, yo qué sé, ha decidido invertir todo lo que tiene en crear una ganadería de toros bravos que bramen en endecasílabos o ha aceptado una oferta del Gobierno libio de Gadafi para hacer durante cinco años de doble del dictador de Trípoli. Y una urgencia se apodera de mí y dejo a Caballero Bonald con la palabra en la boca, tal vez pensando que me ha sentado mal el Premio Luis Cernuda, y corro hacia la emisora para tratar de impedir lo inevitable. Curiosamente, Caballero Bonald me estaba contando de qué iba la novela que acababa de entregar a Anagrama y que saldría al año siguiente, Campo de Agramante: en ella, el protagonista sufre una anomalía auditiva que le permite oír todo ruido momentos antes de que sea emitido, y esa patología convierte su cotidianeidad en un abracadabrante teatro del absurdo y la rutina en un campo de minas y el vivir en una alucinación constante.

Cuando llegué a la emisora, el locutor ya salía de la pecera, me entregó el boletín recién leído, me dijo «De nada» y me dejó encontrar en los folios la página maldita, donde se informaba de que «una investigación policial ha revelado que Quintero desayuna sangre de niño convencido de que eso es lo que mantendrá viva su voz. Según los datos confirmados por el juez instructor de la causa, el famoso presentador paga hasta medio millón de pesetas por litro de sangre, siempre y cuando las extracciones se realicen en su presencia». Me regresé con el folio al Placentines. Caballero Bonald y Fernando Ortiz seguían allí con sus manzanillas y me sumé a ellos. Cuando se fueron, le dije a la camarera que lo pusiera todo en la cuenta de Quintero. Ni le conté la urgencia que me hizo cometer la grosería de dejarlo con la palabra en la boca ni me pidió explicaciones. Cuando al año siguiente salió su novela, la leí de inmediato: «Cuando medio comprendí que podía oír los ruidos antes de que se produjesen, ni siquiera lo consideré una rareza». Así empieza; no puedo leer esa página sin acordarme de Quintero y del locutor que tuvo que sujetarse la risa ante aquel folio y decidió no leerlo.

A Caballero Bonald lo vi más veces, no muchas, media docena. Siempre fue cariñoso y generoso conmigo. Cada vez que necesitaba una carta de recomendación para optar a una beca o similar, acudía a él. Y —no sé si será por haber trabajado con Quintero— su voz se me quedó emparedada en la memoria de modo que, cada vez que leo algo suyo, como si en vez de leer un libro estuviera escuchando un disco, el texto suena con su voz y su acento tan particular, con ese mestizaje purificador de andaluz, castellano y americano. No es necesario abundar en la hondura de su obra, aunque quizá no esté de más recordar que, en su generación, junto a Quiñones, es acaso la única voz que se atrevió a probarse en todos los géneros. La del cincuenta es una generación en la que los poetas escribían poemas y los narradores, novelas y cuentos: son pocos los casos de quienes aspiraban a la totalidad —luego se ha ido haciendo más frecuente; entre los novísimos, por ejemplo, no hubo ni uno que no se probase en todos los géneros, desde Vázquez Montalbán hasta Gimferrer o Ana María Moix—. En la del cincuenta, Marsé escribió novelas y relatos; Ferlosio, igual; Martín Gaite solo probó a escribir versos muy de circunstancias; Gil de Biedma, poemas y un diario; Valente, poemas, ensayos sobre poesía y unos cuentos que pueden pasar por poemas en prosa; solo Carlos Barral, muy al final, se atrevió a acompañar sus poemas con una novela. Pero Caballero Bonald se atrevió bien temprano con la novela —Dos días de septiembre— y su obra narrativa corre pareja a su obra poética, seguramente porque tenía una concepción poética de la novela, porque no es faltar a la verdad ni achicarle la energía decir que algunas de sus páginas más eficientemente poéticas están en algunos momentos de sus novelas.

Y está su labor como flamencólogo, no solo como productor musical, sino también como andarín de los caminos que llevan a los pasadizos oscuros de la memoria en los que —no por distancia temporal, porque el flamenco es de finales del siglo XVIII o principios del XIX— están las fuentes del flamenco. La oscuridad de su nacimiento, la pregunta «¿Por qué esto y por qué aquí?» acerca de lo que llamaba «cante gitano-andaluz», le hizo, a mediados de los años sesenta, ponerse en marcha, acompañarse de un equipo de sonido profesional y recorrer pueblos blancos agazapados o empinados para buscar en tabancos, patios y reuniones las huellas nunca recogidas de deblas, tarantas y seguiriyas que acabó recopilando en los seis discos de su Archivo. Por imponente que sea esa tarea (se recuerda poco lo mucho que el flamenco les debe a los poetas: desde Demófilo, que recopiló cantes en el XIX, hasta Lorca y su teoría, más poética que otra cosa, del duende; desde Ricardo Molina a las órdenes de Antonio Mairena hasta Fernando Quiñones poniendo orden en De Cádiz y sus cantes), a uno lo sigue conquistando lo aventurero de la expedición. Parecía Caballero Bonald seguir un instinto que le mandaba que se pusiera en marcha porque, de no ponerse en marcha, se iba a perder lo que nunca había sido atesorado. Ese viaje en pos de cantes ancestrales —ya digo que el adjetivo es aproximativo: no hay nada ancestral en el flamenco, solo la purificación del mestizaje, los cantos sinagogales judíos fundiéndose con lo mozárabe y lo castellano en una barrica gitana; por eso se dio en la Baja Andalucía y solo en la Baja Andalucía— guarda una novela de aventuras en la que, por lo que le pude oír, abundaron los sinsabores de las fiestas en las que no pasaba nada memorable y la emoción de escuchar de repente un relámpago que lo iluminaba todo como ilumina una cerilla una cueva inmensa: la pequeña lumbre solo sirve para que midamos la inmensidad de la oscuridad que nos rodea.

Para Caballero Bonald había algo que hermanaba el cante con la poesía, y no se refería a la letra. Se refería a que eran dos disciplinas que podían prescindir de público. Que se hacían —o se hicieron— porque sí, por necesidad del que cantaba o escribía, no porque esperara que aquello que necesitaba cantar o escribir fuera a recibir plácemes y honores. Para él, el cante jondo tuvo su peor época justo cuando los entendidos aseguran que floreció: en los años veinte. La razón es simple. Es entonces cuando el cante pasa a convertirse —mediante los cafés cantantes— en espectáculo. Empieza a necesitar un público. Ya no se da porque sí, en reuniones, en corralas o gañanías. Ya nace la programación, el horario. Y con ellos, el entendido, el que no tiene ni idea de cómo un chorro de voz hace que te cruja el alma, pero tiene registradas todas las actuaciones del mundo y es erudito en nombres propios y composiciones. Ya nace el empresario, el que te dice que al público no le gusta que te pongas muy negro con la seguiriya y hay que atacar por rumbas y, desde luego, acabar por fiestas. No es raro que, con el tiempo, Caballero Bonald, último caminante en pos de cantes nunca registrados, fuera perdiendo la afición. Pero eso sirve también para leerlo, para recordar con cada poema que hay un «porque sí» previo que lo hace nacer de una necesidad de indagar en las tumultuarias arenas de la memoria, donde de vez en cuando, con mano calcinada por la emoción y con amor por la grandeza del lenguaje —pues escribía siguiendo la tradición barroca con todo el diccionario—, encontraba un relámpago que todavía nos ilumina para hacer todavía más grande la oscuridad en la que, qué remedio, vamos aguantando.

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