
Fuera hace frío. Fuera de las aulas de las facultades de Historia, fuera de los archivos, de los despachos atiborrados de libros hace frío. O al menos lo parece. Hasta no hace mucho, un porcentaje muy significativo de historiadores en nuestro país no encontraban casi ningún eco para sus investigaciones fuera de sus facultades y de los simposios y jornadas donde trataban de contar sus investigaciones. Si en la tradición historiográfica anglosajona la divulgación ha tenido buena prensa dentro de los ámbitos académicos, en nuestra piel de toro ha sido más bien lo contrario. Hasta hace muy poco no se ha puesto en valor el trabajo de contar la historia, de narrar lo que se sabe, lo que se ha investigado sobre nuestro pasado. Y aún hoy quedan restos de ese desencuentro entre la investigación histórica y su divulgación. La gestión cultural ha ayudado, ha tendido puentes entre estas dos visiones del relato histórico.
Tradicionalmente se han visto como mundos distintos, en los que desde el serio, el de la investigación académica, se ha mirado por encima del hombro al de la divulgación. Quizás este sea uno de los pecados capitales de nuestra historiografía, el del desprecio a contar al vulgo, o sea, a la sociedad, lo que se conoce y cómo se conoce de nuestra historia. Pero, como decía anteriormente, esa visión corta y sesgada se está superando por momentos y cada vez más historiadores no solo no les hacen ascos a los divulgadores, sino que ellos mismos se esfuerzan en hacerlo directamente. Junto a investigaciones rigurosas aparecen ensayos que las explican y las difunden y así las dan a conocer a un número cada vez mayor de personas. Los museos, los espacios culturales y los centros de interpretación histórica también están colocando su granito de arena en este proceso, demostrando que desde el rigor se puede, o mejor dicho, se debe difundir y divulgar la historia de forma atractiva y útil para la ciudadanía.
No ha de obviarse que estamos ante dos ámbitos que se pisan, se complementan, se confunden y se mezclan. Ambos comparten una frontera brumosa, amplia, donde conviven y se confunden. No es extraño en absoluto encontrar historiadores que son a la vez grandes investigadores y magníficos divulgadores; no es lo común, sobre todo en nuestra historiografía, pero haberlos, los hay. De hecho, se podría decir que, en cierto sentido, el historiador puro se acerca a este doble desempeño: investigar y contar. Aun así, pese a esta simbiosis cada vez más evidente, se puede caer en el error de pensar que la investigación histórica y la divulgación deben ser la misma cosa. Quizás ahí radicara parte de ese cierto desprecio de lo académico hacia lo popular. Pero no se trata de lo mismo. Son dos áreas que se necesitan y se complementan, pero responden a intereses distintos, tienen diferentes herramientas y buscan objetivos separados. Tienen distintos rigores. Si la investigación histórica busca reconstruir el pasado con los restos del mismo que han llegado hasta nuestros días, la divulgación trata de narrar de forma también rigurosa, pero al mismo tiempo amena, esa reconstrucción. El rigor de la investigación histórica radica, o debe radicar, a grosso modo, en el respeto escrupuloso a los restos y la información sobre ese pasado para, desde ahí, tratar de reconstruir, de llenar huecos y de explicar cómo fue el pasado que se está investigando y estudiando. En cambio, el rigor de la divulgación radica, además de en el respeto por el pasado, por lo que conocemos sobre él, en las formas de explicarlo, debiendo compaginar la realidad histórica que se conoce, y a veces la que no se conoce, para evitar caer en falsos históricos, con la forma en que se explica, el «cómo», que debe unir esa rigurosidad con lo ameno y lo explicativo. En la divulgación, la capacidad de explicar es tan importante como el rigor histórico. No tendría ningún sentido un centro patrimonial cuyo discurso fuera denso y farragoso, enfrascado en debates historiográficos y sin la más mínima capacidad de comunicación para el visitante. Como tampoco lo tendría ese mismo centro si se sustentara en falsos históricos. El divulgador no debe vulgarizar el conocimiento.
El ámbito académico cumple la función de preservar y ampliar nuestro conocimiento del pasado histórico. El ámbito divulgativo, la de difundir ese conocimiento y hacerlo asequible, que no vulgar, para la ciudadanía. Por esto, desde la academia se tiende a no entrar en los debates culturales del momento, a investigar de forma aséptica, al menos en intención, en lo que a la influencia directa de la actualidad social, política y cultural se refiere. Obviamente, esto, en un sentido total, es imposible; los historiadores, los investigadores, viven en sociedad, se informan sobre su presente, tienen ideología y todo esto, de forma más o menos directa o indirecta, si se prefiere, acaba por permear el trabajo histórico. Pero no hay, o no debe haber, una intencionalidad ideológica en la investigación histórica o, cuando menos, no debe ser la causa ni el objetivo principal de la misma. Investigar el papel olvidado, o mejor dicho, ignorado, de la mujer en los procesos históricos puede responder a la conversación cultural del momento, y en este caso está bien, es correcto que desde la investigación se responda a esta realidad, sobre todo porque la conversación ha puesto de relieve un hueco de tremenda importancia en la historiografía. Pero, una vez tomada la decisión de investigar este tema, el acercamiento debe ser profesionalmente objetivo, buscar, ver y tratar los datos con el rigor histórico al que nos hemos referido antes.
En cambio, el divulgador sí debe asumir y participar de la conversación cultural. Sobre todo, puede usar esa conversación como herramienta para atraer la atención sobre aquel hecho o proceso histórico que quiere divulgar. En estos casos, el contraste entre lo histórico y lo actual tiene una doble función: por un lado, es útil para hacer entender las diferencias entre épocas históricas y nuestro presente y, por otro, aporta una reflexión sobre el hoy, sobre la evolución de la sociedad y los caminos que se han recorrido para llegar hasta el ahora, para mostrar cómo hemos llegado al hoy. El divulgador, sea en un ensayo, en la construcción de un discurso expositivo o en una programación, puede participar en el debate, en la controversia, aportando el punto de vista histórico. En este caso, el rigor que debe seguir consiste en no caer en falsos históricos ni usar la historia para sostener una posición u otra. El pasado es el que es y no legitima nada del presente; simplemente ha sido el camino que se ha seguido, pero ni es el camino que se está siguiendo ni mucho menos el que se ha de seguir. El divulgador usa la historia para ayudar a conocer el presente, no para moldearlo y mucho menos para manipularlo.
El conocimiento histórico es el basamento desde el que divulgar, ya sea mediante el ensayo o, desde la gestión cultural, a través de espacios culturales y patrimoniales, centros de interpretación y programaciones. No debe confundirse lo ameno o lo atractivo con el entretenimiento puro, con esa «civilización del espectáculo» de la que habló Vargas Llosa, un espacio donde el ocio oculta la capa cultural, donde la atracción de público se coloca por encima de todo lo demás, donde el espectáculo grandilocuente tapa la información. La divulgación histórica, la buena divulgación, debe ser capaz de generar interés desde el conocimiento, debe saber aprovechar los hitos históricos para generar comunicación, usar esos polos de atracción para atraer la mirada del visitante, del espectador o del lector y luego moverla, llevarla a puntos de interés no tan llamativos o sugerentes, pero necesarios para poder transmitir la imagen general de la época o del hecho histórico que se quiere contar. Un ejemplo de los riesgos que debe solventar el divulgador es el uso de las nuevas (o ya no tan novedosas) tecnologías, como las proyecciones inmersivas, las recreaciones digitales, etc. Son herramientas de una gran utilidad, pero en muchas ocasiones se convierten en las protagonistas de los espacios culturales y los centros de interpretación. Es evidente que poseen un notable atractivo por sí mismas, pero, a la hora de planificar su uso, se ha de saber medir su impacto en el visitante. Como se señalaba antes, es muy fácil que la espectacularidad acabe sepultando el discurso. En este caso, el rigor, una vez más, de la divulgación está en saber controlar esos recursos, las herramientas más espectaculares, para no desvirtuar aquello que se está narrando.
Hago tanto hincapié en los espacios culturales porque se ha generado en los últimos años un extraño hábito en muchas instituciones culturales, sobre todo en ayuntamientos, por el cual se les otorga el apellido «cultural» a espacios patrimoniales a los que no se sabe bien qué contenido dar. Así, se planifican y ejecutan obras de rehabilitación con la única premisa del futuro uso cultural, sin más detalle, y cuando la obra está anunciada, acabada y vuelta a anunciar y no queda otra que concretar el uso cultural real que se le va a dar al inmueble histórico, es la propia historia del edificio la que tiende a asumir el protagonismo, con lo cual se están generando muchos espacios culturales de índole patrimonial dedicados a la divulgación histórica. Más allá de que el camino debe ser el inverso —primero se piensa y se define el uso y luego se acomete la obra—, lo cierto es que este uso divulgativo e histórico de los espacios culturales no es malo per se. No dejan de ser oportunidades para divulgar aspectos de la historia que de otra manera tendrían muy difícil llegar a la ciudadanía. La clave, como hemos visto más arriba, está en el rigor y en la calidad del discurso histórico de cada espacio. Aprovechando la monumentalidad de muchos de estos edificios, es relativamente fácil generar contenidos atractivos que atraigan y —algo muy importante que se tiende a olvidar por los excesos de la turistificación— fidelicen a los visitantes, porque, más allá del atractivo turístico que poseen estos espacios, su principal uso y valor —su utilidad— están en el territorio, en la ciudadanía del entorno, tanto del más inmediato como del cercano, que es en última instancia quien más vínculos e intereses tiene con su propia historia. No ha de olvidarse que la gran mayoría de estos hitos históricos están fuertemente vinculados con la historia del territorio donde se ubican. Y es con el dinero de los impuestos de esta ciudadanía con el que se sufragan obras y contenidos.
La historia construida exclusivamente con datos es muy fría. Afortunadamente, hace muchos años que la historiografía huyó de ese positivismo y abrazó la interpretación como parte de la ciencia histórica. La divulgación histórica, desde esas interpretaciones basadas en los hechos, genera un discurso que aporta calidez y hace más atractiva la mirada rigurosa a nuestro pasado. Se trata, por tanto, de un juego a dos bandas que, en el fondo y muchas veces en la forma, son el mismo equipo.





