
Volver al ciclo literario de Mágina, si se releen las primeras novelas de Antonio Muñoz Molina, es volver también a la «región de la metáfora» (Pere Gimferrer) que un día ya lejano recorrimos como lectores por entre un paisaje de huertas y olivares, calles empedradas, miradores espléndidos, lienzos de muralla, plazas con estatuas, iglesias con torres de yedra, casas humildes de hortelanos con pórticos de piedra, torres con relojes, parques y jardines, comercios provincianos y palacios de color arena que brillaban dorándose bajo el sol. Úbeda, la ciudad natal de Muñoz Molina, es la ciudad real, la consignada en el mapa de la provincia de Jaén. Mágina es su maqueta imaginaria, el lugar duplicado donde la ficción quita y añade a su antojo. El callejero de Úbeda se amalgama con la trama de la ciudad literaria, de manera que uno ya no sabe, sin que en el fondo importe mucho, si la Casa de las Torres o el barrio de San Lorenzo existen de verdad o si la estatua tiroteada del general Orduña en la guerra civil es obra o no de la fantasía.
Antonio Muñoz Molina nació un 10 de enero de 1956, hace justo setenta años, en la calle Fuente de las Risas (el curioso nombre de la calle parecía ya remitir a otro lugar como de ensoñación precoz). Volver al paisaje y al paisanaje de Mágina, en fin, es vernos volver muchos años atrás como lectores agradecidos. En la obra iniciática de Muñoz Molina se cumple este 2026 como un jubileo de aniversarios y coincidencias donde el azar, como casi siempre, se revela como un trucaje de casualidades en el que el tiempo, también como siempre, maneja los hilos de sus marionetas. Nosotros, o sea.
Se cumplen ahora cuarenta años de Beatus ille (1986), la primera gran novela del autor que abrió el ciclo narrativo de Mágina. De El jinete polaco (Premio Planeta de 1991 y Premio Nacional de Narrativa al año siguiente) se cumplen treinta y cinco años. Y de El viento de la Luna (2006), que es como el tercer apéndice de la memoria personal en torno a Mágina, han pasado ya veinte años (se narra en sus páginas —espejo autobiográfico del autor— cómo influye la llegada del ser humano a la Luna sobre la mirada y el pensamiento de un adolescente con bozo de pueblo, cuyo cuerpo se ve estremecido por los sucesivos cambios hormonales y cuya mente va ubicando la lógica no siempre grata ni comprensible del mundo familiar que lo rodea).
En estas tres novelas (y sobre todo en las dos primeras), la Úbeda del escritor se desarrolla en forma de una planimetría real y, sobre todo y dicho por él mismo, como un «espacio virtual que sirve para proyectar ficciones». En otra novela posterior, Plenilunio (1997), también aparece la ciudad literaria para ambientar un oscuro y psicopático escenario donde se investigan varias agresiones sexuales contra menores. Pero esta otra asfixiante Úbeda-Mágina de Plenilunio es ya una urbe que, aun siendo provinciana, es más moderna y aséptica (adaptada al cine, la deficiente película de Imanol Uribe usó como localizaciones la ciudad de Palencia). Por último, en su libro Volver a dónde (2021), escrito tras el tiempo mudo de la pandemia, Muñoz Molina también regresa a la placenta de sus orígenes, en aquel barrio de San Lorenzo, donde se crio en una familia de hortelanos, entre aperos de labranza, corrales, cuadras y orzas de barro en las que se conservaban en aceite los productos de la matanza.
En Beatus ille y en El jinete polaco su autor no disimula «el mal de Montano» que, como en el título de la novela de Vila-Matas, parecía que lo iba a convertir en un émulo de Alonso Quijano, confundiendo realidad y ficción. No fue así del todo. Pero, aun así, aquel prometedor escritor de los años ochenta, descubierto por el citado Pere Gimferrer, sí que parecía estar como enfermo de literatura incurable: Proust, Faulkner, Onetti, Julio Verne, Borges, Henry James, pero sin olvido, por supuesto, del Quijote de Cervantes.
Como veremos, Beatus ille y El jinete polaco son un extraordinario diapasón de voces narrativas, que o se bifurcan o se imbrican o se alternan sin un claro aviso para el lector. El estilo ondulante marca un ritmo paulatino como de corredor de fondo a través de la prosa. La virtud literaria en estas novelas no se halla tanto en lo que se cuenta sino en cómo se cuenta todo a través del largo fraseo y la cadenciosidad deliberada. Lo que en estas dos obras hace especialmente único el espacio de Mágina no es la descripción minuciosa y preciosista de sus calles, sus plazas y sus monumentos. Úbeda, joya del Renacimiento español, no se nos descifra ni en parte ni en el todo a través del arte de sus iglesias o de sus maravillosos palacios renacentistas obrados por el ingenio de Vandelvira.
Aparecen, claro que sí, algunos de los enclaves más simbólicos y monumentales de la ciudad (Torre del Reloj, Casa de las Torres, Sacra Capilla del Salvador, Hospital de Santiago). Pero estos lugares aparecen siempre como entrecortados, como al fondo del fondo, casi solo insinuados entre el silencio mortecino y la apatía, como parte de un teatro provinciano, nocturno y mediocre, dividido entre las calles de una decadente ciudad del sur y el espacio de las huertas colindantes, que miran al horizonte azulado de Sierra Mágina, pero donde todo (campo y ciudad), al fin y al cabo, acaba ahogándose en el marasmo gris del franquismo, sin que la llegada de la democracia disipe del todo su ambiente cerrado, por mucho que la ciudad vaya recreciendo y afeándose hacia las afueras.
Tratándose de Úbeda, aunque tamizada por la ficción, sorprende que casi no existan menciones asiduas o veladas al príncipe de los poetas de la mística española, san Juan de la Cruz. Solo en El jinete polaco se le cita muy de pasada (página 220), cuando se describe al párroco de la iglesia de San Isidoro, devoto taurino, y se dice de él que era «aguileño y huesudo como la estatua de San Juan de la Cruz que hay en el paseo del Mercado». El autor de «Noche oscura» falleció de fiebres en Úbeda, en el antiguo convento, hoy museo, que puede visitarse actualmente, situado junto a la iglesia de San Miguel y la casa de espiritualidad de los padres carmelitas. De aquel niño que en El jinete polaco irá creciendo hasta llegar a ser traductor simultáneo en organismos y congresos internacionales (Nueva York, Bruselas, Madrid), sabemos que sí estudió en el colegio de los Salesianos. Y aunque aparece citado muchas veces el instituto de bachillerato donde prosiguió los estudios (aquí se incuban los primeros amores, la rabia adolescente, las vanas esperanzas de evasión), jamás se dice que ese mismo instituto llevaba el nombre de San Juan de la Cruz.
Beatus ille, escrita entre 1983 y 1985 (si bien iniciada en 1979 y aparcada entre paréntesis de bloqueo y desánimo), cuenta la historia de Minaya, joven estudiante que se supone que está escribiendo una tesis sobre Jacinto Solana, escritor y poeta olvidado de la generación del 27, oriundo de Mágina y presente en los frentes de la guerra civil con sus poéticas arengas a los soldados del ejército republicano. En Beatus ille nadie parece ser en el fondo quien dice ser. Novela de meandros, de fingidores, de secretos, de subterfugios, de apariencias, de rencores. En Mágina, Minaya se aloja en el amplio caserón del tío Manuel, amigo y cómplice de Solana en los años previos a 1936. Su madre, la matriarca doña Elvira, vive en una estancia superior de la que apenas sale. La joven sirvienta Inés, el escultor e imaginero de la Semana Santa Eugenio Utrera, el doctor Medina, Frasco (el casero del cortijo La Isla de Cuba) y la infortunada Mariana, la mujer del tío Manuel y el amor imposible del propio Jacinto Solana, conforman un corifeo de voces que entona su discurso entre la voluntad de estilo del autor y una deliberada atmósfera de nocturnidad y misterio. Cada personaje parece ser el trasunto de un impostor.
Cuando un día de invierno Minaya llega en ferrocarril a Mágina desde Madrid (es también la ciudad de sus orígenes familiares), su primera impresión le lleva a sentirse como un extranjero. Muñoz Molina hace de la «región de la metáfora» un diorama literario en el que puede inventar a su gusto. No existe en verdad ni ha existido nunca una estación de tren en Mágina-Úbeda, aunque la novela la sitúa en el campo, entre huertas, granados, olmos, acequias e hileras de olivos, cerca del cauce del río Guadalquivir. Al llegar, Minaya no reconoce esta otra Mágina fría y como desconocida.
Mágina —leemos—, en las tardes de invierno, se vuelve una ciudad castellana de postigos cerrados y sombríos comercios en los escaparates, ciudad de zaguanes hoscos y plazas demasiado grandes y baldías donde las estatuas soportan solas el invierno y las iglesias parecen altos buques encallados.
Era muy distinta de la otra Mágina de la luz que Minaya recordaba de niño, como la que se tendía desde los terraplenes de la muralla hacia los contornos azules y violáceos de la vega y el pictórico perfil de la sierra y del monte Aznaitín.
La novela lleva por título Beatus ille («Dichoso aquel») porque este era el título del libro que Jacinto Solana, conmutada su pena de muerte tras la guerra civil, decía estar escribiendo en los años en los que regresó a Mágina. El libro parecía formar parte más bien de una coartada o de un inconcreto ajuste de cuentas. Derrotado por la guerra y por la vida, nimbado por la ingrata luz de la posguerra, Solana se alojó primero en la destartalada casa de Manuel y, después, en el cortijo La Isla de Cuba. Minaya andaba en busca de una figura afantasmada, autor de un libro inacabado o tal vez fallido.
En El jinete polaco hay pasajes que sirven de puente con escenas y personajes que ya aparecían en Beatus ille (entre ellos el personaje, aparentemente menor, de Lorencito Quesada, el vocacional plumilla de Singladura, el rotativo local en el que escribe sin ganar un duro y solo por amor a Mágina, «la Salamanca andaluza», como la llama). Horadando en los surcos de su propia memoria personal, con vaivenes entre el hoy y el ayer, Muñoz Molina cuenta en esta caudalosa y profunda novela una historia de amor y de redención a través de la nervadura del tiempo. El futuro traductor simultáneo con don de lenguas es el mismo al que, siendo niño, le recordaban que había nacido en un friolento día de enero de 1956, el año y el invierno «de los hielos grandes», en el que, por voz de sus padres, supo que se helaron la mitad de los olivos de Mágina, que a la vaca que tenían en casa se le cortó la leche y que el becerro al que cuidaban se murió de hambre.
El narrador se recuerda a sí mismo a la par que construye el retablo humano y ambiental de la ciudad de la que pudo al fin huir para ajustar cuentas, no tanto con el entorno como con lo que él mismo había ido arrastrando durante años, escindido entre el respeto debido a sus mayores (los abuelos sobre todo) y el encono hacia el lugar cuya atmósfera lo oprimía: Mágina. De ahí ese paso gradual de la niñez en el barrio de hortelanos de San Lorenzo a la furia pandillera, siempre truncada por la deprimente realidad. O ese otro paso del amor hormonal y granujiento hacia una chica del instituto, nunca correspondido, hasta el hallazgo del verdadero amor con la hija medio norteamericana del comandante Galaz, aquel militar que fuera fiel a la República en Mágina y que vivirá casi el resto de su vida exiliado en Nueva York. El título de la novela hace referencia a la reproducción de un cuadro atribuido a Rembrandt, El jinete polaco, que el comandante Galaz, mientras estuvo destinado en Mágina en los albores de la guerra civil, compró en una tienda de anticuarios para colocarla en su despacho de oficiales del cuartel militar. Siempre habría de conservar aquella reproducción dentro de un arcón en el que también había un buen puñado de fotografías realizadas por Ramiro Retratista, el fotógrafo oficial de Mágina.
Recorrer hoy a pie Úbeda-Mágina, con El jinete polaco en mente, es una forma de preservar el tributo debido a aquella «región de la metáfora» que un día nos cautivó, pero que tanto ha cambiado en estos tiempos feísimos y gregarios del turismo masivo (existe incluso una Ruta Literaria Antonio Muñoz Molina que recorre muchos de los enclaves citados en sus novelas). Si es por elegir un momento en el que la memoria novelada se transmuta en paisaje agrio, existe un largo pasaje al final de El jinete polaco en el que el ya traductor simultáneo, quien ha regresado a Mágina al cabo de los años por la muerte de la abuela Leonor (aquí espera reencontrarse también con la hija del comandante Galaz, que llegará de Estados Unidos), describe los cambios que ahora percibe en su ciudad natal al inicio de los años noventa, cuando ha estallado la primera guerra del Golfo.
Nostalgia, compasión y rencor se dan la mano:
Recorro los miradores desde los jardines de la Cava hasta el ábside del Salvador y distingo los verdes brillantes y los azules suaves y los grises de niebla del valle del Guadalquivir, la alta silueta de la sierra de Mágina, borrosa tras la lluvia, los caminos blancos que descienden entre las huertas, hacia los olivares y el río, las columnas de humo. En los jardines de la Cava, alrededor de la estatua del alférez Rojas Navarrete, que mira en línea recta hacia el norte igual que el general Orduña mira al sur, las rosaledas y los macizos de arrayán entre los que se paseaban en las mañanas de domingo de hace veinticinco años las parejas de novios han sido devastados, y al caminar crujen bajo los pies cristales rotos de botellas de cerveza y agujas hipodérmicas machacadas. Cubierta por la hiedra hasta la cruz de su pináculo la espadaña de la iglesia de San Lorenzo sigue manteniéndose imposiblemente en pie, pero el pilar de la muralla, junto a la puerta de Granada, está infestado de botellas y latas y recipientes de plástico, y de los tres caños por donde brotaba un agua transparente y salobre solo uno no ha sido cegado, y de él mana un hilo muy débil, que se pierde entre el musgo y las ovas. Aquí venían a lavar las mujeres desgreñadas y chillonas del arrabal al que llamaban las Casillas de Cotrina, y cuando yo volvía de la huerta me excitaba mirar sus escotes y sus pechos blancos y temblones desde lo alto de la yegua: aquí me contaban que venían a lavar sus ropas los moros de Franco después de la guerra, y al atardecer extendían sus mantas sobre el empedrado sucio de estiércol y se arrodillaban para rezarle a gritos a su dios, a la misma hora que sonaban las campanas de Santa María y el toque de oración en el cuartel.
Curiosamente, este mismo año, el de los aniversarios literarios ya citados al inicio, con su cuota de azares y tal vez de trampas, la Fundación Huerta de San Antonio de Úbeda, comprometida con el patrimonio local (se está rehabilitando y dando vida cultural a la iglesia de San Lorenzo, desacralizada tras la cuerra civil), ha editado el precioso libro Entre Úbeda y Mágina. En sus páginas, al cuidado de Juan Vida y con ilustraciones de Miguel Sánchez Lindo, se recogen retales de recuerdos de Antonio Muñoz Molina extraídos de sus novelas, artículos periodísticos y diarios. Toda una autobiografía vinculada a un territorio, Mágina, y, sobre todo, al barrio de San Lorenzo. Dícese de aquel otro espacio dado a la acordanza, donde hubo un tiempo rural ya extinto marcado por las faenas del agro, la oralidad de las voces del pasado y el sonoro costumbrismo en el que podía distinguirse a qué puerta y a qué vecino se llamaba por el sonido de los aldabonazos que se daban entre el eco y el tañido. Tempus fugit.





