
A los grandes amores no habría que volver. La razón no es que necesariamente vaya a salir mal. Eso sería demasiado fácil y, además, probablemente falso. Lo verdaderamente peligroso es que salga bien, al menos durante un tiempo. Si una persona a la que quisimos hace veinte o treinta años se ha convertido por completo en una desconocida, el problema suele resolverse solo. Uno comprueba lo que el tiempo ha hecho con ambos, quizá lamenta durante un rato algunas cosas y continúa con su vida. La situación se complica mucho más cuando todavía quedan la voz, una forma particular de reír, determinadas palabras que nadie más utiliza o esa manera de decir nuestro nombre que creíamos olvidada. Basta con unas pocas coincidencias para empezar a sospechar que el tiempo no ha hecho del todo su trabajo y que tal vez nosotros tampoco tengamos por qué respetarlo. Hay antiguos amores a los que volver puede parecerse bastante a entrar voluntariamente en un infierno con la particularidad de que, al principio, uno no ve las llamas.
Pensaba en algo parecido al salir de ver la Odisea de Christopher Nolan. Estaba bastante enfadado con la película, lo que en mi caso probablemente ayudaba a pensar. Me había desconcertado especialmente una cierta infantilización del regreso, la impresión de que detrás de tantos monstruos, guerras, barcos y sufrimientos seguía funcionando aquella estructura narrativa elemental que aprendemos muy pronto. El héroe se marcha, atraviesa innumerables peligros y finalmente consigue volver a casa. Como ocurre algunas veces al regresar, los lugares conocidos empezaron a traer consigo otros momentos en los que uno había estado allí. Probablemente Nolan no tenía toda la culpa.
Nos gusta demasiado la palabra volver. Volvemos a casa, volvemos con alguien, volvemos a empezar y hasta aspiramos de vez en cuando a volver a ser quienes éramos. También la política recurre periódicamente a esa extraordinaria oferta comercial que consiste en recuperar un país que alguna vez existió tal como ahora lo recordamos. El regreso tiene muy buena prensa porque contiene la promesa de que algunas pérdidas no son definitivas y de que ciertas distancias pueden recorrerse en dirección contraria. La vida sería bastante más soportable si funcionara así. El inconveniente es que el tiempo no se comporta como los mapas. Uno puede desandar una carretera, comprar un billete de vuelta o entrar otra vez en una casa. Nada de eso permite recorrer los años en dirección contraria.
La propia palabra nostalgia nació bastante lejos de la agradable melancolía con la que hoy evocamos canciones de nuestra adolescencia. El médico Johannes Hofer utilizó el término en 1688, en su Dissertatio Medica de Nostalgia, para describir el sufrimiento patológico asociado al deseo de regresar al hogar entre personas que se encontraban lejos de él. Construyó la palabra a partir de los términos griegos nostos, que alude al regreso al hogar, y algos, dolor. La nostalgia fue concebida como una enfermedad mucho antes de convertirse en una emoción y muchísimo antes de transformarse en una industria cultural. Su historia médica estuvo particularmente vinculada a soldados y otras personas desplazadas, aunque no exclusivamente a ellos. Se ha reconstruido esa historia y el largo recorrido por el que una dolencia asociada al desarraigo terminó convirtiéndose en la emoción familiar que hoy designamos con la misma palabra.
Hay algo sugerente en aquel origen que sobrevivió a la medicina de Hofer. Nostalgia reunió en una sola palabra el regreso y el dolor. De ahí no puede deducirse que regresar sea doloroso, porque eso sería hacer decir a una etimología bastante más de lo que puede decir. Lo interesante es otra cosa. El deseo de volver puede provocar sufrimiento y ese sufrimiento presupone que imaginamos algún lugar, alguna persona o algún estado anterior de nuestra vida al que todavía concebimos como accesible. Tal vez una parte del dolor proceda precisamente de ahí.
Homero sabía algo de esto muchos siglos antes de que Hofer encontrara una palabra. La Odisea es la historia del nostos por excelencia y dedica, sin embargo, una cantidad sorprendente de tiempo a complicar la idea misma del regreso. Odiseo tarda diez años en volver desde Troya después de otros diez años de guerra, pero cuando por fin llega a Ítaca no se produce la restitución inmediata que cabría esperar. Llega disfrazado y entra como extraño en su propia tierra. Tiene que recuperar una identidad que para los demás lleva veinte años suspendida. Telémaco debe reconocerlo, Euriclea lo identifica por la cicatriz, Laertes necesitará sus propias pruebas y Argos, el perro que ha esperado envejeciendo, protagoniza quizá la versión más devastadora de ese reconocimiento porque apenas tiene tiempo de comprobar que su dueño existe antes de morir.
Penélope, afortunadamente, es mucho menos impresionable. Ni siquiera cuando tiene delante al hombre acepta de inmediato que su marido haya regresado. Después de veinte años hace algo bastante razonable y desconfía. En el canto XXIII ordena que preparen para aquel hombre el lecho matrimonial fuera de la habitación. Odiseo reacciona porque sabe que aquello es imposible. Él mismo construyó el lecho utilizando un olivo que crecía arraigado en el lugar y levantó alrededor la habitación. No puede trasladarse como Penélope acaba de ordenar. Solo ellos conocen el secreto y ella obtiene de esta forma la prueba que buscaba. No necesita preguntarle si todavía la ama, que habría sido una pregunta mucho más propia de nuestro tiempo. Antes necesita saber quién tiene delante.
La escena permite una lectura que Homero no formula expresamente y que, a mi juicio, contiene buena parte de la extrañeza de cualquier regreso. Reconocer a alguien no hace desaparecer el tiempo transcurrido. Odiseo conoce el secreto del lecho y existe por ello una continuidad entre quien partió y quien vuelve. Afirmar que ambos son exactamente el mismo hombre exigiría ignorar casi todo lo que acaba de contarnos el poema. El que regresa ha combatido durante una década, ha participado en la destrucción de una ciudad, ha perdido a todos sus compañeros, ha naufragado, ha convivido con Circe y Calipso, ha descendido al mundo de los muertos y ha aprendido a sobrevivir mediante una combinación nada edificante de inteligencia, engaño y violencia.
Hay un momento del canto VIII que me parece especialmente revelador. El aedo Demódoco canta episodios relacionados con la guerra de Troya y Odiseo empieza a llorar. Homero compara entonces su llanto con el de una mujer abrazada al cuerpo de su marido muerto mientras los vencedores la golpean y se preparan para conducirla a la esclavitud. Conviene no hacerle decir al pasaje más de lo que dice. Homero no convierte a Odiseo en una víctima troyana ni borra mediante sus lágrimas la posición que ocupó en la guerra. Lo que sí hace es describir el sufrimiento de su héroe mediante la imagen del sufrimiento de una mujer derrotada por una guerra como aquella de la que él regresa. El hombre que vuelve de Troya lleva consigo experiencias que no pertenecían al hombre que partió hacia ella.
Quizá ahí empezaba mi desacuerdo con Nolan, aunque una película tenga todo el derecho del mundo a no coincidir con el libro que uno lleva dentro. El regreso que me interesa no consiste tanto en llegar a Ítaca como en descubrir quién llega y qué puede encontrar allí. Esto vale para las grandes epopeyas y también para cosas bastante más modestas. Uno vuelve a una ciudad en la que vivió, a la calle de su infancia o a un bar que frecuentaba hace veinte años y el espacio produce un engaño muy poderoso porque permanece lo suficiente para hacernos creer que también permanece el tiempo. Reconocemos una fachada, una esquina o la luz de una plaza a determinada hora y de pronto aparece con ellas la vida que ocurría alrededor. Atribuimos al lugar algo que en realidad pertenecía también a una edad, a unas personas y a unas circunstancias que ya no están allí.
La psicología contemporánea ha tratado a la nostalgia con bastante más benevolencia que la medicina que la vio nacer. Constantine Sedikides, Tim Wildschut y otros investigadores llevan décadas estudiando sus funciones psicológicas. En una serie de seis estudios publicada en Emotion en 2016, Sedikides y sus colaboradores encontraron que la nostalgia podía favorecer la sensación de continuidad entre el yo pasado y el presente, en parte a través de la conexión social, y que esa continuidad se relacionaba a su vez con dimensiones del bienestar que da sentido a la vida y a la realización personal. No hace falta convertir estos resultados en una celebración indiscriminada de la nostalgia. Basta con admitir algo bastante razonable y al mismo tiempo interesante. Recordar quiénes fuimos puede ayudarnos a construir la sensación de que, a pesar de los cambios, seguimos formando parte de una misma biografía.
El problema aparece cuando esa continuidad se confunde con la posibilidad de deshacer el tiempo. La investigación contemporánea sobre la memoria lleva mucho tiempo mostrando además que recordar no equivale a recuperar intacta una copia almacenada de la experiencia. La memoria tiene un carácter reconstructivo y puede verse afectada por conocimientos posteriores, expectativas, sesgos y por el propio proceso de evocación. Los trabajos de Daniel Schacter sobre los errores y distorsiones de la memoria constituyen una referencia clásica en este terreno. Nada de ello implica que nuestros recuerdos sean falsos o que debamos vivir desconfiando de ellos. Significa que recordar implica reconstruir y que esa reconstrucción forma parte del funcionamiento normal de la memoria.
Los antiguos amores proporcionan un material extraordinariamente favorable para esa reconstrucción. La rutina tiene pocas posibilidades frente al primer beso y una tarde anodina compite mal con una despedida. Las conversaciones irrelevantes desaparecen mientras determinados momentos adquieren una densidad que quizá no tuvieron cuando estaban ocurriendo. Con los años, una relación puede terminar convertida en una narración más coherente que la propia relación y entonces, algunas veces, reaparece la persona.
Aquí reside una diferencia importante entre volver a una ciudad y volver a alguien. La ciudad puede decepcionarnos con bastante rapidez. Han cerrado el restaurante, el cine se ha convertido en una tienda y una calle que recordábamos inmensa parece ahora ridículamente corta. El deterioro ayuda porque proporciona pruebas materiales de que el tiempo ha sucedido. Las personas resultan más peligrosas porque cambian de manera irregular. Alguien puede ser profundamente distinto y conservar tres o cuatro gestos con una exactitud intolerable. Puede recordar una conversación que nosotros también recordamos, terminar una frase cuya segunda mitad no habíamos escuchado en treinta años o repetir una broma que no tendría gracia para nadie más. Durante un instante la realidad empieza a aportar pruebas a favor de la fantasía.
No conozco ningún estudio que haya medido la cantidad mínima de semejanza necesaria para que dos personas crean que pueden reconstruir una historia y, hasta donde sé, esa medida no existe. Tampoco hace falta. Cualquiera que haya vivido un reencuentro importante conoce la extraña eficacia de los detalles. Demasiado cambio puede acabar rápidamente con la ilusión. Una continuidad absoluta después de muchos años resultaría casi inconcebible. La zona verdaderamente peligrosa queda en medio, cuando sobrevive exactamente lo necesario para que la memoria reconozca aquello que había elegido conservar. No hace falta recuperar a la persona completa. Unos cuantos indicios pueden bastar.
Fitzgerald comprendió muy bien este problema. El gran Gatsby puede leerse como una novela sobre el amor, el dinero, las clases sociales o el sueño americano y probablemente sea todas esas cosas a la vez. También cuenta la historia de un hombre empeñado en demostrar que el tiempo puede negociarse. Cuando Nick le advierte que no puede repetir el pasado, Gatsby responde que por supuesto puede hacerlo. No le basta con recuperar a Daisy ni con que Daisy pueda quererlo otra vez. Necesita que ella diga que nunca amó a Tom, porque solo así puede borrar el intervalo y devolver la historia al punto exacto en el que él cree que debería haber continuado. Poco después, Nick intuye que Gatsby quiere recuperar algo más, quizá alguna idea de sí mismo que había entrado en su amor por Daisy. Ahí hay algo extraordinariamente incómodo. Gatsby busca a Daisy y al mismo tiempo busca al hombre que era cuando la quiso. Quizá eso ocurra en algunos reencuentros amorosos con mucha más frecuencia de la que estamos dispuestos a reconocer. Podemos creer que echamos de menos a alguien cuando una parte de lo que echamos de menos pertenece a la persona que fuimos en presencia de ese alguien. Los grandes amores son también archivos personales. Hay personas que conocieron a nuestros padres cuando eran más jóvenes, recuerdan casas en las que ya no vivimos, amigos desaparecidos, ambiciones que después abandonamos y versiones de nosotros que nadie de nuestra vida presente llegó a conocer. Volver a encontrarlas tiene algo de excavación arqueológica. Comparece de pronto un testigo de nuestra existencia anterior y no resulta extraño que la emoción producida por ese reconocimiento pueda confundirse con algo parecido al destino.
La investigación sobre nostalgia amorosa complica todavía más las cosas y, afortunadamente, impide terminar aquí con una moraleja barata. Allen Mallory y sus colaboradores encontraron en un estudio longitudinal sobre nostalgia respecto de la pareja actual una relación compleja entre esa nostalgia y la satisfacción de pareja. Más directamente relacionado con los antiguos amores resulta el trabajo de Ting Ai, Omri Gillath y Mark Landau publicado en 2023 en el European Journal of Social Psychology. En tres estudios analizaron qué ocurría cuando personas que mantenían una relación evocaban nostálgicamente a una expareja. Los resultados no mostraron únicamente el efecto corrosivo que quizá esperaríamos. Esos recuerdos podían aumentar la percepción de calidad de la relación actual y, en uno de los estudios, la motivación de aproximación hacia ella. La percepción de crecimiento personal aparecía como uno de los mecanismos relevantes. Un trabajo de Soo Yeon Park y sus colaboradores publicado online en Emotion en 2026 ha vuelto a mostrar que la nostalgia romántica presenta asociaciones diferentes según se dirija hacia la pareja actual o hacia una expareja y según características como la duración de la relación.
La ciencia no nos proporciona, por tanto, la cómoda recomendación de que recordar a un antiguo amor sea necesariamente perjudicial. Puede servir para integrar nuestra historia y reconocer cuánto hemos cambiado, y puede relacionarse incluso con aspectos positivos de una relación presente. De ahí no se deduce absolutamente nada acerca de la conveniencia de volver con una expareja. Esos estudios no investigan esa pregunta. Conviene dejarlo claro porque pedir a la evidencia científica que confirme una intuición literaria es una manera bastante eficaz de acabar haciendo mala ciencia y mala literatura al mismo tiempo.
El mito de Orfeo permite acercarse al problema desde otro lugar. En el libro X de las Metamorfosis, Ovidio cuenta que Orfeo desciende al mundo de los muertos para recuperar a Eurídice y consigue que le permitan llevársela con una condición. No debe volver la mirada hasta haber salido. Cerca ya de la superficie, temiendo que ella no lo siga y deseando verla, mira hacia atrás y la pierde por segunda vez. Sería excesivo afirmar que Ovidio está formulando una teoría acerca de la imposibilidad de recuperar el pasado. No lo hace. El mito permite, con todo, una lectura difícil de resistir cuando pensamos en los regresos. Orfeo pierde aquello que intenta asegurarse de no haber perdido.
Nosotros hemos resuelto técnicamente el problema de Orfeo. Podemos mirar atrás cuando queramos. Las redes sociales han introducido una anomalía considerable en la experiencia de la separación porque han hecho más difícil que determinadas personas se conviertan completamente en pasado. No hace tanto, alguien podía marcharse de nuestra vida y, salvo cartas, fotografías, encuentros fortuitos o noticias de terceros, comenzar verdaderamente a desaparecer de ella. Ahora puede ocurrir algo bastante más extraño. Podemos no hablar con una persona durante quince años y saber dónde pasó las vacaciones, qué aspecto tiene, si ha cambiado de casa o quiénes son sus hijos. No hay relación y tampoco una ausencia completa. Hemos inventado una especie de purgatorio informativo para nuestros muertos civiles. Eso facilita un equívoco. Sabemos cómo ha envejecido alguien y podemos creer por ello que sabemos quién es. Al reencontrarlo descubrimos que la información acumulada durante años tenía muy poco que ver con su presencia real, con la voz, los movimientos, la distancia física y la conversación sin pantalla. Basta entonces una coincidencia aparentemente insignificante para que aparezca esa maquinaria extraordinaria que llamamos familiaridad.
No sé si la familiaridad es una de las formas del amor. Sospecho que algunas veces sabe disfrazarse estupendamente de él. Por eso el antiguo amor puede convertirse en ese infierno que no se ve venir. El fracaso absoluto resulta bastante más benigno. Uno vuelve, descubre que no queda nada y recibe una respuesta desagradable pero inteligible. El problema aparece cuando queda algo, quizá bastante. La complicidad vuelve con una facilidad obscena, el deseo no había desaparecido tanto como se suponía, las conversaciones recuperan un ritmo antiguo y durante unos días empieza a parecer plausible una idea que formulada en frío resulta extravagante. Tal vez todo aquello haya estado esperando. Por supuesto que no ha estado esperando. Durante esos años ha ocurrido otra cosa. Han pasado personas, hijos quizá, pérdidas, trabajos, enfermedades, ciudades, entusiasmos y decepciones que no pertenecen a la historia antigua y que ahora forman parte de quienes intentan reanudarla. Dos viejos amantes que vuelven a encontrarse llegan acompañados por quienes fueron entonces, por las imágenes que conservaron uno del otro y por las diferentes versiones del pasado que ambos han tenido tiempo de reconstruir. Se puede organizar una cena para tanta gente. Una vida resulta algo más complicada.
Nada de esto impide amar por segunda vez a la misma persona. Sería absurdo convertir una reflexión sobre el tiempo en un manual de instrucciones sentimentales y existen historias en las que una separación permite precisamente aquello que la continuidad había impedido. Sospecho, sin embargo, que esas historias solo tienen alguna posibilidad cuando quienes vuelven renuncian a la pretensión de regresar. Se puede construir algo con alguien a quien se amó hace veinte años. Resulta bastante más difícil continuar una conversación interrumpida entonces como si el intervalo fuera un error tipográfico.
Tal vez Penélope sea más inteligente que Gatsby por esa razón. Necesita comprobar una continuidad y no reconstruir una escena. El secreto del lecho establece que existe algo que atraviesa los veinte años y que solo ellos comparten. El propio lecho ofrece además una metáfora bastante menos cursi de lo que podría parecer. Odiseo lo construyó incorporando un olivo vivo y arraigado. Hay algo que permanece y alrededor de ello se levanta una habitación. Esta es una lectura del episodio y no una tesis formulada por Homero, aunque me parece difícil encontrar una imagen mejor para explicar qué podría significar reencontrarse con alguien después de mucho tiempo. Lo que sí cuenta el poema es que ni siquiera el reconocimiento significa el final absoluto de los viajes. Odiseo explica a Penélope la profecía que Tiresias le había hecho en el Hades y según la cual todavía deberá emprender otro recorrido tierra adentro antes de alcanzar finalmente una muerte apacible.
Quizá ahí esté el error que cometemos con los regresos amorosos y con casi todos los demás. Creemos que los lugares y las personas conservan una puerta secreta hacia quienes fuimos. Regresamos a una ciudad, una casa, una canción o alguien porque queremos recuperar algo que asociamos con ellos y olvidamos que aquello que buscamos estaba compuesto también por una edad, unas circunstancias y un futuro que entonces todavía no había ocurrido. Lo más irrecuperable del pasado quizá no sean las cosas que desaparecieron. Podemos ser nosotros.
Tal vez por eso a los grandes amores sí se pueda volver, aunque convendría no llevar en el equipaje la pretensión de encontrarlos donde los dejamos. Si después de veinte años todavía existe algo, habrá que averiguar qué es y qué puede hacerse con ello. Será necesariamente algo presente, por mucho que se parezca a lo que recordábamos. El peligro comienza cuando una voz, una mirada o una antigua intimidad aportan pruebas suficientes para hacernos creer que el tiempo ha concedido una excepción precisamente en nuestro caso. Los peores infiernos probablemente no necesiten fuego ni cancerberos. Basta con que se parezcan mucho a casa y con que, al entrar, encontremos casi todo como lo recordábamos. El problema está en el casi.
Referencias
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