
Para acompañar la lectura, nuestra lista en Spotify:
Dolly Parton parece haber derrotado personalmente a la sobriedad protestante, obligándola a retroceder Apalaches abajo ante el avance de una mujer armada con laca, pedrería, uñas de acrílico, tacones y unas tetas capaces de alterar las mareas. Todo en ella brilla, grita, se curva y ocupa más espacio del que el buen gusto suele conceder a una mujer, ese espacio minúsculo donde puede ser bella siempre que finja no saberlo, se arregle sin que se note el trabajo y lleve el escote necesario para alegrar la vista de los hombres sin llegar a parecer dueña de sus pechos. Dolly hace con semejantes normas lo que cualquier persona sensata haría con un manual de instrucciones para respirar. Se ríe con una boca que podría deslumbrar al sol, se pinta los labios y se coloca otra peluca encima de la primera.
Alguna vez nos ha contado que el modelo de aquella belleza es la prostituta de su pueblo, despreciada por los adultos y contemplada por la niña Dolly como una aparición salida de un futuro lleno de color, una criatura que ha aprendido a resplandecer en mitad de un lugar donde la gente respetable parece decidida a vivir bajo un apestoso candil. Dolly nunca se avergonzará de esa genealogía. Su feminidad nace de otra mujer señalada por excesiva y crece hasta convertirse en una obra gigantesca, mantenida durante décadas tan disciplinadamente que las palabras superficial o frívola adquieren una dimensión maravillosa. La superficie de Dolly tiene hondura, memoria, humor, una voluntad que se levanta cada mañana mucho antes que ella para edificar una arquitectura rubia sobre su cabeza. Cuesta mucho dinero parecer tan barata, dice, porque conoce el precio de cuanto vemos y disfruta pagándolo. Los mortales no necesitamos apartar la mirada de su cuerpo deslumbrante para encontrar su corazón. Son gemelos. Ambos han sido construidos a lo grande.
Dolly nace en una cabaña de Tennessee, la cuarta de doce criaturas de una familia que trabaja una tierra ajena, donde cada escasa posesión debe prolongar su existencia mucho después de haberse quebrado o quedado pequeña, mientras el hambre vigila feroz desde la despensa vacía. Su padre no sabe leer ni escribir y su madre, que conoce el poder de las historias aunque el dinero apenas alcance para comprar la tela sobre la que contarlas, reúne unos cuantos retales, cose con ellos un abrigo encendido por todos los colores disponibles y envuelve a su hija en el relato bíblico de José, como si las palabras pudieran protegerla de la pobreza. Otros niños se ríen al verla con aquellos pedazos de tela y Dolly regresa a casa llorando, hasta que muchos años después escribe una canción y consigue que en mitad de aquella humillación continúe sonando la voz de su madre y todos los colores permanezcan intactos.
Cuando termina el instituto, Dolly deja las Smoky Mountains y se marcha a Nashville con el country metido en la garganta y algo de la luz mágica filtrada entre las nubes que habitan aquellas laderas viajando dentro de ella, y todo reaparece cada vez que canta, en ese temblor llegado de tan lejos y en las vidas que va recogiendo en sus canciones, madres agotadas, hombres consumidos por trabajos que enriquecen a otro, muchachas expulsadas de casa mientras quienes las dejaron embarazadas siguen tomando cerveza con el sheriff y llamándose buenos cristianos. No convierte el lugar del que procede en una patria sentimental donde la pobreza resulte una hermosa estampita romantizada al atardecer. Sabe lo que cuesta marcharse porque lo ha pagado, del mismo modo que sabe cuánto amor puede caber en una casa sin agua corriente sin que ese amor consiga llenar la alacena. Por eso lleva las Smoky Mountains consigo y las deja crecer dentro de las canciones donde caben nombres y chozas, ropa remendada y una dignidad que no podemos confundir con el consuelo miserable de pensar que los pobres, a falta de dinero, al menos tenemos valores.
En Nashville, Porter Wagoner la coloca bajo los focos de la televisión y Dolly ocupa agradecida aquel círculo de luz, hasta que su figura crece tanto que permanecer dentro empieza a exigirle encorvarse. Entonces escribe una canción donde caben el afecto por el hombre que la ha ayudado y la decisión de coger la puerta sin convertir la gratitud en una deuda perpetua, esa especie de servidumbre que tantos hombres ofrecen a las mujeres después de haberles hecho un favor. Porter la escucha y llora. Tiempo después Elvis quiere cantarla, pero el coronel Parker reclama la mitad de los derechos editoriales por acercarla al rey, de modo que Dolly regresa a casa, llora cuanto tenga que llorar y conserva la canción entera, porque puede querer mucho a los hombres y aun así distinguirlos de las escrituras. Whitney Houston recoge años después aquella despedida y la convierte en un éxito descomunal. Dolly celebra que otra mujer haya descubierto una vida distinta dentro de sus palabras y cobra cada céntimo que le corresponde, pues la generosidad no exige hacerse idiota y a ella nunca le han molestado los chistes de rubias tontas porque sabe que no es tonta y sabe, además, que ni siquiera es rubia.
Las canciones se suceden y contempla la belleza de otra mujer y admite su miedo sin insultarla, dentro de una cultura empeñada en tratar al hombre infiel como un fenómeno meteorológico y buscar la culpa en el t*d*s p*t*s. Las uñas de acrílico que tantos mirarían como el adorno improductivo de una secretaria encuentran utilidad golpeando una contra otra para marcar el ritmo de una canción sobre el trabajo que devora el tiempo, los jefes que se enriquecen con él y la furia de quienes sostienen una oficina a cambio de un salario miserable. La canción resulta tan alegre que todavía hoy hay quien puede bailarla sin darse cuenta de que está escuchando una revuelta, acaso porque Dolly comprende mucho antes que nadie que mover el culo y combatir pertenecen a la misma familia espiritual.
Durante años evita llamarse feminista mientras millones de mujeres encuentran en ella otra forma preciosa de serlo, pues a veces la sola teoría llega tarde y sofocada y con palabras ininteligibles, intentando alcanzar a una mujer que ha recorrido el camino subida a unos tacones infinitos. Algo parecido ocurre con gais, lesbianas, bisexuales y personas trans, criaturas expulsadas de sus casas por ser quienes son, reinas de la noche cuyo cuerpo requiere el mismo andamio que una catedral barroca y que reconocen en Dolly la posibilidad de exagerar aquello que les habían impuesto esconder. Ella se fabrica a sí misma ante todo el mundo, cada mañana, y con ese gesto convierte el artificio en una verdad visible donde caben quienes han tenido que inventarse para seguir vives, iluminades por el fulgor de una mujer que jamás confunde discreción con decencia.
Dolly no puede tener hijos y alguna vez explica que tal vez Dios lo quiso así para que todos los niños pudieran ser suyos, una frase que pronunciada por otra persona correría el peligro de terminar impresa en un plato de porcelana, pero que en ella adquiere la sencilla literalidad de las cosas que son así porque así son. Hay criaturas, crecidas entre sermones y armarios cerrados, que encuentran bajo aquellas tetas imposibles algo parecido a una protección materna. Dolly es madre de maricas y trans, de quienes regresan heridos de una familia que no ha sabido quererlos y descubren que una mujer nacida en Tennessee, cristiana y cubierta de bisutería, les abre los brazos mientras el resto de la parroquia sigue buscando en las Escrituras el párrafo exacto donde Cristo les autoriza a comportarse como unos hijos de puta. En la familia de Dolly caben les creyentes, quienes beben demasiado, les perdides, porque su fe tiene las puertas abiertas y poca afición por registrar la vida de los demás. Cuando Estados Unidos vuelve a discutir si las vidas negras importan, Dolly responde que por supuesto importan, que los culos blancos no son los únicos que cuentan, acaso su mejor aportación teológica a una conversación que personas mucho más solemnes llevan años hundiendo en el barro. Las comunidades negras la escuchan en sus canciones y en la alegría con que recibe otras voces dentro de una obra que puede seguir viviendo en otros cuerpos.
Hay en ella un amor que adquiere peso y forma y llega cada mes a nombre de una criatura que todavía no sabe leer, convertido en un libro que alguien abrirá sobre las rodillas y que llevará hasta una casa desconocida un poco de la luz encendida años atrás por una madre de Tennessee cuando reunió unos retales para proteger a su hija. Hay un amor que se convierte en ayuda para las familias a quienes la desgracia deja a la intemperie, en investigación médica cuando una pandemia encierra al mundo, en becas y hospitales. Su padre, privado de las letras, inspira una biblioteca que entra en millones de hogares con el nombre de Dolly impreso en cada envío, de modo que aquel hombre que no pudo leer acaba siendo recordado dentro de una cantidad de libros que la imaginación apenas alcanza a abarcar.
Hay contradicciones, por supuesto. Las tienen los Apalaches, la Biblia y cualquiera que haya vivido el tiempo suficiente para cambiar de opinión sin justificarse con un comunicado. Dolly evita decir a quién vota, se aparta de las etiquetas y protege con cuidado un espacio donde personas enfrentadas pueden seguir queriéndola. Esa decisión permite que su luz alcance también a quienes se obstinan en cerrar los ojos. Puede que confíe en que una canción avance donde un discurso queda detenido, o puede que conozca demasiado bien el precio de ser una mujer sureña dentro de una industria conservadora. Sea cual sea el motivo, su política aparece en cuanto hace con su corazón y con su dinero. Resulta difícil contemplar algunos homenajes que hoy se acumulan sin sentir que esta pena viene acompañada por una forma especialmente dolorosa del ridículo. Lloran a Dolly personas que votan contra las familias pobres a las que ella ayuda, contra las mujeres que gobiernan su cuerpo, contra los derechos de la comunidad LGTBIQ+ que ella defiende. La lloran quienes llaman adoctrinamiento a un libro y despilfarro al cuidado de un enfermo, quienes invocan para justificarse al mismo Cristo que Dolly ama. Que lloren. Tal vez, mientras buscan una canción suya para acompañar el pésame, escuchen por accidente lo que lleva toda la vida cantando. Tal vez Dolly nunca diga a muchos admiradores que están equivocados, pero no ha dejado de enseñarles cómo se vive cuando una no quiere parecerse a ellos.
Durante décadas Dolly se cubre de materiales que recogen la luz, la quiebran sobre las curvas de su cuerpo y la devuelven en todas direcciones, de modo que cada cristal cosido al vestido parece formar parte de una constelación que se mueve, cuenta chistes y escribe canciones con una facilidad insultante. Debajo de esa montaña de pelo que deja en ridículo a las nubes de su Appalachia trabaja una inteligencia musical capaz de escuchar una historia en el ruido del mundo, sentarse una tarde en el porche con la guitarra y levantarse después de haber escrito varios himnos country inmortales, como si llevaran toda la vida aguardándola entre los árboles y Dolly se limitara a convocarlas por su nombre. Compone material suficiente para llenar varias vidas ajenas y todavía parece quedarle una melodía rondando por la cabeza, alguna historia que contar o una frase sencilla con la que explicar algo que el resto llevamos años sintiendo sin encontrar la manera de decirlo. Luego lo canta con una voz que conserva el filo de la tierra donde nace y puede sonar pequeña sin ser débil, elevarse, temblar, sonreír en mitad de una sílaba y conseguir que hasta la experiencia más ajena termine hablando un poco de nosotres.
Su talento parece infinito porque alcanza mucho más allá de la composición y de esa voz. Está en la actriz que entra por primera vez en una película y comprende de inmediato dónde se encuentra la cámara, en la intérprete que sabe mantener a miles de personas dentro de una canción y en la mujer que desarma cada chiste sobre sus tetas contando otro mejor, pues Dolly descubre muy pronto que si el mundo pretende reducirla a una rubia neumática puede apoderarse del mecanismo, hincharlo hasta reventar y quedarse después con el escenario, la canción y la recaudación. El humor pertenece a su inteligencia como las lentejuelas al vestido.
Con el tiempo comprendemos que aquel resplandor nunca termina en ella. Pasa a las voces que encuentran otras vidas dentro de sus canciones, a quien reúne el valor necesario para ponerse una peluca y salir de casa, a la familia que puede reconstruirla después del fuego, a la mujer que escucha a Dolly camino de un trabajo de mierda y sospecha que acaso el problema no sea su incapacidad para sonreír durante ocho horas mientras un imbécil con manos blandas le roba la vida. La luz viaja de cuerpo en cuerpo y deja algo encendido detrás, una canción, una carcajada, el valor de existir con todo el exceso que haga falta, porque hay personas que iluminan una habitación al entrar y otras, muy pocas, consiguen que esa habitación continúe iluminada cuando se han ido.
Ahora el cuerpo que durante ochenta años refleja y produce toda esa luz se ha reunido con ella.
Por eso hablo de Dolly en presente. Dolly canta, escribe, ríe y abre los brazos. Está en las canciones que siguen sonando y en las vidas que toca, en el brillo con que millones de personas intentan alumbrar estos días insoportables, en cada criatura que descubre, al fondo de una voz, que el mundo puede ser un lugar algo menos oscuro. El presente es el tiempo verbal de las divas y las divinidades.
Dolly Parton es una diosa, y las diosas nunca mueren mientras sigamos adorándolas.





