Ciencias

Sobre Frodo Bolsón y un antiviral para Raccoon City

Resident Evil. Imagen de Sony Pictures. antiviral
Resident Evil. Imagen de Sony Pictures.

Llevar un paquete siempre es complicado. Quizá sea un regalo o la esperanza de alguien. No se puede romper lo que no nos pertenece salvo que uno sea mala persona o muy descuidado. Si, en cambio, el bulto es para uno mismo, si somos el transportista de nuestros deseos, la cuestión es compleja porque lo que queremos no es solo que llegue. También debe hacerlo perfecto y listo para formar parte de nuestra colección de cosas muy nuestras y muy para nosotros. Después lo dejaremos en una estantería o en el armario, de ahí puede que no se mueva nunca. Que algo coja polvo es una muestra inequívoca de propiedad bastante privada.

La última versión cinematográfica de Resident Evil va un poco de eso. De llevar algo de un sitio a otro. El anillo de Frodo en forma de bolsa verde con una cruz blanca impresa. El trabajo superior de un mensajero que se quiere ir a su casa, un tipo con cara de hobbit que hace de hobbit en una historia de vísceras, fluidos e infectados. Un hombre que acepta una misión que le coloca un MacGuffin encima. Y que se dedica a no percatarse de lo que ocurre hasta que flipa, no entiende nada, y se deja llevar por unas circunstancias que le superan. Pero siempre pensando en su misión, en hacer su trabajo y entregar esa bandolera que no se debe corromper y que es un hecho ineludible que incluso puede que le cueste la vida. Porque a veces es más importante lo que uno debe hacer que lo que sufrirá para lograrlo.

En el punto de inflexión de la película descubrimos qué contiene el paquete. Se aproxima un spoiler, aunque no es difícil anticipar qué es lo que protege el mensajero si uno sabe que «Umbrella» no es solo paraguas en inglés. En el interior de la bolsa se parapeta una estupenda jeringa de unos cincuenta mililitros. En su interior fluye un líquido verde que resulta ser la llave para acabar con un virus pérfido que corroe y transforma al que lo sufre. De todo esto lo más difícil de creer no es que la cura exista. Lo complejo es asumir que va a funcionar. Aniquilar un virus no es algo sencillo. Matar a lo que no sabemos si está vivo es tan complejo como parece.

¿Qué es un virus? Esta cuestión esconde una respuesta sencilla complicadísima. Porque es una partícula compuesta por otras que se alzan como una obra maestra microscópica para generar problemas. ¿Vive? Hay más filosofía en esa pregunta que en un bar de copas de Atenas antes de Cristo. Un virus posee proteínas, material genético y una navaja suiza para utilizar la ingeniería de otros cuerpos (las células) en beneficio propio. Cada uno con su tropismo, es decir, con sus gustos. A algunos les atraen las células del árbol respiratorio y a otros las del hígado, el intestino o las neuronas. ¿Qué llevan dentro? Algunos se visten con la versión premium del material genético y pasean ADN. Otros se complican la vida y tiran de ARN que después deben retrotranscribir para diseminar a sus hijos. ¿Por qué nos infectan? No lo saben ni ellos, pero fundamentalmente porque nos necesitan. Y les da igual lo que pase para conseguirlo. La enfermedad es un efecto secundario que no les condiciona. Un virus te aniquila tricotando su envoltorio y multiplicando su material genético. No ve un fin porque no piensa, como un niño ante una bolsa de gominolas. Está ahí para seguir y seguir. Y cuando hay mucho, cuando rebosa, aparece hasta en los fluidos de los que lo sufren para saltar en busca de otro candidato a fotocopiadora. ¿Y qué piensan? Nada, no piensan nada. Les da todo igual. Son cosas que ni están vivas ni muertas. Un zombi para hacer zombis con las células. ¿Y se puede matar a un virus? Pues depende. Ese es el problema.

El tratamiento idóneo para una infección viral requiere del asesinato meticuloso de su huésped. Se nos pide un sacrificio a pequeña escala. Nuestros leucocitos pasean por el organismo pidiendo el carné de identidad a las células (a todas). Si ven algo sospechoso no hacen un reel de Instagram. Sacan la pistola y tiro en la cabeza. Siendo fino podría escribir que las células responsables de la respuesta inmunitaria utilizan receptores de superficie inmunoglobulínicos para pegarse a la membrana de lo sospechoso. Le ponen las esposas a la célula infectada. Después toman aire, estiran un poco y destruyen el interior del sospechoso mientras comunican al resto de colegas que hay mandanga. Hay que buscar manos (más leucocitos) y artillería (inmunoglobulinas). Por eso si uno es infectado por rinovirus (el virus del catarro común) tiene inflamación en la nariz y la vía respiratoria superior. Porque hay tiroteo en el pueblo del respirar. Por eso si uno es infectado por rotavirus (el virus de la gastroenteritis) tiene vómitos y diarrea. Porque se está pidiendo el carné en el aparato digestivo. Las operaciones especiales desplegadas ahí provocan que los daños colaterales se eliminen por los orificios habilitados.

En el caso de que los leucocitos no sean capaces de encargarse de la infección, ya sea porque el virus falsifica estupendamente carnés o porque no hay ejército o balas suficientes (inmunodepresión), se puede requerir colaboración. En este punto es cuando se alzan los fármacos antivirales. Productos destinados a eliminar algo quizá inerte que además usa las células del huésped como habitáculo para sus maldades. Una medicina que va contra nosotros para drenarlas de lo que las ocupa y pervierte. Y los fármacos antivirales no son el agua para el fuego ni el viento para la nube (pido perdón por estas dos analogías). No es sencillo ejecutar a un virus. Ni en el mundo real ni, por supuesto, en las calles de Raccoon City. Los antivirales intervienen en las herramientas celulares para así cortocircuitar la infección. Artefactan la sala de máquinas que el inquilino viral ha condicionado para diseñar su enfermedad. Y no siempre es suficiente. Incluso se pueden sobrecargar órganos como el hígado o los riñones al ser los encargados de depurar lo que ya no se quiere. Los antivirales suelen ser un bastón para que lo que cojea aguante hasta que pueda caminar de nuevo. Por eso ante una gripe solo se indican en caso de que el enfermo presente factores de riesgo. Por eso cuando alguien tiene la «culebrilla» (una reactivación del virus varicela-zóster) se inicia un tratamiento que acorta el tiempo de dolor, pero no estrangula la causa. Y puede que se repita el proceso y que uno piense que para qué sirvió el antiviral si estamos otra vez en la casilla de salida.

No voy a escribir aquí el final de la película de Zach Cregger. Para eso está el cine. La aventura del portador de la bolsa verde es un ejemplo estupendo de la importancia del viaje. De cómo en ocasiones hacemos algo porque debemos y no porque podemos. Existe la posibilidad de echarse a un lado, pero la misión, lo que parece que está bien, nos obliga a seguir un poco más. A veces ese poco más es asumir que elegir es sembrar consecuencias. En una película de infectados que mutan y matan el éxito en escapar puede estar en lo rápido que uno sea para huir o en la entrega a tiempo de una potencial cura. En el mundo real esa cura, el antiviral, es un instrumento farmacológico que tendría un impacto en muchos casos moderado. Puede servir para darnos tiempo o para ofrecernos ayuda cuando estamos en inferioridad de recursos. Pero no siempre acaba con el mal y puede incluso que el mal sea capaz de recogerse hasta la siguiente pantalla. Matar a un virus es un acto complejo, casi tan complicado como acabar con la esperanza de un tipo cualquiera con una misión que le supera. Hasta cierto punto todos somos un poco Frodo y llevamos una carga encima, quizá incluso una cura que no sirve. Pero nos sostiene la certeza de que cuidarla, pase lo que pase, es lo único que prevalece. Nuestro destino quizá sea concluir que hay cosas que hacemos no por lo que ocurre con ellas sino por lo que realmente significan.

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