“En el cine, como en tantas cosas de la vida, lo que de verdad tiene sentido es prolongar el gesto y la figura más allá de la derrota que diariamente nos infligen el tiempo y la muerte: la realidad”
Juan Marsé
Toda educación sentimental (de)formada en el cine, en la ficción concebida para la gran pantalla, guarda irremediablemente una desmedida nostalgia por un mundo imposible. El tan traído y llevado material con el que se forjan los sueños. El cine es un mundo bien hecho que, por muy mal que acabe la historia (y desenlaces los hay peores que el rosario de la aurora), deja la huella imborrable de una emoción sostenida que desafía las inclemencias de la insolente realidad. Más si cabe cuando la realidad es una posguerra derrotada (casi un pleonasmo) y la evasión conduce a una suntuosa producción del Hollywood clásico. Como en el caso del escritor Juan Marsé. A raíz de su 80 cumpleaños, los responsables de la Filmoteca de Cataluña han tenido la feliz idea de dedicarle un ciclo con sus películas de cabecera. Entre los títulos no faltan obras maestras como Luces de ciudad de Charles Chaplin, Encadenados de Alfred Hitchcock, El ladrón de Bagdad (la versión de Michael Powell de 1940) o Ser o no ser de Ernst Lubitsch. Filmes de la época dorada del cine americano. Pero también hay espacio para Luis Buñuel (Viridiana), Luis García Berlanga (Plácido) y Víctor Erice (El espíritu de la colmena).
El homenaje viene acompañado del documental/entrevista Juan Marsé habla de Juan Marsé, realizado por el crítico y escritor de cine Augusto M. Torres. Hora y media en la que el novelista repasa buena parte de su biografía y obra literaria a través (básicamente) de su fructífera relación con el cine. Su aversión a los patriotismos, sin ir más lejos, se ejemplifica con la citada Encadenados de Hitchcock. Cuando el turbio personaje de Cary Grant apela a la conciencia patriótica de la festiva Ingrid Bergman para reclutarla en una misión de los servicios secretos con el fin de desmantelar una organización nazi radicada en Río de Janeiro, esta responde que desconfía de los patriotas, ya que con una mano sostienen la bandera y con la otra te roban la cartera. Impecable apotegma que se debe al (in)genio del maestro de guionistas Ben Hecht.
También el cine justifica el idioma literario del escritor. No puede faltar la sobada pregunta de por qué un novelista que utiliza el catalán para expresarse cotidianamente opta por el castellano en la escritura. Esta semana el periodista Joan de Sagarra se refería a este hecho en entrevista de Enric González: “Tanto él como yo, cuando nos hacen esta pregunta, sentimos que no forma parte de nuestro mundo.” En el documental, Marsé va un poco más allá y, tras delimitar que la razón principal no es otra que “porque me da la gana”, se refiere a una educación basada en cómics y en el cine. Una educación, pues, en lengua castellana. Aun así se apresura a matizar que la auténtica patria del escritor no es la lengua sino el lenguaje. Un lenguaje, en el caso de Marsé, determinado por el imaginario el cine. “Para mí, el cine es tanto o más importante que la literatura”, llega a afirmar. Las imágenes son el punto de partida de la creación literaria. El novelista, en este caso, agolpa imágenes que ordena y destila por medio de la escritura —»no trabajo con ideas, sino con imágenes”—. A su juicio, solo hay dos novelas que no partieron de esta premisa: Las muchachas de las bragas de oro y El amante bilingüe. Y las considera las menos logradas de su etapa de madurez creativa.
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Cuánto cine concentrado en buena prosa, Jordi.
Pues eso, Yuko Mishima. Al pedazo de maromo de Yukio Mishima le has puesto nombre de mujer. Cultura y conosimientos, que se dise.
Bueno, muy pedazo maromo diría que tampoco era Mishima. Gracias, en cualquier caso, por detectar uno de los múltiples errores que cometo en la vida. Espero que en redacción lo subsanen. Ahora bien, creo que no tenemos la misma concepción de la cultura y los conocimientos. Abrazos, querido anónimo.