Intolerancia. El esplendor del decorado
En 1893 se inaugura —y se clausura— la Exposición Colombina de Chicago.
En 1915 D.W. Griffith estrena El Nacimiento de una Nación.
En 1922 la administración del Chicago Tribune organiza el que sería el concurso para la sede de lo que ellos denominan “mayor periódico del mundo”, con unas bases que hacen especial hincapié en que se debía proyectar “el más hermoso rascacielos del mundo”.
Sin embargo, esta premisa del rascacielos hermoso parecía una contradicción que ponía al problema arquitectónico del rascacielos en crisis desde su propia tipología.
Esto es, el rascacielos nace esencialmente como una necesidad de aprovechamiento del suelo en el centro de las ciudades —de la ciudad de Chicago concretamente, y de la zona del Loop en particular.
El downtown de la ciudad estaba colmatado y los precios del suelo eran tan caros que para poder disponer de superficie habitable —normalmente de oficinas— se hace necesaria la multiplicación de esa superficie en varias plantas.
De igual manera, aunque para esa fecha los problemas estructurales estaban superados y no se volverían a convertir en temática de proyecto hasta los años 50 y 60 cuando la mayoría de los rascacielos modificarían su soluciones estructurales en función del viento y no de la carga; lo cierto es que el rascacielos no se había erigido en tipo predominante hasta la incorporación de las soluciones tecnológicas (principalmente el ascensor de Otis, implantado en la segunda mitad del XIX) que hacen viable edificios de más de nueve o diez plantas.
Sin embargo, la nueva sede del Chicago Tribune se iba a construir en la ampliación septentrional de la ciudad, en la entrada de la Northern Michigan Avenue, en una zona aún sin edificar. Es decir, no tienen el condicionante del precio del suelo, y ni siquiera la necesidad de tal cantidad de superficie.
Quieren que el edificio sea un rascacielos porque quieren que lo sea.
El rascacielos hermoso
Y para ello, como ya hemos dicho, las bases del concurso ponen el énfasis en esta premisa del rascacielos hermoso. De hecho solo admiten (bajo condición de eliminación del concurso) los dibujos de una planta baja, una planta tipo, alzado y, sobre todo, una única perspectiva desde el puente sobre el Chicago River.
Casi todas las imágenes que se conservan del concurso son las de esta perspectiva, puesto que en todas las publicaciones —tanto próximas en el tiempo como más recientes— el resto de los documentos parecen olvidados. Esto se puede deber al hecho de que es un concurso de promoción privada, y por tanto, solo está obligado a enseñar lo que considere oportuno. De hecho, en el modelo de este concurso se fijarían la gran parte de los concursos de arquitectura del mundo hasta nuestros días, tanto los de promoción pública, como los de índole privada.
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Adolf Loos, ese tremendo filisteo que desnudó a la arquitectura de humanidad.
Creo que está siendo usted un poco exagerado, y quizás algo injusto con Loos. Al fin y al cabo, lo que él proclama es que la «humanidad» de la arquitectura está en el espacio y en como se vive, no en la decoración que adorna los edificios.
Un saludo.
¿Injusto? Puede, pero por defecto. Sí, la humanidad está en el espacio y cómo se vive. Y la decoración es parte de ello. No vivimos en un mundo platónico de ideas puras funcionales, sino que somos personas de carne y hueso que a veces queremos alegrarnos con algo a priori inútil, pero sin lo cual nos sentimos incómodos y vacíos.