En un excelente artículo que leí hace poco sobre Così fan Tutte su autor decía lo siguiente:
«Es comprensible la irritación. Los personajes de la obra son como autómatas, sí. También los dos amantes, Ferrando y Guglielmo, que al principio han querido jugar al juego que les propone Don Alfonso, y que más tarde se ven atrapados en la maquinaria teatral. Eso no es lo malo. Si la música fuera paródica o inmediatamente irónica, el espectador podría admitirlo, pero, por desgracia, la música no lo es. La inmortal partitura de Mozart obra el milagro de conseguir mostrar las pasiones desde el punto de vista de los que las van padeciendo, y transmitir a los espectadores la incomodidad de observar algo que merecería, a su pobre y acartonado juicio, un tema ‘mejor’.
Por esa razón son tan absurdos esos montajes (como uno que he visto estos días del Festival de Salzburgo) en los que los cantantes parodian ‘teatralmente’ con gestos medio simiescos lo que la música niega, hasta el punto de tener que exagerar incluso el momento más claramente irónico de la obra, cuando el notario falso, la criada Despina (una deshumanizada Susana, la ayudante del viejo ‘filósofo’ que maneja los hilos) lee las capitulaciones matrimoniales. Yo, sinceramente, no veo otra forma de representar esta obra que “seriamente”, dejando que fluya el milagro psicológico».
Y así lo hace Haneke, en su versión de la inmortal ópera de Mozart en el teatro Real de Madrid, estrenada este pasado sábado. No hace pues, como hacen tantos, una versión cómica de esta ópera cómica. Su planteamiento, frío y estático, con una escena simétrica en la que se oponen una de las fuentes de luz, el dispensador de motivos —véase licores— que alcoholiza a los protagonistas, y un diván en el que contarse secretos y convencerse del carpe diem, en el que los personajes van a desarrollar sus pasiones que cambian constantemente bajo el influjo de la máquina inevitable diseñada por Da Ponte y Mozart, funciona con una terrible eficacia. Ayuda el énfasis en el aspecto dramático de los recitativos y en los silencios. Haneke quiere que pensemos en lo que los personajes dicen y en lo que no pueden estar queriendo decir realmente y, para conseguirlo, detiene la acción tantas veces como es preciso. En cierto sentido, esa artificiosidad logra un objetivo muy complicado: dar realismo al determinismo mecánico que se desarrolla en planos sobre planos en la trama de la obra.
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Sí debo, no debo, sí debo, no debo. Voy a verla el jueves y no me quiero estropear sorpresas, pero me puede la curiosidad. Aprovecho para agradecer a Mortier, al que apoyé desde el principio, haberme alejado de la ópera por la tomadura de pelo de los últimos abonos populares. Haneke era superior a mis fuerzas pero, a mi pesar, esta va a ser mi única visita al Real este año. Pensé que el objetivo era sumar, no restar, pero estaba equivocada.
Enhorabuena, muy buen artículo. Coincido en que no es necesaria «una versión cómica de esta ópera cómica» puesto que, en cierto sentido, no lo es en absoluto. y en ese sentido el trabajo de Haneke es excelente.
Quizá el pero está en que, y aquí discrepamos, el nivel musical es todo menos excelente. Correcto sin más (y ya es mucho) sería lo más adecuado para unas representaciones que serán históricas únicamente por su gran montaje. Es mucho, pero es exclusivamente por eso.