Kokoro (RBA). Decir que Natsume Soseki es el mejor escritor del Japón moderno es algo cercano a la obviedad (lo dice Murakami, ¿y quién se lo va a discutir a él?). De acuerdo, dirán algunos, pero murió en 1916… Sin embargo, poniéndonos serios, es difícil leer Kokoro y pensar que su autor nació en 1867: su delicadeza y su estilo encajan en el siglo XXI como una mano en su guante. En este libro, que recuerda a la cadencia de El rumor del oleaje, la preciosa obra de Yukio Mishima, Soseki demuestra que indagar en las raíces del Japón más tradicional no es incompatible con la contemplación y que las historias de amor pasadas por el tamiz oriental (de ese silencio —muchas veces sumiso— casi impensable para un occidental) resultan mucho más relevantes, más precisas de lo que uno podría prever: las palabras no siempre funcionan bien cuando de lo que se trata es de ilustrar ese vacío que genera la —extrema— contención. Esta historia de discípulos y senseis, a veces tan retorcida como un interrogante, a veces directa como un golpe de Ali, es de una sutileza tan insultante que cuando se acaba al lector le duelen algo más que los ojos.
Antología de Spoon River (Bartlebey Editores). Figuras tan relevantes como Cesare Pavese o Fabrizio de André (curiosa la relación de la cultura italiana con este libro) consideran La antología de Spoon River como una de las grandes obras secretas (por desconocidas) de la poesía moderna. De hecho, si uno escucha atentamente a Tom Waits o Gavin Bryars es imposible no pensar en Edgar Lee Masters y sus versos alrededor de los habitantes de un pueblo, que estos recitan desde sus tumbas. Salpicado de humor, tristeza y nostalgia y lleno de borrachos, adúlteras, fracasados, perdedores y fallecidos que darían lo que fuera por no haber vivido, el libro de Lee Masters se lee más como una especie de delicioso folletín capaz de revivir Spoon River a base de los testimonios de los cadáveres que una vez recorrieron sus calles que como un simple compendio de poesías. No es solo la calidad de la literatura sino su capacidad para crear una narrativa que lo atraviesa de forma transversal. Así, con una gigantesca colección de fragmentos, Lee Masters explica —nada más y nada menos— que la maldita vida.
La conquista social de la tierra (Debate). Edward Wilson no llega a decirlo pero después de acabar la última página de La conquista social de la tierra se hace difícil (al menos para quien esto escribe) no pensar que está convencido de que el más simple de los insectos es más valioso que el mejor de los seres humanos. Su reflexión sobre la evolución humana, trazada desde su condición de erudito (sabio, sin ningún matiz), le sirve a Wilson para muchas cosas, pero sobre todo para enterrar el mito de que somos especiales (o algo parecido): «La humanidad se originó como una especie biológica en un mundo biológico, y en este sentido estricto ni más ni menos que lo que hicieron los insectos sociales». Su repaso a conceptos tan atemporales como el tribalismo, la guerra o el altruismo, se completa con una facilidad pasmosa para hilar una historia del hombre (social, asocial o eusocial) que casi parece una novela y que contiene algunos momentos, que, por si solos, bastarían para disfrutar de sus casi 400 páginas: «Hemos creado una civilización de La guerra de las galaxias, con emociones de la Edad de la Piedra, instituciones medievales y tecnología que parece de dioses». Bendito Wilson.
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Somos unos mentirosos cojonudos
Muchisimas gracias por el articulo, habra que hacerse con alguno de estos titulos.