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El fotógrafo de los muertos y otras historias de gran periodismo

El_lugar_mas_feliz_del_mundopHay dos tipos de enviados especiales: los que pisan la calle y los que no salen del hotel; los que tocan la realidad con los dedos y los que caminan con las manos en los bolsillos para no mancharse; los que rompen las reglas y los que las obedecen. David Jiménez (Barcelona, 1971) es de los primeros, los buenos reporteros, de los que se mojan.

Su último libro, El lugar más feliz del mundo (Kailas), es una joya. Tiene todo lo que se espera de una gran crónica: información, contexto, voces, sin renunciar a una escritura cuidada, literaria en la mejor tradición del género, en la que el arte de ver y escribir está siempre al servicio de la historia y no al contrario, como sucede cuando el ego y la estupidez silencian al protagonista. Un mal extendido.

El libro está dividido en seis bloques con títulos poéticos: lugares, fronteras, calles, celdas, amaneceres, retornos. El último arranca con Fukushima, la madre de todas las tragedias: terremoto, tsunami y accidente nuclear. Impresionan los detalles, no el paisaje desolado que ya hemos visto en imágenes. Impresiona la soledad de los que vagan entre la nada, el silencio. Las descripciones son a voz baja, sin romper la escena, sin mancharla. Emociona la que dibuja cómo recogen los cadáveres, con una parsimonia oriental, como si el servicio fúnebre comenzara en el mismo instante del descubrimiento del muerto, como si las tradiciones y el respeto no tuvieran excepciones ni excusas.

Aquella triple catástrofe espantó a algunos de los reporteros más experimentados en guerras y tragedias. La radiactividad no es como las balas de fuego, no suena, no se presenta ni da los buenos días. El miedo a lo invisible es menos controlable que el miedo a las cosas físicas, aquellas que se pueden racionalizar y, desde la razón, combatir y vencer. Todos se marcharon menos Jiménez y algún loco más. No le sujetó la valentía o la estupidez, tantas veces hermanadas y confundidas, sino el sueño, un sueño pesado y espantoso de no haber dormido apenas durante cinco días. También el recuerdo de tres mujeres japonesas: Hiroko, Etsuko y Atsumo, supervivientes de Hiroshima, con las que había conversado unos años antes.

El libro nos lleva de la mano, sin soltarnos, por mundos lejanos, algunos mágicos en el imaginario occidental, como Katmandú, otros exóticos como Bhutan, el país cuya inocencia destruyó la televisión. Bajo del título «Donde las princesas no saben bailar», el corresponsal en Asia de El Mundo desgrana una crónica de contrastes: el país aislado y aparentemente feliz en sus costumbres centenarias, frente al que se abrió al mundo, a la modernidad, y perdió su magia, con padres avergonzados porque han detenido a sus hijos «robando cosas que la televisión ha convertido en indispensables». La globalización del mal, de la banalidad, de lo superfluo.

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6 comentarios

  1. Pingback: El fotógrafo de los muertos y otras historias de gran periodismo

  2. Pingback: Artículo de Ramón Lobo en “Jot Down Magazine” sobre “El lugar más feliz del mundo” | Blog Editorial Kailas

  3. Me has convencido, si es la mitad de bueno que tu artículo, habré acertado.

    Muchas gracias por la recomendación.

    Saludos,

    Milty

  4. Me sumo a lo escrito por Milty, letra por letra.

  5. Un libro increíble, muy humano y didáctico, algo difícil en tiempos de periodismo decadente.

    Muy recomendable.

  6. Pingback: Los corresponsales, en Jot Down |

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