
Cuando Vasily decidió dejar su carrera de abogado para dedicarse al arte hizo algo que trasciende el ámbito de las decisiones personales: llevó a cabo un acto de valentía. Hay pocos valientes en este mundo; muchos de ellos se encuentran en el ámbito de la creación, allí donde todo es incierto y las sombras aborrecen el muro de la caverna. La decisión de Kandinsky revolucionó el arte y creó la pintura abstracta. Hay otros tipos de valentía, por supuesto, como la falta de miedo al dolor, a la muerte; héroes que se embarcan en guerras y vuelven, cuando vuelven, con medallas y condecoraciones y unos cuantos muertos a sus espaldas. Aun otros salvan vidas en situaciones horrorosas de hambre o de catástrofes naturales; son valientes con mayúsculas, gentes a las que habría que rendirles pleitesía por esa valentía desinteresada y solidaria. La valentía de la que quiero hablar es menos heroica, pero también necesaria, porque es muy humana y porque ha hecho que la sociedad avance en la búsqueda del conocimiento; es la valentía de los que se atreven a enfrentarse a lo desconocido. En la Edad Media a estos valientes se los quemaba vivos. Cuando un artista crea, descubre un mundo que Platón hubiese dicho que siempre estuvo ahí, agazapado, esperando la introspección del escritor o del pintor o del músico, deseando su materialización en el mundo de los vivos. En la ciencia ocurre algo similar, se descubren teoremas que estaban escondidos en la irrealidad de lo ideal o se desprenden ideas y conceptos, idealizados, a partir de la observación de lo real. Arte y ciencia convergen, porque son actos de creación, actos de conocimiento, actos valientes, un asalto a la nada, un ámbito donde pueblan seres misteriosos, quizá ligeramente más alargados que los seres de nuestra realidad objetiva. Jorge Luis Borges lo describió así (Amadeo Modigliani lo pintó y Alberto Giacometti lo esculpió):
Siglos y siglos de idealismo no han dejado de influir en la realidad. No es infrecuente, en las regiones más antiguas de Tlön, la duplicación de objetos perdidos. Dos personas buscan un lápiz; la primera lo encuentra y no dice nada; la segunda encuentra un segundo lápiz no menos real, pero más ajustado a su expectativa. Esos objetos secundarios se llaman hrönir y son, aunque de forma desairada, un poco más largos.
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Hubo un tiempo en que los humanos gastaban la vida en crear universos.
Hermoso, hondo y complejo texto que nos recuerda el camino. Felicitaciones Diego!!
Abel «el viejo»
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Gracias! No se sabe cómo, el trazo sobre el lienzo se convirtió en la fórmula algebraica de la espiral logarítmica. Arte y ciencia. Ciencia y arte. Las fuerzas del demiurgo. Un abrazo solar!
Hola, muy interesante el artículo, estoy buscando más información sobre el tema, podría preguntar sobre ¿cuál es la bibliografía de donde sacaron los datos?
Me ha conmovido saber que existen otros espacios para encontrar nuevas formas de cambio y progreso de la humanidad.
Excelente artículo. Me encantó tu redacción por darme la posibilidad de transportarme, al menos por un ratito, al mundo de xul solar. Gracias!
Hermoso articulo Diego!! gracias!!
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