Política y Economía

Leo Strauss y la política como (in)acción

Leo Strauss. Foto: New York Times / University of Chicago. (Fair Use)
Leo Strauss. Foto: New York Times / University of Chicago. (Fair Use)

El libro del año hasta ahora ha sido Le capital au XXIe siècle, del economista francés Thomas Piketty. Como antes ¿Por qué fracasan los países? de Acemoglu y Robinson, este nuevo Capital ha conseguido traspasar las fronteras de varias especialidades y convertirse en lectura y tema de debate incluso entre quienes normalmente no se acercan a textos técnicos sobre economía política. Y esto a pesar de sus seiscientas y pico páginas y de no haber sido traducido aún a nuestro idioma. Pero no teman: esto no es la enésima reseña del libro de Piketty. Al contrario, con Piketty (y Acemoglu) pretendo ilustrar el creciente protagonismo de los científicos sociales en el debate público y, con esta excusa, reflexionar sobre el racionalismo en política con un crítico radical.

Una premisa fundamental desde (al menos) los tiempos de Francis Bacon es que el conocimiento es el preámbulo de la acción. Y tanto la derecha como la izquierda contemporáneas —recuérdese la undécima tesis sobre Feuerbach de Marx— han asumido en general que la política consiste en hacer cosas; y hacerlas además con la vista puesta en una cierta idea del futuro. Los libros citados más arriba, por ejemplo, pretenden revelar problemas o regularidades de la política y la economía, pero no solo eso: además, señalan un curso de acción o, cuando menos, la necesidad de la acción. Cosa no muy distinta sucede con nuestro reciente libro La urna rota: la crisis política en España tiene ciertas causas, vinculadas tanto con la configuración del Estado desde la Transición como con la burbuja inmobiliaria (y las rentas procedentes de Europa); y una vez identificadas esas causas, es posible proponer y debatir soluciones en respuesta.

En su versión extrema, esta idea es lo que Chris Dillow denomina managerialism: el prejuicio de que para cada problema existe una solución, y que esta es identificable y aplicable por los gestores. No es paradoja que Dillow, un economista que transita por vías no muy lejanas del marxismo analítico, eche de menos en el debate público a los conservadores oakeshottianos —y algún día deberemos hablar de Michael Oakeshott también—. Es decir, a conservadores que lo son porque abrazan un radical escepticismo ante la perfectibilidad de la sociedad y la capacidad de la política para solucionar todos los problemas —frente a los que en muchos casos (quizás la mayoría) solo cabría una orteguiana «conllevancia»—. O, como decía el propio filósofo inglés, la nave del Estado no tiene rumbo ni puerto de arribada, ni más proyecto que el mantenerse a flote.

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4 comentarios

  1. Buena estrategia de marketing eso de poner a Piketty, que está de moda, en los tags y en el primer párrafo aunque luego el artículo no tenga nada en absoluto que ver.
    Te dejo mis dies.

  2. Pingback: Acción e inacción en la política | Maven Trap

  3. Muy bien como introducción para que nos interesemos y empecemos a conocerle aunque no ha dicho casi nada de su pensamiento.

  4. El filósofo para Strauss es lo mismo que el Superhombre de Nietzsche. Está por encima de toda moral, de todo bien y mal. Ahora bien, el filósofo se vale de «los caballeros», estos sí, implicados en la política, como Bloom, pero muchos otros discípulos de Strauss enormemente influyentes en la política estadounidense. En la concepción de un saber esotérico y exotérico, estos «caballeros», dedicados a la política, deberían predicar la moral a la manada: dios, patria, etc…pues ellos mismos habrían sido adoctrinados en esas creencias morales por los filósofos. Su influencia sobre ellos como discípulos sería permanente y a través de ellos del gobierno de EE.UU. Como se ve, lejos de esa neutralidad que se presenta en este artículo, Strauss influyé enormemente en la política de nuestros días. No olvidemos que Strauss sacó a cien doctorados. Bloom graduó a otros muchos. Y ellos, a su vez, graduaron a otros, y así sucesivamente. A estas alturas ya se graduó la cuarta generación. Y cada uno tenía su papel, ya fuese esotérico o exotérico, «filósofo» o «caballero», disidente o lo que fuese. No olvidemos que un puesto académico codiciado requiere de diez a veinte recomendaciones incondicionalmente positivas, de otros que ya han ocupado tales cargos. En esto sí, los straussianos siempre se dan la mano, sin importar lo que pudieran parecer gravísimas discrepancias. Y este sistema de patronato académico se extiende al gobierno, mediante la creciente proliferación de «bancos de cerebros» que hacen de puente entre los dos ámbitos. los «filósofos» requieren varias clases de gente que les sirva, incluidos los «caballeros», En vez de enseñanzas esotéricas o «secretas», los futuros «caballeros» son aleccionados en las enseñanzas «exotéricas» o públicas. Les enseñan a creer en religión, moralidad, patriotismo y servicio público, y algunos entran al gobierno. Además de estas virtudes tradicionales, claro, también creen en los «filósofos», que les enseñaron todas estas cosas buenas. Aquellos «caballeros» que se hagan estadistas, seguirán acatando el consejo de los filósofos. Este imperio de los filósofos, a través de sus testaferros en el gobierno, es lo que Strauss llama el «reino secreto» de los filósofos, «reino secreto» que es el objetivo de vida de muchos de los estudiantes esotéricos de Strauss. Qué vida?, una vida de lujos al margen de cualquier moral. La vida de uno de los más conocidos discípulos de Strauss, Bloom, promiscuo homosexual, es relatada en clave en una obra de Bellow, concebida como monumento a su amigo: Ravelstein. Es una biografía verídica. Bellow quizás justifique el haber ocultado algunos hechos sobre sí mismo por la necesidad de mantener en primer plano a su amigo Bloom. Mas, por lo demás, sólo han cambiado los nombres y algunos detalles menores. Bloom es «Revelstein», Strauss es «Davarr» («palabra», en hebreo) y el propio Bellow es «Chick» o «Chickie» («Pollo» o «Pollito»).

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