
Un gourmet de los pies hasta el cuello. Así era Mao Zedong. Un exquisito que satisfacía sus gustos culinarios con la misma mano que gobernaba a su país: le encantaba el pescado fresco y exigía que se lo trajeran vivo desde cualquier parte, aunque tuviera que atravesar kilómetros. Lo metían en una bolsa de plástico con agua y listo. Más o menos los mismos remilgos que tenía Kim Jong Il, el anterior dictador de Corea del Norte, que también viajaba la distancia que fuera por comer pescado fresco y que no se cortaba un pelo en gastarse medio millón de euros —al cambio— en coñac.
Todas estas excentricidades de los dictadores se conocen hoy porque así lo han contado sus cocineros. Fíate tú de estos profesionales que parecen estar todo el día entre fogones y a lo suyo, pero no. En los últimos años han aparecido varios libros que son puras confesiones de estos chefs que convivieron durante décadas con estos personajes, que tuvieron que sucumbir a sus gustos extraños, y que luego, claro está, se han cobrado su tajada (por seguir con la metáfora gastronómica). Y no son revelaciones baladíes: así comes, así eres, que es casi lo mismo que el refrán «dime con quién andas y te diré quién eres». Porque no es igual, incluso hoy, tirar más de tasca y de caña de barril que dejarte la tarjeta en el restaurante más «in». Tu carta gastronómica es casi como tu carta astral y si te gustaba gasear a millones de personas en un campo de exterminio, seguro que algo rarito con la comida también eras.
El último libro que desvela cómo comían nuestros dictadores del siglo XX es el ensayo Dictators’ Dinners: A Bad Taste Guide to Entertaining Tyrants, de Victoria Clark y Melissa Scott, que acaba de ser publicado en el Reino Unido. En él se desmenuza cómo estos gobernantes se mostraban en la mesa y también cómo trataban a sus comensales. Y hay anécdotas para todos los gustos.
Comencemos por Adolf Hitler, que ya era un joven algo extraño mucho antes de darle la puntilla a Hindenburg para que le nombrara canciller de Alemania en 1933. Se ha repetido hasta la saciedad que era un vegetariano de pro —con ese rostro de acelga no podemos pensar en otra cosa—, pero las verdaderas razones no están en que se empalmara con las verduras, sino que sufría una flatulencia atroz, gases continuos y malestar intestinal. De hecho, llegó a tomar hasta veintiocho medicamentos para tratar su dolencia, uno de ellos, según cuentan Clark y Scott, hecho a partir de excrementos de campesinos búlgaros.
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Adolf Hitler con problemas de muchos gases. Quién lo iba a decir…
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Que alguien me lo aclare, pero yo diría que a Hitler le han troleado con la lista de verduras para no tirarse pedos.
¡Uy, el asunto de Mao en Moscú con el váter de Stalin trajo mucha cola! Resulta que aparte de que Mao necesitaba que las paredes no tuvieran azulejos con adornos porque le distraían de la labor, pues resulta digo, que a Mao como a muchas personas, le daba reparo poner el culo donde vete tú a saber quién coño lo había puesto. De manera que el tío, se ponía de pie y cagaba apuntando p’abajo. Y la cosa tiró más o menos bien, pero después de una sobremesa de esas de Stalin que cualquiera sabe lo que llegó a comer y beber el chino de lo que el ruso dispuso para sus invitados, Mao subió a su habitación mega-descompuesto. Y en cuanto el tío soltó el taponazo apuntando al váter, la diarrea salió disparada de su gordo culo, decorando las paredes, taza y suelo de un modo dantesco.
Bueno, es que Stalin estuvo dos días sin hablarle.
Como este asunto, a pesar de ser poco conocido en Occidente, trascendió a través de radio-macuto por los países asiáticos, sus dirigentes tuvieron buen cuidado en el futuro de no contribuír a desajustes gástricos por parte de sus invitados. Aquí en la última foto, como bien adjunta Paula Corroto (aunque la fecha está equivocada, fue en el 2013), podemos ver a un alborozado Kim Jong Un junto a uno de sus cocineros, mientras observan aliviados las deposiciones que en ese momento emitía Dennis Rodman, invitado del coreano en esos días.
¿Stalin estuvo dos días sin hablarle y ya está? ¡Yo no le hubiera vuelto a mirar a la cara ni solos los dos en una isla desierta! ¡Ja, ja, ja, ja, buenísimo!
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Falto lo que come la dictadora admiradora del regimen nazi, la falsa abogada de la Cristina.
Tendrian que hacer una nota con las porquerias que comen los opositores en la Argentina que los hace obsesionarse en cualquier tema con la Presidenta. Para mi que comen mucha bilis a falta de votos…
falta la última cena de Mitterrant: el hortelano.
los hortelanos escribanos, unos pájaros coloridos, pequeños, del tamaño de la mano de una niña, se cogen vivos con mallazos y son alimentados con cereal tras pinchar sus ojos, de modo que estén comiendo todo el día, en oscuridad perpetua. Se despluman vivos y se ahogan en un buen armagnac y después, simplemente, se procede a asarlos.
Me ha faltado la referencia de que Adolfo Suárez, durante sus años en la Moncloa, subsistió a base de tortillas francesas, café y cigarrillos
Recuerdo cierto político de los modernillos de ahora, al que se le antoja antes de cada comida un enema y unos supositorios de ajo, sera que la pseudoizquierda necesita de cosas raras.