Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Cien años de Soledad, de Gabriel García Márquez.
No he podido evitar abrir la reseña con el comienzo más evocador que he leído jamás. Lo leí por primera vez con 13 años a instancias de un peculiar maestro de Lengua Castellana que utilizaba métodos pedagógicos revolucionarios: durante sus clases del viernes por la tarde nos leía pasajes interminables del Quijote a cambio de permitirnos salir al patio un rato antes para jugar todos juntos un partido de baloncesto. Una de esas veces se torció el tobillo: no volvimos a salir el resto del curso, lo que se tradujo en que la ración de Quijote se multiplicó. Ni que decir tiene que desde entonces mantengo una relación amor-odio con la obra de Cervantes, claro. No obstante, aun reconociendo su excepcional valía y que su lectura (también) me gustó, fue la historia de Macondo la que me marcó para siempre.
Apenas leí la primera frase, un microrrelato en sí misma, comprendí que, evidentemente, aquello era muy diferente a todo lo que había leído hasta entonces; el hipnótico narrador te sumergía en el presente de una época indeterminada mezclándolo una y otra vez con personas e historias pasadas y futuras, como las señoras mayores que repiten a la menor oportunidad anécdotas y nombres por miedo a que se pierdan en su memoria. El argumento giraba alrededor de Macondo, un pueblo fantástico en toda las acepciones de la palabra, que ante mis ojos nacía, se desarrollaba y moría irremediablemente, creando a cada paso su propia mitología a semejanza de los hechos bíblicos, de quien tanto bebe. Pero la historia de Macondo es indisoluble de la del clan de los Buendía, una desgraciada estirpe que se ahogaba en la atmósfera nostálgica y carente de esperanza que impregnaba todo el relato. Guardo muy fresco el impacto que me supusieron algunos pasajes, tan fáciles de extrapolar a la vida real, como los fantasmas que no nos abandonan y los vivos que se resisten a morir o amar.

Al hacer memoria de aquellas sensaciones a veces pienso que puede que no sea una lectura apropiada para una mente relativamente inocente (como la mía, al menos; por aquel entonces, matizo), como los beneficios de introducir los melocotones en almíbar en una intensa relación sexual endogámica, aunque también saqué valiosísimas lecciones que me han servido de mucho en la vida como que es preferible hacer pescaditos de oro que promover 32 levantamientos armados y perderlos todos. No obstante, viéndolo en perspectiva, si la educación reglada me obligó a los 16 años a enfrentarme a Kant o Wittgenstein, leer a Gabo a los 13 tampoco parece excesivamente controvertido.
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El peor artículo de la sección. Le falta chispa y ritmo. En fin
Un apunte. En el noveno párrafo escribes «Ocupar el cetro». Ocupar no es el verbo que va con cetro, puedes ocupar un trono, pero no un cetro; si quieres conservar la palabra cetro deberías decir «ostentar el cetro».
Saludos
¿»Cien años de soledad» una causa perdida? ¿En serio?