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Grunge, otra historia

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Quisieron las deidades del rock que aquella noche Kurt Cobain y Matt Lukin coincidiesen en el instituto y la maqueta de los primerizos Nirvana llegase después a manos de Chad Channing. Que los de Aberdeen protagonizaron el último episodio verdaderamente memorable de rock’ n roll de masas es historia; que desde entonces el género ha vuelto a quedar confinado a las catacumbas del circuito independiente, salvando un par de honrosas excepciones —aunque ahora no se me ocurre ninguna—, ya no tanto.

Ver a Cobain pitorreándose de Axl Rose sobre el escenario ilustra la rivalidad entre ambas bandas y estilos musicales, podríamos decir incluso que entre dos formas de entender la música; una que se regodeaba gozosa en las mieles del éxito y asumía sin complejos su condición de rockstar, otra avergonzada de haber trascendido la ética alternativa y eternamente culpable —o así habría sido de no mediar una bala— de cobrar del mismo mundillo al que en origen se opuso.

Parece que la versión oficial cundió y Cobain ha sido ungido, además de como penúltimo mártir del negocio musical, como genio compositivo de los 90 y creador de un patrón estilístico convenientemente envuelto y ofrecido al consumidor en lonchas muy, muy finas. La profusión de bootlegs y piratas de Nirvana parece no tener fin, afianzando o derribando una leyenda idealizada por completistas, fans y crítica. No soy capaz de explicar la muy humana propensión a puntuar la evolución del arte, entendida como una sucesión de productos, adjudicando méritos ex nihilo que ignoran que este crece siempre en un sustrato, y si bien es enjuiciable en términos cualitativos no lo es tanto históricamente pues todo forma parte de la misma sucesión. En este sentido la genialidad queda relativizada en cuanto se pone en su contexto. A menos que la entendamos —la genialidad, digo— como la capacidad de componer y regalar temas emotivos y brillantes. A Cobain eso nadie podrá quitárselo.

Por eso creo necesario distinguir entre el criterio estético y la relevancia histórica. En este punto creo que la división es sencilla y cabe distinguir entre dos tipos de músicos de rock:

1) El que utiliza el estudio de grabación como un laboratorio y experimenta en busca de nuevos sonidos y texturas, alterando motivos sencillos, explorando atmósferas y jugando con cambios de tempo. Ferran Adrià y su deconstrucción de tortilla de patatas.

2) El que agarrado a la guitarra acústica y los ojos clavados en el pasado rasguea indolente esperando capturar un riff pegajoso, una melodía vocal untuosa.

Resulta curioso que un grupo tan clásico metodológicamente y cuyas canciones parecían cortadas por un patrón único, no especialmente virtuoso y con vocación tan descaradamente underground se identifique con un salto adelante.

La cosa cobra sentido si se mira con perspectiva. A finales de los 80 la música mainstream estaba agotada e incluso los cazatalentos de los grandes sellos como A&M habían empezado a fijarse en lo que sucedía en el mercado alternativo, fichando a grupos como Soundgarden y Screaming Trees cuando estos todavía se dirigían a la audiencia minoritaria del hard rock y el punk. Dinosaur Jr y los Pixies tuvieron su conato de bombazo, detonando por lo bajo, con hits minoritarios como Freak Scene y mayor cobertura al otro lado del Atlántico que en los USA. Mudhoney habían logrado abrirse un hueco en la radio con Touch me I’m sick, un clásico del grunge en su primera etapa, aunque no fueran precisamente lo más representativo del estilo. Quizá el hecho de atribuirse a Mark Arm el haber acuñado la palabra de marras despotricando contra ahora mismo no recuerdo quién —y dándole al término todo el contenido peyorativo posible— tenga que ver.

El caso es que Seattle era un hervidero de actividad mediada la década de los 80, siendo Nirvana un recién llegado que se llevó el pato al agua por una de esas casualidades del destino. Y el riff de Smells like teen spirit, vale.

Que desbancasen a Michael Jackson y su LP Dangerous del nº 1 del billboard fue sintomático del cambio de orientación del público en un momento en el que las guitarras eléctricas solo eran blandidas por grupos de sleazy de tipos con pelucones oxigenados y pose destroyer arramblacoños como aquellos Mötley Crüe que, versioneando Anarchy in the UK, permitieron a los integrantes de Sonic Youth echarse unas risas frente a la televisión si nos fiamos de las palabras de Steve Shelley.

Pocos años después, bandas que se habían forjado en las alcantarillas de la industria musical repetían lanzando sus aullidos en verso libre en los estadios abarrotados de Rio de Janeiro o Estocolmo ante millones de espectadores. Que la volatilidad del negocio nos permita conservar al menos el recurso de la ironía.

En ese momento, lo que se llamaba “sonido de Seattle” era principalmente una revisión del rock duro de los 70 mezclado con influencias punk y el hardcore de SST. Black Flag fueron uno de los grupos más reivindicados por la generación grunge y hay quien les considera su principal arquitecto a partir de su álbum My War: riffs pesados, letras nihilistas, agresividad vocal transida de latigazos melódicos.

También fueron músicos de Seattle quienes pusieron el foco sobre lo que sucedía en Australia, ese simpático país al que se llega cavando. Hubo grupos como Celibate Rifles y Cosmic Psychos que encontraron la resonancia a sus inquietudes más allá de la tierra de los canguros en Seattle. No es de extrañar, llevaban tiempo currándoselo, quizá desde Radio Birdman —por fechar en algún momento la eclosión del aussie rock, el año de la edición de Radios appear— que nos ha dejado las discografías de Hard-Ons, Lime Spiders o Zodiac Killers dentro del rock ‘roll visceral al que no hay que echar demasiada imaginación para situar en la costa noroeste a poco que se sazone con un poco de angustia, cerca de Posies o L7 (las chicarronas de Los Angeles abrieron su primer disco con un cover de She’s a lost cause de los psicópatas cósmicos).

Peter Bagge acertó a describir involuntariamente lo que fue el grunge primigenio antes del éxito de Nirvana mediante las aventuras de su antihéroe Buddy Bradley, cuando en una historieta no precisamente halagadora para las bandas de Seattle hace que Apestoso describa a un grupo de rock, tres de cuyos miembros se llaman Kurt, como viejo-y-buen-rock-n-roll-de-vuelta-a-las-raíces-sin-chorradas-ni-cuartel-a-tope-en-tu-cara. Poco después, en ese mismo número, sale a escena con un plumero inserto en el ano.

Aunque fue algo más sofisticado que eso —recordemos, en una década que había visto nacer el hardcore y el speed metal— básicamente podemos suscribir la versión de Apestoso con un par de matices. El grunge, si aceptamos que tiene a sus primeros representantes en bandas como Melvins y Tad, se parece bastante al stoner rock y aledaños (como los Helmet de la época de Meantime). El mismo Mark Arm declara haber pensado en una banda grunge de California la primera vez que escuchó un tema de Kyuss. De haber caudillaje sería el de Black Sabbath y quizá, por suciedad y vocación primitivista, los Stooges.

Buenos ejemplos de eso que en-aquel-momento-se-entendía-por-grunge eran God´s Balls de los enormes —en todos los sentidos— y demoledores Tad, los discos de Skin Yard, uno de los menos conocidos de Seattle aunque aún hoy perdura su aura de grupo mítico —Kim Thayl los reconocería como uno de sus favoritos— y Soundgarden cuando todavía no criaban perilla.

Como siempre que se trata de tirar del hilo de un árbol genealógico se encuentra uno con nudos y cabos sueltos. Se dice que el grunge era esto, rock duro embadurnado de oscuridad y desazón existencial, pero la percepción popular es otra. No se pueden crear categorías sin imponer límites y a veces esos mismos límites se van a tomar por culo en un suspiro. Nirvana, grupo canónico, echan abajo la teoría a partir de Nevermind; un disco mucho más melódico y acelerado en el que predominan los riffs angulares, las armonías vocales y las estridencias contenidas en un molde muy años 60. Cuesta decir que el grunge —y perdón por recurrir a la palabra como una categoría científica— fue una cosa cuando el grupo grunge por antonomasia se da de tortas con los que se supone son sus rasgos definitorios. Aquí creo que cabe precisar dos cosas:

— La primera es que Nevermind, si se escucha de cerca, es un punto y aparte en la carrera de Kurt Cobain. Sus otros álbumes y temas inéditos son definitivamente más virulentos, pausados y feroces. Bleach está lleno de fuerza bruta y la mayoría de los temas no alcanzan los tempos de su segundo LP. Las caras B incluidas en Incesticide se mueven entre el punk raruno y las abrasiones en tiempo medio. Las guitarras son más amplias y pesadas ajustando el bajo a registros más graves, aunque con mucha distorsión. Qué decir de In Utero, un engrudo de feísmo saturado de feedback rabioso y lirismo trash producido por Steve Albini, alma mater de Big Black, Rapeman y Shellac.

— La segunda es que la producción de Butch Vig “castró” en gran medida lo que iba a ser Nevermind, limando las asperezas del trío pero abriéndole las puertas al público mayoritario. Cobain dijo en alguna ocasión que aspiraba a componer la canción pop perfecta y el productor de Nevermind cumplió sus expectativas. Los offtakes muestran a un grupo bastante más bruto, lento y pesado de lo que finalmente vimos en las tiendas de discos.

Decimos que Nirvana tenía “algo más”, lo cual es en cierto modo una perogrullada. Como siempre que se imprimen etiquetas, las posibilidades de que el público detecte el melifluo janderklander que estas esconden aumentan en relación directamente proporcional al coeficiente intelectual del oyente. Hablamos de grupos musicales, compuestos de seres humanos, lo que ejerce un efecto multiplicativo sobre el resultado en cuanto a influencias e intenciones se refiere. La cosa es tan gilipollescamente simple como recordar que Soundgarden versioneaban a los Stones y Howlin Wolf, Nirvana a la Velvet y los Wipers, Mudhoney a Adolescents y Elvis Costello.

Steve Albini produjo el último LP de Nirvana porque estos eran fans de Big Black, Scratch Acid y Half Japanese —para entendernos, ruido to the max— y Pearl Jam acabaron ocupando el lugar de Crazy Horse a la vera de Neil Young. Resulta sencillo barrer cualquier intento de categorización cuando se examinan las diferencias; hay un abismo entre la neopsicodelia distorsionada de Gumball y Love Battery y las interminables sucesiones de riffs machacones de Melvins y Tad, o el garage-punk pasado de vueltas de Mudhoney.

Tenemos entonces a una serie de grupos lo bastante parecidos entre sí como para merecer un lugar propio en la estantería pero al mismo tiempo no lo bastante diferentes para distinguirse de contemporáneos y antepasados de similares coordenadas estilísticas. Lo único que nos quedaría en este caso es hablar de una generación (87-92) o un origen común. Cosa difícil de encajar si cubrimos la amplia horquilla temporal que separa a algunos de ellos.

Como siempre que se expiden denominaciones de origen la etiqueta acabó engullendo la diversidad, subordinándola. Parte de culpa en la invención del nuevo estilo como una cosa aislada de lo que venía haciéndose en los 80 la tuvo el éxito de Nevermind. La prensa y la industria musical encontraron una forma de patentar —y por tanto de limitar— un producto que de otra forma habría quedado por ahí flotando sin que nadie, a excepción de algunos afortunados músicos, pudiese lucrarse con él; intolerable.

Y, como suele pasar en estos casos, el público y los medios de comunicación usaron estos mimbres para convertir un conjunto de características comunes en una forma de vida, una estética y una forma de ser imponible a cualquiera que poseyese alguna de ellas, ya sea el pelo grasiento o el gusto por alguna banda grunge. Aparece la tribu urbana y con ella una nueva identidad impostable, una mezcla de apariencia y supuesta actitud de hippie existencialista un poco al estilo del Neil Young más cejijunto, como ya lo eran entonces el punk, el heavy metal o el rock gótico. Con ella llegó también un mercado específico aunque un poco raquítico, a no ser que busquemos estadísticas sobre la venta de camisas de leñador, que tuvo incluso sus momentos risibles en las pasarelas marcando tendencia sobre lo que no era sino una vaga denominación para referirse a un puñado de grupos de rock ‘n roll.

La historia del rock no se repite pero rima, o plagia directamente. El rock como fenómeno juvenil no es un invento de los 90. Los chavales tienden a verse reflejados en el espejo deformante de la música popular y la imitación o las aspiraciones que propicia son una forma de contrapesar el tedio cotidiano de un mundo desencantado. Los músicos de rock son en este sentido como deidades modernas, héroes mitológicos y protagonistas de novela que expresan deseos y expectativas a mitad de camino entre la sublimación romántica y la masturbación colectiva. Cuando usted o yo brincamos sobre el sofá rasgando una raqueta de tenis reproducimos en cierto modo esa fantasía de vernos sobre el altar moderno del escenario excitando a la plebe bajo una lluvia de decibelios y bragas usadas.

La adolescencia y primera juventud, ese intermedio entre la total inconsciencia y la madurez, época de una identidad personal blanda y siempre frustrada con un entorno que empieza a gravar responsabilidades, son el target objetivo del molde rockero. De ahí que rockear duro sea para muchos una forma de vida, y de ahí también que tantos otros agarren el pavo a los 16 y no lo suelten jamás.

La búsqueda de nuevos Neverminds que llevarse a la boca llevó a la industria musical a rebustecer sus inversiones en la búsqueda de grupos grunge con potencial comercial. No repasaremos la lista de discos con ventas multimillonarias ni lo que vino después, bautizado siniestramente como “post-grunge” y que incluía grupos tan abrumadoramente malos como Bush o Live.

Poco a poco la etiqueta se quedó pequeña y fue sustituida por la de rock alternativo, dando así al personal la oportunidad de recuperar a algunos clásicos del rock de los 80 que habían sido citados como influencias de las bandas de Seattle o directamente versioneadas. Es el caso de Pixies, Sonic Youth, Dinosaur Jr o Hüsker Dü; grupos que se habían labrado una reputación previa al fenómeno grunge pero sin alcanzar las mismas cotas de popularidad.

Quedó así definitivamente establecida la categoría “rock alternativo” o independiente para hablar de todo aquello que tuviese guitarras eléctricas pero no fuese punk ni heavy metal.

Más tarde la cosa degeneró, y el mercado discográfico español es prueba fehaciente de esto que digo, y se convino utilizar el vocablo “indie” como tratamiento de grupillo o cantautor con flequillo que canta susurrando.

Pero sí hubo algo de especial en el ascenso y caída del grunge: la atenta mirada de los medios de comunicación. La agonía de Kurt Cobain fue retransmitida en directo por todas las cadenas de televisión. Las imágenes del grupo en grandes festivales durante su última etapa, en las que el líder de la banda mostraba un claro deterioro físico —desaliñado, sin voz, estático sobre las tablas— se combinaban con las noticias sobre sus problemas con la necia droga, aproximándose inexorablemente al desenlace esperable.

Su suicidio ayudó a perfilar la figura del mártir rockero y sensible para regocijo de la industria y selló el finiquito de la generación.

Parte del éxito del grunge residió en su oportunidad; llegó justo cuando la música de los 80, marcada por la aparición del videoclip y las cadenas generalistas de radiofórmula, comenzaba a agotarse presa de sus propias limitaciones. Calibramos a gran escala y con el pito, por decirlo finamente.

El público se hartaba de hedonismo y frivolidad y demandaba algo de trascendencia. Sin embargo la época tampoco estaba para ruidos revolucionarios tras haber quemado todos los cartuchos del punk y alguno más. La música de Seattle y la actitud que se le supuso estaban en sintonía con el zeitgeist de la generación X y el desinterés afectado de una juventud que, sin tener que pelearse por el pan, tampoco era feliz. Lo cual no es pintar el mundo color de rosa sino constatar retrospectivamente que las cosas entonces estaban bastante menos jodidas que ahora, económicamente hablando. Supongo que el perezoso desinterés de Kurt Cobain por las cosas mundanas unido al vertiginoso ritmo de los acontecimientos contribuyó de alguna manera a definir esa impresión de moda pasajera que revistió siempre la etiqueta grunge. Algo que probablemente hubiese afectado a cualquier otro ítem socio-musical de haber tenido la desgracia de nacer en una época de medios audiovisuales tan fulgurantes.

Pero poco a poco la historia va poniendo a cada uno en su sitio. Hoy en día oímos y leemos a puristas rockeros reconocer a aquellas bandas en su justa medida sin caer en reduccionismos absurdos sobre su grandeza o miseria, algo que muchos aguantamos en su momento con estoicismo, y admitir que en Seattle fermentó mucho talento.

Esperemos resistir los cantos de sirena cuando patenten hallazgos fugaces para a continuación hundirlos en la mierda, incluso si en la vorágine alguna frágil psique decide salir por peteneras metiéndose una escopeta en la boca, la próxima vez que les dé por ahí.

31 comentarios

  • Bueno hombre, Bush y Live tampoco son tan malos, especialmente estos ultimos tienen muy buenos temas…

  • Dudo que patenten mucho ya, no hay dinero en ello.

  • Perfect,
    nosotros tratamos de seguir el rollo, al menos por aquí en el Sur, pero intentando que no sea más de lo mismo,

    pégale una escucha
    espero que te guste

    http://thedrymouths.bandcamp.com/

    un saludo!

  • Lo peor del grunge vino en la, podríamos llamar, tercera (de)generación, formada por engendros del tipo Creed, Puddle of Mudd o Nickleback. Comparados con estos tipos, Bush y Live son los Beatles.

  • Mira que he sido, ahora menos, fan de nirvana…pero maldita la mania de desacreditar grupos, como en este caso Live, para comparar. Nirvana fueron muy grandes, y a su vez Live eran muy buenos… eso si, estoy de acuerdo que Bush eran la version comercial de todos aquellos

  • Me acuerdo que era el año 91, mi primer año en Valencia (donde había ido a estudiar). Me había traído el vespino y ibamos yo y un amigo (de paquete) por la calle Colón. Toda la calle estaba empapelada con carteles del “Nevermind”. Le dije a mi amigo: “¿Qué es eso?” y me respondió: “Joder, ¿no los conoces? Son los Nirvana, y la están petando”.

    En esa época los que oíamos música “rarita” éramos 4 gatos. El término “alternativo” aún no se había inventado, lo de “indie” quizás lo había leído en alguna revista -Ruta66, imagino-, aunque bien pensado, seguramente no se decía aún “indie”, sino “independent”, y no tiene nada que ver con lo que se llama ahora indie. Yo hasta la fecha había oído punk (en especial, lo que luego se llamó “rock radical vasco” y estaba empezando a oir soul y grupos de los 60 (acabaría siendo mod).

    A partir de ahí vino lo demás. Los pelos largos, los primeros piercings, las camisas con diseño mantel colgadas de la cintura y los que hasta ahora habían sido pijos de libro, convertidos en… ¿grunges?

    Después, creo, ya nada fue como antes. Ya todo el mundo oía “música independiente” o “rara”. O sea, el rock independiente ya era tan mainstream como cualquier cosa que pusieran en los 40 principales.

  • Fantástico artículo, me ha puesto nostálgico. Ojalá hubiera cogido aquellos años algo más crecido.
    Lo que me extraña de este artículo y también del Documental Hype! es que en ambos obvian a otro mártir del Grunge y una de mis bandas favoritas del movimiento, Layne Staley y sus Alice in Chains.

    • De los 4 de Seattle (Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden y Alive in Chains) los de Cobain siempre fueron mis favoritos y los de Staley, quedaban relegados al último lugar.

      Hoy he re-descubierto a esta enorme banda que sigue grabando y saliendo de gira con un nuevo vocalista. Su unplugged es simplemente sensacional, lo recomiendo encarecidamente.

  • Se dice cociente intelectual.

  • Ni una cita a los Meat Puppets, curioso olvido.

  • Excelente disertación sobre el grunge. Una pena dejar a Squirrel Bait fuera http://www.youtube.com/watch?v=1VbWCvFTTUc&sns=tw .

  • Me parece bien que un articulo hable al fin con vision retrospectiva del grunge (Ya ha pasado el suficiente tiempo como para poder analizarlo). Para mi fue la musica de mi época y casi que, a partir de ahí ya no busqué mucho más, de hecho estoy escuchando una recopilacion de pixies mientras escribo el comentario, pura delicia….
    Creo que se analiza de una manera bastante severa el movimiento grunge: no fueron una burda copia o una evolucion del punk-rock y dejaron un poso del que se han ido alimentando otros movimientos.
    Hubiera sido bueno leer algo mas del indie español y su influencia más allá de nuestras fronteras (recuerdo que un single de Australian blonde entro en el top100 de los british en una época donde no era fácil y cuando se descubrió que eran españoles los sacaron, tremendo) .
    Por ultimo, se comenta apenas el influjo de Neil Young que a mi modo de ver fue fundamental.
    Saludos

  • No soy nada fan de Axl Rose, pero ya le hubiera gustado al pájaro este llegar a ser como él.

  • Bufff, ni una mención a Alice In Chains que, dicho sea de paso, eran mi favoritos de los cuatro grandes. “Dirt” es amor

  • Emotivo artículo, tan desordenado como confuso por otra parte.

  • Qué manía con el grunge… ¿Pero qué cojones es el grunge? No conozco ninguna entrevista a gente de Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden, AIC… en que reconozcan que tocaban dentro de un mismo género. Y escuchas la música de estos grupos y hay que ser un memo para reconocerlos como parte de algo común. Más allá de coincidir geográficamente a los alrededores de Seattle y coincidir temporalmente en el auge de sus carreras, estos tipos hacían ROCK, y cada uno con un estilo muy diferenciado. Algunos eran colegas, se encontraban en los conciertos y tocaban juntos de vez en cuando, algo natural en una ciudad pequeña como Seattle. Pero lo del grunge es una mamarrachada comercial que perdura hoy en día y que, en mi opinión, minimiza artísticamente a los grupos que se identifican con esa “moda” que algún periodista creó de la nada.

  • Si alguien quiere ver lo que era un concierto de verdad en Seattle en el año 89, que le eche un ojo a esto:

    http://www.youtube.com/watch?v=t6oq7mOlAPY

    Y que la gente no conozca este concierto…
    Todo lo que vino después es necesariamente peor.

    Saludos

  • Buenas. Ferrán Adriá no deconstruyó la tortilla de patatas. Ese plato es de Marc Singlá. Un saludo

  • Salvando la animadversión explícita hacia el rock angelino de los 80 (que me ha parecido notar en algun momento) y las subordinadas un tanto barrocas que quitan un poco de ritmo al texto, creo que has descrito muy bien un tema nada facil lleno de matices.

    Simplemente resaltar que Kurt Cobain es un icono importante pero quizás no es tan “mártir” sino víctima de una industria incoherente y autodestructiva.

  • El grunge no es, ni nunca ha sido, un género musical. Dentro de ese saco hay muchas bandas que no tienen nada que ver entre ellas. Por ejemplo, Nirvana es una banda de punk o punk-rock, mientras que Soundgarden tiraba en esa época por el heavy metal (ahora en su vuelta son más bien hard rock) o los admirados por Kurt Cobain The Melvins están considerados como unos de los padres del stoner.

  • Me parece bien que se vaya ya hablando de este movimiento, pues desde el punto de vista musical fue preponderante en la tendencia que marcaron, aunque sea discutible si el Grunge es o no un genero.

    Apuntar que dentro de los aussie groups ha faltado mencionar a los increíbles Silverchair, que tienen tres primeros discos muy brillantes (el resto es basura). también me parece inconcebible que no se haya hablado de Mother Love Bone…

    En cuanto a la narrativa se hace un poco farragosa su comprensión en algunos puntos del relato, pero siempre es agradable leer sobre una tendencia musical que me marco para el resto de mi vida.
    Saludos.

  • Flojo y simple. No es música donde más destaca JotDown en mi opinión, eso lo tengo claro.

  • Una pregunta, en la foto de portada del artículo, el tío que aparece encendiéndose un cigarrillo lleva una camiseta del Oviedo, de dónde ha sacado esa foto?
    Gracias!

  • Creo que el comentario sobre Live deja bastante claro el bajo nivel del artículo. A mejorar!

  • En definitiva, de Nirvana se salvan 2 ó 3 canciones, lo demás es una “eme”.

    Por cierto, para cuándo un artículo sobre Steve Albini y, en concreto, de las curiosidades del album “The Futurist” de Shellac?? Ese sí que es un genio.

  • Grandes Mötley Crüe

  • Entretenido artículo, coincido en bastantes puntos.

    Algunos lectores echan de menos determinados nombres, pero es que si uno empieza a enlazar influencias y tal podemos acabar en los sesenta y el artículo sería interminable.

    A día de hoy sólo recupero a Nirvana y Melvins de aquella movida, la verdad. De crío (empecé el instituto cuando estas bandas reinaban) PJ, AIC and cía me parecián la repolla, pero con el tiempo todo éso se fue diluyendo y ahora sólo me parecen buenas bandas, sin más. Lo cierto es que hace eones que no los escucho.

    De aquella época me quedo con el material que publicaban sellos como AmRep (cuna de Helmet o Today is the day), Merge o Touch and go; Material realmente sucio, poderoso y desafiante.

    Me congratula que alguien mente a Squirrel Bait; Bastro, Bitch Magnet… tela!

  • Volviendo la vista atrás parece claro que el “grunge” no fue sino una etiqueta comercial elegida por la MTV y medios similares para vendernos un movimiento que no existía como tal, pues poca era realmente la novedad: se reeditaban otros movimientos anteriores (pop, rock y punk esencialmente), heredándose casi todas sus características (nihilismo, escapismo, crítica social, angustia existencial, etc.)

    Por otro lado, el grunge surgió en Seattle pero bien podría haber surgido en cualquier otra parte, como pusieron de manifiesto las bandas catalogadas como grunge de segunda generación (Blind Melon, Bush, Silverchair, Stone Temple Pilots, etc.)

    La única aportación real del “movimiento” fue potenciar la idea del DIY, de la música independiente, de que cualquiera puede/sabe tocar la guitarra (como la canción de Radiohead), ya existente durante los años 80 (como atestiguan Sonic Youth, Violent Femmes, REM y otros) y que fue explorada por primera vez por el mainstream y abierta al público general.

  • El tiempo que Cobain pudo haber dedicado a dar centralización a las letras de los primeros temas lo ocupó en dar inventos riff.

    La producción grunge se centra en dar leyenda a Nirvana. La clave surgió de una generación cuyo estilo “I Hate myself and want to die” (Básico) dio chance a escuchar algo más que David Bowie y R.E.M. Las letras seudoprofundas basadas absolutamente en nada alimento la oleada.

    Pienso que de no ser un género completamente planeado (previsto, pero no planeado) hubiese causado molestia el no tener a quién odiar en casa. El arriesgue con la guitarra no es nuevo, es claro, pero de pensar que Black Sabbath en lugar de gritar con instrumentos hubiese deslizado del primero al último traste sería el icono post/punk, al igual que si los Meat Puppets dieran su más doloroso esfuerzo de garganta serían la mezcla del origen del grunge.

    ¿Qué ocurre con el género hoy? Es evidente que muchos prefieren presumir camisetas cuadradas a terminar de oír un disco de TAD. Pero asumiendo que es culpa del público, ¿Se puede retomar el sonido clásico de los 90? Refiriéndome a no caer en la brutalidad, a no recurrir a la nueva tecnología, a no ser imagen.

    ¿El grunge muere en 1994?

    Saludos, excelente aportación.

    • “El arriesgue con la guitarra no es nuevo, es claro, pero de pensar que Black Sabbath en lugar de gritar con instrumentos hubiese deslizado del primero al último traste sería el icono post/punk, al igual que si los Meat Puppets dieran su más doloroso esfuerzo de garganta serían la mezcla del origen del grunge.”

      Que alguien explique qué quiso decir este muchacho, por favor.

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