Mi maleta está perdida en algún punto del aeropuerto. Yo mismo la he olvidado al bajarme de la avioneta de la ONU. No hay cinta portaequipajes, así que alguien se la ha llevado a algún sitio. Pregunto a los soldados del Gobierno Nacional de Transición que pelan la pava a la sombra. No tienen ni idea. Pasa un ministro de algo escoltado por tropas ugandesas. Ni idea. Un funcionario me indica un rincón al final de la pista, junto a unos barracones. Si, allí está, con dos militares mirándola a cierta distancia, a punto de abrirla para ver si contiene explosivos. Les digo que no, que es mía… Uno me pide dinero, por las molestias, dice.
En el interior de la terminal de llegadas, tan solo un cajón de ladrillo, mis dos acompañantes de la ONG esperan a que alguien les selle el pasaporte de entrada. Me divierte comprobar que existe la opción «vacaciones» en el formulario de entrada. Bashir localiza a un funcionario, le da órdenes en somalí, un idioma con sonido de serrucho, nos saltamos toda la cola y salimos al exterior, donde nos sorprende una emboscada de luz blanca. Soldados, milicianos, vendedores ambulantes… Si hay algún lugar en la Tierra con vocación de Moss Eisley, aquel puerto espacial polvoriento de contrabandistas que salía en Star Wars, aquel del antro en el que se emborracha Han Solo, es este aeropuerto, uno de los más tiroteados y bombardeados del mundo.
Intento adivinar quién es el tipo de Al Shabab que informará a la franquicia de Al Qaeda de nuestra presencia y de con quién nos vamos. Siempre lo hacen. Varios somalíes nos miran sentados bajo un árbol. Pueden ser ellos, pero puede ser cualquiera. «¿Es la primera vez que vienes a Mogadiscio?». Sí, Bashir, ya sabes que sí. «Pues bienvenido al infierno», dice con una sonrisa. Te pasa un chaleco antibalas demasiado pequeño, un casco y un pequeño kit de primeros auxilios. Venga, todos al coche.
Entonces una grúa levanta una barrera de hormigón para evitar atentados suicidas, una pick up con la escolta armada se coloca delante de nosotros y ya estás en el parque temático de la guerra. No hay un edificio que no sufra la lacerante lepra de la batalla.
Más de dos décadas de conflictos superpuestos lo han convertido todo en una suerte de Stalingrado del Índico. Pero la ciudad vive entre las ruinas. La calle se llena de mujeres de atuendos de colores que se mueven a velocidad de hormiguero. Y hay gente haciendo negocios. Uno de ellos va sentado al volante con nosotros.
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Como siempre, de lo mejor de JotDown. Gracias.
Hola Alberto,
Por estos lares, Finlandia, hay mucha inmigración somalí. Refugiados, gente que viene a reunirse con familiares ya asentados, jóvenes que vienen a estudiar.
Como en todas partes, algunos energúmenos locales se quejan y pretenden resolver posibles problemas mediante la muy manida frase «que se vayan a su país».
Dan ganas de meterlos a ellos en un avión, darles este texto -entre otros- durante el vuelo y dejarles buscarse la vida aunque sea por un par de días, a ver qué tal les va.
Gracias por tu relato y suerte en futuros viajes.
Un saludo,
S. C.
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Siempre es un gustazo leerte, gracias por contarnos.
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