¡Hay que cambiar la fresa! - Jot Down Cultural Magazine

¡Hay que cambiar la fresa!

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Marruecos - Intermón Oxfam (15)

(Version française)

Reportaje realizado con el apoyo de Intermón Oxfam

¿Hay que cambiar el mundo?” le pregunto a Charifa al final de una larga entrevista.

Charifa no responde inmediatamente. Se toma su tiempo para pensar, cosa que hace sin bajar la mirada, aguantando un largo silencio.

¿El mundo?”, repite con voz inaudible, rumiando la pregunta como si fuera un objeto extraño, quizá una pregunta trampa.

¡Lo que hay que hacer es cambiar la fresa!”, suelta finalmente con un entusiasmo, una alegría y una convicción que nos hace reír a todos los que la hemos estado escuchando mientras el intérprete iba traduciendo del árabe el relato sobre su larga experiencia como trabajadora de la fresa; y cómo, poco a poco, pasó de ser una niña asustada, una niña que lloraba en soledad la dureza del trabajo, los viajes nocturnos en las furgonetas que las llevaban a las fábricas o a los campos como si fueran ganado, los malos tratos del capataz, el acoso, la esclavitud, como dice ella y tantas otras trabajadoras corroboran, y se convirtió en una militante social. Una mujer de 23 años que no baja la cabeza y dice lo que piensa.

Estamos en Marruecos, en la provincia de Larache.

Mires por donde mires: fresas.

Allí donde el campo se presenta ajardinado y la mano del hombre ha cubierto el horizonte de una inquietante superficie plastificada que el sol convierte en espejo y la luna en agua de lago: fresas. Allí donde los hangares y las factorías se levantan como construcciones modernas: fábricas de fresas. Fresas por doquier.

El mar de plástico de Andalucía se está desplazando hasta la costa del norte de África. Los empresarios se aprestan a invertir cada vez más hacia el sur. Nuestros parados pronto podrán acceder al mundo del trabajo caminando sobre un espejismo de plástico antes de hundirse en el Estrecho para descubrir que la tierra prometida es casi siempre la que se deja escapar.

Invertir, dice la Real Academia de la Lengua, también puede significar “cambiar el orden natural de las cosas”.

Marruecos - Intermón Oxfam (32)

Deberíais estar agradecidos

En los años 90, Marruecos era un productor de fresas con escasa incidencia en el mercado internacional. Hoy sus campos de cultivo y sus fábricas de enfriamiento y empaquetado han multiplicado la producción hasta más de 100.000 toneladas al año, la mayoría de las cuales están destinadas a la exportación hacia la Unión Europea —el 70%—, a los Emiratos Árabes e, incluso, a la China. Marruecos quiere triplicar esta cantidad hasta llegar a las 300.000 toneladas el año 2020.

Las empresas productoras, las grandes multinacionales que controlan el mercado y la distribución mundial y se reparten la parte más sustanciosa de los millonarios beneficios siguen siendo las mismas, todas ellas propiedad de los países del norte.

Las semillas y los fertilizantes tampoco han cambiado de manos y pertenecen casi exclusivamente a las firmas norteamericanas.

Pero a medida que la competencia presiona sobre el precio final, todas estas empresas transnacionales buscan sin tregua la manera de abaratar la producción. Para comprar barato, hay que producir barato. Esta es la consigna. ¿Cómo hacerlo para conseguirlo? ¿A quién le toca pagar con las rebajas?

El nuevo capitalismo ya hace tiempo que deslocalizó el beneficio empresarial en la maraña del mundo financiero transnacional. También la deslocalización de sus empresas registradas en paraísos fiscales le permite escaquear los impuestos de los países donde residen los máximos beneficiarios, al tiempo que aumentan sin complejos las diferencias entre ricos y pobres —es decir el acuerdo social de la gran revolución democrática de los derechos civiles.

¿Dónde se podría, pues, abaratar la producción?

Si no se quiere reducir el beneficio empresarial, ajustar la distribución y la comercialización, solo queda dar una nueva vuelta de tuerca sobre la espalda de los obreros. ¡Hay que penalizar los salarios!

Y puesto que los trabajadores de los países ricos no aceptan sin resistirse una explotación sin condiciones —la esclavitud como dice Charifa—, porque tienen una serie de derechos adquiridos, nada mejor que desplazar la cadena productiva allí donde sea más manejable y sumisa, trasladándola hacia los países más pobres, donde los nuevos obreros del siglo XXI deberán cumplir al menos dos condiciones.

La primera es que la necesidad les predisponga a trabajar al precio que sea y a someterse a las reglas que marcan las empresas, casi siempre extranjeras, casi siempre con sus despachos y altos ejecutivos situados a miles de kilómetros del lugar de trabajo.

La segunda condición es que tengan escasa o nula capacidad para defenderse, asociarse, sindicarse y que vivan en un régimen autoritario con un poder político frágil, a poder ser corrupto.

Ambas condiciones se daban perfectamente entre los obreros textiles de Bangladesh que perecieron debido al hundimiento de una fábrica bajo cuyas ruinas, además de los 1127 cuerpos sin vida que ya se han rescatado, aparecieron los restos de las etiquetas de las grandes marcas internacionales para las que trabajaban (entre ellas las españolas Mango y El Corte Inglés).

Deberíais estar agradecidos por tener al menos un trabajo”. “Si nosotros nos vamos os moriríais de hambre”, suelen decir las empresas extranjeras.

Y no se trata de una amenaza sin fundamento. Al contrario. Las marcas que controlan el mercado internacional, montan y desmontan las fábricas, compran o dejan de comprar en los talleres, según les convenga.

Durante la revolución de Túnez, los obreros de las grandes multinacionales extranjeras pensaron que la revolución quería decir también una mejora social de las relaciones laborales y los salarios, decididos por la dictadura en connivencia con los inversores extranjeros. Y se encontraron que si protestaban las fábricas se iban hacia otros países, en busca de obreros dispuestos a bajar la cabeza. Esto es lo que hizo, para poner solo un ejemplo, la japonesa Yazaki, dedicada a componentes electrónicos, cuando decidió cerrar y deslocalizar dos de sus fábricas de montaje después de que los trabajadores osaran pedir ¡que les pagaran las horas extras y los domingos trabajados!

Marruecos - Intermón Oxfam (31)

Naima tiene pánico a los escorpiones y a los encargados

Pero estamos en Marruecos para hablar de la fresas. Y es ahora Naima quien tiene la palabra:

Empecé a trabajar en los campos —explica—. La diferencia entre el campo y la fábrica es que en el campo trabajas bajo el sol, desde que sale hasta que se pone. Siempre inclinada, con una caja atada a la espalda. Es muy duro. Muy cansado. Para protegernos del sol llevamos el sombrero tradicional taraza, que cubrimos con un paño de lana roja que absorbe el calor y sobresale como una visera para proteger la vista. El resto de la cara nos la cubrimos con un pañuelo. Lo que a mí me daba miedo eran los insectos. A mi hermana le picó una abeja y a una amiga un escorpión. En la fábrica al menos estás bajo un techo. Aunque las condiciones de trabajo tampoco son buenas”.

¿Ahora estas en una fábrica?

—Llevo ya seis años en las fábricas, y esta temporada lo he hecho en el turno de noche. Hoy entro a las 20 horas y saldré, quizás, a las 6 de la mañana.

—¿Se gana más de noche?

—Se gana lo mismo. Hace dos días tuvimos un problema: nos dieron 20 toneladas de fresas y nos dijeron que tardáramos el tiempo que tardáramos en arreglarlas y empaquetarlas, nos pagarían nueve horas de trabajo. ¡Lo hicimos en siete horas! ¡Estábamos contentas! Pero solo nos pagaron siete horas. Dijeron que lo habían dicho para probarnos. Ayer lo hicimos en diez horas. Y para castigarnos nos contaron ocho horas.

—¿Cómo es el trabajo?

—Tenemos solo un descanso para comer desde las 0:30 hasta la 1 de la mañana. Cuando llegamos, a las 19:45, comemos un poco y nos vestimos con los delantales. Luego cada una va a su puesto.

—¿Cuál es el tuyo?

—El cuchillo. Corto: esto es lo que hago. Corto y corto sin parar. Corto el tallo de la fresa. Las fresas que van a la exportación son las mejores. Deben ir enteras. Las fresas que están tocadas, van aparte. Nunca te paras. Trabajas de pie. Está prohibido hablar entre nosotras. Incluso por cuestiones de trabajo. Los jefes controlan el ritmo de la cadena y si tienes algún problema levantas el brazo.

—¿Qué haces si quieres beber o ir al lavabo?

—No puedes beber. Si quieres ir al lavabo levantas el brazo. Entonces el jefe te apunta. A veces lo pides a las once de la noche y no te dan permiso hasta las tres de la mañana. Tampoco te puedes lavar las manos. No usamos guantes, están prohibidos. Y si a veces tienes escozor o necesitas lavarte, debes esperar.

—¿Cómo es la relación con los encargados?

A veces se acercan y empiezan a gritar. “¡Deprisa, más deprisa!” “¡Trabaja, pon atención!”. Da miedo. Lo podrían decir de un modo más agradable. Nosotros trabajamos al máximo, hacemos cuanto podemos. ¿Por qué tienen que gritar de esta manera? A veces nos amenazan: “si no vas más deprisa te mando al váter”. No a un despacho. Al váter. Y si te mandan al váter, luego te descuentan de la paga el tiempo que ha durado el castigo. A veces, las más jóvenes, las chicas más bonitas, tienen ciertos privilegios.

—¿Por ejemplo?

—Las dejan caminar un poco, ir al lavabo, beber agua. A mí no me dejan moverme. Rezo todo el tiempo a Dios para que lleguen las seis de la mañana. Nunca me he puesto enferma porque si enfermas un solo día tienes que llevar un certificado médico que lo justifique. El certificado cuesta 100 dírhams —diez euros—, que es más que un jornal. Así que prefiero trabajar. Aunque esté enferma.

—¿No te has planteado cambiar de trabajo?

—No me lo puedo permitir. Tengo una hija pequeña y aunque me quede sin una gota de sangre, trabajaré para que ella pueda estudiar.

—¿Te gustaría que tu hija trabajara en la fresa?

—¡Solo si fuera jefa!

—¿Quieres verla explotando a los otros?

No podría hacerlo jamás. Es muy dulce, quizá cuando ella crezca el trabajo haya mejorado…

Naima supera los 30 años y se encuentra al límite de edad para trabajar en un sector donde la mayoría tienen entre los 14 y los 28 años. La temporada de la fresa suele durar unos seis meses, si las cosas van bien. El año pasado trabajó desde diciembre hasta febrero. Este año empezó en enero y piensa que tendrá trabajo hasta julio. Antes, cuando terminaba la temporada de la fresa, solía ir al tomate, pero dice que ya no tiene fuerzas para cargar las cajas, así que ahora hace trabajos domésticos. Por cada quincena en la fábrica le pagan unos 900 dírhams —90 euros—, de los cuales debe deducir 10 dírhams para el transporte diario —es decir 150 la quincena— y le quedan 750, lo que suma unos 150 euros al mes.

Marruecos - Intermón Oxfam (39)

El sabor de la fresa

Hajar era encargada en una fábrica.

La mayoría de las 20.000 mujeres que trabajan en la fresa suelen venir de las aldeas, los douars, donde son reclutadas todavía muy jóvenes. A pesar de que la ley prohíbe trabajar antes de los 18 años muchas niñas empiezan a trabajar a los 14, especialmente en los cultivos, sin apenas haber terminado la educación primaria. Un estudio reciente explica que una tercera parte de estas mujeres sufren acoso sexual.

Hajar es una mujer de ciudad, que vive en Larache. Estudió hasta los 17 años, lo que le permitió trabajar como encargada. Pero lo que vio en la fábrica no le gustó y un día decidió denunciarlo a las organizaciones civiles que, auspiciadas por Intermón Oxfam, luchan por mejorar las condiciones de trabajo.

Me tocaba controlar el trabajo y los horarios de las chicas”, explica.

¿Es decir?

—Una parte del trabajo consistía en apuntar en una libreta los horarios; a qué hora entran, a qué hora salen. Luego me encargaba de la producción. Por ejemplo: tengo 20 chicas y 20 toneladas de fresa. Cuento cuántas toneladas hace cada chica. Se trata, claro, de un trabajo sensible porque es un trabajo sobre las personas. Y hay mucha presión para que se trabaje sin errores, con un rendimiento máximo.

—Tenías, pues, un trabajo de responsabilidad.

—Mucha. Porque también me tocaba controlar a los transportistas, saber las chicas que llevaban en cada viaje ya que a menudo el sueldo de las chicas se paga directamente al transportista, que es quien ha reclutado a las chicas por los pueblos y luego reparte el dinero.

—¿Cómo calificarías tu trabajo?

—Muy difícil. Yo venía de un ambiente familiar agradable, una vida protegida. En la fábrica descubrí otro mundo: una especie de infierno, con comportamientos criminales, gente a la que a veces conocía pero que no podía mirar a la cara por la vergüenza de saber lo que estaban haciendo.

—¿Crímenes, dices?

—Crímenes: el acoso sexual está muy presente. Cuando un jefe o un encargado quieren a una niña no paran hasta que la consiguen. Y si la niña no cede, la despiden o la ponen en un sitio donde ella misma decide irse porque es incapaz de aguantar.

—¿Tú misma has visto estos casos?

—Claro. Por ejemplo, cuando ven una chica que les gusta, se acercan y le piden el teléfono. O le dicen, espera en tal sitio a tal hora. A veces las sacan de la cadena y las ponen junto a la puerta del frigorífico. Y algunos se las llevan dentro.

Marruecos - Intermón Oxfam (36)

—¿Podrías explicar un caso concreto?

—Claro. Lo que le ocurrió a una chica, a una amiga mía. Todos sabíamos que esta chica tenía una relación con un jefe, una relación forzada. Un día el jefe la vio hablar con un transportista y empezó a pegarle delante de todo el mundo.

—¿Por esto dejaste la fábrica?

—No vi nada bueno en la fábrica. Solo cosas malas. Para los jefes las mujeres son una presa a la que pueden devorar. Todos meten presión, gritan, insultan. No eres nada.

—Y a ti te tocaba el trabajo de policía…

—El de controlar. A veces el jefe venía y decía: a esta mujer le descuentas dos horas porque no ha hecho bien el trabajo. Yo lo apuntaba con el lápiz pero luego lo borraba. No era peligroso porque la lista la entregaba directamente a la administración y no lo detectaban.

—¿Por qué decidiste denunciar la situación?

—La gente piensa que las fábricas y los campos de cultivo son un paraíso. Ven que se cobra un sueldo. ¡Al menos tienen un trabajo!, dicen. Ven que incluso puede existir un contrato. Ven los uniformes. Las instalaciones modernas. Los grandes camiones que van y vienen. Pero en realidad no son un paraíso. Son el infierno. Y yo quería que cayese el velo.

—Perdiste el trabajo, claro.

—¡Hubiera sido peor quedarse! ¡Imagina la venganza! Las mujeres sufrimos más que los hombres, porque hay una gran discriminación. Se trata de una cuestión cultural: cuando los hombres cometen errores, nadie les abronca. Pero a la mujer se le grita, se la maltrata, cualquier hombre te puede humillar, el chófer, el encargado, basta que sea un hombre para que se atreva a dar órdenes y levantar la voz. O pretenda forzarte. Ahora tengo una peluquería y colaboro como militante para mejorar la vida de las trabajadoras de la fresa.

—¿No quieres casarte?

—Cuando encuentre al hombre adecuado.

—¿Cómo debería ser este hombre?

—Hay hombres que se acercan a mí pero cuando empiezan a preguntar sobre la peluquería, te das cuenta que ya están haciendo planes, piensan en cómo podrían gestionar mi vida, el negocio, en vez de pensar en mí como persona. Entonces me los saco de encima. Me digo: esto no es lo que busco.

—¿Te gusta comer fresas?

Me gustan. Esta pregunta suelo hacerla a menudo a mis amigas que siguen en la fresa y siempre contestan que las detestan, que no pueden llevarse una fresa a la boca sin sentir dolor, asco. Yo he dejado de comprarlas. Cuando voy al mercado miro las fresas y pienso: estas son las fresas que provocan tanto sufrimiento.

Marruecos - Intermón Oxfam (19)

Mujeres invisibles, inexistentes, que viajan como el ganado

Hemos encontrado a Hajar en Rabat, durante un seminario organizado por Intermón Oxfam junto a otras 20 organizaciones locales que trabajan para conseguir unas condiciones de trabajo dignas y presionan sobre las empresas extranjeras para que acepten el cumplimiento de estos derechos, de manera que las fresas que llegan a Londres, Barcelona, Bruselas, París o Qatar no sean un fruto de la vergüenza; fresas de sangre como ya se las llama en Grecia, donde este mes unos matones a sueldo de un empresario dispararon contra trabajadores de Bangladesh que estaban protestando porque no les pagaban el salario adeudado.

Uno de los primeros escollos con los que se encuentran las trabajadoras de la fresa en Marruecos es su propia inexistencia civil pues la mayoría de ellas ni siquiera tienen un papel que certifique su identidad y no constan en ningún registro. Si quieren presionar a los empresarios y obligarles a pagar la seguridad social, lo primero que deben hacer es procurarse su propia carta de identidad. El siguiente paso será un contrato laboral, acordar un salario mínimo y presionar al empresario para que las inscriba en la seguridad social, cosa que la mayoría prefiere no hacer para ahorrar dinero. Mejorar las condiciones de transporte se ha convertido también en objetivo prioritario de estas organizaciones que, desde hace dos años, organizan “caravanas de sensibilización” en Larache y Moulay Bousselham, para explicar a las chicas de los douars cuáles son sus derechos y ayudarlas a gestionar sus documentos. Desde que Intermón Oxfam empezó sus actividades en este sector, las altas de la seguridad social en Larache han aumentado un 52%.

Nadia, Farima, Fara y Jamira forman un pequeño grupo de chicas que hablan animadamente mientras hacemos una pausa durante el seminario para tomar café.

Les propongo que me expliquen el problema del transporte, y se disparan: “es un sector sin ley”, “nos meten como animales en furgonetas, viajamos de pie, 50, 60 chicas”, “el viaje puede durar a veces una hora o una hora y media y llegamos a casa tan cansadas que, después de 12 horas, no nos queda ánimo ni para comer”.

El tema de los chóferes es importante porque muy a menudo, como explicaba Hajar, son los propios chóferes los que se encargan de reclutar a las chicas y pagarles. De manera que existe un enorme poder del chófer sobre la trabajadora, que este no desaprovecha: “A veces, al regresar de noche, corremos el peligro de que abusen de nosotras”, dice Nadia.

Nadia empezó a trabajar a los 14 años. Aunque es ilegal, explica que suele ser una práctica habitual: “En una fábrica piden, por ejemplo, 50 chicas. El chófer las recoge. Si el encargado protesta porque algunas chicas son menores, el chófer dice: o las coges todas, o me las llevo a todas. De manera que todos prefieren mirar hacia otra parte”.

Un día —cuenta Nadia— estaba tan cansada que vomité. El chófer paró la furgoneta y me hizo descender. Me dejó en medio de la carretera, de noche. Pero dentro de la camioneta las chicas empezaron a protestar y finalmente el chófer decidió regresar a buscarme”.

—¿Por qué habéis venido al seminario? —les pregunto.

—Nos han echado del trabajo. Ayer. A las cuatro. Se nos ocurrió protestar. El encargado nos dijo: no regreséis nunca más, no queremos a chicas que tengan la cabeza caliente.

La tragedia”

Algunas empresas extranjeras empiezan a temer que si trascienden las condiciones de trabajo, quizá el consumidor no quiera llevarse una de sus hermosas fresas a la boca. Por esto algunas empresas empiezan a ceder ante la presión. Aunque muchas veces se trate solo de maquillar la realidad.

Hemos ido a visitar las instalaciones de una multinacional que exporta a Europa, Japón, Medio Oriente y que tiene como cliente principal a una importante cadena de supermercados extranjera. El encargado de recursos humanos nos recibe a condición de que no demos el nombre de la empresa.

Entonces habla: ellos, dice, han hecho todo lo que exige el código de trabajo que piden las organizaciones sociales. Todos sus trabajadores están declarados, cotizan a la seguridad social, tienen sus vacaciones, su salario mínimo, pero…

—¿Pero?

—No resulta tan fácil.

—¿Es decir?

—¡Debemos competir con otras fábricas que no cumplen estos derechos!

—¿Y?

—Nuestros clientes, nuestros compradores, no preguntan sobre las condiciones de trabajo. Preguntan el precio de compra. Ellos pagan lo mismo a todo el mundo. De manera que los que no se preocupan de las condiciones laborales, tienen ventaja sobre los que tratan de ser más justos y más humanos. Y toda la carga recae sobre el productor.

—Que la hace caer sobre el obrero.

—Más o menos.

Más o menos porque incluso las empresas que dicen cumplir los códigos de buena conducta como la que estamos visitando, muy limpia, por cierto, con unas instalaciones modernas, de alta tecnología, tienen sus pequeños trucos:

—El truco del productor —dice el director de recursos humanos—, consiste en tener una parte de la producción que se hace en buenas condiciones, pero otra parte de la producción, cuando se necesita mandar mucho producto, se compra a otras empresas, pequeños productores que no cumplen las normas. Entonces lo mezclas todo y lo exportas con la marca que garantiza un trabajo digno.

Vaya…

¡Es el problema de la competencia desleal! Es el mundo del trabajo. El mundo global: solo importa el precio. Y si no te ajustas al precio, pierdes. Y están los rumanos, los egipcios… usted no puede imaginarse lo duro que es.

Marruecos - Intermón Oxfam (29)

El consumidor debería decidir

Said Saadi, socialista, fue ministro de Desarrollo y Solidaridad durante los años 1998-2000, y el principal promotor del Plan Integral para la Integración de la Mujer en Marruecos que culminó con la aprobación del Código de la Familia en el año 2004, un nuevo marco legislativo que proclama la igualdad de derechos entre los dos cónyuges, la desaparición de la obediencia de la esposa al marido, la posibilidad para la mujer de pedir el divorcio y la prohibición de la poligamia.

Encontramos al antiguo ministro en el mismo seminario.

—Si no cambiamos el capitalismo, difícilmente conseguiremos mantener cualquier reforma…—dice el antiguo ministro, como aperitivo de nuestra conversación.

¿Se refiere a cambios globales?

Así es. Lo que nosotros tratamos de hacer aquí, humanizar el trabajo, crear leyes, llegar a compromisos, mejorar la vida de cada día está muy bien. Hay que hacerlo. Pero choca con la realidad del mercado. No deberíamos tener ninguna confianza en los compradores, las empresas extranjeras, esperar que sean ellos los que cambien. Lo que ellos quieren es un producto bueno, de calidad, barato, que se sirva lo más rápido posible. Aunque nosotros luchemos aquí para mejorar el trabajo, si los consumidores europeos, asiáticos, de todas partes, no presionan al comprador, es difícil que consigamos cambiar. Porque el día que tengamos derechos, entonces irán a buscar obreros en países donde no respeten a las personas. De manera que hay que cambiar todo el sistema: y el consumidor nos debería ayudar. Tiene que plantarse. Tiene que enfrentarse a sus propios gobiernos, a las empresas. ¡Incluso la Unión Europea se ha convertido en rehén de los lobbies que controlan las multinacionales!

Buenos momentos, buenas sensaciones

Charifa nos invita a visitarla a su casa, en un pequeño douar, aldea, situado en una colina. Tomamos el té con su familia, en total unas 15 personas. Todas viven del trabajo de Charifa y su hermana mayor, que también trabaja en la fresa. Todos dependen de sus dos salarios. La madre de Charifa nos enseña la cama donde nacieron Charifa, sus hermanos y los primos, y recuerda cuando Charifa empezó a trabajar. Entonces tenía solo 15 años y era una niña muy tímida, que tuvo que dejar el colegio porque no podían pagar el transporte hasta la ciudad, cosa que también les ocurrió —y sigue ocurriendo— a casi todas las niñas del douar. Un día, uno de los transportistas que acude al douar en busca de nuevas trabajadoras se llevó a Charifa que iba de la mano de su hermana mayor. Salieron de casa a las cuatro de la mañana. Regresaron de noche. Desde entonces han pasado ocho años y Charifa ha cambiado completamente. Ahora mira directamente a los ojos de los hombres cuando habla (“Antes —dice— a usted ni siquiera me hubiera atrevido a decirle una sola palabra”), y se ha convertido en una militante capaz de hablar delante de un auditorio de 200 personas con una voz firme y palabras convincentes: “¡Hay que cambiar la fresa!”, dice. “¡Podemos mejorar nuestras vidas!”.

La militancia, el hecho de salir de casa, las reuniones, los debates, el contacto con gente distinta han hecho de Charifa una mujer fuerte. Quizás un día llegará a diputada. Quizás un día tendrá tareas de responsabilidad. Sería lo normal en una persona que destaca dentro de su comunidad y que tiene dotes de líder. Los mineros ingleses de la Revolución Industrial, por ejemplo, se rebelaron, obtuvieron mejoras en el trabajo, terminaron con el trabajo infantil, consiguieron el voto de la mujer, reformaron las viviendas, levantaron escuelas, llegaron al Parlamento… resulta emocionante sentir la energía que despierta Charifa, toda esta vitalidad, los ideales, las utopías, pero no podemos obviar lo que vemos: y lo que vemos de estos nuevos obreros del siglo XXI es que su salario solo es de supervivencia, no progresa la familia, no sirve para mejorar los pueblos, construir escuelas, cuando las niñas cumplen 30 años se convierten en paradas y son sustituidas por sangre joven, quizás sus propios… si hay suerte, claro: porque a medida que estos trabajadores esclavizados, obreros de las empresas del norte, toman conciencia, protestan, se organizan, construyen una sociedad más humana, justa, a medida que lo hacen, el capital se aleja, se va hacia otros escenarios dejando atrás una ola de parados.

Ni siquiera la fresa se puede cambiar sin cambiar el mundo, quisiéramos decirle a Charifa. Pero callamos: hay que disfrutar los buenos momentos y Charifa y los suyos están pasando por uno de estos buenos momentos llenos de sentido y de buenas sensaciones.

Marruecos - Intermón Oxfam (37)

Fotografía: Pablo Tosco

Traducción al francés: Carolina Camarmo

Intermón Oxfam trabaja con más de 20.000 recolectoras marroquíes de fresa en su lucha por unas condiciones dignas de trabajo. Si quieres más información, pincha aquí.

26 comentarios

  1. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Il faut changer la fraise!

  2. Qué grande es el Rovira; de buena mañana ha conseguido cambiar el aroma del café por el de fresa (sangrienta).

  3. Conclusión: vigilad con la fruta que viene de países donde se causa tanto sufrimiento. Comprad fresas de España, por ejemplo. Y si preferís las de Marruecos, disfrutad de las fresas que tanto dolor causan diariamente.

  4. Bru Rovira: martillo de injusticias. Bravo !

  5. Hasta que los progresistas del primer mundo no nos enfrentemos a estos abusos y prioricemos esta reivindicación a nuestros gobiernos para que influyan contra estas prácticas en los organismos internacionales no se acabará con los abusos y la esclavitud, pero antes tenemos que elegir gobiernos que no estén a las órdenes del capital.

  6. Hasta qué punto la etiqueta del producto garantiza que las fresas se han producido en España?

  7. Esto es extrapolable a absolutamente cualquier producto que adquiramos en cualquier superficie (tanto grandes supermercados como pequeñas tiendas).
    Lamentablemente hasta que nosotros (los consumidores) no cambiemos el chip y empecemos a mirar con lupa de dónde viene todo lo que compramos ésto seguirá así.

    Yo abogo por comprar sólo productos cultivados en donde vivo (Euskadi) y a la hora de comprar productos manufacturados tipo ropa, electrodomésticos y demás, procuro informarme de dónde viene, intento que siempre sea producto nacional, y a poder ser de alguna cooperativa; intento no comprar nunca a grandes empresas internacionales, aunque es dificilísimo, muchas veces imposible.

    ¿Queréis saber cuántos esclavos trabajan para cada uno para que podamos vivir como lo hacemos? Si entráis en la página slaveryfootprint . org os hacen el cálculo. Es muy revelador.

    Creo que la única manera de cambiar esto es la concienciación, y organizaciones como Intermón Oxfam hacen un trabajo impagable, pero todo depende de nosotros.

  8. Aquí os dejo este artículo de un periódico de Huelva. No difieren en nada. http://huelva24.com/not/39465/el_sat_amenaza_con_promover_el_boicot_a_la_fresa_de_huelva_en_europa/

  9. Conozco este tipo de relaciones esclavistas. Yo las he padecido siendo muy joven en España, y es repugnante.
    Para luchar contra esto sólo se me ocurre comprar a productores cercanos, locales, de los que es posible averigüar en qué condiciones producen. No es tan difícil, aunque, claro, hay que molestarse en hacerlo. Esto para comida o productos concretos, en cuanto a electrodomésticos y demás la cosa se complica, y a veces resulta imposible no comprar a grandes marcas, pero si cada vez la ciudadanía ejerciera más y pasara menos se podría hacer mucho. En fin, ya sabemos cómo funciona este país, aunque yo mantengo un gran optimismo y creo que se hacen avances.

  10. Ohhh!! Condiciones de explotación, curioso, vivimos en España y existen bastantes paralelismos con lo que les sucede en Marruecos. No hay que irse hasta allí para denunciar una injusticia, vete a un polígono cualquiera y seguro que encuentras gente trabajando 10h a las que le deben meses de sueldo.

  11. El tema es muy sencillo, o cambian allí a mejor o lo hacemos aquí a peor. No se trata de defenderles a ellos por “compasión” sino para evitar que nosotros terminemos igual.

  12. Un artículo imprescindible para denunciar una lacra que la mayoría de países, sufre “en la sombra”.

    Sea en el sector textil (que conozco muy bien) o en el agrícola, estas denuncias deberían ser portada, porque como consumidores juzgamos a una empresa con el simple gesto de ignorar sus productos. No debemos olvidarlo.

    Nadie quiere pagar “mucho” por un producto, pero la realidad demuestra desde hace décadas, que son los intermediarios quienes incrementan su fortuna, junto a los propietarios del negocio, claro está.

    La propia agricultura en España, es una muestra. De un puñado de céntimos el kilo que se lleva quien trabaja la tierra, contemplamos un PVP de varios euros dependiendo de “la fama” del producto.

    Una cosa es aplicar unos beneficios honestos que repercutan en tu propia empresa, y otra la explotación a todos los niveles.

    De nosotros depende.

  13. m egustó mucho y por momentos me estremeció.
    ahora, creo, nos empieza a preocupar porque casos así se están dando en españa, en empresas, en tiendas… es triste.

    Ahora nos dicen que vamos a salir de la crisis a costa de más competitividad. A esto se refieren.

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  16. Doloroso, conmovedor, brillante, agotador. Personajes como Rovira son necesarios en este mundo. Personajes que sepan contarnos una verdad y darnos algo en lo que reflexionar. Todavía quedan periodistas dignos y comprometidos, me llena de alegría.

  17. Gracias Jot Down por este artículo, echaba de menos un poco de Periodismo Humano por esta web (otro medio interesante para los que quieran más historias de periodismo social).

    Sobre el artículo, felicitar a Bru Rovira, muy bien escrito, narrado con mucha participacón de los que sufren, que al fin y al cabo se trata de darles voz y no solo de hablar de ellos. Creo que el texto no desentonaría en en NYT, para que luego digan que el periodismo está en crisis. Lo que está en crisis es su gestión!

  18. Por cierto, si queréis ayudar a esos trabajadores, despues del comentario de Jot Down le podéis escribir a vuestra cadena de supermercados favorita preguntándoles de dónde vienen sus fresas, si están al tanto de las condiciones laborales de los trabajadores, etc.

    Eso sí que tiene un gran impacto, además de que no se pierde nada por hacerlo, es más, muchas veces responden e incluso te mandan cupones o vales de 2 o 3€ cuando realmente no saben que responder.

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