Guillermo Ortiz: La última victoria de Lucho Herrera contra Miguel Indurain - Jot Down Cultural Magazine

Guillermo Ortiz: La última victoria de Lucho Herrera contra Miguel Indurain

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Lucho herrera

A Lucho Herrera no le llamaban «el Jardinerito» por casualidad: pasó su adolescencia podando céspedes en Fusagasuga, a una hora escasa de Bogotá, cuando la bicicleta no era un lujo sino un medio de transporte para ir de recado en recado y llevar algo de dinero a casa mientras intentaba acabar la secundaria. Esas experiencias marcan un carácter y el de Herrera era calmado: un tipo poco hablador, poco expresivo, que parecía hacer su trabajo sin más, sin estridencias, sin necesidad de impresionar a nadie. Un Nairo Quintana pero sin la poderosa estructura de Movistar detrás y su entrenamiento científico. Algo parecido a un francotirador silencioso.

En Colombia llegó a ser tan popular que, ya retirado, un cuatro de marzo de 2000, una brigada de las FARC lo raptó durante una visita a la casa de su madre. Aquel secuestro fue como una canción de Sabina: siete hombres con metralletas se lo llevaron a la montaña, ojos vendados, y cuando llegaron al refugio y descubrieron quién era realmente, lo empezaron a asediar con preguntas sobre el Alpe D´Huez, los lagos de Covadonga, la Vuelta a España de 1987… y a las 24 horas lo liberaron, pidiéndole inmediatamente disculpas por las molestias.

Y es que la popularidad de Herrera estaba bien ganada: durante años fue el estandarte del clásico Café de Colombia, un ciclismo incipiente que databa de finales de los 70 y que se prolongó hasta los 80 y parte de los 90 antes de desaparecer sorprendentemente, siempre se ha dicho que arrinconado por la EPO, aunque quizá Santi Botero no opine lo mismo. Eran los años de Jaramillo, del Pacho Rodríguez, de Farfán, de Patrocinio Jiménez, Camargo y ese largo etcétera encabezados por el espectacular Jardinerito y el constante y regular Fabio Parra, un hombre más preparado para grandes rondas, como demuestran su segundo puesto en la Vuelta de 1989, detrás de Perico Delgado en su esplendor, y el podio del Tour de 1988, también detrás de Delgado y Steven Rooks.

Lo que no consiguió nunca Parra fue ser primero. Herrera estuvo a punto tantas veces que cuando lo logró tuvo que ser de rebote, aunque de eso hablaremos más adelante.

En 1984, aún como amateur, «el Jardinerito» se plantó en el Tour de Francia y venció en Alpe D´Huez por delante de Fignon y Bernard Hinault. No era poca cosa: Lucho era el mejor escalador de todos los «escarabajos» pero su falta de disciplina en la contrarreloj arruinaba toda esperanza. Podía perder seis minutos, siete, ocho… en tiempos en los que cada vuelta que se preciara incluía dos o tres etapas de ese tipo y además largas. Al año siguiente, 1985, asombró a toda Francia ganando de nuevo dos etapas, una de ellas, la de Saint-Etienne, con la sangre cayéndole por la cara tras una caída.

Sin embargo, como decíamos, su gran momento llegó algo más tarde, en 1987. Si el Giro lo ganaba generalmente un italiano que supiera manejarse en la media montaña y el Tour era para hombres mucho más completos que el colombiano, la Vuelta a España sí podía darle alguna oportunidad en la general, con sus puertos cortos pero explosivos, sus contrarrelojes reducidas al mínimo para favorecer a los Delgado, Pino, Lejarreta y compañía, y su habitual guerra de guerrillas en la que los chicos del Café de Colombia y el Postobón se manejaban a la perfección.

Aquella edición tenía solo 66 kilómetros contra el crono y dos hombres dispuestos a jugarse el triunfo: el irlandés Sean Kelly, del KAS, que acumulaba clásicas y vueltas de cinco días con una facilidad asombrosa, para acabar pegándosela tarde o temprano en alguna etapa de montaña de Vuelta o Tour, y el alemán Raymond Dietzen, estrella del equipo TEKA, que tenía en España su hogar y su lugar para el lucimiento. Como tercera opción quedaban «los colombianos», así, en conjunto, como una unidad indiferenciada. En la primera etapa de montaña, Dietzen logró el liderato tras el triunfo de Lale Cubino. La alegría le duró cuatro días, hasta la llegada a los lagos de Covadonga. Ahí, en plena exhibición, Herrera le metió un minuto y medio a Vicente Belda y a Sean Kelly, casi dos minutos a Dietzen, más de tres a Delgado y cerca de cuatro a Laurent Fignon.

Era el día de su cumpleaños y Lucho lo celebró con una frase lapidaria: «No voy a ganar la Vuelta». Viendo lo que quedaba de la carrera, la cosa no estaba tan clara.

Las etapas se sucedieron con una serie imprevista de abandonos y así se llegó a la decimoctava etapa, una contrarreloj en Valladolid de 24 kilómetros, diseñada casi como un regalo para Sean Kelly, que acechaba segundo en la clasificación general a solo 39 segundos del colombiano. Tercero, en un pañuelo, quedaba Dietzen, a 50. Si todo iba como solía ir, Herrera quedaría muy por detrás de ambos, con la única esperanza de repetir la hazaña de Hinault en Ávila o la de Delgado en Segovia en las últimas etapas.

Sin embargo, algo raro sucedió. Las contrarrelojes de la Vuelta se prestan a este tipo de sorpresas, como que Pino le aguante a Robert Millar o que Blanco Villar le gane a Kelly en su terreno. Un Kelly que, pese a su mala cara, acababa en segunda posición, a 11 segundos, consiguiendo así el maillot de líder. Dietzen terminaba séptimo, a 40 segundos del irlandés, una distancia razonable… y Herrera perdía tiempo, sí, pero no el que todo el mundo esperaba. Completamente entregado, «el Jardinerito» llegaba decimoséptimo de la etapa, una de sus mejores clasificaciones contra el crono, a 1’20” de su gran enemigo, manteniendo contra todo pronóstico el segundo puesto.

Kelly, Herrera y Dietzen quedaban por tanto en una diferencia de 52 segundos con tres etapas de media montaña por delante: las llegadas a Ávila, las Destilerías Dyc y Collado Villalba. Sierra de Madrid. Había serias dudas sobre si la diferencia bastaría pero se disiparon en seguida, lo que tardó en revelarse la existencia de un furúnculo en el trasero de Sean Kelly. 14 kilómetros de amarillo antes de echar pie a tierra. Todo un récord. El irlandés no podía dormir por la noche, no podía sentarse en el sillín y no iba a estropear el resto de la temporada y sufrir como un perro para acabar quinto en una Vuelta a España. De eso ya tenía mucho en su palmarés.

De repente, todo quedaba entre Herrera y Dietzen y el público lo tenía claro: su favorito era el tipo tranquilo, el tímido, el que casi susurraba en las entrevistas arrastrando las eses. En las dos primeras metas volantes de la siguiente etapa, Dietzen le quitó seis de los diez segundos de ventaja, pero a la llegada a Ávila, el colombiano pegó otro hachazo y dejó a su rival a más de un minuto en la general. No fue la Vuelta más lucida del mundo, pero cumplió: el mejor en la montaña, aceptable en contrarreloj y sin caídas ni abanicos ni despistes propios de este tipo de corredor con apariencia de despistado.

Fignon le acusaría años después de «comprar» las últimas tres etapas en un pacto de no agresión. Es posible. En el ciclismo, ya saben, todo es posible. En cualquier caso, es poco probable que lo necesitara. En cuanto la carrera se movía, el beneficiado era el propio Herrera, coronado por la prensa española como «el mejor escalador del mundo».

Cumplida la heroicidad, Herrera se dedicó por completo al Tour, donde aquel mismo 1987 quedaría quinto en la general y se llevaría su segundo título de rey de la montaña. En 1988, una edición para escaladores, solo pudo ser sexto y ahí se vio que no, que Herrera jamás ganaría en París, que no haría ni podio como acababa de hacer Fabio Parra, ya con el maillot del Kelme, habitual caladero de ciclistas colombianos en su entrada a Europa. Ese era el límite de Lucho, ¿para qué generarse más expectativas? En España le agobiarían con calendarios, túneles del viento, preparación médica, lucha constante por generales…

En 1990, Café de Colombia se retiró del ciclismo. Herrera tenía ya 29 años y la sensación de que sus mejores temporadas habían quedado atrás: en 1989 cambió la Vuelta por el Giro, ganando dos etapas y la clasificación de la montaña, 1990 fue un año horrible para él, sin triunfos, y en 1991, ya con Postobón y en la treintena, se destapó con una etapa en la Vuelta a España y sobre todo con una exhibición inesperada en el Dauphiné Libéré, donde no solo ganó la general sino que se llevó una etapa, la regularidad, la combatividad y la combinada.

Aquella victoria le colocaba de nuevo entre los favoritos para el Tour. Se suponía que 1991 iba a ser el año del cuarto triunfo de Greg LeMond, pero los primeros signos de flaqueza del estadounidense se vieron en la contrarreloj de Alençon, cuando cedió ante Miguel Indurain, un reflejo de lo que sería el resto del mes de julio. En cuanto a Herrera, una decepción enorme: el primer día se dejó casi dos minutos junto a buena parte de los favoritos, llegó a la citada contrarreloj a 4’06” de LeMond y en esos 73 kilómetros todavía le cayeron otros 5’39”. A casi diez minutos en la general y hundido en el puesto 61º de la clasificación, lo más que pudo hacer fue asomar un poco la cabeza en las etapas de montaña y acabar en un mediocre 31º, muy lejos de sus posibilidades.

Se anunciaba así el fin de la era de los primeros colombianos: a Parra y Herrera le sucedían Oliverio Rincón y Álvaro Mejía, dos corredores distintos, no tan buenos escaladores pero mucho más regulares en las etapas llanas y con mayor capacidad contra el cronómetro. La tendencia descendente se acusaría aún más en 1992, cuando Parra, en su último año como profesional en el Amaya de Javier Minguez, solo pudo ser séptimo en la Vuelta y Herrera sufrió una caída en la duodécima etapa, rumbo a Burgos. No vimos ahí la infatigable reacción de siete años atrás. La brecha se abrió entre el cabello y con la brecha una cierta conmoción. El colombiano, que de todas maneras ya andaba el 32º a casi 25 minutos del líder, Jesús Montoya, prefirió retirarse.

Ahí debería haber acabado la carrera del más grande escalador de los 80… pero precisamente la caída le abrió una puerta inesperada. Un último baile. El Giro de Italia.

Con tiempo suficiente para descansar, pero no tanto como para perder la forma —por entonces, el final de la Vuelta coincidía prácticamente con el principio del Giro—, Herrera se plantó en Génova con la idea de darse el gusto de una despedida digna. Los tiempos habían cambiado y ahora era el Giro el escenario ideal para los escaladores. Los italianos habían dejado de adorar a Moser, Visentini o Saronni y los nuevos héroes de los tifosi se llamaban Chiappucci, Chioccioli, Giovanetti… Pese a contar con una crono casi de comienzo y a que Miguel Indurain se encontraba en el mejor momento de su carrera, el colombiano llegó octavo en la general a la novena etapa, con final en el Terminillo, a solo 2’18” del navarro.

«Voy a intentar ganar», dijo en la previa, y no parpadeó cuando se le escapó Fignon, ni cuando se le escapó Ugrumov ni cuando se fueron formando grupos de escapados en lucha por la etapa. Él se quedó con Indurain y con Indurain empezó a subir el puerto. A falta de seis kilómetros, más para acelerar el ritmo que para distanciarse, lanzó un ataque. Fue un gustazo porque todos echábamos de menos esa explosión seguida de un ritmo constante, cabeza agachada, algún chepazo ocasional. Quedó en nada pero el grupo de favoritos se vio reducido a diez hombres, nueve, ocho, Indurain poniendo su marcha de la que iban cayendo los demás, casi sin esfuerzo.

A cuatro kilómetros, ataca Roberto Conti, del Ariostea, ese festival de escaladores y clasicómanos criado a los pechos del doctor Michele Ferrari. El equipo de Riis. El equipo de Massi. El equipo de Lelli. Los locos 90 que empezaban en Italia un poco antes que en el resto del mundo. Herrera, mientras tanto, quieto. Con Indurain, siempre con Induráin, que marca el ritmo y parece que sufre, por un momento parece que Conti le va a quitar la maglia rosa hasta que a falta de dos kilómetros, Lucho pone el turbo en el grupo, tira como loco, el líder a su rueda, Chiappucci, descolgado, Conti, cada vez más cerca.

Queda un kilómetro y en el grupo del líder cinco hombres se retuercen sobre sus bicicletas: Induráin, Herrera, Hampsten, Giovanetti y Giupponi, con Conti siete segundos por delante, seis, cinco… Indurain le ve y demarra: no quiere las bonificaciones, quiere eliminar rivales. Se pone de pie en la bici, sus 80 kilos sobre el manillar y todos sufren, todos se las desean para aguantar… Todos menos Herrera, que en cuanto alcanzan a Conti, a unos 500 metros de meta, se hace un poco el loco por el lado izquierdo y ataca por el derecho, un ataque seco, marca de la casa, cabeza abajo, casi un sprint. Indurain a lo mejor podría cogerlo, pero no va a intentarlo. Herrera no es enemigo para la clasificación general. Los enemigos son Chiappucci y Chioccioli y quedan ya muy atrás. Bugno está con el psicólogo, preparando el Tour.

El ataque es tan violento que saca 50 metros de inmediato, imposibles de recuperar. Dos curvas antes del final, Herrera ya se estira el maillot, el ritual de publicidad para su patrocinador, y sonríe. Su tercera victoria en Italia, la octava en una gran vuelta. En la general, queda cuarto, pero el paso de las etapas y los 31 años le devolverán a un meritorio octavo puesto al final del Giro. Es su adiós a Europa porque Europa ya es otra cosa, no una pillería de anfetaminas, cocaína y cortisona sino algo mucho más loco, de inyecciones diarias, EPO como zumo de naranja y el largo etcétera que aún nos recuerdan cada día los periódicos.

Ha cumplido con todos así que puede regresar tranquilo. Nada de Tour de Francia. ¿Para qué? Herrera vuelve a Colombia, gana una etapa en la vuelta de su país y cuelga la bicicleta a la vez que su gran amigo y su gran rival, Fabio Parra. Muchos creen que podría haber aguantado un año más, estirar hasta los 32 pero no habría tenido sentido. Postobón no podía pagar Ferraris ni Conconis ni Cecchinis ni Eufemianos. Podía pagar otras cosas pero eso no y arrastrarse no tenía sentido. El último baile había sido un baile hermoso, italiano, de redención. Dejó colgado a Induráin cuando Induráin era Indurain.

Algo que contar a los nietos.

Algo que contar a los despistados de las FARC en las noches de secuestro.

12 comentarios

  1. Querido Guille, gran artículo como siempre. Los que ya tenemos la treintena recordamos al gran Lucho y sabemos que el mejor ciclismo ya pasó (Delgado siempre fue mi debilidad). Eso sí, lo que me ha encantado ha sido la frase “Bugno está con el psicólogo, preparando el Tour”…Mítica.

  2. Magnífico artículo. Impecable. Solo un detalle, el druida de Ariostea era Luigi Cecchini.

    • Cecchini en el 92, Ferrari en el 90, según Dopeology, fue su primer médico, aunque vete a saber, yo creo que estos más o menos trabajaban todos juntos…

  3. Gran artículo. La generación de Lucho Herrera puso al ciclismo colombiano en el mapa pero la actual comandada por Nairo Quintana probablemente termine siendo mejor. Estos son sus nombres y las claves de su éxito. http://deporadictos.com/el-renacer-del-ciclismo-colombiano/

  4. ¡Qué emocionantes recuerdos! Un placer la lectura de estas crónicas sobre dos ruedas.

  5. Gracias por el articulo, a pesar de que era un crio (12 años) recuerdo la vuelta de 87, los lagos Dietzen perdiendo el malliot, la cabra de Kelly en la contrareloj y su retirada, si embargo no recordaba la victoria sobre Indurain, en aquel giro del 92 que seguí todos los días por ver a Miguel hacer historia al ser el primer español que ganaba. Al leer este articulo si he recordado la cara delgada y peculiar de Conti, un grandisimo es calador que le falto rematar con victorias, aunque de aquella epoca me impresionaba Franco Vona.
    Lo dicho gracias por enriquecer nuestros recuerdos de ciclismo

  6. Magnífico, no recordaba muchos de los episodios que relatas. Como anécdota vagamente relacionada, contaba Fignon en su biografía que el Café de Colombia llevaba cocaína a Europa escondida dentro de los cuadros de las bicicletas (si no recuerdo mal, no tengo el libro a mano). Él dice que la probó una noche, creo que en esa misma Vuelta del 87.

    • He leído el libro de Fignon y sí es cierto que habla varias veces de la conexión Colombia-cocaína, pero creo que hace especial hincapié en que la usaban allí y que en las vueltas que él corrió en Colombia se ponía hasta arriba y los demás también. Sinceramente, Fignon tiende a la exageración así que hay que tomarlo con un poco de cautela, porque transportar cocaína a Europa no creo que fuera tan fácil, aparte de constituir un delito. Con todo, ya lo digo en el artículo, desgraciadamente en ciclismo todo es posible.

  7. Extraordinario artículo Guillermo. Ha sido un grato viaje por mi infancia y mi afición a este deporte. Y bravo por el hombre callado.

  8. Magnífico artículo que trae buenos recuerdos de aquel ciclismo que nos hizo engancharnos a la bici.
    Auténtica poesía ciclista…

  9. Grandísimo artículo subre una auténtica leyenda. Aún recuerdo la cumbia que le compusieron sus paisanos tras ganar la vuelta. Gracias por traerme los recuerdos.

  10. Excelente crónica. Me transporta a mi infancia recordando las gestas de Lucho y Fabio. No tenía presente esa etapa del giro con el gran Miguel Induraín. Saludos desde Colombia.

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