
Había esta vez unos cuantos buenos libros entre los que elegir, y estaba previsto que reseñara Éxodo, de León Uris, pero el momento histórico no ayuda a que a uno le apetezca hablar de judíos como víctimas de nada y, partiendo de esa injusticia, que lo es, he elegido a Anita Loos y su deliciosa obra Los caballeros las prefieren rubias.
Creo que ahora mismo nos encontramos en la hora estelar del cinismo, la doblez, la ironía y la furibunda lucha contra la verdad, puede que en un desesperado intento por sobrevivir a lo que nos rodea, o puede que por deseo de unirnos a la ola de las expectativas más crueles.
El paralelismo del momento con los personajes de Anita Loos es notorio: la autora, ya en los años veinte, proclamaba que las mujeres son, obviamente, más inteligentes que los hombres, pero nadie puede conocer ese secreto o se va a la porra todo el negocio. Por ese camino vamos en más de un tema.
¿Y quién era esta cínica Anita? Para empezar, se llamaba Corinne Anita Loos, y sabemos que nació en Sisson, California, un 26 de abril, porque estaba encantada de recibir regalos de cumpleaños, pero no está tan claro de qué año, porque ocultaba su fecha de nacimiento con mayor denuedo que las puntillas de sus sostenes. Dicen algunos que nació en 1893, otros que en 1889 y otros que en 1888. Las malas lenguas afirman que, a su fallecimiento en 1981, le dijo a alguien que tenía noventa y tres años y no era ya momento para grandes coqueterías ni trucos con las licencias teatrales.
El padre de Anita había fundado un periódico sensacionalista, lleno de terribles titulares, falsedades y verdades menos que a medias, que seguramente haría hoy las delicias de muchos supuestos profesionales del gremio. Mientras el padre se ocupaba de la dirección financiera, la madre de Anita, Minerva Smith, dirigía editorialmente aquel medio amarillo y contumaz donde Anita aprendió a leer y a desear ser escritora, y un tipo muy concreto de escritora, además: de las que mienten cuando deberían decir la verdad, y dicen la verdad cuando deberían mentir. Luego sus padres se trasladaron a San Francisco, donde compraron The Dramatic Event, un periódico más centrado en los crímenes, los sucesos y la charcutería humana en general. Su padre, que ya era alcohólico, acentuó en aquellas fechas su afición a la bebida y se acostumbró también a llevarse a su hija consigo en sus correrías de pesca por los muelles, donde Anita adquiriría la luego indeleble fascinación por los personajes populares, los delincuentes, los pillos y las prostitutas.
A los nueve años actuó por primera vez en el teatro, junto a su hermana Gladis, que moriría poco después de apendicitis, y ahí comenzó su recorrido por pequeñas y medianas compañías teatrales. Dicen que de ahí vino también su costumbre de ocultar su edad, por requerimientos legales.
Poco después, Anita escribió su primera obra de teatro, El pozo de tinta, que tuvo bastante éxito. Acuciado por sus necesidades económicas y etílicas, su padre la animó a seguir escribiendo, y como en aquella época se proyectaban películas al final de las representaciones teatrales, Anita comenzó a escribir guiones para el cine, que consideraba, según sus propias palabras, «el teatro del futuro».
Entre 1912 y 1915, Anita escribiría más de doscientos guiones, y aunque solo un puñado de ellos se acabaron convirtiendo en películas, se hizo un sitio como autora en el mundo cinematográfico, por aquel entonces completamente dominado por hombres.
A los veintidós años, Anita se casó con Frank Pallma Jr., intentando escapar del influjo de su madre, que intentaba alejarla del cine y el espectáculo para convertirla en una mujer de provecho, aunque nunca ha quedado claro de provecho de quién. Frank Pallma era hijo de un director de orquesta, pero resultó ser pobre y aburrido y Anita lo dejó seis meses después, tras mandarlo un día a comprar horquillas para el pelo. Narra la escena con todo detalle en uno de sus guiones humorísticos, y seguiría haciendo esto con muchos momentos de su vida.
Para Anita, cada persona que conocía en el mundo real podía ser un personaje para sus películas, cada anécdota, una trama, cada flirteo, una ocasión de aprovechar una frase original. Al año siguiente, en 1916, y tras asistir al estreno de la película Intolerancia, Anita tuvo una relación a primera vista con Frank Crowninshield, de la revista Vanity Fair. La relación no duró mucho, pero el hueco que se hizo como colaboradora de la revista perduraría durante décadas.
De regreso a California, se asoció con el director John Emerson, con el que más tarde llegaría también a casarse, para hacer una serie de exitosas películas con el actor Douglas Fairbanks, al que los estupendos guiones de Anita Loos convirtieron en toda una estrella.
El matrimonio con Emerson no comenzó del todo bien, en primer lugar porque desde el primer momento él se negó a mantener cualquier tipo de fidelidad, y en segundo lugar porque ella se sintió decepcionada de haberse casado con un hombre inteligente, pero mucho menos inteligente que ella, algo que le parecía inaceptable en un marido. Sin embargo, y a pesar de las frecuentes tentativas de divorcio, permanecieron casados hasta que la muerte, la de él, los separó.
La relación con John Emerson marcó completamente la vida de Anita. Emerson se aprovechaba constantemente de su trabajo, firmaba a veces las obras que ella escribía, le exigía un día semanal de vacaciones en su matrimonio para poder salir con chicas más jóvenes e ingresaba a menudo solamente a su nombre el dinero que ganaban en sus contratos conjuntos. La actitud de ella podría describirse como de sumisión consciente, y nunca fue capaz de explicar a su entorno cómo una mujer de su independencia y carácter toleraba un matrimonio así.
Porque lo cierto es que, con el resto del mundo, era una mujer desenvuelta, aguda en los negocios, desinhibida y completamente adelantada a su tiempo. De hecho, había interiorizado perfectamente el materialismo y el cinismo moral de la América de los años veinte, y ese fue el punto de partida de su obra más famosa: Los caballeros las prefieren rubias.
En principio, se trató de simples relatos cortos, casi bocetos, publicados en la revista Harper’s Bazaar bajo el título de «las historias de Lorelei». Eran simples cuadros costumbristas, un poco picantes, en los que Lorelei contaba sus aventuras eróticas con hombres ricos y a los que les sacaba regalos y joyas, mayormente a cambio de breves ratos de cama, o promesas de ello, sin el menor remordimiento.
La clave de estas historias era el absoluto desprecio por la cultura de sus protagonistas femeninas, su burla contra las mujeres que pretendían llevar su propia carrera basada en el esfuerzo, y la tremenda estupidez, primaria, casi cavernaria, de los hombres que las cortejaban.
Lorelei Lee y Dorothy Shaw son dos inseparables amigas que viajan a Europa para, por decirlo de algún modo, perder el pelo de la dehesa y poder aspirar a pretendientes más ricos y más guapos. Al mismo tiempo se echan al monte, en muchos sentidos, y se confabulan para desplumar incautos. El único viaje cultural que importa es el de los grandes almacenes, la boutique y la joyería, porque ahí es donde realmente se tasa lo que una mujer vale, lo que puede obtener y lo que puede conseguir. El valor de una mujer lo determinan las vueltas de su collar de perlas, y no cualquier logro laboral, o menos aún, académico. Lo que consigues es lo que eres, y lo que vales, sin que importe gran cosa si lo haces estudiando, trabajando o besando calvas añejas.
La obra tuvo un éxito inmediato, completamente arrollador. Su primera edición, de unos pocos miles de ejemplares, se agotó en menos de una semana, y aunque la crítica recibió la obra con bostezos, el boca a boca la elevó a las alturas, convirtiéndola en superventas de 1925. En los años siguientes, Los caballeros las prefieren rubias llegaría a tener ochenta y cinco ediciones y se traduciría a catorce idiomas, incluido el chino. En la primavera de 1926, Anita completó la adaptación teatral, que se inauguró unas pocas semanas después en Chicago, y después tuvo doscientas una representaciones en Broadway. Algunos escritores famosos, como William Faulkner, Aldous Huxley y Edith Wharton, hablaron públicamente a favor de la obra y llegaron a recomendarla, precisamente por su atrevimiento satírico, más allá de lo esperable en una autora del momento.
Porque la cuestión es que la autora vive justamente en el mundo opuesto. Trabaja jornadas interminables, se deja dominar por su marido, que sufre ataques de hipocondría y otras dolencias mentales, se deja explotar económicamente y, aunque intentó divorciarse varias veces, acaba cediendo a las súplicas de su esposo, que no quiere quedarse solo.
Y se trata, por supuesto, de una obra corrosivamente crítica, escrita por una mujer que valoraba el esfuerzo, el talento y el trabajo duro. La verdadera crítica de Loos va contra los hombres estúpidos y las mujeres mercenarias, que ella considera necesariamente complementarios. Anita Loos rechaza que nadie se esté aprovechando de nadie en esos intercambios de carne por dinero, por joyas o por favores. Cada uno pone en el mercado lo que tiene, y es justo que si quieres algo, des lo que te piden. Y si no quieres dar lo que te piden, no tendrás lo que quieres. Se trata de una crítica al mercantilismo del amor, el sexo y la belleza. ¿Qué hay de malo en ofrecer sexo a cambio de favores? Nada. Pero tampoco hay nada de malo en ofrecer favores a cambio de sexo. El problema es la fijación de precios y el moralismo posterior, de los que se llaman a engaño, y de las que se llaman explotadas, cuando sabían muy bien dónde estaban y el modo en que relegaban a las que no se prestaban a ese juego. Para Loos, el hombre que elige como secretaria a la candidata que más fácilmente se irá con él a la cama sabe lo que busca, y lo que obtiene. Y la mujer que acepta ese trato para conseguir el puesto sabe también de sobra lo que le está haciendo a las otras mujeres, aunque luego, cuando sus turgencias ya no coticen en el mercado, quiera considerarse víctima, a título póstumo, de un sistema que ella misma alimentaba.
Loos señala a los idiotas y las vendidas, a los incultos y a las filisteas, a los pancistas y a las chicas venales. Loos escribe un libro humorístico, pero no deja títere con cabeza.
El tremendo éxito de esta obra hizo que poco después, en 1928, Anita Loos escribiera la segunda parte, titulada Pero se casan con las morenas, que también fue un libro enormemente celebrado, aunque sin llegar a las cuotas de popularidad de las terribles rubias.
A día de hoy, la obra sigue siendo conocida debido, mayormente, a la maravillosa película de 1953 dirigida por Howard Hawks y protagonizada por Jane Russell y Marilyn Monroe.
La biografía de Anita Loos podría dar para unos cuantos párrafos más, especialmente en lo tocante a los intentos de divorciarse de su marido, que amenazaba con enfermar cada vez que ella lo contrariaba, y que consiguió morirse en 1956 siendo aún su esposo.
Después del gran éxito literario de las rubias, Anita trabajó muchísimos años más como guionista en Hollywood, escribió decenas de miles de páginas de diálogos, colaboró con actores, actrices, directores y productores, y se hizo un hueco por mérito propio entre los talentos cómicos de varias décadas.
Los hombres no le perdonaron jamás el hecho de que fuese una mujer con talento.
Las mujeres no le perdonaron nunca su modo de señalar a las busconas y las mercenarias.
Ella no se perdonó nunca a sí misma el hecho de saberlo todo y que no le sirviese de nada.
Cosas que hasta al diablo le pasan. Qué se le va a hacer.







