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Andamios Ulma patrocina el Masters 1000 de Madrid

Feliciano López sigue atentamente las evoluciones de Rafa Jódar en su partido de octavos contra Kopriva. Andamios Ulma patrocina el Masters 1000 de Madrid
Feliciano López sigue atentamente las evoluciones de Rafa Jódar en su partido de octavos contra Kopriva.

Tiene cojones, iba a decir, que el cuarto ATP Masters 1000 del calendario, que se disputa en Madrid, lleve el nombre de su principal patrocinador, Mutua, palabra que significa «cosa que se hace recíprocamente entre varias personas» y que está inevitablemente unida a otros sustantivos y sintagmas como «cooperación», «grupo» o «bien común».

No hay absolutamente nada de eso en el Mutua Madrid Open, que es como se llama oficialmente el torneo que en estos días se ha celebrado en la Caja Mágica, nombre este también que se las trae, pero que, en una segunda acepción, «mágica» remite a «misterio», «desapariciones», «ocultismo», esta sí, mucho más pegada a la realidad de este recinto, espantosa construcción, y sus alrededores, digamos, escamoteables, como su cubierta.

El Masters de Madrid es un torneo sin ninguna solera histórica, especialmente si lo comparamos con sus hermanos mayores, Roma y Montecarlo, o incluso pequeños (solo en número), como el Conde de Godó en Barcelona. También le tienen bastante ojeriza los tenistas profesionales, que se han tenido que morder la lengua en muchísimas ocasiones y por variadas razones. La primera y principal es que está forzadamente colocado en un ya sobrecargado circuito tenístico, a la manera del apretado metro de Tokio, por un operario de guante blanco llamado Ion Tiriac. La segunda no es culpa de Madrid, per se, o sí, ya que esta ciudad nunca debió albergar un torneo en tierra batida (de hecho, en sus comienzos y hasta 2009, cuando se celebraba en la Casa de Campo, se jugaba en pista dura), por sus propias características orográficas, una altitud que supera los 600 metros, y en contra de la propia naturaleza del tenis en tierra, que, en lugar de favorecer el juego de control y con rallies largos, fomenta el intercambio breve, duro y plano, de sujeto, verbo y predicado, justo lo contrario que necesitan los especialistas de esta superficie única. De hecho, los torneos paradigmáticos en arcilla se juegan o al nivel del mar (Montecarlo, Barcelona), o a muy escasa altura (París, Roma), donde el bote es denso y vertical y no como una de esas bolas locas de goma que botan como una rave de Ibiza. La tercera es responsabilidad absoluta de la hoja de ruta del torneo, con una antología de decisiones carpetovetónicas. A saber, inspirarse en Valerio Lazarov poniendo a modelos, tías buenas, vamos (luego también, en un ejercicio de igualdad sin precedentes, metieron a modelos ellos, tíos buenos), como recogepelotas aptas para miradas rijosas y que, claro, se les caían las pelotas (y no es una metáfora) cada dos por tres, en lugar de la tradición de motivar a los chavales que compiten en las distintas categorías del club formándolos como recogepelotas (se me olvida que el torneo de Madrid no es en un club). Otras decisiones que afectaron directamente al juego, como cambiar en 2012 el color del clásico albero por una arcilla azul para diferenciarse del resto de torneos, fueron contestadas radicalmente por los tenistas, encabezados por Rafa Nadal y por Novak Djokovic. Y la cuarta, ya ves tú, poner como cabeza pensante a Feliciano López, un gran tenista, por cierto, pero no muy ducho como ejecutivo (él, por si acaso, ya se encarga de decir «nosotros no tenemos la última palabra»). Cierto es que este año el holding MARI, flamante nuevo dueño de este torneo —y del de Miami—, ha incorporado a Garbiñe Muguruza como codirectora, todo un ejemplo de gestión empresarial. A la vista está que han acertado: entre sus últimas decisiones está ese delirante partidillo de tenis entre Nadal y Courtois contra Sinner y Bellingham, con «Floper» de juez de silla. Las imágenes hablan por sí mismas; los textos, también («Florentino Pérez subió a la silla de juez sin ayuda», se leía en el diario Marca). Puro Celtiberia Show.

Pero lo peor, con diferencia, de este Masters y perfecta metáfora del catecismo wannabe que impregna la nueva marca de esta ciudad, es la estrategia y ubicación de los palcos VIP: al margen de su diseño y materiales, en un bello homenaje a la uralita de los antiguos estudios de Televisión Española, y que cuando el sol se alza se refleja en sus estructuras metálicas rebotando en la cara de los jugadores de una manera muy divertida —menos mal que Madrid es una ciudad eminentemente nublada como Bruselas—, lo más sangrante es la absurda cantidad y disposición de los mismos, que convierte a Madrid en un nuevo páramo de espectadores, como la propia ubicación de la Caja Mágica. Si las entradas son, de por sí, carísimas y suponen un esfuerzo en distintas gradaciones para el común de los mortales, para los que disfrutamos en realidad del tenis y lo llevamos mamando desde pequeños nos parece insultante. Los palcos, amén de ocupar casi la mitad del aforo de la Manolo Santana —algo menos de 10 000 butacas—, están dispuestos a tiro de encuadre estándar de la realización televisiva, a diferencia de los de Roma, París, Montecarlo o Wimbledon, generalmente más altos y disimulados. En Madrid, incluso en la parte caliente del torneo, da la sensación de que no hay nadie viendo los partidos y los pocos que están en la zona VIP, encabezados por Feliciano y su móvil, con sus sombreros de Panamá, completamente ajenos a la mecánica de un partido de tenis y asemejándose a las vacas mirando al tren; porque sí, señores, un partido de tenis puede ser un soberano petardo, y, además, de dos en dos.

He ido varias veces al torneo de Madrid, como yo lo llamo: a la primera edición en 2002, a algunas entre medias, incluso invitado a un palco, y también a esta edición. Este año, por primera vez con mi hijo, tenista en ciernes, tuvimos la suerte de poder ver buenos partidos, semifinales femeninas y cuartos masculinos, lo único realmente natural y orgánico de este mastodóntico artificio, donde los amantes de este deporte nos sentimos extrañamente ajenos frente a la gran boutade de zonas VIP, restaurantes VIP, comida VIP: todo VIP menos el propio tenis, convertido en un gigantesco NPC, non-playable character.

El tenis no se merece un torneo patrocinado por la Mutua Madrileña, una vulgar aseguradora. Haría mucha más justicia poética el nombre de Andamios Ulma Madrid Open.

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