Política y Economía

Donald Trump y el aburrimiento de la razón

Donald Trump y el aburrimiento de la razón

Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down #54 «El Dorado», ya disponible aquí.

Quizá sea cosa de la edad (hágame caso: tengo casi treinta años), pero cada vez veo más claro que la pasión, entendida como el exceso afectivo hacia lo que a usted le plazca, está sobrevalorada. Digo más: es peligrosa. Y lo es porque su curso natural es hacia la desmesura. En algunos casos, bien compensa esto, porque la vida es esencialmente aburrida. Sin sacar los pies del tiesto de cuando en cuando, yo no me levantaría de la cama cinco días de cada siete. La cuestión es que no hace falta sentir un ardor incontrolable para sacar los pies del tiesto; de hecho, yo le planteo si no sería más deseable lo contrario: sacarlos sin ningún exhibicionismo, nadar contracorriente con discreción, dar testimonio de lo que uno cree sin conferirse a sí mismo demasiada importancia. Una de las mayores mentiras de nuestra sociedad es la de que una acción que valga la pena debe motivarla un sentimiento fervoroso. Y esto es más o menos aceptable en ciertos ámbitos, como el romántico o el artístico (no crea que no se me ocurren treinta y ocho ejemplos que desmienten esto que acabo de decirle), pero en otros, como el político, da lugar a situaciones tan dantescas que serían cómicas de no ser porque a mucha gente le va la vida en ellas.

Para definir el trumpismo no le hago a usted ninguna falta. Ya sabrá lo que es, o tendrá su propia idea. Si no, puede introducir el término en su buscador de confianza y sentarse a leer. Lo que pretendo con estas líneas no es acotarlo epistemológicamente, sino anclarlo al motor que, contra todo pronóstico, lo elevó y lo mantiene vivo. Ese motor es la pasión en su acepción menos reconocida: el odio. Porque la intensidad de un sentimiento puede, como casi todo en esta vida, capitalizarse. Pregúnteles a los Estados Unidos, que lo hicieron con vidas humanas durante la esclavitud, con la amistad en sus series televisivas y con la seguridad tras atentados que la mayoría recordaremos. El dinero no es la moneda más cotizada, sino lo que lo mueve. Y ¿qué lo mueve, especialmente en IU-ES-EI? La respuesta fácil sería «el poder», pero el poder viene del pueblo, al menos en teoría. De hecho, encontrará que al trumpismo suele clasificárselo como una variante del «populismo», y no deja de ser curioso que ese término, aunque lleve décadas empleándose de forma peyorativa, no era en origen ningún calificativo vergonzoso. Se refería, dicho a brocha gorda, a los movimientos e idearios destinados a dar respuesta a ciertos clamores populares, es decir, del pueblo. Hasta alguien muy conservador deberá reconocer que, a priori, no hay nada negativo en esto. Lo negativo surge cuando recordamos, parafraseando al señor Thomas Hobbes, que la gente es lamentable. Yo incluido, por supuesto. Y con «la gente» no me refiero a los votantes de Trump, sino al género humano en su totalidad. Por favor, no vea en esto equidistancia alguna; si acaso, una sana desesperanza respecto al provenir humano. Pero todo a su tiempo.

Cuando uno se siente de manera demasiado intensa, el juicio se nubla. Y no se trata de poner a la razón por encima del corazón, cursiladas aparte, ni siquiera de que esto tenga nada de malo. Cabe argüir que muchas de las mejores cosas de las que somos capaces se deben, precisamente, a ignorar los parámetros lógicos elementales. No, a lo que me refiero es a que no se puede dormir con ansiedad ni enfervorecer a las masas con parsimonia. De casi cualquier líder político que no buscara enfervorecer a su público encontrará usted partidarios, pero no fanáticos. Solo se es fanático de aquello que no admite postulados de la razón. O no muchos, en cualquier caso. El «acierto» del trumpismo es el mismo que el de aquel muchacho del parque con chaqueta de cuero, gomina y Ducados en el bolsillo que les decía a los más jóvenes que fumar era guay (insisto en que tengo treinta años): lo importante no era su propuesta, sino la tesis subyacente, a saber, que lo prohibido era posible, que lo que siempre se había tomado como digno de rechazo era, en realidad, deseable y que, dicho llanamente, lo que siempre fue censurable podía ser legítimo.

Donald Trump y sus correligionarios comprendieron (o quizá intuyeron, porque no les veo yo planificando mucho) que el mundo no tenía ganas de pensar más de la cuenta. Que nunca las tuvo, en realidad, pero que, dado que en los últimos años se habían hecho considerables esfuerzos por acercar la cultura y el criterio a las masas, parte de ellas se sentían obligadas a hacerlo. En consecuencia, la política era aburrida: señores y señoras (pero más señoros que otra cosa) muy bien vestidos hablando con palabras de diez dólares sobre cuestiones que adormecen con solo pensarlas. Entra: Donald Trump. No es que él inventara esto, pero lo capitalizó, siguiendo la noble tradición de su país. Cuando Trump hablaba, lo hacía con sentencias: los inmigrantes mexicanos traen sus drogas y sus violaciones, aunque algunos eran buena gente; el calentamiento global lo crearon los chinos; Obama ha matado el sueño americano… Suma y sigue. Esto ya lo sabe usted, así que abrevio: en una cultura en la que votar con criterio exige un criterio, se mueve a mucha gente que no quiere respaldar sus imbecilidades conversando, leyendo o pensando si se le dice que no hacen falta esas cosas para saber lo que es verdad. En otras palabras: si se crea un discurso que legitima lo irracional, todos los que no quieren razonar o carecen de razones para pensar como piensan acuden en tromba. He ahí el capital político. No recuerdo a ningún otro líder que escribiera en Twitter de manera tan profusa e intempestiva antes de 2015. El motivo por el que Trump lo hizo es sencillo: su mensaje, o más precisamente, su dialéctica (entendida como sistema de términos y relaciones de significado), podía colocarse con facilidad en escasos caracteres. Y mejor aún: podía consumirse fácilmente en esos caracteres.

Ahora bien: ¿eso mismo no lo podían hacer las administraciones anteriores? Verá usted: poca gente les tendrá tanto rechazo, digamos, a Obama y Bush hijo como el que aquí escribe, pero si vemos sus discursos, nos damos cuenta de que tienen cierto grado de elaboración. Y ojo: no digo «profundidad», solo «elaboración», la bastante, al menos, para que no quepan en un tuit. Esos dos apelaban a una parte de la población mediante argumentos (muchos de ellos pobres, sobresimplificados y nacionalistas, pero argumentos, al fin y al cabo), y los argumentos requieren un mínimo de tiempo para digerirlos, pensarlos y aceptarlos o rebatirlos. Los recursos de Trump son mucho más directos, porque no requieren de argumentos, sino de sentimientos. Y los sentimientos, en política, pueden usarse de dos maneras (y de tantas otras, pero sígame): creándolos cuando no están y capitalizándolos cuando sí. Demos ahora un paso atrás para saltar hacia delante.

Setenta y cinco años después de la caída del nazismo, el mundo reclama democracia, y el tipo predilecto (¿de quién?) son las democracias liberales. El capitalismo campa a sus anchas cuando lo que quiera que fuesen los últimos años de la Unión Soviética desemboca en el desmembramiento de ese imperio (me permito aquí recomendar El imperio, de Ryszard Kapuściński, que tiene grandes introspecciones al respecto). Incluso España se pone medio al día con aquello de dejar atrás el autoritarismo (sí, claro). ¿Problema? Que mucha gente sigue jodida. Y me explico, porque esto es importante. No se trata de secundar las tesis marxistas sobre la lucha de clases, pero en parte sí. Es demasiado fácil dividir el mundo entre quienes tienen poder (entendido no solo como dinero, sino como recursos) y quienes no lo tienen, pero, a la vez, es un esquema bastante intuitivo para abordar un problema más complejo: el de que los estamentos privilegiados quieren sentir que ese privilegio lo tienen porque se lo han ganado. En otro artículo le hablé de la estafa de la meritocracia, así que me limito a decir que es parte inherente a la dialéctica del capitalismo en general y del liberalismo en particular el que uno tiene lo que tiene porque se lo ha ganado, de lo que se deriva que quien no lo tiene, bueno, algo habrá hecho o dejado de hacer. Pero esta última afirmación que hago no está muy bien vista fuera de una cena de Nochebuena, así que el lenguaje político debía abordarla de otras formas, como, por ejemplo, lanzando palabras esdrújulas envueltas en cifras presentadas de manera deliberadamente hermética. La cuestión, sin embargo, persiste: una gran parte de Estados Unidos reclama igualdad de derechos en un sistema en el que si se rompe usted una pierna se endeuda para el resto de su vida. A esto, claro, se suma que los estamentos privilegiados (personas blancas, cis, heterosexuales y de clase media media) sienten amenazados sus privilegios por la visibilización de otras identidades y sus problemas. Recuerde, sin ir más lejos, que hace once años las personas homosexuales no podían casarse en muchos de aquellos estados. Once años, ¿eh?, que no son tantos.

En este contexto, volvemos a Trump. El tío Donald dice que si usted se siente de determinada manera específica (literalmente: de una manera específica), bien está. Cualquier argumento en contra de su sentir no solo es ilegítimo, sino tiránico. Y ¿por qué se les permite a otras personas afearle a usted la xenofobia, la LGTBIQfobia o la aracnofobia (porque si le dan miedo las arañas, no será usted tan hombre)? Por la corrección política. ¿Qué es la corrección política, según Trump? Lo que le prohíbe a América (no a Estados Unidos; a América, que para eso es la tierra de la libertad y el hogar de los valientes) ver la verdad. ¿Qué verdad? Que los pobres lo son porque otros más pobres cruzan las fronteras para quitarles sus turnos dobles no remunerados en un trabajo de mierda, que sus matrimonios significan entre poco y nada porque ciertas personas lo han corrompido yendo contra las leyes de no sé qué Cristo endémico, y que las identidades de género son la forma que tienen estos movimientos antiamericanos (ojo al concepto) de soliviantar lo que tanto costó construir. Es decir: que no se preocupe usted de tener para comer solo dos veces al día a costa de trabajar doce horas diarias; preocúpese más bien de que una de esas dos comidas se la vaya a dar el nuevo alcalde de Nueva York al Partido Comunista de Yugoslavia. Sus fobias ya no son motivo de vergüenza: son una cruzada patriótica para hacer a Estados Unidos grande de nuevo. Porque Estados Unidos, recuérdelo, no es grande por Obama y el socialismo.

Total: que la fe mueve montañas y el amor mueve el mundo, pero el odio mueve a las masas que mueven los votos que mueven el poder que mueven los privilegios. Seleccione una causa que atente contra el statu quo, póngale un nombre extraído de tesis sociopolíticas que reivindican que los privilegiados nos saquemos la cabeza del culo y diga que son el enemigo. No que se equivocan, cuidado, sino que son el enemigo. Porque a alguien que se equivoca se le rebate, pero al enemigo se le odia. Y para esto último no hace falta pensar. Pensar, y no digamos pensar con un mínimo de solidez, requiere que no esté uno predispuesto a llegar a la conclusión que le conviene. Se verá el peligro en esto. Al trumpismo le interesan las conclusiones, no el proceso. Por ese motivo, apela a lo que no requiere de procesos, solo de conclusiones: el odio.

Observe que la inmensa mayoría de personas que se oponen a lo que han dado en llamar «ideología de género» no saben decirle la diferencia entre sexo y género, o entre una persona queer y una no binaria. Tampoco sabrán decirle, para el caso, la diferencia entre marxismo, comunismo, socialismo y socialismo libertario. Cosas, en definitiva, que uno presupondría esenciales para oponerse a ellas, porque ¿cómo iba a oponerse nadie a aquello que no entiende? Pues ese es, como le digo, el acierto de Donald Trump en aquellos lares, y de Santiago Abascal o Isabel Díaz Ayuso en estos: que no hace falta entender algo para oponerse a ello, ni razonar una postura para defenderla. Basta con que usted tenga fuertes sentimientos al respecto. Porque ¿qué sería la vida sin un poco de pasión?

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