
En los últimos años se han publicado y estrenado varios libros, artículos, documentales y pódcast sobre los llamados «Sullivanians». Así se conoce al controvertido grupo de artistas y profesionales que, a finales del siglo pasado, se estableció en el centro de Nueva York para, con la ayuda de la psicoterapia, poner en marcha un innovador modelo de convivencia. En esos trabajos se afirma numerosas veces que se trató de una comuna, incluso de una secta. Los autores del documental y de los libros se basan en las experiencias personales de quienes pertenecieron al grupo, y es inevitable que la carga de subjetividad sea alta.
Las redes sociales y la polarización por ellas fomentada nos han acostumbrado a simplificar y a escoger, de forma inmediata, un nombre para así clasificar en categorías todo lo ocurrido en el pasado. Esta rapidez reduccionista nos permite identificar en tiempo récord situaciones o fenómenos complejos, pero nos aleja de la comprensión profunda de los mismos. Para no caer en el trazo grueso, el experimento social que nos ocupa debe ser colocado en su contexto histórico y político. Y, sobre todo, es preciso analizarlo a la luz de lo que entonces eran las teorías psiquiátricas y psicoanalíticas preponderantes. Solo así ha sido posible aprender de lo que sucedió y evitar su repetición.
Según la RAE, una comuna es un «grupo de personas que viven juntas sin someterse a las normas sociales establecidas». Y una secta es una «comunidad cerrada de carácter espiritual guiada por un líder que ejerce un poder carismático sobre sus adeptos». Lo que ocurrió en aquel edificio del Upper West Side neoyorquino, donde se establecieron los Sullivanians durante más de dos décadas, cuadra en estas dos definiciones. Pero, si nos quedamos ahí, no entenderemos todo lo ocurrido. Hace cincuenta años, las teorías psicoanalíticas que dieron razón de ser a este grupo tenían prestigio intelectual y eran respetadas por catedráticos y científicos. Esas ideas, y la modernidad que las caracterizaba, atrajeron al grupo a artistas de renombre como el pintor Jackson Pollock, el crítico de arte Clement Greenberg, el escritor y guionista Wes Craven, la cantante Judy Collins, la coreógrafa Lucinda Childs y el novelista Richard Price. Esto si citamos solo a los más famosos, pero también se unieron otras personas con destacadas carreras profesionales: entre ellos, abogados, ingenieros y médicos. Cuando se habla de una secta, es automático pensar que hay un líder carismático y omnipotente y que sus miembros son personas incultas y fácilmente manipulables; no era el caso. Al menos, no del todo.
La psiquiatría y la psicología en el siglo pasado utilizaban métodos y perseguían objetivos muy diferentes a los de hoy. La evolución de estas ciencias o especialidades médicas ha sido grande. Hay que tener en cuenta que el siglo XX fue la época de las grandes ideologías que pretendían transformar la sociedad.
El grupo, en su momento de máximo desarrollo, llegó a estar formado por más de cuatrocientas personas. El Sullivanian Institute for Research in Psychoanalysis, que los aglutinó, fue fundado en 1957 por Saul Newton y Jane Pearce. El objetivo principal de la organización era experimentar nuevas formas de educación y de convivencia para conseguir el bienestar mental de sus miembros, lograr su máximo crecimiento como personas y exportar más adelante sus métodos al resto de la sociedad. La idea de partida era la creencia de que la familia era la principal causa de las enfermedades mentales.
Saul B. Newton (1906-1991) formó parte del Batallón Lincoln de las Brigadas Internacionales y luchó en la guerra civil española. Previamente se había relacionado con círculos radicales de izquierda en la Universidad de Chicago y había adoptado la ideología comunista y antifascista. Newton y Pearce se conocieron trabajando en el Instituto William Alanson White, uno de los gabinetes psicoanalíticos más importantes de EE. UU. en aquella época. Ella era psiquiatra y él trabajaba en el departamento de contabilidad. Newton nunca tuvo el título de psiquiatra ni de psicólogo. Ambos eran admiradores de Harry Stack Sullivan, uno de los fundadores del centro, que había desarrollado interesantes teorías sobre el tratamiento de enfermedades mentales basadas en el psicoanálisis freudiano. Los métodos de Sullivan tuvieron cierto éxito con pacientes esquizofrénicos, una enfermedad que Sigmund Freud había considerado incurable.
Newton y Pearce publicaron un libro de 457 páginas titulado The Conditions of Human Growth (Citadel Press, 1963). En ese volumen, partiendo de las enseñanzas de Sullivan, desarrollaban sus propias terapias. Según los autores, su maestro había sido demasiado escrupuloso y se había quedado corto en la aplicación práctica de sus ideas. Argumentaban, como crítica, que Sullivan había limitado sus objetivos a —lean atentamente, por favor— ayudar a sus pacientes a adaptarse a las exigencias de la sociedad. Había que ir más lejos: si lo que la sociedad exigía estaba equivocado, había que cambiar la sociedad. En las páginas de su libro se puede leer que el objetivo primordial de la terapia psicoanalítica debía ser movilizar, sacudir, despertar al «guerrillero» que todos llevamos dentro para que luche contra las estructuras que el orden capitalista y la represiva institución familiar nos habían impuesto a lo largo de la historia. Newton y Pearce, por ejemplo, defendían que había que romper la norma del psicoanálisis ortodoxo que sitúa al terapeuta como «pantalla en blanco», como elemento neutral en la terapia para que, de ese modo, se produzca la transferencia del paciente. Ellos fomentaban una relación más cercana entre las dos partes. El problema fue que, dentro de su forma radical de entender el tratamiento, acabaron incentivando las relaciones sexuales entre doctor y paciente, y el remedio terminó siendo peor que la enfermedad.
James Agee, esposa del famoso escultor Bill Bollinger, llegó al Instituto cansada de las «agobiantes» tareas de la casa y de pasar el día entero cuidando a sus hijos. Además, su marido bebía «demasiado» y la engañaba con varias mujeres. En la primera sesión de terapia con Pearce, mientras tomaban una copa de whisky, escuchó de su doctora lo siguiente como diagnóstico: «Tu problema es que no eres lo suficientemente promiscua». Comparado con lo que había sido su vida hasta ese momento, experimentó, gracias a las palabras de la doctora, algo parecido a «una explosión de luz». El escritor Richard Price recuerda lo bien que lo pasó gracias a las divertidas fiestas y al compañerismo que había entre los integrantes de la comunidad. En el grupo se practicaba el amor libre y se animaba a sus miembros a romper de forma radical las relaciones con sus familias.
Los niños nacidos en el seno de la comunidad eran educados y atendidos por el clan en su conjunto, nunca por sus propios padres. Había que impulsar el crecimiento personal, y el apego maternal o la fidelidad conyugal eran los principales enemigos de la realización completa del individuo. Entre los relatos más impactantes está la historia de los Olitski. Jules Olitski, el prestigioso pintor, fue de los primeros en traer a su familia al Instituto: su mujer y sus dos hijas. En menos de un año, los cuatro —incluida la pequeña, de solo diez años— tenían su propio terapeuta, y las dos niñas dejaron de hablarse durante la mayor parte de sus vidas. Tal como lo cuentan ahora, el sufrimiento generado entonces marcó muy negativamente sus vidas.
A las mujeres se las animaba a liberarse y a experimentar con el sexo. Pero cuando dos integrantes del grupo dormían juntas varias noches seguidas, podían encontrarse con que alguien las había denunciado, y eso traía como consecuencia una penalización. En una de las casas donde solo vivían mujeres circulaba un vibrador, y llegó a haber una hoja de registro colgada en la entrada con las fechas y horas en que cada una de las inquilinas utilizaba el utensilio. De ese modo no se perdía; se sabía en todo momento quién era la última que lo había disfrutado. Una de las ideas de la terapia de Newton y Pearce consistía en la despersonalización (not-me experience). La interpretación que dentro del Instituto se dio a este concepto fue que hacer crecer y fortalecer la personalidad es siempre difícil y produce malestar. Pero el esfuerzo valía la pena. Siguiendo con esa teoría, la separación de los padres, aunque doliera, debía realizarse lo antes posible. Carol G., una de las pocas mujeres negras de la comunidad, tuvo que mandar una carta a sus progenitores para romper con ellos. En el libro, Carol recuerda a Pearce revisando el contenido de la carta y mirando por la ventana para asegurarse de que la echaba realmente al buzón. En uno de los libros se cuenta que Saul Newton, en la época en que ya se había divorciado de Pearce y tenía hijos con varias integrantes del grupo, utilizaba ese argumento —que lo que genera resistencia es bueno para crecer— para conseguir felaciones por parte de sus pacientes femeninas.
En aquellos años, lo que luego se llamó «antipsiquiatría» tuvo muchos adeptos entre la profesión psicoanalítica. Esta corriente defendía el origen social y cultural de la enfermedad mental, negaba cualquier origen biológico o genético y condenaba la medicación y tratamientos como el electroshock, la lobotomía o el internamiento para tratar trastornos psíquicos graves. Algunos teóricos llegaban a negar la existencia de las enfermedades mentales y las calificaban como estados creativos o reacciones excéntricas contra lo abusivo y coercitivo de la sociedad capitalista. Todas estas teorías fueron un fértil caldo de cultivo para las ideas del Instituto de Newton y Pearce. Los ejemplos de los doctores R. D. Laing y Bruno Bettelheim ilustran este ambiente intelectualmente favorable.
Bruno Bettelheim, que había nacido en Viena en 1903 y estuvo recluido en los campos de concentración nazis de Dachau y Buchenwald, llegó a Chicago en 1941. Ya en los EE. UU., se interesó por el tratamiento de niños autistas y consideró que el psicoanálisis era la mejor manera de curarlos. Llegó a utilizar la teoría de la «refrigerator mother» (madre nevera) para argumentar que la culpa o causa de la dolencia del hijo autista estaba en la poca afectividad de su progenitora. Las teorías de Bettelheim fueron contundentemente desacreditadas posteriormente.
El psiquiatra escocés R. D. Laing, en los años sesenta, defendió que el origen de las enfermedades mentales era social o familiar, por ser las instituciones tradicionales de la sociedad fuentes de presión y alienación; añadía que no tenían nada que ver con alteraciones químicas dentro del cuerpo y menos con la herencia genética. Llegó a desarrollar el concepto de «familia esquizógena». Para Laing, el desequilibrio mental era una manera de introspección o de creatividad, un camino hacia el autoconocimiento y no una enfermedad. Entendía que no hay una frontera definida entre salud y enfermedad mental y denunciaba que el afán de diagnosticar como enfermos a los supuestos «locos» era una forma de control y manipulación por parte del poder. Defendía un enfoque humanista en la terapia, respeto a la experiencia del paciente y la creación de comunidades donde pacientes y terapeutas convivieran.
Los resultados del experimento sullivaniano fueron devastadores: varias decenas de mujeres y hombres de entre cuarenta y cincuenta años que hoy dudan de quiénes fueron sus padres y que sospechan que su personalidad inestable y su dificultad para establecer relaciones afectivas duraderas pudieron tener su origen en la pertenencia de sus progenitores a aquella comunidad.
La psiquiatría y la psicología modernas están bastante de acuerdo en que una personalidad madura y equilibrada tiene como cimiento el desarrollo de la conexión emocional; considerando esta como la capacidad para establecer relaciones sólidas de amor, confianza y amistad con los demás. Y que para que esa capacidad se pueda adquirir es necesario que en la infancia se produzca un apego seguro del niño hacia sus padres o, a falta de estos, hacia una figura adulta de referencia que le aporte al infante lo que unos buenos padres. Si entendemos la intimidad como el ámbito donde se produce una comunicación sincera y confiada, donde se da la expresión de sentimientos y emociones y donde se comparten experiencias y debilidades de forma segura, una mala familia puede ser destructiva y perjudicial en lo referente al desarrollo de la personalidad, es cierto. Pero una familia buena (del tipo que sea) puede apuntalar y cimentar esa personalidad necesaria para ser capaz luego de convivir e interactuar en la sociedad adulta. Por eso hoy se habla de malos padres, pero no se descalifica de forma general a la familia como institución.
El accidente nuclear de 1979 en la planta de energía nuclear Three Mile Island, en Pensilvania, los primeros efectos del sida en EE. UU. en los años ochenta y, de forma secundaria, el fracaso de las sociedades comunistas y la caída del muro de Berlín aceleraron el final de los Sullivanians. Poco antes, Saul Newton, presa de su narcisismo, había perdido el autocontrol, actuaba de forma autoritaria y lo calificaban en el grupo de womanizer (mujeriego): estuvo casado con cinco mujeres y en los años setenta mantenía relaciones con un número de pacientes del sexo contrario imposible de calcular. Se llegó a acusar a Newton de intentar abusos sobre algunas niñas del grupo, incluso sobre sus propias hijas. La enfermedad de Alzheimer y la posterior muerte de Newton acabaron siendo el final definitivo del grupo.
Como dice el psicoanalista Daniel Shaw en su reseña de 2013 del libro de Amy B. Siskind, la historia de los Sullivanians es especialmente útil para que los psicoterapeutas sean conscientes del daño que puede generar un exceso de narcisismo por su parte (narcisismo al que, afirma Shaw, los psicólogos son muy propensos).
Así termina Shaw su reseña:
«Los psicoanalistas llegamos a creer hace décadas que nuestras teorías podían tener un poderoso efecto sobre la sociedad, que podíamos llegar a cambiarla y, en la época de Erich Fromm y Erik Erikson, estábamos convencidos de ello. El proyecto de los Sullivanians fue uno de los últimos resquicios de esa esperanza. En la actualidad, el alcance de nuestros objetivos profesionales parece haberse vuelto mucho más modesto».
Al final, después de casi setenta años, va a resultar que el doctor Sullivan tenía razón. Para su desgracia, pasará a la historia por dar nombre a un grupo de cuyos excesos no tuvo culpa alguna. Pero su criticado —por poco ambicioso— objetivo, aquello de «ayudar a sus pacientes a adaptarse a las exigencias de la sociedad», acabó siendo —hoy así se acepta— la mejor ayuda que un psicoterapeuta puede prestar a un paciente.
Bibliografía
The Fourth Wall: documental dirigido por Luke Meyer y con guion de este último y de Keith Newton, hijo del fundador del grupo (2023).
The Sullivanians: Sex, Psychotherapy and the Wild Life of an American Commune, de Alexander Stille (Farrar, Straus and Giroux, 2023).
The Sullivanian Institute/Fourth Wall Community, de Amy B. Siskind (Praeger, 2003). Nota: la autora nació dentro de la organización y cuenta de primera mano sus experiencias durante su infancia.







