Editorial

Qué bueno es Cristian Campos, pero…

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Imagen promocional de Interstellar, 2014

El 10 de marzo de 2016, en la segunda partida del match disputado en Seúl entre el campeón surcoreano Lee Sedol y el programa AlphaGo de DeepMind, una máquina ejecutó sobre el tablero de Go un movimiento que ningún ser humano había hecho antes. Fue la jugada 37, una piedra negra colocada en la quinta línea desde el borde, en una posición que la ortodoxia centenaria del Go consideraba simplemente errónea. Los comentaristas profesionales tardaron varios minutos en posicionarse sobre si se trataba de un error grosero o de algo distinto. Sedol, que se había levantado de la mesa para fumar un cigarrillo justo antes de que llegara el turno de la máquina, regresó, vio la nueva piedra sobre el tablero, se echó físicamente hacia atrás en la silla y se quedó más de doce minutos pensando, en una partida cuyos tiempos están cronometrados al segundo. Marcus du Sautoy, matemático de Oxford y uno de los pocos divulgadores capaces de explicar lo que ocurrió aquella tarde, lo cuenta así en su ensayo Programados para crear. Fan Hui, campeón europeo del Go y árbitro del encuentro, también se quedó perplejo en un primer momento. Cuando empezó a entender, dijo que aquel movimiento no era humano, que nunca se lo había visto hacer a ningún hombre, y repitió cuatro veces seguidas la palabra hermoso. Cincuenta jugadas después, las piedras blancas y negras se desplazaron lentamente por la esquina inferior del tablero hasta enlazar precisamente con aquella piedra negra de la jugada 37, y fue esa conexión la que dio a AlphaGo la victoria. La máquina había visto cincuenta movimientos por delante algo que durante siglos ningún jugador humano había visto. Sedol acabó perdiendo la partida y, dos días más tarde, el campeonato, pero lo importante no fue el resultado deportivo. Lo importante es que aquel 10 de marzo, una máquina hizo lo que durante siglos se había considerado patrimonio exclusivo del cerebro humano, ejecutar un gesto imprevisible, salirse del espacio de búsqueda conocido y abrir territorio nuevo. Han pasado diez años desde entonces y conviene recordarlo para contrargumentar la brillante columna que Cristian Campos firma en El Español.

Campos, uno de los escritores más cáusticos y perspicaces que han pasado por Jot Down, pertenece al raro grupo de columnistas a los que uno lee precisamente porque no está de acuerdo con ellos pero disfruta de su capacidad de organizar ideas, descubrirte conexiones inesperadas y obligarte a pensar a contracorriente. Su última pieza, dedicada al dúo quebequés Angine de Poitrine y a lo que él llama la nueva vanguardia anti-IA, es un buen ejemplo de por qué merece la pena seguirle, y también de por qué es necesario discutirle. Lo que hace mejor que casi nadie en la prensa española es convertir un fenómeno cultural pequeño en síntoma de algo grande. Coge a un par de músicos con máscaras y túnicas de lunares, una guitarra microtonal fabricada a mano y un idioma inventado, y construye con eso una tesis sobre la reacción civilizatoria contra la inteligencia artificial. La operación es elegante, especialmente cuando conecta el daguerrotipo de 1839 con el impresionismo, el impresionismo con las vanguardias del siglo XX, las vanguardias con la estética sucia de Instagram en 2026, y todo ello con una ansiedad contemporánea que cualquier lector reconoce sin que haga falta explicársela. Uno casi lamenta que su genealogía no se remonte más atrás, hasta el esquematismo casi cubista de los Beatos mozárabes o el surrealismo avant la lettre de El Bosco, que ya demostraban que la imaginación visual humana se emancipa del referente sin necesidad de máquinas que la empujen a hacerlo.

El paralelismo central, además, es sólido. Cuando una tecnología reproductiva devalúa hasta cero el valor de la imitación perfecta, los artistas humanos huyen hacia donde la máquina no llega. Pasó con la fotografía, que liberó a la pintura de la obligación de copiar la realidad y la empujó hacia Monet, hacia Cézanne, hacia el cubismo, hacia el dadaísmo. Está pasando otra vez, dice Campos, con la inteligencia artificial generativa y la avalancha de contenido genérico que en inglés llaman AI slop. La intuición es buena. El concepto de Corporate Memphis como antesala estética del aplanamiento que vendría después está bien traído. Y la idea de que la imperfección visible se ha convertido en valor premium es totalmente certera. De hecho, por lo que apuestan ahora las marcas con campañas como como la última de Tous, «C’est la vie», protagonizada por Ángela Molina, o el reposicionamiento de Dove contra los retoques digitales, es precisamente por la mancha, por la arruga, por el gesto que ninguna red neuronal sabe todavía falsificar sin que se note.

Hasta aquí el elogio, que es sincero. Ahora el pero.

Campos sostiene, y lo sostiene como remate emocional del artículo, que la inteligencia artificial nunca imitará el libre albedrío, que la máquina jamás podrá ser irracional, impredecible, extraña, falible, y que por eso lo humano permanecerá a salvo. Es una afirmación rotunda y, lamentablemente, falsa. O al menos imposible de defender con la evidencia disponible desde hace una década. Aquella jugada 37 con la que abríamos este texto no fue un episodio anecdótico ni un truco de marketing de Silicon Valley. Fue la prueba pública de que una máquina podía hacer lo que Campos atribuye en 2026 al monopolio del ser humano, romper el patrón, sorprender, ejecutar lo que ningún humano había considerado siquiera. Y AlphaGo es solo el caso famoso. AlphaFold ha predicho estructuras proteicas que ningún biólogo había imaginado. Los modelos generativos producen rutinariamente combinaciones que nadie había pensado antes. El problema no es que no sean novedosas, el problema es que la mayoría son novedosas y mediocres, que no es lo mismo. La crítica correcta al AI slop, por tanto, no es la que Campos formula. La máquina sí puede crear, sí puede ser impredecible, sí puede generar lo que ningún humano habría generado. Lo que ocurre es que la inteligencia artificial comercial está optimizada para complacer al promedio estadístico, y por eso produce promedio estadístico. Eso es una crítica al uso económico de la tecnología, no a la tecnología en sí. Y, por lo tanto, es una crítica que se podría aplicar igual a la radiofórmula, al cine de Marvel o a Spotify Wrapped, todos ellos productos profundamente humanos.

Aquí late un error filosófico que Campos comparte con buena parte del comentariado anti-IA contemporáneo, y que conviene desmontar porque va a aparecer cada vez con más frecuencia. Consiste en confundir dos sentidos distintos de la palabra creatividad. En un sentido, la creatividad es la capacidad de generar lo inesperado, de salirse del patrón, de producir lo que no estaba previsto y ahí las máquinas ya nos superan en dominios acotados. Discutirlo a estas alturas es como discutir si los aviones vuelan. En otro sentido, la creatividad es la expresión de una subjetividad encarnada, de un cuerpo biográfico que sufre, que desea, que recuerda. Ese segundo sentido sí es exclusivamente humano, pero por definición, no por hallazgo empírico. Lo es porque lo hemos definido así, como una capacidad del hecho biológico. Defenderlo como descubrimiento es una tautología disfrazada de tesis. Bajo este error filosófico late otro, más estructural del que ya he hablado con anterioridad. Campos habla de la inteligencia artificial como si fuera una sustancia única, una entidad homogénea que produce, por su naturaleza misma, contenido convergente hacia el promedio. No existe tal cosa. Lo que está apareciendo no es un organismo solitario sino un reino entero, con linajes, escalas y temperamentos divergentes, y reducirlo a una sola criatura imaginaria, la que fabrica hamburguesas estadísticas, oculta a las demás. A las que ejecutan jugadas que ningún humano había concebido. A las que predicen estructuras proteicas inéditas. A las que tienen sus propias patologías funcionales y sus propios sesgos de carácter, distintos según hayan sido criadas. Hablar de la IA en singular es un error categorial equivalente a hablar del animal en singular, y de ese error nacen casi siempre los demás. El AI slop, sin ir más lejos, no es un rasgo de la inteligencia artificial. Es el rasgo de una franja muy concreta de criaturas comerciales optimizadas para una función muy concreta, complacer al promedio. Otras criaturas del mismo reino no comparten ese destino, y algunas de las más interesantes han sido entrenadas precisamente contra él.

Queda todavía un último detalle por debatir y que va directamente al centro de la tesis que se defiende en El Español. La música de Angine de Poitrine se basa en ratios matemáticos precisos, en escalas calculadas con rigor combinatorio, en ritmos de una complejidad que se mide. Es exactamente el tipo de territorio donde una máquina entrenada con la tradición microtonal de Harry Partch, con el spectralism francés, con James Tenney y Ben Johnston, podría producir piezas indistinguibles para el oído no especializado. Lo que la máquina no puede replicar no es la música, es la decisión biográfica y carbónica de fabricar a mano esa guitarra concreta, de ponerse esa máscara concreta, de inventar ese idioma concreto. Pero eso ya no es música, es performance, presencia, cuerpo. La tesis honesta de Campos debería haber sido más modesta y, paradójicamente, más interesante. Que la IA ha colapsado el valor de mercado de la competencia mimética, igual que hizo el daguerrotipo, y que ese colapso desplaza el valor humano hacia el gesto, la biografía y la presencia. No hacia el libre albedrío, no hacia Dios, no hacia esencias metafísicas que el artículo invoca con un entusiasmo más teológico que argumental.

Campos es un columnista al que vale la pena leer, y por eso mismo vale la pena discutirle.

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