Editorial

Savater difuminado. Ghosting en el 50 aniversario de El País

Fernando Savater. Fotografía Gonzalo Merat.
Fernando Savater. Fotografía: Gonzalo Merat.

Dentro de los homenajes y festejos del sector mediático que nos entretienen este fin de semana y tras una ardua investigación periodística escrapeando especiales y suplementos del mejor diario patrio desde que se fundó en 1976 he encontrado este escrito de Juan Cruz «Palabra de escritor: las firmas más ilustres del periódico» en el que se menciona de refilón a Fernando Savater. Y digo de refilón porque aparece exactamente en una subordinada. La frase reza así, y la trascribo literalmente porque la sintaxis es clarificadora: «Vinculados al periódico recién nacido estuvieron Jesús Aguirre, entonces el amigo de todo el mundo, el filósofo Fernando Savater y sobre todo Javier Pradera». La estructura es perfecta. Uno de los firmantes del primer ejemplar del 4 de mayo de 1976, y el único de aquel arranque que llegó a escribir en el diario hasta el siglo XXI, columnista sabatino de la contraportada durante décadas, cofundador de la revista hermana del diario, cuarenta y siete años ininterrumpidos en sus páginas, comparte enumeración con un duque amigo de todo el mundo y queda subordinado a un «sobre todo» que reserva el protagonismo para otro. Cosas que pasan con la prosa institucional. La mención es sin duda una coartada por el ghosting que se le está haciendo al escritor vasco en esta alegre efeméride.

No hay que ser un avezado lector de prensa socialdemócrata para saber que Savater no fue un colaborador más merecedor de una nota al pie. Cuando entró en El País tenía veintinueve años recién cumplidos, había publicado Nihilismo y acción y La filosofía tachada, y firmaba en Triunfo y en Cuadernos para el Diálogo. Era un nietzscheano impertinente al que Pradera, conciencia editorial silenciosa de la casa, acogió en lo que el propio filósofo donostiarra llamaría con humor «la guardia pretoriana» del diario. Allí fue puliendo durante los años de la Transición su prosa inconfundible, esa mezcla de ironía volteriana, erudición ligera y libertinaje moralista que terminaría haciéndolo reconocible desde la primera línea. Escribió crónicas culturales, ensayos largos, polémicas filosóficas, semblanzas literarias, comentarios sobre cómic y cine de serie B, y según presumió alguna vez con sorna evidente, hasta colaboraciones en la sección de Deportes. Cuajó después en la columna sabatina de la contraportada, trescientas palabras semanales en la última página, el espacio más codiciado de cualquier diario impreso, donde demostró que la concisión epigramática puede ser un género literario en sí mismo.

En 1990 dio el paso natural para un intelectual de su talla y fundó junto a Pradera Claves de Razón Práctica, la revista bimestral de pensamiento, política y cultura que el grupo Prisa editaría durante treinta y tres años. Claves fue el laboratorio teórico de la sociedad ilustrada española, un espacio donde dialogaron Octavio Paz, Karl Popper y Gabriel García Márquez, y donde se sustanciaron polémicas decisivas sobre el republicanismo cívico, la clonación, el caso Sokal o la memoria histórica. Cuando murió Pradera en 2011, Savater asumió la dirección en solitario, con el único apoyo profesional de Nuria Claver y acompañado de un comité editorial que reunía a Félix de Azúa, José Luis Pardo, Joaquín Estefanía, Carlos García Gual, Basilio Baltasar y, hasta sus respectivas muertes, a Santos Juliá y Francisco Calvo Serraller. Era un quién es quién del pensamiento español de las últimas décadas. Los editoriales que Savater firmó número tras número merecen mención aparte, porque allí condensó en pocas páginas el pulso intelectual de cada coyuntura con una mezcla de claridad expositiva y diagnóstico cultural que pocos columnistas españoles han sabido sostener durante tanto tiempo. Esos textos que Jot Down ha reunido en el libro Claves constituyen una crónica filosófica de la España democrática. La revista cerró su número 288 en mayo de 2023, dejando huérfana una tradición de debate intelectual que había sobrevivido al papel cuché y a las redes sociales. Treinta y tres años de pensamiento riguroso son una herencia considerable para una sola firma, y se hace necesario recordar que esa herencia también pertenece al patrimonio cultural del medio siglo de El País, aunque la celebración haya optado por subrayar otras genealogías.

Mientras tanto, en las páginas del periódico, Savater fue ocupando lugares cada vez más visibles hasta convertirse en propietario indiscutido de la columna sabatina. Por allí pasó casi todo lo que importó en la conversación pública española de las últimas cuatro décadas. Sus posiciones constitucionalistas frente al independentismo catalán, su antiterrorismo militante en los años más duros del acoso etarra que lo obligaron a moverse durante una década escoltado por seguridad, su defensa del laicismo, su crítica al populismo en sus dos orillas, su tradición de polemista incómodo que prefería contrariar a sus propios lectores antes que halagarlos. Ese es el rasgo que conviene subrayar en cualquier ejercicio honesto de memoria. Savater nunca escribió para complacer. Escribió para pensar en voz alta, sabiendo que el pensamiento puede molestar, y la prueba de que cumplía su oficio era precisamente la frecuencia con la que provocaba réplicas en las páginas vecinas. Generaciones enteras de universitarios aprendieron a leer prensa con esa última página y a pensar la política con Claves en el escritorio. La huella es difícil de borrar tras tantas pasiones levantadas. Y este artículo es una muestra de ello.

Que un intelectual permanezca cuarenta y siete años en la misma cabecera, escribiendo cada semana, fundando además su revista hermana, formando lectores enteros, es un hecho casi sin precedentes en el periodismo español contemporáneo. La separación de enero de 2024, con la directora Pepa Bueno comunicando por teléfono el fin de la colaboración tras la prepublicación de Carne gobernada, es desde luego parte respetable de la historia. La fórmula que la dirección ofreció entonces —«las columnas de opinión no son espacios arrendados de por vida en un periódico»— es defendible en términos editoriales, e incluso elegante en su brevedad. Un aniversario, en cambio, no se articula con la lógica del presente, sino con la del balance retrospectivo, y en cualquier balance honesto de los cincuenta años de este diario el espacio dedicado a Savater debería ser proporcional a su contribución y no al fastidio que su deriva ideológica pudo dejar en algunos despachos. Hay lecturas que valen más que cualquier homenaje oficial, y la que José Antonio Montano dejó escrita cuando descubrió a Savater es una de ellas y no me resisto a compartirla:

Pasé meses en estado de imantación, con una receptividad como pocas veces he tenido. Me deslumbraba la simultaneidad, o la veloz alternancia, de las grandes ideas y las observaciones concretas; la combinación de la crítica acerada y la afirmación sensual: un pensar que no solo no descuidaba los sentidos, sino que combatía en su favor. La luminosidad en todas las direcciones: sobre el oscurantismo (religioso e ideológico), para desmoronarlo; y sobre el cuerpo, para despejarlo. Un No que liberaba espacio para el Sí: justo lo que un joven nietzscheano necesitaba. La heterodoxia de ambas vertientes en nuestro ámbito hispánico, no hacía sino acrecentar mi pasión.

La buena noticia, y este artículo querría terminar con alborozo y regocijo por más que la apertura haya tenido que ser irónica, es que la obra está hecha. Las columnas se publicaron, los libros se imprimieron, los lectores las leyeron y muchos de ellos siguen volviendo a esos textos. Ética para Amador, El contenido de la felicidad, La tarea del héroe, Las preguntas de la vida, las antologías de columnas reunidas en volúmenes sucesivos. El balance sobrevive a las ediciones conmemorativas, igual que sobrevive a las separaciones empresariales y a las jerarquías sintácticas que reservan el «sobre todo» para otros. Cincuenta años después de aquel número cero, la historia de El País y la de Fernando Savater siguen siendo, quiérase o no, una sola historia. Y nosotros así lo celebramos.

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