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Arte, cartas y amor de madre: Lo que no te conté de Francis Bacon

Detalle de portada de Lo que no te conté de Francis Bacon, de Charo Crego. amor de madre
Detalle de portada de Lo que no te conté de Francis Bacon, de Charo Crego.

Hace tres décadas, en la facultad de Ciencias de la Información de Madrid —y seguramente no era la única— era costumbre recurrir a la expresión «para que lo entienda tu abuela», cuando se trataba de decir que algo debía ser muy bien explicado, concienzudamente, desde el principio. Se daba a entender, además, que el interlocutor o interlocutora tendría dificultades en comprenderlo. Una torpeza tras otra. La idea, sin embargo, estaba ahí, a la espera de ser enunciada con precisión. ¿Cómo decir eso mismo, pero decirlo bien? El libro Lo que no te conté de Francis Bacon, de Charo Crego, trae respuestas. La teoría podría enunciarse así: explicar algo como una madre amorosa se lo explicaría a su hija. En este caso, la madre amorosa es la propia autora, Charo Crego, doctora en Filosofía, ensayista y crítica de arte. La hija es su hija, Clara, y las explicaciones comienzan cuando (y porque) esta abandona el nido familiar y marcha a vivir a Lovaina, tal y como cuenta el primer texto, «Lejos de casa».

Entonces pasa algo importante: la casa vaciada (más que vacía) de alguien se llena de recuerdos y pensamientos que adoptan el título de aquella película de Isabel Coixet: Cosas que nunca te dije. El culpable siempre es un viejo conocido: el implacable ritmo de las cosas que (a la postre) no importan impuso una vez más su dictadura diaria. La ilusión es pensar que más tarde ya habrá tiempo para… Autoengaño. Pasan los meses, los años y la dictadura diaria varía, pero no puto afloja. Más tarde se vuelve nunca. Y no. Crego se puso manos a la obra para explicarle a su hija Clara algunas cosas que importan, que a ella le importan. «Ahora que te has ido, sin embargo, me doy cuenta de que durante todos estos años en que has ido creciendo no he compartido contigo, o al menos no suficientemente, mi interés por el arte y mi curiosidad por los fenómenos artísticos», escribe.

Ey, hijos e hijas del mundo, vuestros progenitores somos personas también. Nos gustan cositas, ¿sabéis? No todo va a ser criar. Porque durante una época todo es criar. Un ejemplo, sin salir del libro, es cuando en 2009 la familia Crego se acerca al Museo del Prado a ver la exposición de Francis Bacon. Clara se lleva a una amiga y ambas están escandalizadas de lo mal y lo feo que pinta ese señor. La señora Crego, la crítica de arte, seguro que disfrutó la exposición, pero la madre que era no podía dejar de plantearse allí mismo si pararse y soltar un discurso o callar discretamente hasta que el tiempo decantara los intereses de aquellas muchachas. Es muy valioso (y una preciosidad) que la crítica de arte vuelva años después sobre sus zozobras de madre: «Te contaré ahora lo que decidí no explicarte hace cinco años para no alentar o forzar en ti una precocidad intempestiva». Por descontado; lo hace como una madre amorosa se lo explica a su hija.

La boca se come los ojos

En su relato comienza la autora recordando que hay canon y que hay maneras de trastocarlo. En el retrato, la atención a los ojos ha sido canónica, con muy pocas excepciones y variaciones desde el Renacimiento hasta el siglo XX. Bacon fue una de ellas. Le interesaba la forma de la boca, el realismo de los dientes, los movimientos… Cuando pinta su Cabeza VI de papa lo que hace es trastocar por completo el canon (que representa Velázquez y su Inocencio X). Bacon es un realista raro y un posnietzscheano que niega toda trascendencia y celebra el animal humano. De ahí una de sus citas más célebres: «Cuando voy a la carnicería siempre me asombro de no ocupar yo el lugar del animal». El cuerpo no necesita una historia, el cuerpo es la historia. Esas bocas abiertas y bien dentadas responden a todos sus objetivos: «…con ellos Bacon lograba que el ojo dejara de ser el elemento hegemónico de la cara, que la figuración perdiera cualquier pretensión de narratividad y que el rostro abandonara su carga psicológica. La boca abierta de un hombre desgañitándose, como la de Inocencio X, apela a nuestro sistema nervioso, no nos permite mantenernos a distancia», se lee en el libro de Abada editores. Eso le pasó a su hija y a la amiga de su hija, que no entendían cómo a los mayores les podían gustar esas muecas, esos jirones de carne sanguinolenta y que se detuvieran demasiado tiempo delante de aquellos espantajos… «Ahora te lo puedo explicar», confirma una madre que se ha unificado con la crítica de arte y filósofa que también es. «El término “gustar” no conjuga bien aquí, como tampoco el término “belleza” […]. Desde el Romanticismo sabemos que arte y belleza no son campos idénticos. Pueden coincidir, pero no siempre lo hacen». Y le habla a su hija por carta —en versión de email, cuyo encabezado se reproduce al principio de cada texto— de arte siniestro, abyecto, grotesco…

Al final retoma la pregunta sobre la oportunidad y el momento de las explicaciones y supera las zozobras de entonces: «Me pareció que trece años no era la edad para entender todo eso. Ahora sí, ahora ya puedes comprender que el arte no se limita a la belleza, y que una obra nos puede emocionar por su fuerza o por su desmesura, aunque no sea bella».

Llega la hora de las despedidas epistolares: «Adiós, Clara, hasta el próximo correo».

Clases particulares, clases personales

La explicación anterior parte de otra exposición sobre el retrato —Faces Then, Faces Now— que la madre había visitado en un centro de cultura en Bruselas, ciudad donde por entonces vivía. Esa visita actúa como la magdalena de Proust, activando el mecanismo del recuerdo y de las cosas que nunca te dije. No es la única vez que la autora usa ese recurso, que puede ser sustituido por un cartel, un libro… «Me imagino que no te acuerdas de tu primer violonchelo», escribe Crego después de contar que la lectura del libro de Ramón Andrés, El luthier de Delft, le ha hecho pensar en ella. En ella y en el misterioso y exquisito Fabritius, en Vermeer y en los cuadros de género holandeses que supuestamente reflejan a la perfección lo que pasaba en los interiores domésticos. La autora le baja los humos a la explicación meramente realista: ni son «fotografías» ni «jeroglíficos que había que desentrañar, como creían los iconólogos, sino composiciones […] tan compuestas como, por ejemplo, El rapto de Europa, de Rubens, o La adoración de los Magos, de Velázquez». Es cierto que no son tan sobrecogedoras como esas obras, sino que tienen una escala más doméstica y más íntima que invita a «oír a la dama tocar el clavicordio o a esa joven afinar el laúd». Entonces le dice a su hija que la echa de menos: a ella y a la música que tocaba, y que qué ganas de jugar a trasladarse a esos interiores holandeses.

¿Y de la fuente que había en la plaza donde estaba su guardería se acordará Clara? Es de Miquel Navarro y creó discusiones vecinales que recuerda la autora. El propio artista —«un hombre afable, pero nervioso, inquieto como los insectos que le inspiran»— también fue discutido en su época porque planteaba un enfoque lúdico en el arte cuando en España «el binomio arte-política parecía indisoluble». No hay que olvidar que «la historia de la pintura española del siglo XX es también la historia española del siglo XX», escribe la autora en el capítulo en el que cuenta a su hija que acaba de recibir el libro de un amigo, un antiguo profesor de la universidad llamado Valeriano Bozal.

Educación para la vida

La mayoría de edad, las primeras elecciones… Una ocasión como esa no puede ser desaprovechada por una madre. Charo Crego la emplea para explicarle a su hija que se acaba de convertir en un «sujeto político», y no solo por votar, que también, sino porque «sujeto político se es desde el momento en que se forma parte activa de la sociedad: cuando expresas tus ideas, debates con tus amigos, te adhieres a un movimiento, te manifiestas o firmas peticiones, te relacionas con tus vecinos, recoges un papel de la calle para mantenerla limpia o plantas un árbol». Seas lo que seas, te dediques a lo que te dediques, serás un sujeto político. El arte, que en nada es ajeno a la vida, tampoco lo es a la política. El correo que la autora le remite a Clara se titula «Marat asesinado» y versa, obviamente, sobre la obra de Jacques-Louis David La muerte de Marat, un encargo, una pintura de «pura propaganda política», un cartel perfecto encargado en recuerdo del asesinado y para ganar la simpatía popular. David, amigo de Marat, moviliza toda la iconografía religiosa y pinta «un santo laico, un Cristo jacobino». Lo importante, con todo, «no es tanto que sea un cuadro de propaganda revolucionaria, pues, como ves, eso ya se había hecho mucho antes y con reconocida eficacia, sino que sepa transmitir el mensaje de heroicidad y del martirio de Marat de manera casi subliminal». David, que como sujeto político y artista había hecho un gran favor a la causa jacobina con su trabajo, se alistó en las filas de Bonaparte y lo retrató en numerosas ocasiones. Quien se había salvado por los pelos cuando Robespierre cayó en desgracia y los suyos fueron represaliados fue finalmente castigado y condenado al exilio cuando Luis XVIII regresó al trono de Francia tras la derrota de Napoleón en Waterloo.

«No te quiero distraer más», concluye la remitente, solo quería recordar una carrera que mezcló arte y política de una manera muy evidente, pero también le puede suceder a otras trayectorias y profesiones: «Ahora como estudiante y después, quizá, como bióloga, tendrás que tomar decisiones y opciones políticas que pueden ser determinantes para ti y para la sociedad. Por eso es importante reflexionar sobre todas estas cosas…». Una hermosa relación materno-filial tiene que saber apartar las inmediateces y dejar espacio y tiempo para los asuntos importantes que sobrepasan la familia y se ocupan de la sociedad, de la política, del arte…

Arte y cartas contra la guerra

Una madre curiosa que nunca deja de aprender querrá hijos e hijas que se le parezcan en eso. La mejor manera de conseguirlo es practicar con el ejemplo. Con motivo de una efeméride de la Primera Guerra Mundial, Charo Crego repasa en una carta las exposiciones, los ensayos, los reportajes que ha visto sobre ese acontecimiento. Quiere explicarle a su hija que muchos artistas marcharon al frente con alegría: «Creían que eso era lo que necesitaba Europa para acabar con esa civilización burguesa, podrida y anquilosada que tanto odiaban. Fueron a la guerra como si fueran a salir más fuertes…». ¿Quiénes eran los incautos? Marinetti, Franz Marc, Kokoschka, Léger, Apollinaire, Otto Dix… Este último renegó de aquel fervor en sus pinturas: de supuesto patriota se transformó en un artista antibelicista que retrató crudamente en sus pinturas los horrores de la guerra.

No hay que salir de España para encontrar este tipo de pinturas. Goya ya lo había hecho en su serie Los desastres de la guerra (de la Independencia española en este caso, de 1808 a 1814). Como ni madre ni hija están cerca del museo que acoge las pinturas, la primera lanza una recomendación: «Clara, vale la pena que eches una ojeada al sitio web del Museo del Prado, para que veas hasta qué punto supo captar Goya la brutalidad del conflicto. En sus estampas no hay vencedores ni vencidos, todos son perdedores». Le ofrece a su hija un par de pistas para seguir indagando: Ernst Friedrich, con su fotolibro-manifiesto Guerra a la guerra, y Jacques Tardi, con La guerra de trincheras y La puta guerra, cuyos dibujos son herederos directísimos de la obra de Goya, tal y como señala la autora de Abada. Aprendemos con Clara. Todos somos Clara y Charo Crego, la madre y amorosa autora que repite: «Clara, esta es la historia que te quería contar: pintores como Goya han sabido mostrarnos que lo que cuenta en la guerra no son los generales ni los grandes nombres sino los muertos y mutilados […]. Una lección que me gustaría que retuvieras, pues nunca estamos totalmente a salvo de caer en nuevas aventuras bélicas». Las madres siempre tienen razón.

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