Jot Down Cultural Magazine – Una historia de la sexualidad (I)

Una historia de la sexualidad (I)

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Michel Foucault retratado por Arturo Espinosa. Imagen: Arturo Espinosa (CC).

Michel Foucault, enfant terrible de la filosofía francesa, suicida malogrado, profesor universitario, presunto apolítico, posible militante de izquierdas parapetado de gaullista, maoísta a ratos, jamás trotskista, homosexual, activo, pasivo, otra vez: pasivo, visitante asiduo de los garitos sadomasoquistas y las saunas de ambiente de Nueva York y San Francisco, diplomático y escritor en ciernes, drogadicto esporádico, defensor de los derechos humanos, del LSD y de la revuelta sindicalista polaca de 1981, pensador contumaz, arqueólogo de las estructuras de Poder, con mayúscula, víctima temprana de los excesos del racionalismo, de la alopecia y de la pandemia del sida, enemigo intelectual de Jean-Paul Sartre, estudiante de budismo zen y lanza-adoquines apócrifo en Mayo del 68, entre otras muchas cosas, es el autor de una interesante trilogía titulada Historia de la sexualidad. De ella —i. e. de la trilogía— voy a hablarles en este artículo.

Antes, permítanme una advertencia. O mejor, dos. La primera, que al decir que Foucault era un arqueólogo de las estructuras de Poder, con mayúscula, estaba siendo demasiado cauteloso. O poético. En realidad, Foucault estaba obsesionado con el Poder. No pensaba en otra cosa. Hablase de psiquiatría o de derecho penal, de cárceles o de Las Meninas, todos sus análisis partían de, fluían hacia y desembocaban en el Poder. Más de un académico, con James Miller, uno de sus biógrafos, a la cabeza, ha llegado a insinuar que lo único que incitaba a Foucault a pasarse sus giras por Estados Unidos visitando garitos sadomasoquistas era su deseo de convertir las relaciones de poder —esta vez con minúscula— en una fuente de placer. (Sin comentarios. Ni juicios de valor, por supuesto). La segunda advertencia es que, pese al título grandilocuente —después de todo, por más que fuese un enfant terrible, Foucault nunca dejó de ser al mismo tiempo un enfant de la Patrie—, Historia de la sexualidad, pese a sus ca. setecientas páginas, no es más que un prolegómeno en el análisis de este tema. Aquí les dejo un puñado de razones: (i) Foucault solo llegó a publicar tres de los seis volúmenes que había previsto, por lo que el grueso de la obra apenas pasa de los hábitos sexuales de griegos y romanos; (ii) su campo de estudio se circunscribe a Occidente, ignorando casi por completo el resto del mundo —recordemos una vez más que Foucault era francés: ah, la Grande Patrie!—; y (iii) Foucault afirma que la historia de la sexualidad se articula en torno a dos grandes rupturas, una en el siglo XVII, cuando nacen las grandes prohibiciones, y una en el siglo XX, cuando se aflojan los mecanismos de represión. Como saben todos los lectores de Jot Down, a día de hoy, al menos en Occidente, habría que incluir una tercera ruptura, auspiciada por el auge del porno. Pero, como diría Michael Ende, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión. Ahora, vayamos a lo importante.

La voluntad del saber

Foucault comienza su obra aludiendo a la represión sexual que, según los discursos más extendidos, habría sido puesta en marcha a lo largo del siglo XVII, coincidiendo con el nacimiento de una sociedad burguesa capitalista. Se trataría, como es bien sabido, de una época de interdicciones, de cerrazón amatoria, de sexo exclusivamente reproductivo, de ausencia de placer, de mojigatería, de puritanismo extremo. El tema que nos incumbe, el sexo, se habría convertido, o así nos lo han querido vender, en poco menos que un tabú. Ojo: así nos lo han querido vender los otros. Para Foucault, en cambio, esta hipótesis represiva, oh, là, là, no es más que una técnica de poder. Casi que una quimera. En realidad, la supuesta sociedad mojigata y burguesa que nace a finales del XVII «habla con prolijidad de su propio silencio, se encarniza en detallar lo que no dice».

Tras poner de manifiesto cómo la supuesta reserva en torno al sexo no es, en cierta medida, más que el fruto de una hipocresía generalizada, Foucault enumera una serie de instancias en las que no se hace otra cosa más que hablar de este tema. Como era de esperar, se apunta en primer lugar a la Pastoral cristiana. Por medio de la confesión, los sacerdotes quieren saberlo todo sobre el sexo. T-o-d-o. No solo lo que se ha hecho, sino también, y sobre todo, lo que se ha mirado, lo que se ha dicho, lo que se ha pensado. (Nada extraño, por otra parte. Tengan en cuenta que, a falta de Internet, el confesionario era probablemente una forma excelente de paliar la incurable curiosidad humana). En un exceso de celo, la Iglesia establecerá con quién se puede tener relaciones legítimas —i. e. el cónyuge—, cuándo —i. e. tras el matrimonio—, con qué fines —i. e. la procreación— e incluso de qué formas —i. e. nada de posturitas exóticas, ni de juguetitos, ni de desvestirse completamente durante el coito.

Desde luego, la Pastoral cristiana no va a ser la única que se enzarce en esta proliferación de discursos sexuales. En primer lugar, le va a hacer compañía el monarca y la clase gobernante quienes, por primera vez en la historia, no la de la sexualidad, sino de la otra, la normal, la de Tucídides, la hegeliana, van a interesarse por los encuentros carnales del vulgo. Es la época de las preocupaciones demográficas, de la medición de las tasas de natalidad y mortalidad, y de las catastróficas inquietudes de Malthus, un pastor anglicano que, al más puro estilo Nostradamus, «predijo» que más de cien millones de británicos morirían de hambre como consecuencia del desajuste entre el crecimiento poblacional —que aumentaba en progresión geométrica— y el crecimiento de la producción alimenticia —que lo hacía únicamente en progresión aritmética—. También es la época en la que las diferentes ramas del poder estatal, y muy en especial la rama judicial, se lanzan a la persecución de los pervertidos. Ahora más que nunca, los depravados, los corrompidos, los viciosos, tendrán que afrontrar el ostracismo social, la tipificación de sus conductas y, a veces, el internamiento en centros especiales o incluso la cárcel.

Por último, pero no menos importante, Foucault nos habla de la proliferación de los discursos médicos sobre la sexualidad. Al igual que en otros ámbitos, el creciente interés por los aspectos medico-científicos del placer vino acompañado de un engañoso recelo a discutir tales temas. Un ejemplo paradigmático es el de Auguste Tardieu, quien en su Estudio médico-forense sobre los atentados a la moral habría escrito lo siguiente:

La sombra que envuelve esos hechos, la vergüenza y la repugnancia que inspiran, alejaron siempre la mirada de los observadores… Mucho tiempo he dudado en hacer entrar en este estudio el cuadro nauseabundo.

Tardieu, como la Pastoral cristiana, como los jueces y legisladores, como los gobernantes, no desaprovecha ocasión alguna para hablar de eso que se supone oculto, embozado en el ámbito de lo secreto, de lo privado, de lo prohibido. El caso de los médicos es especialmente preocupante. A lo largo del siglo XIX no habrá enfermedad alguna a la que no se le suponga una etiología/causa al menos parcialmente sexual. Si se tiene tisis, o tuberculosis, o un resfriado, es porque se están usando los genitales para actos indebidos. (Ole, precisamente, los cojones de los médicos).

En resumen, Foucault insinúa —sin recurrir a esta comparación— que entre los siglos XVII y XIX nos convertimos poco menos que unos voyeurs no del acto sexual, sino de la sexualidad en sí misma:

Inventamos un placer diferente: placer en la verdad del placer, placer en saberla, en exponerla, en descubrirla, en fascinarse al verla, al decirla, al cautivar y capturar a los otros con ella, al confiarla secretamente, al desenmascararla con astucia; placer específico en el discurso verdadero sobre el placer.

Adán y Eva con los genitales ocultos tras hojitas, Lucas Cranach El Viejo / Gemäldegalerie, Berlín.

Personalmente, hay dos ideas en las que coincido plenamente con Foucault y una en la que estoy en total desacuerdo. Empecemos por donde no hay fricción.

Lo primero en lo que uno no tiene más remedio que darle la razón al filósofo francés es en relación con el hecho de que vivimos en una «monarquía del sexo»:

Occidente ha logrado (…) hacernos pasar casi por entero —nosotros, nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestra individualidad, nuestra historia— bajo el signo de una lógica de la concupiscencia y el deseo (…) El sexo, razón de todo.

Esto es innegable, ¿no? Y quien diga lo contrario, miente. Lo que dudo mucho es de que hagan falta ciento cincuenta páginas para transmitir un mensaje tan simple. En mi humilde opinión, esto puede hacerse en un par de frases. Sirva como ejemplo la concisión de David Lynch en la mítica serie de televisión Twin Peaks. A mediados de la primera temporada, Cooper, un agente del FBI encargado de investigar el asesinato de Laura Palmer, somete al doctor Jacoby (el terapeuta de Laura) a un interrogatorio. Cuando Cooper le pregunta al doctor Jacoby si Laura tenía problemas, este le responde que sí. Y cuando le pregunta si los problemas de Laura eran de naturaleza sexual, el doctor Jacoby suelta la mayor verdad de toda la serie: «Agente Cooper», le dice, «los problemas de toda nuestra sociedad son de naturaleza sexual». Esto es, chispa más o menos, digo yo, no sé, espero, lo mismo a que se refiere Foucault cuando habla de la «monarquía del sexo».

La segunda conclusión irrefutable es que en nuestro entorno cultural, y parece que también en el de los siglos XVII en adelante, el sexo hace las veces de sanctasanctórum de la existencia. O sea, que no es solo aquello que nos define e individualiza, sino también aquello a lo que, excepciones al margen, otorgamos un mayor valor, ya sea gozando con su realización o sufriendo con sus carencias. Foucault escribe lo siguiente:

El pacto fáustico cuya tentación inscribió en nosotros el dispositivo de la sexualidad es, de ahora en adelante, este: intercambiar la vida toda entera por el sexo mismo, por la verdad y la soberanía del sexo. El sexo bien vale la muerte. Cuando Occidente, hace ya mucho, descubrió el amor, le acordó suficiente precio como para tornar aceptable la muerte; hoy, el sexo aspira a esa equivalencia, la más elevada de todas.

Dejando de lado que, en ciertos casos, amor y sexo pueden no ser más que dos caras de una misma moneda, resulta igual de difícil oponerse a la idea que subyace a estas líneas. Indudablemente, el sexo ocupa un lugar primordial en nuestras vidas. Consciente o inconscientemente, por él estamos dispuestos a hacer (casi) cualquier cosa, incluso pasarnos la castidad por el forro de la sotana. Más de un comentarista cínico ha ejemplificado este supuesto binomio sexo/muerte, o sexo/sacrificio, aludiendo a la propia biografía de Foucault, quien precisamente murió de sida, enfermedad que probablemente contrajo en sus escarceos sexuales en los clubs sadomasoquistas de San Francisco.

Una estupenda novela, no lo digo yo, aunque también, sino la revista Time, que parodia con maestría esta obsesión por el placer, es La broma infinita, del norteamericano David Foster Wallace. Parte de la compleja trama gira en torno a una película tan adictiva, tan grata y placentera, que las personas que la visualizan no logran despegar los ojos de la pantalla. Se olvidan de comer, de dormir, de beber. Al final, sucumben a su propia muerte, víctimas de este placer sin freno. Wallace explora así no solo los peligros del placer—sexual u otro—, sino la forma en que sus excesos anulan la voluntad y la capacidad de raciocinio. A los personajes que tienen la mala suerte de ver una parte de esta película ya no les queda otra alternativa que seguir mirándola hasta la muerte. Dejar de comer, de dormir y de beber no son el producto de una elección, sino la consecuencia ineludible —e irreversible— de haber dado primacía al placer por encima de todas las cosas.

En estos dos aspectos, el de que el sexo es a la vez nuestra identidad y nuestro mayor interés/condicionante, resulta difícil oponerse a Foucault. Sin embargo, sus argumentos son bastante menos convincentes cuando insinúa, con la ambigüedad propia del académico que desea cubrirse las espaldas, que la proliferación de discursos sobre la sexualidad —i. e. el hecho de que se hable MUCHÍSIMO sobre el sexo— desmiente en lo más mínimo la existencia de esa época de interdicciones, de cerrazón amatoria, de sexo exclusivamente reproductivo, de ausencia de placer, de mojigatería, de puritanismo extremo. Mal que nos pese, lo cierto es que esos discursos polimorfos y diversos, sobre todo los que venían revestidos de un falso prestigio científico, no hicieron más que marginalizar aún más las sexualidades disconformes. Y aquí ha de entenderse por disconforme todo lo que no sea meter el pene del hombre en la vagina de la mujer para tener un bebé. Déjenme darles un par de ejemplos que, a mi modo de ver, son mucho más relevantes que las referencias de Foucault, quien, en mi opinión, se centra mucho en la cantidad de discursos, pero no lo suficiente en su (falta de) calidad.

Dos desnudos y un gato, Pablo Picasso / Museo Picasso, Barcelona.

Veamos primero a Freud. En sus Tres ensayos sobre teoría sexual, Freud enumera una serie de perversiones: homosexualidad, zoofilia, fetichismo, sadomasoquismo, etc. ¿Saben qué más incluye Freud entre su lista de perversiones? El sexo oral. Solo se libran, de chiripa, los besos: «El empleo de la boca como órgano sexual», escribe el austríaco/checo, «se considera una perversión cuando los labios o la lengua de una persona entran en contacto con los genitales de la otra, y no, en cambio, cuando ambas mucosas labiales tocan una con otra». Pese a que Freud explica que, a su modo de ver, el término «perversión» no tiene un carácter peyorativo, sino patológico, lo cierto es que todas estas conductas sexuales —lo repito una vez más: básicamente cualquier cosa distinta a meter el pene del hombre en la vagina de la mujer para tener un bebé— se consideran reprobables. Tanto es así, que el primero de los tres ensayos se titula «Las aberraciones sexuales». (En alemán, Freud utiliza el sustantivo Abirrungen, que en este contexto equivale a desvío o descarrío moral. Quien ingenuamente crea que el uso de estos vocablos no indispone el juicio inconsciente de cualquier lector, por más que el autor se escude en que son términos «no peyorativos», no tiene más que echar un vistazo a los estudios de Berger y Luckmann sobre los efectos constitutivos del lenguaje, o, por qué no, a los estudios del propio Foucault).

¡No se alarmen! El hecho de que ser gay o hacer una mamadita constituyesen antaño una indecencia no era, en sí mismo, un motivo para caer en la desesperación. Afortunadamente, Freud nos tranquiliza con la siguiente noticia: «la inversión puede ser suprimida por sugestión hipnótica». O sea, que si es usted de los que suscriben la apología del sexo oral de Josep Lapidario, ha de saber que a principios del siglo XX podrían haberle considerado un depravado, un sujeto digno de estudio clínico. Y si hubiese chupado, o le hubiesen chupado a usted, qué más da, y todavía peor si le gustó chupar o que le chupasen, más le hubiese valido mantenerlo en secreto.

Claro que las cosas le habrían ido mucho peor si lo que le pone es montárselo con personas de su mismo sexo y tiene usted la mala suerte de ir a buscar ayuda a la consulta del doctor Gregorio Marañón, quien por cierto era un misógino de mucho cuidado. Vean lo que escribió en 1930 en La evolución de la sexualidad y los estados intersexuales (les adelanto que la primera vez que me topé con esta referencia me quedé tan boquiabierto, tan incapaz de aceptar que alguien tras cuyo nombre se bautizan hospitales y otros rincones del callejero madrileño hubiese escrito, y peor aún: hecho, cosas tan aterradoras, que no descansé hasta que verifiqué la cita en una primera edición de este monumento al despropósito humano):

En otro lugar he dicho que «cada cual, en este mundo, no ama lo que quiere, sino lo que puede». El papel de la sociedad, por lo tanto, frente al problema de la homosexualidad, es estudiar los orígenes profundos de la inversión del instinto para tratar de rectificarlos. En modo alguno castigar al homosexual: siempre que no sea escandaloso (…) Varios autores han tratado de combatir la homosexualidad, sustituyendo los testículos del invertido por otros de hombre sano, o por el injerto de testículos de mono en el paciente, según la técnica de Voronoff, con resultados favorables, aunque todavía no exentos de crítica (…) En dos homosexuales, de mi práctica reciente, he sugerido la realización de un injerto, según Voronoff, realizado por mi colaborador el Dr. Ferrero. En el primero, homosexual típico, con proporciones eunucoides, la tendencia irresistible de su libido hacia el hombre se modificó completamente después de la operación y se mantenía normal a los seis meses. En el otro se trataba de una homosexualidad también indudable con signos esqueléticos eunucoides y rasgos de feminidad orgánica hemilaterales. A los tres meses de la operación su libido había aumentado, pero en el mismo sentido homosexual.

(De nuevo: sin comentarios. Solo que, esta vez, con juicio de valor agazapado a mi silencio).

4. François Boucher, Odalisca rubia

Odalisca Rubia, François Boucher / Pinacoteca Antigua, Munich.

En fin, espero que empiecen Ustedes a entender por qué estoy en desacuerdo con la ambigüedad de Foucault. Sin duda, entre los siglos XVII y XX se habló mucho, ¡muchísimo!, de sexo. Pero la mayor parte de las cosas que se dijeron fueron inmensas tonterías. De modo que insinuar que la proliferación de discursos sobre esta temática invalida en lo más mínimo la existencia de un clima represivo es, se mire por donde se mire, totalmente inaceptable.

Inicialmente, el plan de Foucault era continuar la introducción del primer volumen de su obra por un estudio de la sexualidad en la Pastoral cristiana. Sin embargo, acabó cambiando de idea y decidió que la mejor forma de sostener su tesis acerca de la proliferación de los discursos sexuales a partir del XVII era comenzar analizando las costumbres de la tradición grecorromana. Primero, como veremos en el próximo artículo, vinieron los griegos. ¡Eureka!

(Continúa)

Fotografía de portada: Eduardo Santos (CC).

13 comentarios

  1. Lo siento, pero no puedo estar más en desacuerdo con lo que dice respecto a Freud. Si no hubiese sido por sus investigaciones, y la amplia difusión de las mismas, lo más probable es que la represión a la homosexualidad seguiría siendo durísima en Occidente. Usted cita los “Tres ensayos sobre teoría sexual”, uno de sus primeros libros, en los que hace uso de un lenguaje muy propio de su tiempo, y aún así, insiste en que no es peyorativo. De hecho, para Freud, el ser humano tiene desde su nacimiento una constitución bisexual. Esto llevaría como consecuencia que cualquier orientación sexual, si es exclusiva, es decir, dirigida sólo a hombres, o sólo a mujeres, resultaría antinatural, pero no patológica, ya que el individuo es una mezcla entre biología y cultura.

  2. Debo añadir, además, que Freud intervino activamente en la defensa de los derechos de los homosexuales en Austria, un país cerrado y muy católico, y en las primeras décadas del siglo XX.
    Freud no es ningún dios, sino un investigador con sus limitaciones y sus prejuicios, pero atacar a Freud por el lado de la sexualidad me parece una pose iconoclasta, porque, si tenemos en cuenta el entorno en el que escribía, él fue una excepción al que es justo reconocer sus méritos.

  3. Freud is a fraud.

    • No conozco ningún lector de Freud que lo critique así, solo conozco no-lectores y jovencitas estudiantes de psicología que se alarman cuando les dicen ciertas cosas: incesto, Edípo, el factor sexual e inconsciente detrás de cada uno de nuestros actos, etc.

  4. Me parece que a esa obra de Foucault se le da a día de hoy una importancia desproporcionada. Que tuviera su razón de ser en los 60 se puede entender. A día de hoy, al menos en Occidente, seguir hablando en términos de represión sexual y marginalización de determinados colectivos es de tontos o de alguien a quien el encante ir de víctima por la vida

  5. Hola Juan, ¡gracias por tus comentarios! La verdad es que estoy bastante de acuerdo con lo que dices, así que si tú no estás de acuerdo con la referencia a Freud en el artículo es probablemente porque yo he sido demasiado categórico y/o poco claro ;-)
    En ningún momento pretendía insinuar que Freud fuese homófobo o se escandalizase ante cualquiera de los comportamientos sexuales que él englobaba dentro del término «perversión». Mi principal intención era precisamente reflejar algo que tú mismo has dicho, a saber: que Freud era (te cito) «un investigador con sus limitaciones y sus prejuicios». Prejuicios de su época.
    El término patológico no me lo he inventado yo. Freud lo utiliza para varios de los comportamiento sexuales a los que se refiere como «perversión», vid. Freud, «Tres ensayos sobre teoría sexual», Alianza Editorial, 2009, p. 32. (En alemán utiliza el adjetivo «krankhaft», de modo que la traducción es correcta).
    En todo caso, repito que estoy de acuerdo contigo. Lo que quería señalar no es que Freud fuese un obtuso en términos sexuales, al estilo de Gregorio Marañón. Mi intención era resaltar lo que, a mi modo de ver, es una falencia en la obra de Foucault: centrarse demasiado en el aumento de discursos médicos sobre la sexualidad e inferir/insinuar que la mera existencia de esta enormidad discursiva invalida el clima de represión que podía existir (o no existir) desde el siglo XVII.
    No sé si estarás de acuerdo, pero a mí me parece que en lo único que quizás no coincidimos es en la importancia que tiene usar términos como «descarrío moral» para referirse a prácticas como la homosexualidad, el sexo oral o cualquier fetichismo. Freud podía ser muy progresista, pero la palabra «descarrío moral» significa lo que significa. Citaba a Berger y Luckmann (como dije, podría haber citado a Foucault, o a Umberto Eco, o a cualquier otro intelectual que haya estudiado la influencia del lenguaje en los comportamientos sociales) porque en su estudio «La construcción social de la realidad» explican muy bien cómo el uso de una palabra (positiva, negativa, neutra) afecta enormemente el comportamiento de los individuos, y más aún la percepción de estos sobre los fenómenos que les rodean. Al margen de los méritos de Freud, y al margen de que fuese un tipo muy progresista para su época (sin duda lo era), dijo lo que dijo y escribió lo que escribió.
    Voy a ponerte un ejemplo contemporáneo, que quizás clarifique un poco mi postura. Obviando lo progre que es el nuevo papá, la Congregación para la Doctrina de la Fe —o sea, la Inquisición— aún tiene colgada en su página Web una doctrina sobre la homosexualidad, escrita por el Cardenal Ratzinger antes de que el Espíritu Santo, ¡aleluya!, le nombrase Papa. Te comparto el enlace:
    http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_19861001_homosexual-persons_en.html
    Uno podría leer cosas como lo escrito en la primera frase del numeral 10 («Es deplorable que las personas homosexuales hayan sido y sigan siendo objeto de malicia violenta, en palabra o acción») y pensar que la Iglesia, al fin y al cabo, no es tan mala como algunos creen. Pero si lees todo el texto, verás que está lleno de referencias de este tipo: «una persona que practica comportamientos homosexuales actúa inmoralmente» (numeral 7) o, mi favorita, «aunque la inclinación particular de la persona homosexual no es un pecado, sí es una tendencia más o menos fuerte ordenada hacia un mal moral intrínseco» (numeral 3). Pues bien, mi opinión sobre esta deplorable doctrina es que sus tristes referencias a la inmoralidad de la homosexualidad no pueden pasarse por alto. Ni perdonarse. Para mí, la Iglesia no gana puntos diciendo en un párrafo que no hay que golpear o asesinar o insultar a las personas que practican actos homosexuales si en otros cinco párrafos del mismo texto les llama inmorales, con lo que esto puede implicar para un creyente, a nivel social (marginación, estigmatización, incomprensión) e individual (depresión, angustia, suicidio). Pero bueno, todo esto sería el material para escribir un artículo sobre la importancia del lenguaje a nivel social. El artículo se limita a analizar la «Historia de la sexualidad» de Foucault…
    Por último, también tienes razón en lo de bisexualidad. Freud habla de una «disposición bisexual originaria». Yo estoy de acuerdo con su conclusión, pero no con su argumentación. Freud centra esa disposición bisexual originaria en argumentos eminentemente biológicos (en mi opinión poco convincentes — es algo sobre lo que se sigue escribiendo mucho; te comparto un artículo de la BBC con el que estoy en desacuerdo: http://www.bbc.co.uk/news/magazine-26089486; mi opinión es que la sexualidad es sociológica, como se insinúa en este artículo de The Guardian, con el que estoy parcialmente de acuerdo: http://www.theguardian.com/world/2004/dec/14/gayrights.gender), como si hubiese algo innato en esa bisexualidad. Para mí, más que ser «una mezcla entre biología y cultura», somos el producto sociológico de una realidad biológica —de nuevo: necesitaría otro artículo para explicar a qué me refiero con esto… En todo caso, una pincelada de lo que intento decir en estas últimas líneas se da al final de la siguiente entrega de mi artículo sobre Foucault, que te invito a leer, ¡y criticar, claro! ;-)

  6. Isaías, también estoy parcialmente de acuerdo contigo. No es intención del autor del artículo insinuar que la obra de Foucault tiene absoluta vigencia. La única intención del autor es dar a conocer la obra de Foucault, que, en efecto, fue escrita hace más de tres décadas.
    En todo caso, aunque espero de corazón que dentro de unos años tu comentario sea absolutamente cierto, creo que es un poco pronto para decir eso. Por no dar más que un ejemplo, piensa un momento en la de millones de cristianos que hay en Occidente (whatever that means) y las estupideces que sigue promoviendo la Iglesia de esos cristianos. (Me remito a mi anterior comentario). Personalmente, creo que lo que es inmoral no es montárselo con alguien de tu mismo sexo, como dice la Iglesia, sino ser una autoridad religiosa y tener la poca vergüenza de colgar esas cosas en tu página web en pleno siglo XXI. No obstante, me temo que todo Occidente no comparte mi opinión. (Advertencia: no estoy insinuando que todos los cristianos compartan esas estupideces. Por suerte, la mayoría no lo hacen. Pero de nuevo: imagina ser cristiano, ir a escuelas cristianas, a universidades cristianas, frecuentar a cristianos con ideas conservadores y ser, a la vez que todo lo anterior, gay. Créeme, muchas de las personas en esa situación no viven la experiencia de despelote y Viva la Pepa que pareces creer).

  7. Pingback: Una historia de la sexualidad (I)

  8. Mucho cuidado! No entiendes bien el concepto de “perversión” de Freud. El viejo zorro austríaco no utiliza la palabra en el sentido popular que hoy tiene, sino que la define desde un punto de vista clínico y que se ajusta a su marco teórico. “Perverso”, para Freud es toda conducta sexual que no tenga como fin la reproducción. Es una mera convención. Son “perversas” en cuanto se desvían de ése fin último, de la misma manera que comer arena sería “perverso” respecto del fin último de la alimentación. Pero no valora esas conductas, ni las condena ni las calumnia.

    Y por cierto, córtate un poquito a la hora de ironizar sobre Foucault. Estamos hablando de unos de los más importantes y novedosos pensadores del siglo 20, un genealogista y filósofo que se codea con los grandes de la primera mitad del siglo pasado. No sé quién eres, pero me cuesta pensar que te sobra autoridad intelectual para estar de acuerdo o en desacuerdo con Michel Foucault.

    • No pretendía decir que Freud use el término “perversión” en un sentido peyorativo, pese a que él dice que es un término no peyorativo, sino tan solo subrayar la forma en que un texto científico que define ciertas conductas como “descarríos morales” puede afectar a la percepción que un ciudadano medio, lector de dichos textos, se hace de las mismas. (O sea, que para mí lo peyorativo no es el término “perversión”, sino la idea de “descarrío moral”. En uno de los comentarios anteriores intento ilustrarlo con un ejemplo).
      Ni que decir tiene que estoy de acuerdo con tu opinión sobre Foucault y… hm… por qué no, con tu comentario sobre mí ;-)

  9. Gracias, José, por contestar a mi comentario. Aportas detalles y referencias muy interesantes con las que estoy de acuerdo. Quedo a la espera de tu próximo artículo.

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  11. Me gusta mucho el documento

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