La leyenda de Billy el Niño (y IV): Cacería, fuga y muerte - Jot Down Cultural Magazine

La leyenda de Billy el Niño (y IV): Cacería, fuga y muerte

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Anuncio en prensa con el que el gobernador Wallace puso precio a la cabeza de Billy el Niño, vivo o muerto.(Foto: DP)

Anuncio en prensa con el que el gobernador Wallace puso precio a la cabeza de Billy el Niño.(Foto: DP)

(Viene de la tercera parte)

No os culpo por escribir las cosas que habéis escrito. Os tuvisteis que creer esas historias, aunque de todas maneras ya no sé si alguien se lo creería si decís algo bueno sobre mí. (Billy el Niño, a un reportero tras su captura).

A Patrick Floyd Garrett se lo podría describir como un tipo duro. Tenía treinta años cuando fue elegido nuevo sheriff del condado de Lincoln. No era ajeno a las duras condiciones de la vida en la frontera, cuyas vicisitudes había experimentado en primera persona. Se había ganado la vida como cowboy, como cazador de búfalos y también como jugador de cartas. Fueron su carácter rocoso y su buena fama como tirador las características que le ayudaron a hacerse con ese delicado puesto justo cuando el condado estaba sumido en el caos. Pero era un hombre que inspiraba respeto. Las varias fotografías suyas que se conservan nos lo muestran como un individuo de gesto severo; además medía un metro y noventa centímetros, lo que le hacía ser mucho más alto que la media de la época. Pero por encima de todo se sabía que había matado en defensa propia, así que no era un hombre con el que se pudiese bromear. Eso sí, nunca hubiésemos oído hablar de él si no fuese porque ocupó el puesto de sheriff en el momento indicado. Su fama, como resume una placa conmemorativa erigida en su lugar de nacimiento, consiste en haber sido «el hombre que mató a Billy el Niño».

Pat Garrett (foto: DP)

Pat Garrett (foto: DP)

Se sabe que antes de ser nombrado sheriff conocía personalmente a Billy. Ambos habían coincidido en Fort Sumner cuando Garrett se dedicaba al póquer, ocupación que junto a su estatura le ganó el sobrenombre de Big Casino. El que ambos coincidiesen está bien documentado; de hecho no había sido inhabitual verlos jugando en la misma mesa. En algunas novelas y películas se los cita por los respectivos apodos de Big Casino y Little Casino, que suenan demasiado bien para no parecer parte de la mitología, pero que sí pudieron ser apodos reales. No resulta inverosímil que en Fort Sumner bautizasen así a tan peculiar pareja de juego. Eso sí, el tipo de relación que hubo entre ambos cuando jugaban juntos resulta difícil de determinar. Para empezar, como ya comentamos en algún episodio anterior de esta serie, las memorias de Garrett son cualquier cosa excepto fiables. Algunos historiadores creen que ambos pudieron ser amigos, incluso cómplices en algún robo de ganado, porque siendo ya sheriff, Garrett demostraría conocer bien los hábitos de Billy. Sin embargo, los testimonios coinciden en que cuando Billy supo que Pat Garrett se presentaba al cargo de sheriff, recibió la noticia con poco entusiasmo. Por lo que sabemos, no da la impresión de que fuesen enemigos enconados a priori, pero tampoco de que hubiese una gran simpatía mutua. Billy quería un sheriff que se mostrase comprensivo hacia su caso y su actitud ante el nombramiento de Garrett parece indicar que pensaba que no iba a ser así. Además hay otro hecho indudable: desde que recibió su estrella, Pat Garrett se mostró implacable en la cacería.

Pat Garrett a la caza de Billy el Niño

Cuando decimos que no necesariamente eran enemigos, eso no significa que Garrett no tuviese buenos motivos para convertir al joven Billy en el principal objetivo de su agenda. No porque fuese el peor forajido del territorio, sino porque por entonces su fama se había desbocado. La prensaba hablaba de Billy como si fuese el responsable de los males de Nuevo México. Los periodistas recurrían a toda clase de exageraciones sensacionalistas para adornar sus textos. Le atribuían una veintena de asesinatos, cuando en realidad había estado involucrado en muchos menos y judicialmente se le acusaba únicamente de dos. Se podría objetar que un criminal es un criminal con independencia del número de personas a las que ha matado, y esto es cierto, pero esta idea no funciona así a nivel periodístico. El peculiar personaje de Billy, pintado con los trazos de un demonio de la frontera que tenía cara de escolar, había captado la atención de muchos lectores. Los periódicos, claro, respondían ofreciendo más y más titulares sobre su persona. Por entonces la prensa ya le había adjudicado el apodo de «Billy el Niño», cuyo uso se extendió de inmediato frente al apodo de «el niño Antrim» con el que se lo había conocido siempre en Lincoln. En todo caso, la sola mención de Billy el Niño excitaba la imaginación del público. Su fama rivalizaba con la de Victorio, un importante jefe guerrero apache —aliado de Jerónimo y Cochise, nada menos— que había sembrado el terror en el estado. Victorio, capturado aquel mismo verano, era una figura legendaria de la que se había oído hablar incluso en Europa, pero Billy estaba a punto de superarlo en renombre.

La primera consecuencia de aquella fama fue que se convirtió en el primer objetivo de la ley. El gobernador Lew Wallace volvió a poner precio a su cabeza, pero esta vez no lo buscaba vivo como testigo. Eso sí, lo hizo mediante un anuncio en prensa: pese a lo que dicen las leyendas, nunca hubo un cartel de «Wanted Dead or Alive» colgado en las paredes y si alguna vez ven ustedes alguno, se trata sin duda de una falsificación. El anuncio decía así:

BILLY EL NIÑO
Recompensa de $500
Pagaré $500 a cualquier persona o grupo de personas que capture a William Bonny (sic), alias el Niño, y lo lleve ante cualquier sheriff de Nuevo México.
Se requerirán pruebas satisfactorias de su identidad.

El mensaje estaba claro: «Se requerirán pruebas satisfactorias de su identidad» implicaba que el precio sería pagado por Billy vivo, o por Billy muerto. Las cosas, pues, se le ponían más y más difíciles. Era un objetivo cada vez más débil. La banda con la que cabalgaba estaba reducida a cinco miembros, incluyéndolo a él. Estaba cansado de huir. Pese a que el gobernador Wallace hubiese incumplido la promesa de aplicarle la amnistía general que había proclamado tras la Guerra de Lincoln, Billy continuaba evitando verse involucrado en más actos violentos, confiando todavía en llegar a algún tipo de acuerdo con las autoridades. Se lo comunicó mediante carta a un abogado, Ira Leonard, con quien se citó en White Oaks, el típico poblado del Oeste tendido en hilera sobre una calle principal, como tantos que hemos visto en las películas. Sin embargo, por motivos que no se conocen bien pero que probablemente tuvieron que ver con su condición de fugitivo, Billy no se presentó a la cita. Leonard esperó durante días en vano.

Pat Garrett, entre tanto, reunió a un grupo de ayudantes y pasó varias semanas enfrascado en una trabajosa persecución. Ya era invierno, estaba nevando y las condiciones del terreno no eran las idóneas para una búsqueda como aquella. Además Billy todavía tenía muchos amigos en el condado que estaban dispuestos a esconderle. Pero Garrett era listo y estaba bien informado sobre los patrones de movimiento del Niño. Además, da la sensación de que también sabía leer el carácter de Billy. Fue a Fort Sumner esperando encontrarlo allí, y no estaba en el pueblo, pero Garrett también tenía sus contactos y no tardó en averiguar que Billy se ocultaba en un rancho cercano. Según se cuenta, le envió una nota, supuestamente escrita por algún compinche, en la que le daba el falso soplo de que el sheriff había partido hacia Roswell, la misma localidad que hoy es famosa por el supuesto accidente de un platillo volante (no puede decirse que en Nuevo México no tengan historias que contar). La nota, como es obvio, pretendía conseguir que Billy se confiase y abandonase el rancho. Esperando esta reacción, el grupo de Garrett tendió una trampa en mitad del camino que unía el rancho y Fort Sumner. Apostándose tras la vegetación, esperaron a que apareciesen Billy y los suyos. La emboscada funcionó. En plena noche, tras una larga espera, vieron aparecer a varios hombres a caballo. Era la menguada banda de Billy. Aunque no se podía distinguir bien cuál de ellos era realmente, Garrett debía de tener prisa, ya que dio la señal para que sus hombres abriesen fuego de inmediato. El primero de los jinetes, Tom O’Folliard, fue alcanzado por un disparo en pleno pecho, mientras los demás salían huyendo. Garrett y sus ayudantes se acercaron a O’Folliard, que estaba muy malherido. Comprobaron que no se trataba de Billy. Lo llevaron al interior de una cabaña cercana y lo pusieron cerca del fuego. Allí, tendido sobre el suelo, O’Folliard agonizó y murió mientras el sheriff y sus hombres jugaban a los naipes.

El primer intento de Garrett había fallado por muy poco. Pero no era un hombre que perdiese demasiado el tiempo. Aquella noche apenas dejó dormir a sus ayudantes; todavía estaba oscuro cuando reanudó la persecución pese a la nieve y pese a la escasa visibilidad. Pensó que Billy lo supondría a él descansando durante la noche para reemprender la persecución al amanecer, y que por tanto se permitiría el lujo de dormir toda la noche. Garrett acertó y su empeño tuvo recompensa. Salió cuando las huellas de los fugitivos estaban frescas y pese a la oscuridad consiguió seguir su rastro hasta un paraje de funesto nombre, Stinking Springs, «manantiales hediondos». Allí, en el exterior de una pequeña y primitiva caseta de piedra abandonada, estaban atados los caballos de los fugitivos, que sin duda dormían en el interior. El sheriff y sus hombres se apostaron en el exterior, a cierta distancia para no hacer ruido, y esperaron a que amaneciese. Tarde o temprano, su objetivo terminaría saliendo.

La primitica casa de piedra donde Pat Garrett capturó a Billy el Niño (foto: DP)

La primitica casa de piedra donde Pat Garrett capturó a Billy el Niño (foto: DP)

Al despuntar el día, en efecto, vieron salir a un hombre. El impetuoso Garrett pensó que era Billy cuando creyó reconocer el sombrero ancho que este siempre llevaba puesto, así que ordenó abrir fuego. Una vez más, se equivocó. El hombre era Charlie Bowde, que fue alcanzado por varios disparos. Aunque consiguió volver a meterse en la caseta, estaba muy malherido y entendió que necesitaba ayuda médica. Desde el interior de la casa pidieron a Garrett que permitiese salir a Bowde. Garrett dio su permiso. Bowde apareció de nuevo, tambaleándose, y caminó lentamente hacia donde estaba el sheriff, aunque solo consiguió desplomarse sobre la nieve antes de llegar. No sobrevivió. Hoy, sus restos permanecen enterrados junto a los de Billy.

Transcurrieron las horas. Dentro y fuera de la casa, la tensión acumulada empezaba a pasar factura. Pero Billy, que se crecía en las situaciones de emergencia, ideó un osado plan de fuga consistente en aprovechar alguna distracción de sus perseguidores para meter los caballos en la caseta y después salir al galope desde dentro. Como ya había hecho en el asedio de la casa de Alexander McSween, su espíritu resultó contagioso. A punto estuvieron de conseguir meter un caballo, pero Pat Garrett se percató de la maniobra y disparó al pobre animal, cuyo cuerpo quedó tendido en el umbral de la puerta, bloqueándola y haciendo imposible un intento de huida. Billy y sus compañeros supieron que estaban atrapados. Al principio se negaron a rendirse. Garrett dejó que los suyos encendiesen un fuego para preparar la comida, sabiendo que el olor llegaría a los hambrientos prófugos. Después, en voz alta, los invitó a salir y unirse al festín. Una voz llegó desde dentro; era la respuesta de Billy: «¡Vete al infierno!».

Pero no pudo más que terminar entendiendo lo desesperado de su situación. Su captura, o su muerte, era cuestión de horas. Garrett no se iba a marchar. Garrett tenía comida y ellos no. Dedujeron que lo mejor era entregarse cuando la comida que ofrecía el sheriff estaba todavía caliente. Finalmente, se rindieron y salieron de la caseta. Garrett confiscó las posesiones más preciadas de Billy, su rifle Winchester y su yegua, que después daría a sus ayudantes como pago por participar en la misión. Aun así, cumplió con su palabra y compartió sus víveres con los fugitivos. Billy el Niño, pues, comió junto a Pat Garrett antes de ser conducido a Las Vegas en condición de prisionero. En Las Vegas, por cierto, se formó una multitud de curiosos para contemplar la llegada del que ya se estaba convirtiendo en el criminal más famoso del planeta.

Un juicio amañado

En Las Vegas tomaron el tren a Santa Fe, donde Billy pasaría sus primeros días detenido. El 27 de diciembre de 1880, encarcelado, concedió su primera entrevista. Habló con un reportero de Las Vegas Gazette, explicándole los motivos por los que se había entregado: «Podríamos habernos quedado dentro de la casa pero no había nada que ganar y nos hubiésemos muerto de hambre. Pensé que era mejor salir y comer bien, ¿no crees?». También negó que hubiese seguido dedicándose al robo de ganado: «Me he ganado la vida jugando pero porque era la única manera en que podía vivir. No me han permitido establecerme. Si me hubiesen dejado establecerme, hoy no estaría aquí». Así, con las muñecas esposadas, con grilletes en los tobillos y con cierto tono de resignación, se expresaba Billy en su primer contacto con la prensa. A sus diecinueve (o quizá dieciocho) años, parecía que le costaba hacerse a la idea de que el mundo lo estuviese conociendo como el peor criminal del momento. Por momentos hasta se lo tomaba con humor. Así fue como lo describió el reportero:

Tiene un rostro desvergonzado, pero agradable. Cuando lo entrevisté entre rejas esta mañana, estaba de ánimo conversador, aunque afirmó que nada de lo que él dijese sería creído por el público. Se rio de buena gana cuando se le informó de que los periódicos del estado le han construido una reputación solamente superada por la de Victorio. El Niño afirma no haber tenido nunca un gran número de hombres junto a él y que los pocos que estaban con él cuando fue capturado eran empleados de un rancho. Esta es su declaración y la ofrecemos en lo que vale.

James Dolan (sentado) Y Bob Olinger (en pie), dos de los peores enemigos de Billy el Niño (foto: DP)

James Dolan (sentado) Y Bob Olinger (en pie), dos de los peores enemigos de Billy el Niño (foto: DP)

Como se ve, Billy recibió con carcajadas la noticia de que su fama igualaba a la de uno de los grandes jefes indios del país, y además desmentía haber sido el jefe de ninguna banda, exculpando a sus acompañantes de cualquier crimen. A su vez, sus acompañantes trataron de desmentir, con poco efecto, muchas de las exageraciones que la prensa había publicado sobre Billy. Dijeron también que Billy nunca había sido el jefe de ninguna banda, cosa que era cierta incluso si tenemos en cuenta los breves momentos de liderazgo natural que había mostrado en situaciones desesperadas.

Billy podía reírse pero no debió de alegrarle tanto comprobar que ya no tenía salida. Se estaba preparando el juicio por los asesinatos de Buckshot Rogers y el sheriff William Brady, los dos cargos de los que se le acusaba formalmente. La pena, de ser declarado culpable, podía ser la muerte por ahorcamiento. Billy tuvo serias dificultades a la hora de encontrar un abogado. Intentó contratar al defensor de uno de sus compañeros, pero como no tenía dinero, su yegua era lo único que podía ofrecer como pago. Sin embargo, el animal estaba ahora en manos de uno de los ayudantes de Pat Garrett. Aquella confiscación era ilegal y Billy presentó una demanda judicial contra el sheriff para que le fuese devuelta la yegua. La demanda no tuvo el efecto deseado y de todas maneras el abogado terminó desentendiéndose. Aunque lo peor fue, una vez más, el significativo silencio del gobernador Wallace, el mismo que le había prometido la amnistía. Billy volvió a intentar ponerse en contacto con el gobernador mediante cartas escritas desde su celda. Primero una breve nota: «Estimado señor, me gustaría verle unos momentos si dispone usted de algo de tiempo». No hubo respuesta. Meses después, ya en primavera, poco antes del juicio, volvió a escribir ofreciendo un trato. Tampoco hubo respuesta. Exasperado, envió una tercera carta:

Al Gobernador Lew Wallace.
Estimado señor:
Le escribí una breve nota antes de ayer pero no he recibido respuesta. Supongo que usted ha olvidado lo que me prometió ahora hace dos años, pero yo no, y creo que debería usted haber venido a verme como le pedí. He hecho todo lo que le prometí y usted no ha hecho nada de lo que me prometió. Creo que cuando usted reflexione sobre el asunto vendrá a verme y podré explicárselo todo.
El juez Leonard pasó por aquí de camino al este, y prometió venir a verme a su regreso, pero no ha cumplido con su promesa. Parece que me están dejando desamparado. No estoy siendo bien tratado por [mi carcelero] Sherman, que permite pasar a cualquier extraño que venga a verme por curiosidad, pero no permite entrar a ninguno de mis amigos, ni siquiera a un abogado.

(…) Confío en poder verlo a usted en algún momento hoy.
Esperando pacientemente, sinceramente suyo,
Wm. H. Bonney

Es la carta de un joven recluso al que se le estaban terminando las opciones. Llevaba varios meses encarcelado sin que las autoridades hubiesen hecho honor a los pactos previos. Además debía de sentirse como un monstruo de feria, expuesto tras unos barrotes para que los curiosos lo contemplasen. Aún faltaban ocho años para que Jack el Destripador cometiese sus crímenes en Londres, y Billy el Niño era el personaje predilecto de los periódicos. El gobernador, ni que decir tiene, continuó ignorando sus reclamos.

El juicio iba a celebrarse en el tribunal de Mesilla. En circunstancias normales hubiese debido tener lugar en Lincoln, pero había poderes interesados en que no fuese así. Billy, de hablar ante un tribunal favorable o al menos neutral, era uno de los individuos que mejor podía construir la narración de todo lo sucedido en el condado de Lincoln durante aquellos años. Una narración que pondría en evidencia al «Círculo» de autoridades corruptas que todavía dominaba el estado. En Lincoln hubiese habido muchos testigos dispuestos a corroborar esa versióny hablar en favor de Billy. Muy interesados en eliminar al que ya era símbolo del bando perdedor en la Guerra de Lincoln, desde el Círculo presionaron para que el juez de Mesilla se ocupase del caso. Y el juez de Mesilla, claro, estaba bajo el control de los enemigos de Billy.

El juicio fue rápido, expeditivo y muy irregular. Billy no solamente era el único acusado en dos asesinatos cometidos en grupo, sino que el juez demostró ser un perfecto servidor de los intereses del bando ganador en la Guerra de Lincoln. Durante la primera jornada, sin embargbo, Billy fue brillantemente defendido por el abogado Ira Leonard, que hizo un buen trabajo al conseguir que el primero de los cargos contra el acusado (el asesinato de Buckshot Rogers) quedase desestimado por cuestiones de jurisdicción territorial. El abogado lo hizo tan bien que al día siguiente el juez —que no podía permitir la más mínima posibilidad de que Billy quedase también exento del segundo cargo— decretó la sustitución de Leonard. Aparecieron en la sala un par de abogados más cercanos a los intereses del Círculo, y desde luego menos dispuestos a salvar a su defendido. Las arbitrariedades del juez no terminaron ahí. Por ejemplo, no se permitió la escucha de testimonios favorables a Billy. En su contra, en cambio, sí declararon algunos hombres que habían estado implicados en asesinatos pero que ahora gozaban de la amnistía gubernamental. La guinda de la prevaricación del juez fue su alegato final, que parecía más propio del fiscal. Aunque siendo juez debía mantenerse neutral y limitarse a dictar sentencia según resultase el dictamen del jurado, condicionó a este diciendo cosas como «una vaga conjetura o la mera posibilidad de que el defendido sea inocente no es suficiente para provocar una duda razonable sobre su culpabilidad», o «para justificar un veredicto de culpabilidad no es necesario que estén ustedes [los miembros del jurado] tan seguros de que el defendido es culpable como lo están de que dos y dos son cuatro». El juez, pues, le estaba diciendo al jurado que Billy era culpable por defecto. Incluso asumiendo que Billy fue con mucha probabilidad el responsable directo de la muerte del sheriff Brady (como mínimo fue cómplice activo), la actitud del juez de Mesilla pone de manifiesto que ante el tribunal no estaban consiguiendo probar su culpabilidad con total certeza, ni siquiera impidiendo testimonios a su favor o boicoteando a su abogado. Se había necesitado condicionar al jurado. Aunque Billy no fuese inocente, el juicio sí constituyó una farsa con el fin único de condenarlo a la horca. El jurado lo declaró culpable. Era un 13 de abril. Billy el Niño quedó sentenciado a la horca. La fecha de su ejecución quedó establecida para el 13 de mayo, justo un mes después. El lugar sería el condado de Lincoln, a donde debía ser trasladado a continuación.

Juzgado de Lincoln, escenario de la espectacular fuga final de Billy el Niño (foto: DP)

Juzgado de Lincoln, escenario de la espectacular fuga final de Billy el Niño (foto: DP)

La fuga

Tras el juicio, Billy empezó a sentirse molesto con algunos periodistas, que a sus ojos estaban tratando de «provocar a la multitud para que me linchen». Estaba dándose cuenta de que lo retrataban como a un monstruo. El viaje a Lincoln puso a prueba su compostura. Se le adjudicó una escolta de siete hombres que le dejaron las cosas bien claras desde un inicio: no iban a dejar el más mínimo resquicio para una posibilidad de escape. Le hicieron saber que, de producirse un ataque externo ya fuese de sus partidarios queriendo rescatarlo o de sus detractores queriendo lincharlo, el asunto sería solucionado de manera preventiva metiéndole una bala en la cabeza. Para colmo, entre sus guardianes figuraban tres pistoleros que habían peleado contra él en la Guerra de Lincoln, incluyendo a uno de sus enemigos más acérrimos, Bob Olinger, que había matado a uno de sus mejores amigos.

Imaginen sus pensamientos durante los cinco días que duró el traslado, sabiendo que ante cualquier incidente la primera medida sería la de volarle la cabeza. Y si no, tenía la horca esperando en cuestión de semanas. Aun así, parece que conservó el buen ánimo, según recuerdan los testigos. Uno de sus guardianes diría después que «nunca, ni de palabra ni en acto, mostró sus prejuicios, si es que los había». Esto, sin embargo, no evitó que su odiado Olinger se divirtiese maltratándolo. Cuando llegaron a Lincoln, Billy fue encerrado en una celda del juzgado. En el turno de guardia diario solían estar Bob Olinger y un individuo más amable llamado James Bell. Olinger llegó a someter a Billy a torturas y palizas. Parece que fue el único y que los demás guardias se abstuvieron de actuar con violencia, comportándose con corrección, incluso con respeto y simpatía. Pero nadie tuvo el valor o la entereza de pararle los pies al sádico Olinger. Billy, por su parte, no iba a olvidar ni perdonar esos maltratos.

Lo que nadie esperaba era que Billy volviese a fugarse. Parecía imposible. Llevaba esposas y grilletes. Estaba desarmado. No era un individuo particularmente fuerte. Pero durante su agitada vida, todas las veces que había sido detenido o capturado había conseguido escapar. Este es uno de los aspectos más llamativos de su leyenda, que por una vez sí responde a la realidad. Y esta, su última captura, la que desembocó en su juicio y condena a muerte, no fue una excepción. Su fuga iba a dejar atónito a todo el país.

Cada día, Olinger y los ayudantes del sheriff Pat Garrett iban a comer a una cantina que había justo enfrente del juzgado. Por turnos, uno de ellos se quedaba de guardia vigilando a Billy, que estaba en su celda, esposado y con las piernas encadenadas entre sí. Todo parecía en orden y nadie podía imaginar que el Niño intentaría una huida. Sin embargo, había un pequeño detalle en el que no habían reparado: el modelo de esposas que Billy llevaba puestas. Aunque por entonces ya se habían inventado las esposas regulables, eran una novedad tecnológica de la que solamente disponía la policía de grandes ciudades. En Lincoln, al menos, continuaban con el sistema antiguo de esposas rígidas que se vendían por tallas. Resultó que Billy, gracias al pequeño tamaño de sus muñecas, descubrió una manera de zafarse de las que llevaba puestas. El 28 de abril, Billy acababa de perfeccionar la técnica para desembarazarse de sus esposas. Durante la hora de la comida, decidió que había llegado el momento de intentarlo, porque además Pat Garrett no estaba en el pueblo. Su vigilante de guardia era James Bell, a quien consideraba menos duro que Olinger. Pidió ir al retrete. Bell lo sacó de la celda. Billy, esposado y encadenado, caminaba delante. Su guardián iba detrás, con la pistola enfundada. De repente, cuando estaban junto a las escaleras que conducían a la planta baja, Billy se dio la vuelta con la velocidad del rayo. Estaba libre de las esposas. Con un felino movimiento golpeó a Bell en la cabeza y le arrebató el revólver del cinto. Luego le apuntó, pidiéndole que se quedase quieto para no tener que dispararle (como decíamos, Bell era el guardia que mejor lo había tratado). Pero Bell comenzó a correr escaleras abajo. Billy, que llevaba grilletes y no podía alcanzarlo, se limitó a dispararle. El disparo fue mortal. El cuerpo de Bell quedó tendido al pie de la escalera. Aquel fue el único asesinato del que Billy verdaderamente se arrepintió porque no tenía nada en contra de su víctima.

Pero todavía no tenía tiempo de lamentar su acción. Sabiendo que el disparo haría regresar a Olinger, pensó que necesitaba algo más certero que un revólver, arma que resultaba eficaz a muy corta distancia pero no cuando el objetivo estaba algo más alejado. A toda prisa, corriendo —es un decir— con sus grilletes, fue al despacho de Olinger, donde sabía que este guardaba un rifle Winchester que en ocasiones había usado para golpearle y torturarle. El rifle Winchester, además, era el arma predilecta de Bily. Armado con él, se asomó a la ventana para localizar a Olinger. Esta vez sí estaba dispuesto a matar a sangre fría al hombre que lo había torturado. Vio a Olinger cruzando apresuradamente la calle en dirección al juzgado. Billy gritó desde la ventana: «¡Hola, Bob!». Este, sorprendido, miró hacia arriba y vio a Billy con su Winchester. Según cuenta la leyenda, en aquel momento salió un empleado del juzgado gritando «¡Billy ha matado a Bell!», a lo que Olinger, a descubierto en mitad de la calle bajo la mira de un tirador con puntería infalible, respondió proféticamente: «Sí, ¡y me ha matado a mí también!». Fuesen o no pronunciadas esas palabras de película, lo que sí es un hecho es que la célebre puntería de Billy el Niño continuaba intacta. Disparó desde la ventana y Olinger cayó muerto a la primera.

Billy bajó y salió al exterior del juzgado, acompañado por algunos amigos que habían acudido corriendo al escuchar los disparos (uno de ellos le oyó murmurar una disculpa cuando pasaba junto al cadáver de Bell). Usaron un pico para intentar quitarle los grilletes. Nadie intentó detenerlo. Según contaría después Garrett, la gente le tenía demasiado miedo a Billy, aunque parece más verosímil y consistente con otras fuentes la versión de que la población local simpatizaba con él. Billy, de hecho, llegó a hablar con los presentes, diciéndoles que no había sido su intención matar a Bell. Eso sí, Billy permanecía con un arma en la mano, impidiendo que se le acercase nadie excepto sus amigos más cercanos. Cuando finalmente consiguió montar a caballo para salir de Lincoln, todavía llevaba un grillete en uno de los tobillos. Una vez más, estaba en libertad. Esta última hazaña de su carrera iba a convertirlo, ya definitivamente, en el criminal más famoso del mundo.

En la esquina superior izquierda, la única fotografía certificada que existe de Billy el Niño. El resto son fotos de la misma época que se han pretendido hacer pasar por suyas, pero sin que exista una constancia clara de que lo son.

En la esquina superior izquierda, la única fotografía certificada que existe de Billy el Niño. El resto son fotos de varios individuos que datan de la misma época y que se han pretendido hacer pasar por suyas, pero sin que exista una constancia clara de que lo son.

 Epílogo

Billy era muy querido en Fort Sumner y tenía muchos buenos amigos, que estaban muy indignados con Pat Garrett. Si hubiese estado presente algún líder local, Garrett y sus dos oficiales hubiesen recibido el mismo destino que ellos le dieron a Billy (Frank Lobato, residente de Fort Sumner).

Garrett tenía miedo de volver a la habitación para asegurarse de comprobar a quién había matado. Yo entré y fui la primera en descubrir que habían matado a mi chiquillo. Odié a aquellos hombres y soy feliz por haber vivido lo suficiente como para verlos a todos muertos y enterrados (Deluvina Maxwell, sirvienta y amiga de la novia de Billy).

La opción más sensata para cualquiera en la situación de Billy era la de dirigirse al sur, hacia México. Si lograba cruzar la frontera estaría fuera del alcance de la justicia estadounidense. Pero Billy era joven e incauto. Es muy probable que cuestiones sentimentales le hiciesen permanecer en Nuevo México, donde tenía una novia, amigos y un entorno que era lo más parecido a una familia. También es posible que pensara que allí tenía gente que lo protegía mientras que en México estaría a merced de los cazadores de recompensas. Quién sabe lo que pasaba por su cabeza. Lo único seguro es que no se marchó. Aquel fue su último error.

Pat Garrett, huelga decirlo, se había lanzado de nuevo en su busca. Esta vez tenía un abanico mucho más restringido de posibles escondites. Con una condena de horca pendiente, Billy no confiaría su suerte a cualquiera. De hecho, como ya contamos en la primera parte de esta serie, se refugió en casa de la familia mexicana Maxwell, con una de cuyas hijas, Paulita, estaba manteniendo una relación. Al astuto Garrett no le costó encontrar su pista. Recordarán que contamos cómo el sheriff entró en la casa, interrogando en la penumbra al hermano de Paulita, Pete Maxwell. Y cómo Billy, casualmente, salió al exterior para buscar algo de comer y vio a un par de hombres merodeando; eran los dos ayudantes de Garrett, aunque él no lo sabía. Cuando volvió a entrar en la casa para avisar a su amigo Pete, distinguió dos siluetas en vez de una en la oscuridad de la habitación. Sin sospechar quién era el misterioso visitante, preguntó en español:

¿Quién es? ¿Quién es?

Al oír aquella voz, Garret disparó dos veces. Una de las balas alcanzó a Billy, que cayó al suelo. En la oscuridad, Garrett y Pete Maxwell escucharon una especie de gruñido en el que podían percibir el borboteo de la sangre. Pocos instantes después, el silencio. Billy el Niño había muerto. Garrett salió de la habitación sin comprobar que aquel era cadáver de Billy. Parecía trastornado por la situación. Fueron los amigos de Billy quienes comprobaron su identidad mientras Garrett permanecía en el exterior. Los disparos alertaron al vecindario, cuyos habitantes empezaron a acercarse a la casa para encontrarse con un singular espectáculo: Paulita Maxwell gritando y llorando mientras daba puñetazos en el pecho de Pat Garrett.

La investigación posterior determinó que la muerte de Billy el Niño se había producido en legítima defensa, porque Billy llevaba en la mano el cuchillo con el que había pretendido cortarse un filete de la despensa, motivo por el que había salido de la casa. En realidad Billy no había atacado a Garrett. La versión oficial de los hechos era falsa, pero nadie la iba a contradecir. Entre tanto, la noticia saltó a los periódicos de ambos lados del Atlántico. En la prensa británica se escribieron informes biográficos sobre sus correrías. Los diarios estadounidenses llenaron sus páginas de exageraciones que hoy pueden parecernos incluso cómicas. Un periódico neoyorquino decía que Billy dirigía un imperio criminal comparable al de las mafias de algunas ciudades europeas, cuando sus únicas posesiones habían sido un rifle y un caballo. Más delirante era la crónica de un diario de Santa Fe, que describía con tintes fáusticos el momento de la muerte de Billy. Según aquel periódico, la habitación se había llenado de olor a azufre y por unos instantes se había visto revolotear sobre el cadáver de Billy una «oscura figura con alas de dragón, garras de tigre, ojos como bolas de fuego y cuernos de bisonte».

Esas absurdas imágenes más propias de una película de terror no aparecían en la versión de los hechos que Pat Garret publicó dos años después con el título de La auténtica vida de Billy el Niño. No obstante, el libro tampoco tenía mucho de auténtico. Garrett se había convertido en un héroe, pero en Nuevo México había muchos que cuestionaban su relato de los hechos. En el libro los manipuló a su conveniencia, contradiciendo un buen número testimonios contemporáneos. Pintaba a Billy casi como un psicópata sediento de sangre y en general justificaba su propia actuación en el momento de matarlo. Pero como ya decíamos en la primera parte, la versión de Garrett, pese a no vender bien en su momento, se impuso durante mucho tiempo. La popularización de la única fotografía de Billy el Niño ayudó a trazar el retrato de un joven embrutecido, algo que se correspondía bien poco con la realidad, pero que encajaba bien con la versión oficial y sobre todo con la versión de Pat Garrett.

El recuerdo de Billy el Niño, tal y como puede reconstruirse por los testimonios de quienes lo conocieron, quedó pues sepultado bajo los mitos y exageraciones de multitud de novelas y películas. Es, por ejemplo, uno de los personajes que ha aparecido en un mayor número de largometrajes, si acaso el que más. Hoy es el nombre más célebre en la historia del salvaje Oeste. El original de su única fotografía fue vendido por una fortuna —más de dos millones de dólares— y actualmente es la séptima fotografía más cara de todos los tiempos. De hecho, ha habido quienes han intentado hacer el agosto «descubriendo» fotografías alternativas de diverso pelaje. Cada vez que se descubría una foto de la época mostrando a un joven cuyas características físicas pudiesen recordar vagamente a Billy, se pretendía haber encontrado su segunda imagen auténtica. En mi opinión no hay razones para pensar que alguna de ellas sea verdadera, excepto la que ya conocemos. Entre otros motivos porque Billy era mundialmente famoso antes de su muerte y dejó atrás muchísimos testimonios de amigos cercanos, antiguos compañeros de colegio, o personas que lo conocieron circunstancialmente. Es muy probable que ni siquiera hubiese cumplido los veinte cuando murió, así que imaginen la cantidad de gente que lo sobrevivió y que pudo haber sabido de la existencia de otras fotografías suyas. Pero ninguno de sus conocidos mencionó jamás ninguna otra. En aquellos tiempos la gente no se hacía demasiados retratos y una cámara fotográfica era una rareza, manejada casi exclusivamente por profesionales del ramo. Basta pensar que ni siquiera los reporteros de los periódicos llevaban consigo una, u hoy tendríamos más imágenes certificadas de Billy.

La vida de Billy el Niño fue una epopeya tan breve e intensa que parece nacida de la imaginación de un novelista. En cualquier caso es la perfecta metáfora de la violenta vida en aquella Norteamérica fronteriza donde muchas cosas se resolvían a base de balazos. Billy, hijo de inmigrantes y después huérfano, fue delincuente, cowboy, aventurero y, al final, la inesperada cabeza de turco de un sistema corrupto. También el espectáculo favorito de los lectores de periódicos. Todo ello en el mismo tiempo que tardaba cualquier chaval normal en terminar sus estudios. Aunque quizá nada sea tan ilustrativo para resumir la naturaleza trágica de su existencia como echar un vistazo a las últimas palabras de la última carta que Billy escribió desde su celda a una edad en que otros chavales estaban estudiando. Una carta con la que trataba de conseguir la ayuda de un abogado para conmutar su sentencia de muerte.

Disculpe por la mala escritura; estoy con las esposas puestas.
Respetuosamente suyo,
W.H. Bonney

11 comentarios

  1. Pingback: La leyenda de Billy el Niño (III): la traición - Jot Down Cultural Magazine

  2. Fantástica serie de artículos, muchas gracias.

  3. Una vez mas sensacional articulo sobre Billy.

  4. Genial serie de relatos. Enhorabuena.

  5. Muchas gracias por los artículos. No me he perdido ni uno y además destaco la objetividad en el trato a la figura del protagonista.

  6. Estas series de artículos sobre personajes son de las mejores cosas de JotDown. Seguid así.

    De Billy el niño siempre me viene a la canción esta canción: https://youtu.be/5mMfJIIF328

    Con una frase que describiría bien su situación.

    They’re gonna hang me if I stay here, and shoot me if I run

  7. Genial toda la historia. Nunca me había acercado a conocer la historia de Billy el Niño, más allá de las pequeñas referencias en películas y series.

    Como me ha pasado anteriormente con estas “sagas” de artículos que haces (Bobby Fisher, Los misiles de cuba, John Gotty), he disfrutado muchísimo porque consigues que me sienta parte de la historia.

    Eres un grande Sr. E.J. Rodríguez

  8. Muy buena serie de artículos sobre la vida de este personaje, que si no es por detalles menores, podría estar pasado en la actualidad, dado los gobiernos tan corruptos que nos gobiernan.

  9. Geniales los 4 artículos sobre Billy. Me han recordado mucho a las dos pelis de Arma Joven.

  10. Gracias por estos 4 artículos.

  11. genial historia de Billy el niño, me encanto por todos lo ingredientes que la sustenta, se da a mi modo de entender la lealtad para con quien le tendió la mano su patrón, la ambición, la avaricia, venganza , defensa de la vida, la libertad, el amor , en fin es mucho mas.

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