Jot Down Cultural Magazine – Metal extremo: orgullo y prejuicios (y II)

Metal extremo: orgullo y prejuicios (y II)

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Actuación de Mayhem en 2013. Foto: Emerson Posadas (CC)

Actuación de Mayhem en 2013. Foto: Emerson Posadas (CC)

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Una vez que en el artículo anterior tratamos los elementos éticos, temáticos y estéticos del metal extremo, es posible que tales asideros culturales hayan generado un interés en el lector neófito por la forma misma de la música o, mejor dicho, por su sonido (la cursiva es importante).

En este sentido, uno de los problemas que comporta en la actualidad la asimilación de los movimientos actuales más rupturistas, sean del tipo que sean, consiste en su acepción superficial, de lectura diagonal, de parpadeo instagrámico o de mera opinión tuitera. Sin embargo, a diferencia de la inmediata recepción de las artes visuales tradicionales, la música, como en principio el cine, marca por su naturaleza un sentido del tiempo que le es propio e irresumible, y que como tal debe ser procesado por el acto de la escucha.

Sin embargo, como también mencionábamos, hay en el metal extremo una dificultad añadida, y es que en general (contemplaremos excepciones) su sonido se suele antojar monolítico, enmarañado, indiscernible, agresivo, atonal y muchas veces abiertamente hostil, lo que provoca, en principio, lógicas reacciones de rechazo.

Hay otra música, sin embargo, en lo que aparentemente es el extremo opuesto del espectro cultural y musical que resulta igual de monolítica, enmarañada, indiscernible… Y tan indigerible para el recién llegado como nuestro metal extremo. Hablamos, por supuesto, de otro universo hecho en base a la experimentación de los sonidos (a veces, como veremos, por oposición a la tradición musical occidental), silencios y texturas, y que como nuestro rechazado metal se engloba conceptualmente en una miríada de términos, escuelas y estilos como el atonalismo, el futurismo, el serialismo, la disonancia, la politonalidad, los clústeres, el minimalismo y un largo etcétera. Es, en conjunto, un movimiento que mezcla nombres que sonarán a cualquiera (como Philip Glass o John Cage) junto a otros más oscuros e ignotos, incluso para los iniciados.

Sería inútil buscar una relación directa de influencia formalista o temática con el metal extremo hasta la fecha (aunque tengo la certeza de que llegará a ocurrir, y de aquí a no mucho tiempo), pero si algo tienen en común ambas manifestaciones musicales es la exigencia que impone al oyente el aparente radicalismo de sus propuestas, y que dentro de sus mundos respectivos, tanto la música mal llamada «clásica» o sinfónica como el rock o la música popular, son las menos escuchadas.

Como el aficionado a Ferneyhough, Von Bose o Pablo Rivière sabe, dichos compositores se reservan para ciclos específicos en los auditorios tradicionales; e incluso dentro de la muy cualitativa Radio 3 de la BBC tales estilos son meramente representativos. Es una música compleja, difícil y quizá lo más importante: para el recién llegado que no quiere hacer esfuerzos, es hasta fea.

Efectivamente, no trata de satisfacer al oyente con momentos dulces, melodías pegadizas, arias heroicas o estructuras tradicionales y fáciles de asimilar, sino que se recrea en la disonancia, incómodos silencios de blanca y, en ocasiones, el puro ruidismo. Sin embargo, y aunque suponemos que pocos se relajan en casa con obras de Stockhausen o Russolo o las llevan en su iPod  para hacer su día más llevadero, identificamos este universo con una alta cultura de ejecutantes en frac y tiros largos, salas de conciertos institucionales y patrocinios bancarios, que sin duda al menos le dan una respetabilidad y un sello de calidad obvios. Es, como decíamos en el artículo anterior, la celebración de la sofisticación electa.

Es por esta dificultad de asimilación, cuando no incómodo rechazo, que, obviamente, la industria musical de lo masivo y lo popular no se ha preocupado por introducir un equivalente en su maquinaria de producción, pero acaso por accidente y selección natural es precisamente lo que proporciona, al menos en lo formal y como experiencia auditiva (y no pocas veces también conceptualmente), el metal extremo.

Pero ¿cómo asimilar su validez dentro del espectro musical popular? ¿Qué asideros tenemos para poder apreciarla más allá del aparente ruido que conforma? ¿Cómo puede ser compatible con nuestras sensibilidades la agresividad, oscuridad y demencia que parece contener? Veamos tres elementos sonoros que lo hacen especialmente difícil y cuya comprensión teórica puede despejar algunas dudas.

El metal extremo no es heavy metal

Black Sabbath en 1970. Imagen: Warner Bros. Records.

Black Sabbath en 1970. Imagen: Warner Bros. Records.

Es comprensible que, para la mayor parte de no iniciados, el metal extremo y el heavy metal parezcan la misma cosa. Sus seguidores, en muchos casos, lo aparentan ser y, ciertamente, muchos escuchan músicas de ambos movimientos. Y es por ello que bastantes de los tropos, lugares comunes y manierismos de uno se aplican al otro. Pero ni musicalmente, ni por lo que se refiere a la ética o a la estética, hablamos de lo mismo.

La manera más fácil de diferenciarlos, haciendo un ejercicio de siempre injusta pero clarificadora simplificación, es que el heavy metal está basado en presupuestos conservadores, mientras que el metal extremo contiene en sí una tensión progresista que lo impulsa a romper inevitablemente sus propias normas y formas, renovando sus posibilidades ad infinitum.

¿Se imagina un aficionado que Iron Maiden, Blind Guardian o Rage aceptaran realizar remezclas techno de sus temas? Es lo que hicieron clásicos como Morbid Angel, Napalm Death y Brutal Truth en el recopilatorio de Earache Hellspawn (Extreme Metal Meets Extreme Techno). ¿Se imaginan a Manowar incluyendo ritmos, influencias e incluso trompetas afrocaribeñas o brasileras en cualquiera de sus discos? Pues tales influencias pueden oírse en discos como World Demise de Obituary, Chaos A. D. de Sepultura o en los mexicanos Acrania en su reciente Fearless. ¿Es habitual escuchar toques o pasajes de jazz en elepés de Saxon, Hammerfall o Grave Digger? Pues dichos elementos, por ejemplo, tomados del jazz fusión son claramente apreciables en discos clave de grupos de death metal técnico como Atheist, Cynic o Pestilence (Elements, Focus y Spheres, respectivamente).

El heavy metal es un universo admirable por el orgullo que manifiesta por sus logros musicales, coros épicos, solos virtuosos, fidelidad a un estilo de vida y veneración infinita por sus héroes clásicos, como los inmortales Judas Priest, Motörhead o Led Zeppelin. Sin embargo, en lo musical siempre se ha encontrado más cómodo perpetuando indefinidamente los tropos de esas bandas, además de incontables otras como Deep Purple, Rainbow o Black Sabbath… más los aportes puntales del thrash metal, el hard rock, o incluso el folk; pero nunca ha renunciado a sus estructuras básicas ni —lo más importante— a su raigambre con los sonidos melódicos, clásicos y derivados del blues.

Este último factor es precisamente el que empieza rechazando de plano el metal extremo, con su nacimiento propuesto en 1981 con Welcome to Hell de Venom. Uno de los méritos de la banda británica, tantas veces incluida de forma forzada en la NWOBHM, consistió precisamente en tomar la distorsión, la épica y el sentido del espectáculo del naciente heavy metal, sí, pero sustituyendo el sentido de la melodía y los modos del blues por una influencia contemporánea mucho menos «agradable»: el punk.

Efectivamente, el recién nacido metal extremo abraza el punk vía Venom y lo empieza a desarrollar con los primeros grupos de culto, como los suizos Hellhammer o los suecos Bathory. Son aún recordadas y comentadas las incontables críticas destructivas que la prensa del rock y el heavy metal tradicionales dedicó a estos pioneros, sin entender lo más mínimo que se estaba creando una actitud inédita y un sonido nuevo.

Y es el componente punk lo que no solo cambia este sonido del primer metal extremo hacia lo bárbaro, primario y, en suma, primitivo (¿no hacía lo mismo el expresionismo?), sino que además dota al movimiento de algo capital: la irreverencia. Pero, ojo, no solo hacia el resto de manifestaciones musicales (a las que, en realidad, tiende a ignorar), sino que este sentido del desacato se aplicará a cualquier intento de sistematizar u homogeneizar su sonido, incluso si las presiones vienen de dentro.

Es por ello que en el metal extremo hay dos tensiones, una más que conservadora y otra absolutamente liberadora, que se mezclan, oponen, pelean y enfrentan en la carrera de cada uno de los grupos que pertenecen a él, y que puede hacer que una banda comience haciendo brutal death metal y acabe haciendo pop rock sinfónico (Anathema), otra inaugure el estilo llamado death metal sueco y acabe rozando el garage rock escandinavo (Entombed) y otra empiece en un cavernoso ámbito doom/death para lograr superventas del más sensual technopop gótico (Paradise Lost).

Lo interesante es que el componente punk llega a crear un sentido de autocrítica, metarreferencialidad e incluso autoparodia (como cualquier fanático de Darkthrone sabe) que en el heavy metal está presente, pero de forma accidental, inconsciente e ingenua (lo que inmortalizan películas como Spinal Tap o Anvil), y en el metal extremo es tan paradójicamente serio como fomentado y aceptado (bandas como Immortal, Impaled Nazarene o gran parte del universo del thrash metal lo utilizan como leitmotiv a menudo).

¿Qué ocurrirá cuando en una década o dos los mayores referentes del heavy metal hayan desaparecido? Suponemos que habrá una plétora de incontables bandas que prolonguen su sonido de forma fiel y reverenciada, y que este será básicamente el mismo, una recreación continuista ad infinitum que reproduzca lo que los dioses del estilo han logrado, tal y como ocurre con estilos como el garage rock, el jazz de Nueva Orleans, la mayor parte del country o cierto tipo de cantautores.

Sin embargo, ¿quién puede imaginar qué rupturas, mezclas, avances, revoluciones y nuevos caminos habrá abierto el metal extremo…?

El muro sonoro: brutalidad, distorsión y ruido

Actuación de Obscura. Fotografía cortesía de realmofobscura.com

Actuación de Obscura. Fotografía cortesía de realmofobscura.com

Otro de los elementos que más suelen chocar a quien se enfrenta por primera vez a casi cualquiera de los estilos del metal extremo es la enorme cantidad de distorsión que presentan las guitarras, el alto volumen de la intensamente omnipresente batería, o la profundidad y densidad de un bajo que, como el resto de instrumentos, habitualmente está afinado varios tonos más graves de lo normal… Todo lo cual configura un muro de sonido que para el novato es puro ruido y para el iniciado es un conjunto de matices siempre distintos y siempre notables.

Además hay un elemento que choca especialmente a la gente: la voz. Si bien no es para nada una norma que esta deba ser agresiva (en sus variedades de «gritada», «rasgada» o «gutural», entre otras), el hecho de que en ocasiones esta sea tan grave echa para atrás a no pocos extraños y propios (de nuevo, es fácil que incluso los aficionados al rock o al heavy metal, acostumbrados al sonido distorsionado, se quejen de la estridencia o guturalidad de la voz).

Este es, sin duda, el conjunto de elementos meramente sonoros que más rechazo puede causar a cualquier curioso. ¿Cuál es el sentido de tanta distorsión? ¿Por qué muchas de estas bandas parecen rozar el ruido en sus discos? ¿Por qué ese ánimo por realizar una música lo más brutal posible?

La respuesta a esta pregunta nos la da uno de los mayores expertos en jazz del mundo, autor, entre otros, del famoso The History of Jazz y el imprescindible The Standards of Jazz, Ted Gioia. En su último libro, How to Listen to Jazz, el músico y crítico nos recuerda lo que tantas veces olvidamos: que existen otras tradiciones más allá de la europea y occidental a la hora de crear arte.

Gioia nos recuerda que la tradición africana concibe la música como la creación de sonidos, que obviamente no es lo mismo que notas. Occidente (que sigue dominando hoy en día en la música popular) basa su música en el sistema pitagórico de las notas escaladas en doce subdivisiones, convención que llega hasta nuestros días. Pero la tradición africana permaneció durante siglos libre de tal constreñimiento, pudiendo basar su música en otros tipos de gradación de sonidos distintos a la de las notas, igualmente valiosos, por rudos o «primitivos» que les parezcan a muchos «occidentales». Gioia demuestra cómo el jazz se enfrenta desde sus orígenes a esta tensión, y los resultados, obviamente, conforman uno de los estilos más ricos de la historia de la música.

Tras esta aclaración, es más fácil entender que el metal extremo basa igualmente, al menos en parte, su arte en la creación de sonidos. Es cierto que, por el tipo de instrumentos trasteados que se tocan (guitarras y bajo), hay notas en la mezcla. Pero también es verdad que la manera de tocarlas, particularmente atonal, en ocasiones cromática, rechazando las convenciones de los modos y escalas tradicionales, convirtiendo los instrumentos en recursos melódico-percusivos y sumergiendo su sonido en una masa de distorsión uniformizadora, en muchos casos anula el efecto de las notas y nos proporciona algo diferente: una textura.

Apreciar y distinguir estas texturas es uno de los mayores placeres y emociones del metal extremo: desde los ultragraves arrastrados de bandas de death metal como Incantation hasta las veloces virguerías que los alemanes Obscura nos aportan; desde el elegante y crudo minimalismo de los primeros discos de Skepticism dentro del estilo llamado doom/death hasta el gélido sonido de escarcha y viento que, en sus vertientes más atmosféricas (Burzum) o más rápidas (Enslaved), nos proporcionan los grupos del black metal noruego.

Pero ¿por qué los gritos?, quizá se siga preguntando el lector. Obviamente, hay varias explicaciones técnicas, como que la voz logra escapar de esta manera por completo de la necesidad de emitir o entonar notas; que la tesitura ultragrave o rasgada del vocalista termina semejándose a la distorsión de las guitarras y proporciona una capa más a la textura global; que, a veces, la cantidad y velocidad a la que se emiten las notas haría muy forzado o inútil emitir melodías vocales afines…

O, simplemente, porque el grito, usado no pocas veces en otras disciplinas artísticas, es la manifestación más clara, sincera y natural del dolor y del odio humanos.

Del baterista como ametralladora: blast beats e hipervelocidades

Otros factores que también saltarán a la cara, o más bien a los oídos, de los recién llegados al estilo son otras peculiaridades a las que, aparentemente, el metal extremo está sacando más partido que nadie, y que tanto impresionan y extrañan a los ajenos, como son, de nuevo, los extremos tempos a los que se mueve la máquina metálica. No son nuevos, tampoco: muchos baterías de jazz pueden competir con los de grindcore.

Pero, de nuevo, se suele cometer un error y tomar la parte por el todo: tal y como la voz gutural en absoluto es la única opción dentro de estilos como el death metal, las más altas velocidades no son necesariamente dominantes en él o en el black metal. Sí que representan una gran parte de su identidad, y un recurso frecuente, pero insistimos: no ha de tomarse como un requisito.

Ciertamente, pese a todo, es tan importante este concepto que comenzó a desarrollarse con el thrash metal y las influencias punk (la banda norteamericana Repulsion es el precedente, no único, pero sí más recordado), tan importante es, decimos, que el metal extremo ha desarrollado un nombre propio para esta técnica baterística, que denominamos blast beat.

De nuevo, sería simplista pensar en dicha técnica como un recurso de escasas posibilidades, cuando tiene muchas variaciones y usos, desde su utilización a modo de repuntes en los complejos temas del death metal técnico (Necrophagist) (en no pocas ocasiones mezclado con complejas síncopas) a las largas cabalgadas del ubicuo black metal noruego (Isvind) con su capacidad de inducir al trance; los acentos incisivos y ametrallantes del black/death (Zyklon) o las ráfagas desgarradas del más combativo grindcore (Agoraphobic Nosebleed).

El oyente debería no solo saber apreciar la evidente capacidad atlética de los bateristas que utilizan este tipo de técnica, o el entrenamiento que es necesario para replicar los más complejos compases y breaks a tales velocidades, sino, simplemente, dejarse llevar por la machacona intensidad de esos sublimes momentos de veloz ostinato que constituyen algunos de los mejores, más explosivos y liberadores clímax de estos estilos. Por otra parte, y como puede imaginarse, no todo es velocidad: hay un alto rango de tempos dentro de todos nuestros estilos, y es perfectamente normal encontrar también los ritmos más solemnes, arrastrados y lentos, hasta límites difícilmente creíbles.

No obstante, si pese a esta explicación el lector solo sigue oyendo un galimatías de notas indiscernibles a una velocidad absurda y endiablada, no debe preocuparse: las personas que escuchaban por primera vez a Charlie Parker y Dizzy Gillespie en los años cuarenta en plena explosión del bebop… se sentían exactamente igual.

Algunos hicieron un esfuerzo por entender, y otros, no.

Contra el minotauro metálico: el laberinto de los estilos

Cliff Burton y James Hetfield de Metallica en 1984. Imagen: Elektra Records.

Cliff Burton y James Hetfield de Metallica en 1984. Imagen: Elektra Records.

Para terminar, hay otro elemento propio del universo del metal extremo que lo hace particularmente difícil para el recién llegado, y es la increíble variedad de estilos y subestilos que lo han compuesto, y que siguen desarrollándose treinta y cinco años después de que Venom abrieran el primer agujero negro en este universo.

Entendemos, pues, que el lector que haya llegado a este punto tiene un interés declarado por sumergirse en tan oscuras y fangosas aguas, por lo que a continuación haremos un breve recorrido por cada uno de ellos, esperando ser capaces de sintetizar en pocas palabras ese logro concreto, ese matiz o ese detalle que los singulariza, para que se entiendan y asimilen mejor, al menos hasta que llegue el temible momento de pulsar play.

Advertimos, no obstante, que la siguiente clasificación, basada en criterios y cánones tradicionalistas, mantiene las fronteras entre uno y otro estilo o subestilo tan borrosas como cabría esperar, lo que hace que cualquier exploración sea aún más desafiante y satisfactoria. Personalmente, la última vez que intenté resumir una historia como esta terminé escribiendo un libro de seiscientas páginas… pero esta vez intentaré ser más breve.

De forma cronológica, alguien que quiera entrar en materia de la manera más imprudente, arriesgada y a pecho descubierto (opción solo recomendada para quienes ya gusten de músicas difíciles), puede empezar con lo que llamamos pioneros del metal extremo. Son varias bandas las que representan mejor el sentido macarra, ruidoso e irreverente del primer coito entre punk y heavy metal, y que recogen la frescura, transgresión y el ambiente violento, oscuro y nihilista que siguen siendo hoy una influencia clave y un logro a respetar.

Hablamos, por supuesto, de los citados Venom, cuya trilogía imprescindible es Welcome To Hell, Black Metal y At War with Satan; el resto de su dilatada y respetable carrera no llega a superar estas mugrientas joyas. De la semilla de Venom emergen dos grupos fundamentales, uno de ellos un proyecto individual llamado Bathory, del difunto y recordado joven sueco Quorthon, entre cuyos méritos está haber incorporado en la segunda parte de su carrera los temas vikingos e influencias del heavy metal que abrirían camino a las vertientes más folk; en cualquier caso, de escucha difícil pero imprescindible son Bathory, The Return…… (sic) y Under the Sign of the Black Mark. Los otros venomitas que se convirtieron en clásicos eran una banda suiza llamada Hellhammer, liderada por un visionario llamado Tom G. Warrior: solo sacaron varias incomprendidas demos y elepés que serían recopiladas bajo el título de Demon Entrails. Lo interesante de este grupo es que mutaría en otra criatura llamada Celtic Frost, que con Morbid Tales, To Mega Therion e Into the Pandemonium prácticamente anticiparían la mayor parte de los estilos de los veinte años siguientes, lo que de por sí inspira el suficiente respeto. Los avatares de la vida, ya en el nuevo milenio, transmutarían a Celtic Frost en Triptykon, y tanto su Eparistera Daimones, como su Melana Chasmata son obras maestras en las que un líder que supera la cincuentena demuestra cómo el peso de una vida de dolor y decepciones se emite con la expresividad, pena y resentimiento de cualquier cantaor flamenco contemporáneo.

Pasando al siguiente estilo de nuestro recorrido, hablemos del llamado thrash metal. Haciendo el usual caveat de que no se escribe trash, sin duda esta es la forma más conocida por la mayor parte de foráneos y de más sencilla entrada, gracias a los grupos de notable fama que desarrollaron el estilo en los años ochenta. El thrash metal representa la encarnación del punk, convertido en rabioso, juvenil y norteamericano hardcore, unido al heavy metal más simple y efectivo. El resultado es una música que hace de la velocidad y los ritmos machacones su modus vivendi, y que resulta siempre refrescante, vivificador y abierto: en sus inicios, era música que representaba el ser un outsider, la fiesta, el universo skater y la convicción de que había que divertirse por si la guerra fría, tantas veces anunciada en sus letras, y la cerveza se calentaban en exceso.

Son muy famosos los grupos que comienzan dando forma al estilo, siendo por supuesto Metallica (hay que concederles eso) la banda más rápida y agresiva de su época en Kill ‘Em All; seguidos muy de cerca por su exguitarrista Dave Mustaine y su venganza llamada Megadeth con, por ejemplo, Peace Sells… But Who’s Buying? En la costa neoyorquina del CBGB, Anthrax demuestran con Fistful of Metal que el thrash se estaba convirtiendo en un fenómeno nacional, y a quien quiera, pese a todo, poner en duda la validez de estas bandas, dados sus notorios bandazos y derivas, ha de decírsele que siempre nos quedará Slayer, cuyo inmortal Reign in Blood cumple treinta años en 2016 y ha sido por fin alabado como un clásico «del rock» por numerosas publicaciones mainstream; sin embargo, personalmente siempre he defendido su capacidad para adecuarse a los tiempos con discos posteriores tan cualitativos y ambiciosos como denostados por los puristas, como el potente God Hates Us All.

Europa, con la cercanía al Muro y a las bases de misiles soviéticas, no iba a permanecer indiferente ante esta «agresión», por lo que, con las armas venidas de América y la vigente influencia de Venom, los alemanes Kreator (Pleasure to Kill), Sodom (Persecution Mania) y Destruction (Eternal Devastation) crean el más sobrio y duradero thrash continental. El estilo, tras una notoria crisis a mediados de los noventa (cuando, pese a los groovies Pantera, el sonido Seattle le arrancó gran parte de sus fans), se encuentra hoy en franco auge, protagonizado por grupos como los crossoveros Municipal Waste (The Art of Partying), los cósmico-poliédricos Vektor (Outer Isolation) o los españoles Angelus Apatrida (Evil Unleashed).

A mediados de los ochenta, parte de las bandas más ignotas que practicaban thrash comienzan a evolucionar técnicamente: la velocidad deja de ser un requisito y se empieza a buscar un sonido más oscuro, a veces basado en tempos más lentos y casi siempre en pos de una yuxtaposición de ritmos aparentemente arbitrarios que escondían estructuras complejas y recursos más trabajados: gracias a la influencia, entre otros, de Possessed (Seven Churches) y Dark Angel (Darkness Descends), el death metal pronto surgiría de la tumba, y con él nuevos temas, más violentos, oscuros y demoníacos.

Actuación de Death. Fotografía cortesía de mindfulofmetal.

Actuación de Death. Fotografía cortesía de mindfulofmetal.

El abismo impío en que surgió la primera gran ola de death metal fue paradójicamente la soleada Tampa (Florida). Allí se consolidó uno de los géneros de sonido más puro y sobrio, y por ello quizá más difícil de apreciar para novatos: hablamos de los inmortales Death de Chuck Schuldiner (Leprosy), los malogrados Morbid Angel (Altars of Madness), los Deicide del satanista Glen Benton (Deicide), u Obituary (Slowly We Rot), entre muchos otros. Pronto, de otras partes de Estados Unidos replicarían los aún más oscuros sonidos de Immolation (Dawn of Possession), Incantation (Onward to Golgotha) o Autopsy (Severed Survival). Otros focos de infección se darían en Europa, con los combativos Bolt Thrower (Warmaster), o los holandeses Asphyx (The Rack), Gorefest (Mindloss) y Pestilence (Testimony of the Ancients), entre otros, como los españoles Avulsed del histórico Dave Rotten (Eminence in Putrescence).

Sin embargo, el death metal es el primer estilo en presentar subestilos, es decir, variaciones de su sonido original suficientemente coherentes y continuadas como para constituir nuevas escuelas. Hablamos, por ejemplo, del death metal técnico que, como su nombre sugiere, aún hoy trata de llevar al máximo sus posibilidades instrumentales y de incorporar nuevas influencias progresivas, como los clásicos Nocturnus (The Key), los citados Cynic (primer grupo de metal extremo con dos miembros que decidieron salir del armario) y su Focus, Atheist (Piece of Time) o, ya en nuestros tiempos, los exitosos Obscura (Cosmogenesis). El otro de los grandes subestilos, el brutal death metal, hace lo propio, pero intentando romper no solo las fronteras técnicas, sino de rugosidad, dificultad auditiva, precisión técnica, buen gusto y en suma, brutalidad, gracias a los famosos Cannibal Corpse (Butchered at Birth), los dioses neoyorquinos Suffocation (Effigy of the Forgotten) o los macabros europeos Demigod (Slumber of Sullen Eyes). Cabe decir que ambos subestilos han alcanzado tal ímpetu en destruir sus propias fronteras que hoy en día han chocado entre sí gracias a discos que, sin ningún género de dudas, están abriendo caminos musicales con la potencia psicodélica de un agujero negro, como Ulcerate (Vermis), Portal (Seepia) (sic) y los maestros canadienses Gorguts; no proponemos, sino desafiamos al oyente a sumergirse en su último lanzamiento, un viaje cósmico en forma de elepé con solo un tema de treinta y tres minutos llamado Pleiades’ Dust.

El death metal no termina aquí su camino, demostrando ser uno de los estilos más flexibles y que más influyó al resto, y muy especialmente a un lugar muy concreto: Suecia. De aquí saldrían varios subestilos más, como el death metal sueco old school o sonido de Estocolmo, sucia mezcla de Autopsy con espíritu y sonido crust/punk, que inmortalizarían a partes iguales Entombed (Left Hand Path) y Dismember (Like an Ever Flowing Stream). Pero gracias los multiformes, únicos y absolutamente mágicos At The Gates (Slaughter of the Soul) surge otro subestilo, el new school o sonido de Gotenburgo, que incorporaba elementos de heavy metal tradicional a la mezcla, como puede escucharse en los fantásticos discos de In Flames (Lunar Strain) o Dark Tranquillity (Skydancer). Aún una encarnación más tendrá el estilo en lo que llamamos death metal melódico, ampliamente variado pero con el elemento melódico común sublimado: lo inauguran los británicos Carcass de segunda época (Heartwork) y lo popularizan hasta rozar el mainstream bandas como Children of Bodom (Something Wild), Amon Amarth (Once Sent from the Golden Hall) o uno de los grupos con vocalista gutural femenina más célebres de nuestra historia: Arch Enemy (Wages of Sin).

Entre tanto, otros estilos arraigarían en el gusto de los seguidores más radicales de entre los radicales: por un lado, el llamado grindcore, anunciado por Repulsion en Horrified y definido por los británicos Napalm Death en su histórico Scum. El grindcore es uno de los estilos más abiertamente basados en la ética, estética y técnica del hardcore punk, el crust y el anarkopunk, y trata de llevar los presupuestos de rapidez, agresividad y compromiso político hasta sus últimas consecuencias en temas por lo general cortos (en algunos casos de unos pocos segundos) y abrasivos, como demuestran Brujería (Matando Güeros), los llorados Nasum (Inhale/Exhale), Rotten Sound (Under Pressure) o los españoles Looking for an Answer en su álbum homónimo. Si añadimos una buena dosis de influencias de brutal death metal, sustituimos la temática política por el gore, lo patológico, el sentido del humor, el ruido puro, la pornografía y los tabús sexuales, y una admiración imitativa sin límites por Reek of Putrefaction de los citados Carcass, a grandes rasgos obtenemos el llamado goregrind, estilo que consolidan General Surgery (Necrology), Necrony (Pathological Performances), Dead Infection (A Chapter of Accidents) o los clásicos españoles Haemorrhage (Grume).

Incluso estilos en apariencia ajenos al metal llegaron a afectarle tanto que acabaron consolidándose como subestilos por derecho propio, como, por ejemplo, el metal industrial: efectivamente este recibió con los brazos abiertos influencias obviamente afines del rock y la electrónica, como la de Throbbing Gristle, Kraftwerk, Skinny Puppy o los interesantes Laibach, lo que explota con la formación en Reino Unido de Godflesh (Streetcleaner) y su proyección aún más metalizada en el trabajo de Fear Factory (Soul of a New Machine), Pitchshifter (Industrial) o Scorn (Vae Solis). Si este estilo representa el futuro, otro universo ajeno al metal curiosamente empapa el sonido de culturas pasadas y milenarias: el folk metal se basa precisamente en tomar instrumentos, temas tradicionales, la estética y melodías del folclore tradicional, principalmente del norte de Europa y Oriente Medio: del primer caso, podemos citar a los primigenios Storm (Du Nordavind), la banda de culto Vintersorg (Till Fjälls) o Kampfar (Mellom Skogkledde Aaser) y que deriva (y ocasionalmente degenera) en grupos de aires alegres y festivos; en cuanto a las segundas influencias, hablemos de los israelíes Orphaned Land (Sahara) o de los (más orientados al brutal death, sin duda) Nile de Amongst the Catacombs of Nephren-Ka.

Continuamos nuestro recorrido recalando en la Inglaterra más romántica, lugar donde sin duda alguna se genera uno de los estilos más abiertos, ricos y sentidos: el gothic doom. Es en la zona de Halifax (West Yorkshire) de donde surgen varios grupos que, partiendo de un estilo tan sobrio como el death metal, deciden añadirle influencias como The Sisters of Mercy o Joy Division, la literatura decimonónica y un fundamental punto de interés por el rock progresivo, lo que termina cuajando en el trabajo de la triarquía Paradise Lost (Gothic), Anathema (Serenades) y My Dying Bride (As the Flower Withers). Aunque dichas agrupaciones evolucionarían notablemente a lo largo de los años, tocando extremos como el technopop o el puro rock progresivo, hay otro subestilo que lleva la aguja de la balanza hacia los elementos más pesados, haciendo hincapié en el death metal, y que llamamos doom/death, solo apto para los oyentes dispuestos a llegar a los abismos más profundos de la lentitud y la gravedad, con bandas como Thergothon (Stream from the Heavens) o Skepticism (Stormcrowfleet). Sin embargo, si nos vamos de nuevo al lado opuesto del espectro y potenciamos las influencias más rockeras, siniestras y postpunk, llegamos al aporte de grupos que recortan en agresividad y mezclan elegantes cadencias, ritmos casi bailables y voces lánguidas tanto masculinas como femeninas, obteniendo el gothic metal de los Katatonia de segunda época (Discouraged Ones), Cemetary (Sundown) o The Gathering (Mandylion); mezclándolo todo aún más, podemos encontrar joyas olvidadas como el supremo Painting on Glass de los noruegos The Third and the Mortal.

A estas alturas, seguramente ciertos lectores estén echando de menos el que posiblemente, y a su pesar, sea el género más conocido de nuestros días, y el que (siendo sinceros) representa en el imaginario público el metal extremo. Hablamos, obviamente del black metal, estilo más famoso por las caras pintadas, muñequeras de pinchos, invocaciones a Satán, asesinatos y quemas de iglesias noruegas que por la interesante música que representa. De lo primero se ha hablado de sobra, así que nos centraremos en la segundo.

Mayhem alrededor del año 91. Fotografía cortesía de Duck.fm

Mayhem alrededor del año 91. Fotografía cortesía de Duck.fm

Acaso debiéramos recalcar, por si no hemos insistido lo suficiente en la influencia del punk dentro del metal extremo, que el primer black metal jamás creado, o black metal clásico, tiene un altísimo componente punki, y no es de extrañar, pues desciende directamente de Venom, Hellhammer y Bathory, que, como vimos, libaban directamente de él. Es por ello que ya desde su nacimiento los elementos más nihilistas, oscuros, provocadores, peligrosos, esquivos, contradictorios, autodestructivos de esta filosofía se acentuaron en comunión con la arrogancia, seguridad, exhibicionismo, adrenalina y testosterona del heavy metal. El resultado es una tradición antitécnica y anticlásica que aún hoy es la más difícil de asimilar para los recién llegados, pero también la más auténtica, y que no es un fenómeno únicamente escandinavo, como suele pensarse. Es el momento de los primeros Mayhem (Deathcrush) y otros grupos que ningún enterado hipster de nuevo cuño citará ni escuchará, como los suecos Morbid (December Moon) y Treblinka (Crawling in Vomits), los húngaros Tormentor (Anno Domini), los israelíes Salem (Destruction till Death), los brasileños Sarcófago (I.N.R.I.) y los colombianos Parabellum (Sacrilegio).

Más conocido, obviamente, y prácticamente bandera del estilo es el black metal noruego, famoso por las razones extramusicales antes citadas y que se basa en un sonido que evoca una frialdad ventosa y escarchada que sugiere, efectivamente, el gélido paisaje del norte de Europa. Menos citado es que dicho aporte parece ser responsabilidad de un solo hombre, Snorre Ruch, líder de los malogrados y muy de culto Thorns (Grymyrk) y cuyo sonido personal terminarían popularizando dos grupos de su entorno personal: los Mayhem a partir de De Mysteriis Dom Sathanas (de los que fue miembro) y Burzum (Burzum). Otras bandas rápidamente aprendieron qué acordes, modos y ritmos constituían este nuevo sonido y lo adoptaron en sus vertientes más lentas y atmosféricas o más rápidas y cortantes. Algunos grupos de esta época son los históricos, muy respetados y mutables Darkthrone (A Blaze in the Northern Sky), los luego popularísimos Immortal (Diabolical Fullmoon Mysticism), liderados por el famoso Abbath (si hubiese una cara que representase lo más contradictorio del black metal sería la suya), los Enslaved (Yggdrasil) o Satyricon (Dark Medieval Times).

Un estilo con tantas posibilidades como el black metal no podía quedarse en solo dos modalidades, y a partir de aquí se convirtió en un arte buscar un equilibrio entre incorporar nuevos sonidos y recursos mientras se mantenía una autenticidad sonora que no causase el rechazo de la muy purista escena. Es así como surge el black metal sinfónicoque, como el lector deducirá, consiste en revestir la crudeza del estilo madre con capas de teclados e instrumentos orquestales, creando un interesantísimo contraste que inauguran los ambiciosos Emperor (In the Nightside Eclipse) y continúan Arcturus (Aspera Hiems Symfonia), los japoneses Sigh (Infidel Art) o Limbonic Art (Moon in Scorpio). Pero ¿será un estilo tan fiero como el black metal capaz de reprimirse e introducir elementos suaves, atmosféricos, góticos y una influencia del doom y lo progresivo? La respuesta fue el surgimiento el llamado black metal melódico, iniciado por bandas como los suecos Katatonia de la primera época (Dance of December Souls), los noruegos …In The Woods (HEart of the Ages) (sic), Dismal Euphony (Soria Moria Slott) o Empyrium (A Wintersunset). ¿Aún puede dar para más el black metal? Nos queda imaginar una hibridación más, la que puede surgir, obviamente, de dos potentes demonios, como son el death metal y el black metal, en lo que llamamos simplemente death/black metal, acaso el estilo más agresivo, brutal y con más posibilidades destructivas que pueda imaginarse, y que surge de propuestas como la de Necrophobic (The Nocturnal Silence), la de los popularísimos e incorruptibles polacos Behemoth (Satanica) o de propuestas más de culto como la de los noruegos Cadaver Inc. (Discipline).

Para terminar, podemos considerar que existe el metal extremo progresivo y de vanguardia, que como su nombre sugiere es un caldero de experimentación donde muchas de las bandas citadas y decenas más han terminado puntual o permanentemente situadas, y en el que, si faltaba algún tipo de música que incorporar, de límite o de frontera por romper, desde las músicas del mundo a la electrónica, aquí tienen lugar. La cantidad y variedad de propuestas es absolutamente inabarcable en un párrafo, pero el lector curioso puede asomarse a obras como 666 International de los noruegos Dødheimsgard, William Blake’s The Marriage of Heaven and Hell de Ulver, los finlandeses Beherit con H418ov21.C (sic), Arcturus y su La Masquerade Infernale, Borknagar (Quintessence), Manes (Vilosophe), Blut Aus Nord (MoRT) (sic), Akercocke (Antichrist), Agalloch (The Mantle), Solefald y su reciente World Metal.Kosmopolis Sud… Y un extremísimo largo etcétera.

Miles de grupos, decenas de miles de discos, un universo cultural en auge y una escena en perpetua expansión. ¿Es acaso posible concebir algún estilo, subestilo, tendencia, influencia que el metal extremo no vaya a tocar de aquí en adelante?

Dicho todo lo anterior, tan solo esperamos que este universo sea apreciado un poco mejor. Y a partir de aquí, si no se les eriza la piel al escuchar los primeros golpes de batería de «Reign in Blood» de Slayer… Si no se estremecen de expectación al oír la apertura de «Symbolic» de Death… Si no sienten el peso de lo trascendente al perderse en el neblinoso ostinato de «Dunkelheim» de Burzum… No podemos hacer mucho más por ustedes.

Y si, pese a todo, sienten la llamada de la negrura y se deciden a convertirse, solo tienen que caminar por este largo túnel de tiniebla, donde les esperamos en el fondo del abismo, fuertes, oscuros y orgullosos.

Actuación de Slayer. Fotografía: Cordon Press.

Actuación de Slayer. Fotografía: Cordon Press.

15 comentarios

  1. Pingback: Metal extremo: orgullo y prejuicios (y II) – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  2. Lo del caracter abierto del metal extremo me ha matado. Todos sabemos que Vikernes o Ghaal están como locos por meter vuvucelas techno en sus CD’s.

    PD: Rage y Blind Guardian tienen remezclas techno de sus temas

    PD2: detecto alguna clase de complejo de inferioridad del autor con el jazz?

  3. Pregunta seria. Grupos como Parkway Drive, Lamb of God, los primeros Bring me the Horizon y en general todo el metalcore se ha dejado fuera por ser demasiado actual o porque no lo considera extremo? Gracias. Buenisima dupla de articulos por otro lado

  4. Enhorabuena a Salva Rubio por este gran artículo. La verdad es que al leer la primera parte me costó entender hacia dónde iba el intento con esa idea de universo póstumo que sólo las futuras generaciones podrían entender, etcétera. Esta continuación es el mejor resumen que he leido en mi vida sobre el metal extremo (están los famosos documentales “A Headbanger´s Journey” y “Until the Light Takes Us” que aportan información gráfica, pero no escrita) y se nota que quien firma conoce el género de primera mano. También me parece un acierto el enfoque que se le da a esta música con respecto al mundo que la rodea.
    Me ha sacado muchas sonrisas y traido recuerdos conforme avanzaba en su lectura.
    Lo que no me ha quedado claro es el calificativo de “malogrados” al referirse a Morbid Angel. Que yo sepa, aunque con un solo miembro fundador, hay disco para 2017.
    La lista de Spotify me la guardo para seguirla, me parece otro acierto.

    p.d. yo también siento eso que dices con Dunkelheim y Filosofem: el peso de lo transcendente debajo de la bragueta y los vellos como escarpias :)

  5. El artículo interesante, pero dada la extensión, profusión de estilos y subestilos a cada cual más reino de taifa, y el chorreo de nombres, no sé si se lo va acabar mucha más gente de aquella ya interesada en el tema.

    Tampoco sé si ayuda mucho el abrir la lista de Spoty con Venom, a los que les reconozco la influencia, pero que al menos a mí siempre me han parecido un horror.

    Y sí que es verdad que cuánto más underground, menos pasta, y por tanto menos necesidad de repetirse hasta la saciedad y más probabilidades de experimentar un poco (total, vas a no-vender lo mismo), pero no faltan las bandas desconocidas obsesionads con ser más trve y kvlt que nadie y no cambiar ni una coma. Y al contrario, léase:

    “¿Se imagina un aficionado que Iron Maiden, Blind Guardian o Rage aceptaran realizar remezclas techno de sus temas?”

    Como han dicho antes, sí. O, por ejemplo, Gamma Ray versionando a Pet Shop Boys. O Bruce Dickinson bordando Delilah.

    “¿Se imaginan a Manowar incluyendo ritmos, influencias e incluso trompetas afrocaribeñas o brasileras en cualquiera de sus discos?”

    A Manowar no (que no les da para más), pero ahí estaban Angra hará unos 20 años (y si además de trompetas consideramos gaitas, flautas, harpas y demás, la lista es infinita).

    “¿Es habitual escuchar toques o pasajes de jazz en elepés de Saxon, Hammerfall o Grave Digger?”

    No, pero ahí están Watchtower, Dream Theater e incluso, apurando un poco, Megadeth con Chris Poland a la guitarra.

    E igual de cerrados de mollera que Manowar y Hammerfall son, no sé, Deicide, Cannibal Corpse, Marduk y muchos otros, que si en una canción ponen un teclado, o bajan ligeramente el ritmo, o cambian ligeramente el sonido de la guitarra, todo el mundo se echa las manos a la cabeza y habla de revolución. Que viene a ser un poco lo mismo que la evolución de Iron Maiden desde el primer disco hasta el Seventh Son. Si eres un purista, pues ves un cambio claro. Si no te gusta su música, te parece todo lo mismo.

  6. Estos dos artículos están muy documentados y quien los ha escrito sabe de lo que habla. Tienen mucho mérito y esfuerzo detrás. Tanto como lo pueda tener iinventar todo un mundo imaginario con su cosmogonía, sus especies, sus idiomas y su historia.

    Pero creo que, después de tanto esfuerzo… ¿Cuanta verdad queda? Poca. Igual que no se niega el mérito de “El Señor de los Anillos” pero sabemos que es ficción. Hermosa ficción.

    Todo el enorme esfuerzo realizado para establecer los paralelismos con la música de vanguardia culta o con el intencionado primitivismo de algunas vanguardias es muy meritorio, sí, pero no es verdad: la inmensa mayoría de la gente que se/nos hemos metido en estas historias ha sido por una sencillísima razón: POR QUE NOS GUSTA. Y añado, la mayoría lo han/hemos hecho con desprecio hacia lo que podríamos llamar “cultura oficial” … sin deseo ninguno de que nos muestren en museos de arte moderno ni antiguo. POR GUSTO… divisible en tantos subespacios como Vds. quieran: sacar fuera la mala leche, cachondeo y humor negro, etc… POR GUSTO, igual que los destripaterrones que se echaban una jota mientras araban cagándose en el dios que hizo caer una helada tempranera… o igual que su mujer echando unas cencerradas picantes con las comadres, POR GUSTO no por un profundo deseo de creación artística.

    Y los que lo han hecho desde un planteamiento compatible con el arte contemporáneo (o como lo quieran llamar), como SUNN O))), los andaluces Orthodox… etc… esa gente a la que llaman a bienales de arte y al Primavera Sound a tocar delante de los hipsters… esa gente sólo puede merecer desprecio. Por pringaos, pisaverdes y alambicados.

    Al carajo. Somos mostrencos. Estamos orgullosos. Dejadnos tranquilos en las catacumbas y las Okupas. No nos insultéis.

    • Bueno, pero si vosotros despreciáis a la cultura general, y a los Orthodox, a los que perfectamente tú podrías haber dejado tranquilos, lo cierto es que cualquiera puede despreciaros a vosotros, ¿no? Cualquiera que piense, legitimamente, que el Metal Extremo es ruido pomposo y descerebrado, por ejemplo.

      Creo que tu mensaje es un ejemplo perfecto de lo que los fans del metal llevan demasiados años haciendo: desprecio a todo lo demás, y victimimismo. Contradictorio, como poco.

      A mí no me gusta el metal extremo, sólo el clásico, el de Iron Maiden, Led Zeppelin, Black Sabbath… y si acaso el progresivo y el sinfónico; pero me parece estupendo que existan el black, el death, el hard, el nu, el de piratas, y el que haga falta, siempre que haya quien quiera consumirlo, y sin necesidad de despreciar a nadie.
      Que Kurt Cobain era uno de mis ídolos, y no necesito para nada escuchar a nadie insultarlo en mi presencia sólo porque ese alguien es un “metal soul”, y Cobain le desagrada por blando.

      • Lo cierto es que es un hecho que se desprecia el Metal Extremo.

        … y el metal en general. Y el Rock. Y el punk. Y toooooooda la música popular (incluyendo la folclórica, en el mejor sentido).

        Lo desprecian con muy poquito disimulo la mayoría de músicos. Los de verdad, los de formación “de conservatorio”. Por despreciar, incluso desprecian la música que llaman “antigua”. Incluso desprecian (un poquito menos) la zarzuela. No la compares con la ópera, por favor, pues es equivalente a ofender el sentimiento religioso.

        Y los “artistas contemporáneos” también. Hoy dicen estar supermetidosenelmetalsuperextremooseaesquedeverdadsoylomástrvequehay y bla, bla, bla… y mañana se quejan de que el metal es muy cerrado. Después de hacer un disco con una canción MALA de 50 minutos con saxofoncitos. Sin un minuto bueno, los hijos de puta, que eso es lo que jode. Eso sí, luego a la Bienal de Venecia a decir que ellos son artistas.

        El desprecio del submundo, es reacción a una acción. No nace solo. Y quien quiera que lo dejen tranquilo, que deje tranquilo.

        Por cierto, James, yo también soy más de Iron Maiden que de Napalm Death pero… ojo, que hay mandanga ahí, eh?…. bueno…

  7. No soy un experto en música metalera, pero sí que me considero melómano. Siento discrepar con la mayoría de los que han comentado este artículo, pero de todo lo que conozco de este estilo no me parece ni medianamente vanguardista nada. Pienso que no deja de ser música popular disfrazada con potentes sonidos, y que si la despojáramos de guitarras eléctricas se quedaría fofa. Lo del Rock progresivo es otro cantar, pero fueron King Crimson con sus compases compuestos y disonancias los padres del mismo; y de esto ya hacen varias décadas. El Jazz, el Blues, el Funk, el Country, la música folklórica y la mayor parte de la música hecha en África, también son músicas minoritarias y no por eso se consideran vanguardistas. En fin, que el Metal me parece mucha fachada en todos los sentidos y no con tanta sustancia como para escribir un artículo tan extenso. Por otro lado también se habla de efectos terapéuticos en la gente que lo escucha… Desde luego que la música es poderosa y está más que comprobado que es capaz de modificar estados anímicos, pero hay mogollón de estudios que demuestran que cada persona reacciona de distinta manera a una misma canción. Resumiendo: me alegro de que la peña se lo pase en grande con el Metal y ni estoy en contra, ni le quito valor al mismo, pero no pretendamos tampoco ver una obra faraónica donde no la hay, porque esto me empieza a recordar a los que dicen que el Hip-Hop es un movimiento cultural. Viva la buena música y dejémonos de etiquetas.

    • 1) Escucha Meshuggah o Animals as Leaders y luego hablamos de vanguardias, polirritmos y disonancias

      2) El hip-hop ES un movimiento cultural

  8. Buen artículo. Quizá estaría bien una tercera parte que tratase del metal extremo en España. Que buenos testimonios hemos tenido aquí.
    Enhorabuena por la aportación.

  9. Sería gracioso ver este mismo artículo sobre el reaggeton.
    Podéis seguir llamando música a cualquier cosa si queréis, pero esta oda a las cacofonías, disfonias, afonías, traqueofonias y toda clase de amor por el ruido me asquea.
    Es el mismo debate sobre el arte moderno pero llevado a la música. Señores, una señora meando en mitad del Tate nunca será arte, por muchos rupturistas y modernos que haya mirando.

  10. ¿Cuando Anathema ha hecho Brutal Death? ¿Cuando Paradise Lost han vendido millones haciendo techno?

    Son las dos cantadas más destacadas que he detectado en el artículo.

  11. Pingback: Por qué escucho metal - El Arca

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