Jot Down Cultural Magazine – Oliver Cromwell (y IV): un rey sin corona

Oliver Cromwell (y IV): un rey sin corona

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Oliver Cromwell (detalle), por Robert Walker, ca. 1649. Imagen: National Portrait Gallery.

(Viene de la tercera parte)

Oliver Cromwell acababa de disolver el Parlamento con una apoteósica diatriba que quedó para la historia, pero su denuncia de la corrupción de los parlamentarios, por sí sola, no servía para dotar a Inglaterra de un gobierno. Sin saber qué hacer, recurrió al consejo de los hombres a los que todavía respetaba, los oficiales del New Model Army. Cromwell era leal a quienes habían servido a su lado, incluidos aquellos que militaban en partidos radicales que no eran de su agrado, pero a los que prefería antes que a los aristócratas y los antiguos cortesanos, que todavía partidarios del rey en sus corazones. ¿Qué hacer con Inglaterra? Fue uno de sus oficiales de mayor confianza, el radical Thomas Harrison, quien sugirió la creación una asamblea de sabios inspirada en el Sanedrín, el máximo órgano religioso y jurídico de los judíos, descrito en la Biblia como una cámara de setenta y un miembros presidida por un sumo sacerdote.

La asamblea de santos

Harrison era todo un personaje. Pertenecía a la secta de los «Quintomonarquistas», cuyos miembros creían que, tras el fin de las cuatro primeras grandes monarquías —Babilonia, Persia, Grecia y Roma—, vendría la quinta y definitiva, esto es, el reino de Dios. Su peculiar credo estaba extraído del libro bíblico del Apocalipsis. Según los Quintomonarquistas, faltaba poco más de una década para que se cumpliese lo revelado por san Juan, pues la Parusía, la segunda venida de Jesucristo, estaba asociada al número de la Bestia, de lo cual deducían que se produciría en 1666. El desvarío profético de los Quintomonarquistas era demasiado estambótico incluso para Cromwell, que no compartía las profecías visionarias de su pintoresco subordinado. Él encontraba absurdo que el fin de los tiempos pudiese ser desencadenado, de entre todas las cosas, por los muy terrenales entresijos políticos de Inglaterra, que le parecían el asunto más vulgar y prosaico del mundo. Sin embargo, más allá de las locuras que sustentaban la propuesta de Harrison, la idea de una asamblea de corte religioso, formada por hombres de intachable altura moral, le pareció atractiva. Era algo que desde luego encajaba con sus ideas puritanas, así que decidió adoptarla.

Pidió a las iglesias regionales que señalasen —eso sí, bajo estrecha supervisión de los oficiales del ejército— a aquellos miembros de sus comunidades que, por su recta y puritana conducta, considerasen más adecuados para entrar a formar parte de la asamblea. Así, Cromwell estableció un gobierno teocrático bendecido por el ejército, lo cual no impidió que se hiciese llamar «Parlamento» pese a no haber sido producto de unas elecciones, como había dictado la costumbre incluso bajo los reyes más autocráticos. Aquella singular cámara recibió diversos apodos: «pequeño Parlamento», «asamblea nominada», o «asamblea de santos», pero el sobrenombre que más éxito tuvo fue «Parlamento de Barebone», tomando el apellido del representante enviado por Londres, Praise-God Barebone, cuyo nombre de pila significaba literalmente «alabad a Dios». Esto da buena idea sobre la tesitura de la nueva cámara: puritanos de corazón cuya beatería era del agrado de Cromwell. No los había elegido él, por supuesto, pero habían sido elegidos mirándolo a él de reojo. Como llamativa novedad, la cámara incluía miembros de Escocia, Irlanda y Gales, aunque estaban presentes en abrumadora minoría, para que no tuviesen la capacidad de impulsar sus propias iniciativas.

La sesión inaugural tuvo lugar en la sala del consejo del palacio de Whitehall y fue presidida por el propio Cromwell, quien pronunció un apasionado discurso de dos horas en el que, con el tono místico de sus tiempos en la guerra civil, afirmó que la divina providencia había llevado Inglaterra hacia el feliz momento en que tenía un gobierno inspirado por la Biblia, «en este, el más memorable año que la nación ha visto jamás». Incitó a los miembros de la asamblea a que reformasen Inglaterra para poner fin a una época de guerras y turbulencias, conduciendo la nación a un modo de vida más piadoso. Después, como de costumbre, rehusó ser presidente y se limitó a dejarse elegir como uno de los miembros de la mesa, sin querer ocupar una jefatura política explícita.

Las esperanzas depositadas sobre el pintoresco sanedrín no tardarían en quedar decepcionadas. Para empezar, los propios ingleses se tomaron la idea a broma. Es cierto que, en el siglo XVII, la mayor parte de la población era muy religiosa y que el celo protestante de los ciudadanos era auténtico, pero la estampa de una teocracia asamblearia se antojaba disparatada incluso para muchos cristianos devotos. No ayudaba la influencia de sectores tan alocados como los mencionados Quintomonarquistas, a quienes se miraba con extrañeza, y el hecho de que hubiese un asambleario que se hacía llamar «alabad a Dios» era el chiste recurrente para los detractores del nuevo régimen (entre quienes se contaban realistas conservadores y también las corrientes que hoy llamaríamos «de izquierdas»). El público estaba harto de vaivenes políticos, de lo que percibían como un constante recorte de derechos y libertades, y de una deriva sin rumbo de la nación. Por entonces, no concebían la democracia como la entendemos hoy y es verdad que, bajo la monarquía parlamentaria, amplios sectores de la población no habían tenido representación —los pobres, y las mujeres en su conjunto—, pero el parlamentarismo electivo, por más imperfecto que hubiese sido, era visto como un avance por cuya supervivencia y mejora se había estado luchando durante siglos.

Las recientes guerras civiles habían sido la culminación de esa lucha, con el supuesto fin de conseguir un Parlamento independiente, pero, de repente, la Commonwealth había desembocado en una espiral de golpes de Estado y un simulacro de Parlamento poblado por santurrones con nombres cómicos. El régimen tenía un serio problema de imagen. En conjunto, los miembros de aquella asamblea eran personas bienintencionadas y desde luego mucho más intachables que sus predecesores. Carecían por completo de experiencia política, pero al menos dedicaban innumerables horas a elaborar nuevas leyes, con una ética de trabajo hasta entonces desconocida en el poder legislativo inglés. Tenían el afán sincero de mejorar las cosas. Por ejemplo, afrontaron el asunto de las deudas personales, un problema que estaba asolando a las clases bajas y medias. Las deudas impagadas conllevaban penas de cárcel, pero esto se traducía en alojamientos cómodos para los presos de clase alta, mientras los pobres eran encerrados en celdas insalubres donde muchas vidas quedaban destrozadas. La asamblea propuso crear un cuerpo de jueces especializados que terminase con la desigualdad en el castigo y buscase minimizar los perjuicios de quienes, con demostrada buena fe, habían tenido que endeudarse para salir adelante. Otra medida que podemos considerar progresista fue la creación de un registro civil para anotar bautizos, bodas y otros episodios importantes en el tránsito vital de un ciudadano. La intención expresa era la de que el matrimonio quedase fuera del exclusivo control eclesiástico. Esto puede sorprender, sabiendo que hablamos de una asamblea religiosa, pero recordemos que eran puritanos que rechazaban las prácticas «papistas» de la antigua jerarquía, y entre esas prácticas estaba el monopolio eclesiástico de los registros. En ciertos asuntos, pues, la «asamblea de santos» intentaba  con su mejor intención que el país avanzase.

Los ciudadanos tenían, con todo, muchos motivos de queja. La Commonwealth parecía sumida en un constante caos legislativo, y el Parlamento-sanedrín no sabía cómo lidiar con la decepción que esto provocaba en el pueblo. Los radicales que hoy llamaríamos de izquierdas (es un término muy relativo, ya que en el siglo XVII muchos de ellos eran también puritanos y muy religiosos), estaban agitando a la opinión pública. John Liburne era uno de los más famosos. Era el líder de la facción de los Levellers, aquellos «niveladores» hacia los que Cromwell sentía cierto desdén, aunque los tuviese a su alrededor en el ejército. Liburne se había enfrentado a la monarquía durante el reinado de Carlos I, convirtiéndose en un héroe popular cuando fue latigado, encarcelado, y despojado de sus bienes por oponerse a las actitudes autocráticas del rey. Con la llegada de la Commonwealth, sin embargo, su activismo no disminuyó. Aunque era de bagaje puritano, sus ideas progresistas adelantaban por mucho a las de otros puritanos del estilo de Cromwell. Liburne abogaba por los «derechos de nacimiento», asegurando que todos los seres humanos nacían libres, lo que le valió el célebre sobrenombre de Freeborn John, y también el ser considerado uno de los pioneros del liberalismo político. El derecho de nacimiento era un concepto revolucionario en Inglaterra, similar en espíritu, aunque de una manera primitiva e incompleta, a lo que hoy llamamos «derechos humanos».

En algunas cosas, pocas, Liburne podía coincidir con Cromwell: también defendía la libertad religiosa en el ámbito protestante pero se oponía con firmeza a la posibilidad de conceder esa misma libertad a los católicos. En casi todo lo demás, sin embargo, Liburne era mucho más radical. Demandaba un retorno al parlamentarismo electivo, en el que pudiesen votar «todos los varones adultos excepto aquellos que cobran un salario», lo cual, aunque hoy nos suene estrafalario, no era en absoluto una propuesta clasista. Por el contrario, tenía mucho sentido para Liburne, pues pensaba que los trabajadores por cuenta ajena, o «sirvientes», serían obligados a votar según lo que interesase a sus empleadores de clase alta, de quienes dependía su sustento. En cambio, el voto de los hombres que no dependían de otros, como artesanos o campesinos libres, serviría para representar de manera indirecta a los asalariados de clase baja sin la interferencia de los terratenientes, empresarios y caciques locales. También exigía que el Parlamento fuese convocado cada dos años (idea que Cromwell había sostenido tiempo atrás, pero que ya había abandonado), y defendía la igualdad ante la ley, así como la necesidad de que el Estado aprobase únicamente leyes justas «que no perjudiquen el bienestar del pueblo». En lo económico, promulgaba un socialismo primitivo que algunos historiadores han calificado como «comunismo práctico», y que era visto con desprecio y horror por los burgueses que dominaban la política.

Como la república no satisfacía los derechos reclamados por Liburne, empezó a mostrarse tan combativo contra ella como lo había sido contra la monarquía, llegando a calificar la Commonwealth como «tiránica y destructiva». Fue encarcelado de nuevo, pero eso no quebró su ánimo. Aseguró que prefería cumplir «siete años en el calabozo bajo el rey, que solamente uno bajo la Commonwealth», frase que podía ser interpretada como un abierto insulto al nuevo régimen republicano. Tras ser liberado de prisión, publicó una serie de manifiestos llamada Agreement of the People, «el acuerdo del pueblo». Esos folletos circularon entre los sectores más extremistas de Inglaterra, incluyendo la cuota de Levellers (protosocialistas) y Diggers (protoanarquistas) que había en el New Model Army. En 1653, a causa de estos escritos, Liburne fue detenido una vez más. La asamblea de santos no sabía qué hacer con él. Fuera de la cárcel era un incordio; dentro de ella, era un mártir. Ante la duda, sin embargo, optaron por la cárcel. El propio Oliver Cromwell lo visitó en su celda para ofrecerle la libertad si accedía a ser menos revoltoso. Liburne se negó, y Cromwell lo dejó en la cárcel, lo que acentuaba la creciente percepción popular de que la república no estaba siendo mucho mejor que la monarquía. Para colmo, la salud de Liburne empezó a declinar y murió cuatro años después, todavía entre rejas. Su caso demuestra que había una Inglaterra radical que quizá no era mayoritaria, pero que luchaba por demanda políticas que iban mucho más allá de lo que Cromwell hubiese considerado apoyar o conceder. Resulta paradójico, pero ese mismo Cromwell que era visto como muy radical por los realistas, por los católicos o por las potencias extranjeras, estaba consintiendo que se encarcelara a los radicales de su propio país.

De todos los problemas a los que se enfrentaba el Parlamento Barebone, la cuestión religiosa —a la que, como es de suponer, aplicaban una particular minuciosidad— fue la que precipitó su debacle. El asunto más peliagudo era el del diezmo, impuesto eclesiástico heredado de la época católica. Los puritanos del sector duro, como Cromwell, pretendían eliminarlo por ser un residuo del catolicismo. Incluso hablaban de nacionalizar las propiedades de la Iglesia anglicana. Las congregaciones religiosas de los puritanos «independientes» no necesitaban grandes ingresos y detestaban la acumulación de riqueza en manos de la Iglesia. El sector puritano moderado, por el contrario, señalaba que los bajos salarios que recibían los sacerdotes hacía que muchos ministros con adecuada preparación abandonasen la labor pastoral, dejando su sitio a otros que aceptaban el puesto porque no tenían otro modo de vida, pero que carecían de la formación y la rectitud exigibles. Para los moderados, el diezmo y la supervisión de las autoridades eran imprescindibles si se quería mantener un sacerdocio de calidad que evitase desviaciones y, por ende, un caos dogmático. Los debates sobre este asunto se tornaron cada vez más agrios, hasta que el 12 de diciembre, apenas seis meses después de instaurada la asamblea, los parlamentarios moderados se cansaron de no ser escuchados y presentaron su dimisión en bloque. Los puritanos del núcleo duro, sin duda influidos por Cromwell, votaron por la disolución del Parlamento Barebone. En otras palabras: la paciencia de Cromwell para con su «asamblea de santos» había llegado a su fin. Y cuando su paciencia se agotaba, toda Inglaterra quedaba a merced de su último cambio de humor.

Oliver Cromwell y su secretario, John Milton, recibiendo a una delegación de protestantes suizos, por Charles West Cope, 1872. Imagen: DP.

El protectorado

Otra cosa que llegó a su fin fue la mascarada de una república libre, pues nunca había dejado de estar vigilada por el volátil temperamento de un solo individuo. Viendo que ni siquiera un sanedrín de hombres píos había evitado los enfrentamientos entre facciones que tan nervioso le ponían, Cromwell decidió, por fin, que era momento de asumir la responsabilidad de la jefatura del Estado.

John Lambert, otro de sus oficiales cercanos, escribió una constitución en tres días; la única constitución escrita que ha tenido Inglaterra en toda su historia. Llamada Instrumento de Gobierno, otorgaba a Cromwell el título vitalicio de Lord protector, magistrado supremo y jefe administrativo de la nación. El poder ejecutivo se personificaba en él. También se le otorgaba la potestad de convocar y disolver Parlamentos a su antojo, con lo que controlaba también el poder legislativo; en esto, como se ve, nada cambiaba. La única limitación legal de su mandato iba a ser la necesidad de contar con el voto mayoritario del Consejo de Estado para respaldar sus decisiones, aunque en la práctica esto no podía considerarse una herramienta de control, ya que el Consejo le temía tanto como le habían temido los últimos Parlamentos. El nombramiento se produjo el 16 de diciembre, fecha en que comenzaba el protectorado.

El resto de Europa, por descontado, contemplaba estos acontecimientos con estupor. Pensemos que todavía faltaban ciento cuarenta años para el nombramiento como cónsul de Napoleón Bonaparte, cuyo ascenso, también extraordinario, al menos se explicaba en el contexto revolucionario de su época. En 1653, sin embargo, se antojaba inconcebible lo que acababa de hacerse realidad: que Oliver Cromwell, un burgués de poca monta que durante algunos años de su vida había llegado a verse rebajado al estatus de granjero, estuviese de manera nominal ocupando la jefatura de Estado y de Gobierno de una de las naciones más poderosas (y más monárquicas) del mundo. La Commonwealth cada vez se parecía más a los últimos estertores de la república en la antigua Roma. Sin embargo, su gobierno personal iba a caracterizarse por el pragmatismo y una sorprendente apertura de miras en diversos temas, aunque salpicado por sus ocasionales arrebatos de furia o misticismo, que no le impedían ser eficaz y clarividente en cuanto a temas administrativos y legales.

La guerra naval contra Holanda terminó a mediados de 1654 con triunfo inglés, lo que supuso una temporal inyección de popularidad para el Lord protector. También se aseguró de no tener problemas en las colonias americanas: una vez le garantizaron que serían leales a su gobierno, permitió que se organizasen a su manera y garantizó que se limitaría a prestarles ayuda para mantener el orden interno, pero sin interferir. Tanto era así que, para sorpresa de muchos, intervino en favor del gobernador católico de Maryland, que había sido derrocado por una revuelta puritana. Este hecho tan asombroso demuestra hasta qué punto buscaba Cromwell el consenso de sus territorios americanos. En septiembre de aquel mismo año, sin duda tratando una vez más de evitar que se lo considerase un tirano, Cromwell retornó a sus viejos hábitos. Aflojó la deriva autoritaria y reunió el primer Parlamento del protectorado con el fin de delegar el poder legislativo en la cámara. Esta comenzó su legislatura con comprensible timidez, pero en cuanto comprobaron que Cromwell se mostraba tolerante y les otorgaba manga ancha, empezaron a debatir con ánimo sobre los cambios políticos que Inglaterra necesitaba, incluyendo reformas en la propia Constitución del protectorado. Él les dejó hacer. Sin duda quería estar tranquilo respecto a América y respecto al legislativo porque tenía la vista puesta en el que ahora iba a ser su máximo rival: España.

En diciembre de aquel mismo año, la competencia comercial entre España e Inglaterra —ambas potencias dominaban el comercio con América, pero ninguna estaba dispuesta a dejar que la otra floreciese— desembocó en guerra. Cromwell aprobó el envío de una expedición naval contra intereses españoles en el Caribe, quizá la mayor operación anfibia que Inglaterra había emprendido nunca. Una flota, en la que viajaban tres mil marines, zarpó de las islas británicas con la intención de invadir y someter la isla de la Española, actualmente territorio de Haití y la República Dominicana. La expedición terminó en desastre; las defensas españolas demostraron ser más efectivas de lo que Cromwell había previsto. Cuando le llegó la noticia, interpretó el fracaso como una señal celestial, como un castigo de Dios por haber renunciado a su empeño de convertir Inglaterra en una nación más pía. Obnubilado por el arranque místico, disolvió el Parlamento en enero de 1655, segando de raíz su temporal acceso de permisividad aperturista. El destino de Inglaterra parecía depender ahora de la relación personal entre el furibundo Cromwell y su no menos furibundo Dios.

La dictadura militar

La sonada derrota en el Caribe hizo que algunos de los enemigos internos de Cromwell sintieran que el Lord protector se hallaba en una posición débil. En marzo, un adinerado realista llamado John Penruddock organizó un alzamiento en la ciudad de Salisbury, poniéndola bajo su control e izando el estandarte de los Estuardo, lo cual provocó la incredulidad y la furia de Cromwell. Los rebeldes se dirigieron después a la pequeña ciudad de South Molton, donde se toparon con una guarnición del New Model Army. Durante tres horas, las calles se convirtieron en escenario de una sangrienta lucha. Penruddock y sus lugartenientes fueron vencidos y apresados. Casi todos fueron condenados a muerte, y otros enviados a América para cumplir sentencia realizando trabajos forzados.

Aunque la rebelión había sido más sonada que efectiva, dio mucho que pensar a Cromwell. Sin un Parlamento repleto de representantes territoriales, no podía controlar toda Inglaterra desde Londres. Era el mismo problema que los reyes habían estado afrontando durante siglos. Su asesor John Lambert le sugirió que, para intentar prevenir nuevas revueltas, se dividiese la nación en distritos gobernados por los principales generales del New Model Army. Esto permitiría ejercer el control territorial y pondría las cosas difíciles a los realistas. Además, simplificaría mucho las tareas de gobierno, ya que los generales solamente tendrían obligación de responder ante el propio Lord protector. Esta idea agradó a Cromwell; durante toda su carrera nunca se había sentido más cómodo que dentro del escalafón militar, donde las sutilezas políticas eran secundarias, así que decidió establecer el llamado «gobierno de los generales». Inglaterra se transformaba en una dictadura militar, cosa que hasta entonces había sido de manera intermitente. Ahora ya no cabían disimulos. Los generales mandaban.

Una buena noticia reforzó el titubeante prestigio del régimen: la guerra en el Caribe dio un vuelco cuando otra expedición británica conseguía arrebatar Jamaica a los españoles; una sonada victoria que era un balón de oxígeno para la dictadura. No obstante, el prestigio derivado del triunfo bélico no estaba destinado a durar, porque la opinión pública continuaba sintiéndose incómoda con la deriva autoritaria de la Commonwealth. Cromwell había iniciado su protectorado con un ánimo liberal, pero ahora, convencido de que Dios le hablaba a través de los sucesos políticos, parecía más volcado que nunca en el propósito de imponer una moral rígida. Habiendo elegido a los generales más religiosos para gobernar Inglaterra, les ordenó que se aplicaran en un nuevo programa de «puritanización» de sus respectivos territorios. Los generales empezaron a perseguir lo que consideraban símbolos de una vida disoluta, castigando a quienes bebían en exceso o mostraban conductas que juzgasen indecentes. Aquella deriva fanática los llevó incluso a prohibir bailes públicos y hasta las ferias locales, que se contaban entre las escasas fuentes de entretenimiento al alcance del pueblo llano. Todavía más escandaloso fue el intento de suprimir las celebraciones navideñas, que para Cromwell debían limitarse a lo estrictamente religioso; se llegó al punto de que las tropas recorrían las calles para asegurar que nadie estuviese celebrando un festín navideño en su casa. Esto era demasiado incluso para muchos puritanos, así que la popularidad del régimen militar empezó a desplomarse. El miedo al ejército mantenía las protestas bajo mínimos, pero la desafección del pueblo hacia el gobierno de los generales era patente.

Además del disgusto popular ante su absurda campaña para transformar Inglaterra en una especie de inmenso monasterio, Cromwell descubrió que la población se resistía mucho más al cobro de impuestos si este provenía del ejército, sin la colaboración de la burguesía, de la aristocracia, de la Iglesia y de otros poderes locales de los territorios, a quienes los habitantes consideraban, por tradición, sus representantes legítimos. La gente seguía creyendo en las leyes municipales que Carlos I había mencionado con mucha astucia poco antes de morir. En 1656, en un irónico giro de los acontecimientos, Cromwell tuvo que convocar un nuevo Parlamento, y lo hizo de mala gana, para conseguir dinero, como les había pasado a casi todos los reyes. La nueva cámara supo que estaba allí para hacer lo que quería el ejército y aprobó un impuesto especial que los generales demandaban. Esto constituyó un nuevo escándalo. Incluso los reyes habían entendido que, cuando pedían al Parlamento que votase un nuevo impuesto, eso debía conllevar concesiones y contrapartidas, pero Cromwell, de entre todos los hombres, cayó en el error de pensar que el mero hecho de convocar a la cámara había sido concesión suficiente. Alejado de la realidad del país —él, que años atrás había sabido hablar por la gente sencilla—, no entendió que carecía de la legitimidad dinástica en la que los ingleses continuaban creyendo.

Cuando por fin comprendió que el régimen de los generales era detestado por el público, Cromwell dejó que el sistema cayese por su propio peso, permitiendo por una vez que las disensiones internas entre parlamentarios y generales hiciesen el trabajo sucio de desmoronar la dictadura sin que él tuviese que forzar las cosas. El 4 de febrero de 1657, disolvió los distritos militares y el Parlamento títere, convocando otro al que pidió que redactase una nueva constitución. Como se ve, el caos legislativo de la Commonwealth parecía interminable.

Un rey sin corona

Oliver Cromwell (detalle), por Charles Lucy, 1868. Imagen: V&A.

Cromwell tenía cincuenta y ocho años. Su salud estaba menguando, y se encontraba cansado. Llevaba casi una década tutelando la república, primero como poder fáctico en la sombra y después como visible puño de hierro. Había conseguido buenos resultados en política exterior, ayudando a cimentar el futuro de Inglaterra como gran potencia frente a una Holanda que había tenido que agachar la cabeza y frente a una España todavía poderosa, pero a la que ya había arrebatado territorios clave. En el interior, había pacificado Irlanda y Escocia, aunque al precio de dejar abiertas heridas que todavía sangraban y que sangrarían durante mucho tiempo; aun así, podía considerarlo una victoria, porque había mantenido unido el territorio. En lo que sí había fallado con estrépito era en el intento de convertir la Commonwealth en un ente político estable. Lo había probado todo: un parlamentarismo cuasi liberal, un parlamentarismo tutelado, un sanedrín, una dictadura. Nada había salido bien, ni siquiera sus intentos de obedecer supuestas señales divinas. Su idealismo —retorcido, pero idealismo a fin de cuentas— le obligó a reconocer que no lo podía todo, que no siempre sus ideas eran buenas. Como nunca había tenido verdadera vocación de autócrata, decidió volver al principio. Esperaba, aunque cabe suponer que ya sin mucha confianza, que los parlamentarios diesen con alguna solución que a él se le hubiese escapado. Sabía que no iba a vivir para siempre, y no quería dejar tras de sí un país en cenizas.

En efecto, existía una posible solución que a él no se le había ocurrido: una restauración de la monarquía, pero sin el retorno de los Estuardo. A mediados del siglo XVII, el sistema dinástico era el único que los ingleses —exceptuando a la minoría que de verdad tenía corazón republicano— conocían y apreciaban. Incluso los irlandeses y los escoceses encontraban más natural vivir bajo un rey inglés que el presente estado de cosas. Una corona era el símbolo que la nación requería para mantener el orden. Esto provocó la maniobra política que más descolocado pilló a Cromwell en toda su carrera: los nuevos parlamentarios se presentaron ante él y, ante su total estupor, le ofrecieron coronarlo como rey. Era quizá la única posibilidad que él nunca había considerado. Aunque la leyenda posterior contaba que rechazó airado la propuesta, lo cierto es que lo sorprendieron con la guardia baja, y pasó varias semanas debatiéndose sobre si debía o no terminar convertido en Oliver I de Inglaterra. Se preguntaba si era eso lo que más convenía. Estabilizar Ia nación con una nueva dinastía resultaba tentador. La legitimación dinástica era un bálsamo político que la inmensa mayoría del pueblo podía entender; era el sistema con el que habían vivido ellos, sus padres, sus abuelos, y generaciones anteriores hasta donde se perdía la memoria. Abrumado en un principio, decidió que no se sentaría en el trono, pero que aceptaría una solución intermedia. El 13 de abril, pronunció un discurso ante el Parlamento y anunció que agradecía la oferta de ceñirse la corona, pero que prefería rehusar. Aceptó, eso sí, volver a ser nombrado Lord protector, con poderes parecidos a los de un rey. Esto satisfizo a los parlamentarios, ansiosos de recuperar una normalidad monárquica que evitase nuevas derivas teocráticas o militaristas. Aprobaron una nueva ley fundamental llamada Humilde Petición y Consejo, que en efecto convertía a Cromwell en el equivalente de un monarca, aunque sin el título propiamente dicho. Cosa significativa, se restauró la Cámara de los Lores, que llevaba años desactivada.

El férreo puritano, por fin, se dejó seducir por los signos externos del poder. El acto de su nombramiento tuvo hechuras de coronación. Cromwell vistió de armiño y la ceremonia incluyó iconos monárquicos como el cetro, el orbe real o la espada de la justicia. Incluso se sacó a relucir la corona, que Cromwell por descontado no se puso, pero que estuvo expuesta sobre la silla de la coronación, un asiento fabricado en 1296 por el rey Eduardo I y uno de los mayores símbolos del reino. Así, el mismo hombre que había decapitado a un monarca, el mismo que había llamado «baratija» al mazo dorado del Parlamento, se dejaba rodear de oropel mayestático. Incluso recorrió las calles de Londres a lomos de un caballo profusamente ornamentado para darse un baño de multitudes, como era costumbre después de las auténticas coronaciones. Después se dirigió al Parlamento en un lujoso carruaje, y allí inauguró, entre aclamaciones, la primera sesión parlamentaria de su nuevo y reluciente protectorado pseudomonárquico.

Todavía más sorprendente puede parecer que el antaño austero Cromwell adoptase el modo de vida de un rey. Estableció una corte no muy diferente a la de los Estuardo, la cual diplomáticos extranjeros describieron como «impresionante». Durante aquel año, casó a sus dos hijas pequeñas en ceremonias grandilocuentes, celebradas en el palacio de Whitehall y seguidas de fiestas como las que habían sido típicas de las bodas reales: bailes, obras teatrales escritas para la ocasión, disfraces, etc. Mary Cromwell, de dieciocho años, fue desposada por Thomas Belasyse, un joven oficial amigo de Cromwell, a quien este —olvidando sus antiguos reparos hacia la alta aristocracia— ennobleció con un condado. Frances Cromwell, de diecisiete años, se casó con Robert Rich, hijo del conde de Warwick y sobrino de Henry Rich, el mismo que, estando muy enfermo, había sido ejecutado por apoyar la causa realista. Las cosas del amor. En la boda de Frances, el antaño monacal Lord protector se presentó vestido de fino terciopelo gris, «a la moda española», con calcetines de seda y lazos a juego en sus zapatos. El contraste con el Oliver Cromwell de las guerras civiles, aquel que fue retratado con su peto metálico, no podía ser más marcado. Sin embargo, aunque este giro hacia el lujo cortesano se puede interpretar de muchas maneras, todas ellas poco favorables contempladas desde nuestra mentalidad moderna, no era mal visto por sus contemporáneos, al menos no por la mayoría monárquica. Podían desear en su fuero interno el regreso de los Estuardo, o no, pero mientras Cromwell ocupase la jefatura del Estado, les parecía apropiado que se hiciera rodear de parafernalia real. Desde un punto de vista político y social, esto era irreprochable, incluso lógico. La corte de un jefe de Estado era, entre otras cosas, una medida de su importancia de cara a los poderes exteriores. Algo equivalente a que un presidente de nuestros días tenga a su disposición un coche oficial o una residencia designada. La corte londinense, pues, se convirtió en el Air Force One de Cromwell. Desde luego, su aceptación de estos parabienes conllevaba una considerable dosis de hipocresía personal; recordemos que era el mismo hombre que, apenas dos años antes, había intentado prohibir las comilonas de Nochebuena y Navidad, o los bailes públicos. En el final de su vida, esto es evidente, se dejó arrastrar por la tentación de la suntuosidad, traicionando muchos de sus principios. Y aun así, era lo que la gente siempre había esperado ver.

El final

La etapa palaciega del protectorado duró apenas año y medio. Las malas noticias personales empezaron a sucederse. Su yerno Robert murió de tuberculosis apenas dos meses después de haberse casado con Frances. Las viejas afecciones de Cromwell, las fiebres recurrentes y los males de riñón, volvieron para postrarlo en la cama. Pero el golpe que de verdad acabó con Cromwell se produjo el 6 de agosto del año siguiente, cuando una de sus hijas, Elizabeth, murió a los veintinueve años de edad. Esto lo sumió en la depresión, la cual, unida a su precaria salud física, acabó con su resistencia. Apenas sobrevivió un mes a la noticia. Oliver Cromwell murió el 3 de septiembre de 1658. Recibió un funeral de Estado que, una vez más, era propio de un rey. Se piensa que su muerte, acelerada por el golpe emocional, se debió a una septicemia provocada por un fallo renal. Algunos observadores extranjeros dejaron caer la sospecha de que hubiese podido ser envenenado, pero la verdad es que no hay motivo para creerlo. Estaba enfermo y tenía casi setenta años, que en el siglo XVII no eran los setenta años de ahora; de hecho, nunca Inglaterra había tenido un gobernante tan anciano, ni volvería a tenerlo hasta la reina Victoria, que murió con ochenta y un años.

En un principio, nadie parecía tener intención de subvertir el protectorado, y en otro giro pseudomonárquico, su hijo Richard Cromwell heredó el título de Lord protector. Pero esto no podía funcionar. A sus cuarenta y dos años, Richard no gozaba del prestigio de su padre, y ascendió a la jefatura de Estado más por efecto de la inercia (y de que nadie sabía qué otra opción tomar) que por un verdadero convencimiento de las partes implicadas sobre sus capacidades. El ejército no respaldaba su nombramiento, porque no sentía el mismo respeto por él que por su padre. Tampoco lo respaldaban los parlamentarios. Ambas instituciones, sabiendo que Richard Cromwell era una figura sin autoridad, empezaron a enfrentarse entre sí para hacerse con el poder efectivo. El país amenazaba con dirigirse de nuevo al caos. Los generales del New Model Army temían que el Parlamento hiciera recortes en el presupuesto militar, por lo que comenzaron a demandar que se aprobase un nuevo impuesto con el que sufragar la defensa. La cámara votó en contra. Cuando los militares vieron que no se les satisfacía, exigieron a Richard Cromwell que disolviese el Parlamento, esperando que reaccionase como lo habría hecho su padre en tal situación; esto es, defendiendo al New Model Army antes que a ninguna otra institución inglesa. Pero el nuevo Lord protector se negó a deshacer la cámara. Los generales, entonces, declararon que ya no acataban las decisiones parlamentarias, lo cual amenazaba con provocar una nueva guerra civil. Terminaron dando un golpe para someter la voluntad de Richard Cromwell, quien se convirtió en un prisionero no declarado del ejército.

Las potencias extranjeras siguieron la evolución de los hechos con la ya habitual alarma. El giro final de Oliver Cromwell hacia una especie de monarquía les había satisfecho, al menos en parte, porque lo encontraban preferible a la república o la dictadura militar. Que los Cromwell se convirtieran en una nueva dinastía resultaba menos amenazante para el futuro de las demás dinastías continentales que la posibilidad de un nuevo gobierno del ejército. Pero ahora que la situación amenazaba con retornar a la dictadura militar, el embajador francés se reunió con Richard Cromwell y le trasladó un mensaje de Luis XIV: si necesitaba apoyo militar para hacer frente al New Model Army, lo tendría. Richard declinó la oferta, quizá para evitar un baño de sangre, quizá porque al estar en manos de los oficiales no se atrevió a jugarse la vida pactando con Francia, o quizá por ambas cosas. El Parlamento, donde la peligrosa actitud de los militares había revivido los deseos de un retorno de los Estuardo, accedió a concederle una pensión a Richard Cromwell, y a cancelar todas sus deudas personales, si dimitía del cargo de Lord protector. Richard aceptó y renunció a la jefatura del Estado, lo cual dejaba el terreno libre para que ejército y Parlamento se despedazasen mutuamente.

Entonces entró en escena otro personaje decisivo. El gobernador de Escocia, George Monck, había estado observando la situación política sin decantarse por ningún bando. Monck, que tenía el título de duque, había sido un aristócrata realista y había servido a Carlos I, por lo que había pasado dos años encerrado en la Torre de Londres durante el inicio de la Commonwealth, aunque gracias a su prestigio militar fue liberado por Oliver Cromwell, quien lo tomó a su servicio. Tras la muerte de Oliver Cromwell, Monck estaba decidido a defender el protectorado hereditario, pero pronto desarrolló una baja opinión sobre las capacidades políticas de Richard Cromwell y terminó cambiando de opinión. Al mismo tiempo, recibió un mensaje del exiliado Carlos II, quien deseaba tantear su posible apoyo a una restauración monárquica. Monck, prudente, no reaccionó enseguida y se mantuvo en segundo plano. Sin embargo, cuando vio que los oficiales del New Model Army de Inglaterra amenazaban al Parlamento de Londres, decidió que era hora de actuar. El gobernador de Escocia movilizó a su propio ejército local y partió dispuesto a llegar Londres. En el camino, no llegó a pelear contra el New Model Army, sino que lo mantuvo en movimiento, evitando una batalla abierta y confiando en que, al final, la falta de dinero terminaría desbaratándolo. Pensaba que el tiempo jugaría a su favor. Acertó; tan pronto los soldados profesionales de los antiguos regimientos de Cromwell dejaron de recibir su salario, resultó imposible mantener la disciplina. Con el New Model Army en desorden y por lo tanto ya casi sin oposición, George Monck marchó sobre Londres a principios de 1660. Restituyó el Parlamento anterior a 1648, lo cual significaba que podían retornar a él las facciones moderadas que habían sido purgadas por Cromwell en su día. Se celebraron elecciones; el propio Monck, que ahora era el hombre dominante en la escena política, entró en la cámara. Bajo su dirección, se promulgó una invitación formal para que Carlos II retornase a Inglaterra como rey. Así, Monck consiguió la restauración de los Estuardo, evitando un nuevo derramamiento de sangre. Richard Cromwell, pese a no ser ya Lord protector, entendió que la restauración ponía su vida en peligro, y tuvo que huir de Inglaterra a toda prisa, quedando atrás su mujer (a la que nunca volvió a ver) y sus hijos. Durante su exilio, fue recibido en diversas cortes europeas, aunque con frecuencia viajaba bajo seudónimo para evitar problemas por ser el hijo de quien era.

Muchos realistas que estaban en el exilio o que habían sido represaliados retornaron a sus posiciones de prestigio. Se confeccionó una lista con los regicidas que habían firmado el decreto de ejecución de Carlos I. Según su grado de participación, muchos fueron castigados con la cárcel o la pena de muerte, aunque otros fueron perdonados. No pocos huyeron. Quienes, como Thomas Fairfax, habían rehusado firmar el decreto, pudieron conservar títulos y haciendas, a despecho de que hubiesen formado parte del New Model Army o del partido de Cromwell. Carlos II, con inteligencia, intentó no excederse ejecutando la venganza por la muerte de su padre (dentro de los términos de su época, claro). A aquellos antiguos partidarios de Cromwell que no habían demostrado una especial crueldad hacia los monárquicos, se les permitió seguir con sus vidas en paz. El retorno de la monarquía provocó, claro, que algunos sectores radicales intentaran rebelarse. Los pintorescos Quintomonarquistas, creyendo que debían imponer un gobierno religioso cuanto antes —solamente faltaban cinco años para 1666, fecha del fin de los tiempos—, trataron de dar un golpe de Estado teocrático en nombre del «rey Jesús». Como era de esperar, fracasaron; la mayoría fueron colgados o decapitados.

Carlos II, sin embargo, ya no recibió tantas atribuciones como las que habían gozado sus antecesores en el trono. El Parlamento había entendido que Cromwell, pese a su carácter autoritario, había intentado varias veces delegar en las cámaras, y que había hecho gala de un parlamentarismo bastante insólito en un probado golpista. Pese a todos los rasgos autoritarios de su carácter, Cromwell había creído en los gobiernos asamblearios. Al final, dedujeron, el difunto Lord protector había tenido razón en una cosa: Inglaterra necesitaba el gobierno conjunto de un hombre y una cámara, no la superposición del poder ejecutivo sobre el legislativo, opción que ni siquiera al propio Cromwell le había salido bien. Aunque al país todavía le quedaban tiempos turbulentos por delante —la invasión holandesa y la Revolución Gloriosa, sin ir más lejos—, los viejos usos de la Edad Media tenían que quedar atrás. Inglaterra iba camino de ser una potencia mundial, y Oliver Cromwell, incluso con sus sombras y sus facetas siniestras, que sin duda las tuvo, había mostrado cuál era el camino a seguir.

30 comentarios

  1. Pingback: Oliver Cromwell (y IV): un rey sin corona – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  2. Cromwell murió con 59 años (1599-1658), que ya sería edad para esa época, e Isabel II sigue viva que yo sepa… :-). Puede que te refieras a Victoria, que llegó a los 82 años.

    En cualquier caso, una serie de artículos muy interesante y muy bien escritos, enhorabuena. ¿Has pensado en escribir alguno más sobre otro personaje que te llame la atención?

    • Hola, Wieze:

      En efecto, me estaba queriendo referir a la reina Victoria, lo corrijo. ¡Aseguro que se ha tratado un lapsus inocente y no de un producto del subconsciente! No soy monárquico, pero tampoco tengo el menor interés en que la pobre mujer muera de repente. En cuanto a lo de escribir sobre otros personajes, lo he hecho varias veces, pero estoy abierto a sugerencias.

      Un cordial saludo.

      • Lo he disfrutado un montón. Puedes seguir con el periodo de la restauración. O con la misma Victoria que es un personajazo. Gracias

      • Has pensado en Atatürk? El cambio que le dio a Turquía, partiendo de donde partía y sobre todo en la época en la que lo hizo, me parece impresionante.

      • Hola y enhorabuena por esta serie de artículos tan brillante. Es de lo mejorcito que he leido de este tema en castellano.
        Ya que aceptas sugerencias, ¿qué te parecería hacer una serie de artículos respecto al 007 de la época isabelina; Sir Francis Walsingham?
        Me estoy relamiendo solo de pensarlo…
        Gracias!

  3. “Estaba enfermo y tenía casi setenta años, que en el siglo XVII no eran los setenta años de ahora; de hecho, nunca Inglaterra había tenido un gobernante tan anciano ni volvería a tenerlo hasta Isabel II, que murió con ochenta y cinco años”.

    En 1658, ¿Cromwell no tendría sesenta (60) años?

    ¿No será la reina Victoria en vez de la reina Isabel II, que creo que aún está viva?

    En todo caso, muy buena serie de artículos sobre un personaje de los verdaderamente históricos.

    Un saludo.

  4. Muy buen artículo en su conjunto, pero tiene algún fallo que otro. Por ejemplo:

    “nunca Inglaterra había tenido un gobernante tan anciano ni volvería a tenerlo hasta Isabel II, que murió con ochenta y cinco años.”

    ¿Isabel II? Sigue reinando. ¿A qué gobernante se refiere el autor?

    • Hola J:

      Me quería referir a Victoria, como le comento a otro lector, y no a Isabel, que continúa viva. ¡Espero que esto no me suponga una fama de regicida cromwelliano!

      Un cordial saludo.

      • Hola E. J. Rodríguez:

        Suponía que se refería a Victoria. Estoy de acuerdo con Wieze en que la época victoriana y/o la reina Victoria se merecen un amplio reportaje. También sería muy interesante uno sobre Disraeli. No había pensado en que fuera usted regicida, en todo caso poco isabelino :)

        Un cordial saludo.

  5. Hágame de estos cuatro textos un libro y a cambio le haré entrega de mis dineros. Como siempre, un gusto leerle. Gracias.

  6. Brillante de nuevo. Me ha encantado este artículo dividido en cuatro partes. Me encantaría leer más sobre la Revolución Inglesa o de algunos otros personajes que hayas escrito o tengas pensado escribir. Un saludo y sigue así.

  7. Bibliografía, por favor

  8. Maravillosa serie.

  9. Dicen que en Irlanda lo peor que le puedes decir a alguien es “¡Que la maldición de Cromwell caiga sobre ti!”.
    Hasta principios del s.XVIII la mayor parte de los esclavos en las colonias inglesas de América no eran africanos, sino irlandeses.
    Es muy interesante el libro White Cargo: The Forgotten History of Britain’s White Slaves in America.

  10. Alguien por aquí ha sugerido una biografía de la Reina Victoria y estaría fantástico, tanto por el personaje como por la época en la que vivió. La lectura de estos artículos nos ha dejado con las ganas de más. Felicidades al autor.

  11. Qué bien me lo he pasado leyendo. Ha sido apasionante hasta el final.

  12. Anécdota: En el comedor del Sydney and Sussex College, en Cambridge, donde Cromwell estudió, hay un pequeño retrato suyo a la derecha de la “high table”. Con una cortinilla lo tapan cuando algún miembro de la familia real acude a dicho comedor, supongo que por la “molestia” que puede suponerle comer delante de un retrato de quien ordenó la decapitación de su antecesor en el trono.

  13. A mí este artículo me ha dejado con ganas de conocer más acerca del puritano John Liburne, pionero del liberalismo político.

    Por cierto, dice que Liburne fue “latigado”. En el diccionario no viene esa palabra, pero sí los vocablos ‘azotado’ o ‘fustigado’.

  14. Sólo hay un autor en Internet al que aguanto larguísimos tochos: EJ Rodríguez. Magnífica cuatrilogía.

  15. Enhorabuena y gracias al autor por este gran serial histórico. Me ha parecido genial.

  16. Buenos días. Enhorabuena por la cuatrilogía publicada. Me hubiera gustado que incluyese en ellla el relato de como el protagonista decidió, tras el ajusticiamiento del rey, desahacerse de toda la riqueza y boato que éste amasó durante su reinado. Carlos I, tras su frustrada visita de juventud a España para contraer nupcias con la hermana del rey Felipe IV, adquirió una pasión por el arte, que le llevaría a crear una de las colecciones de pintura más importantes de la historia, la cual fue mandada vender por Cromwell en lo que se conoce como “La Almoneda del Siglo”, de la que se hizo una exposición en el Museo del Prado hace unos años, y que sigue siendo un gran pesar para Inglaterra por la pérdida que supuso para su patrimonio artístico.

  17. He disfrutado mucho leyendo esta serie de artículos. Soy británico pero de una manera u otro, nunca he entrado mucho en este período tan importante de la historia de mi país. Enhorabuena por un trabajo bien hecho.

  18. Excelente trabajo.
    La historia así contada educa y entretiene.
    Seguiría leyendo, sin duda.

    Saludos

  19. Enhorabuena! He seguido esta serie de artículos con pasión.
    Conocía ya mucho de la historia de Cromwell pero he aprendido mucho más con estos 4 capítulos!!
    Muy bien escrito y redactado. Como ha dicho otro comentarista, es dificil leer textos largos en internet, y estos cuatro los he leido completamente.
    Yo también espero con ganas nuevas historias

  20. La única constitución de la historia… y la Carta Magna?

  21. Joder, muy bien.

  22. Que pena que no lei antes tus articulos! Hace tan solo una semana llegue de una visita a Inglaterra donde inclui la casa de Oliver Cromwell y la Catedral en Ely.. gracias por hacerme conocer mas de él! Te felicito!

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