Jot Down Cultural Magazine – Día cuatro: perder la cabeza

Día cuatro: perder la cabeza

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Shortcuts. En los arcenes de un país en guerra

Fotografía de Ricard García Vilanova.

Han pasado dos años, pero Amina se acuerda del día de las cabezas como si hubiera sido ayer mismo. Algunas aparecieron pinchadas sobre enrejados de jardín, señales de tráfico… También estaban las de los botes de cristal, hasta un total de cincuenta que, decían, pertenecían a soldados del régimen.

Amina lo cuenta desde la tienda, o chabola; ni eso, desde uno de los campos de refugiados a las afueras de Kobani. Vive allí con su hija desde que abandonaron Raqqa tras lo de las cabezas. Se tapa la cara para hablar. Las árabes siempre lo hacen, no así las kurdas. Como Dilal y Kauser, que viven en la tienda de al lado. Son las dos esposas de un kurdo que está ahora en la cárcel por un altercado, una pelea con un tipo; una bobada, pero ya lleva diez días encerrado. Se fueron de Raqqa antes de lo de las cabezas. Por lo visto, a los kurdos del Califato se les dijo que eligieran entre largarse o morir; solo querían a sus mujeres para encerrarlas y violarlas.

Kauser se trajo la maquina de coser de su madre con la que hace chapuzas para el resto de sus cuatrocientos vecinos mientras espera a su marido compartido. O igual tampoco le espera. Dilal, la mayor de las dos, quizás le espere aún menos.

En la tienda de enfrente, Mustafa Haji duerme plácidamente a la sombra de su tienda, chabola, o lo que sea, hasta que el vigilante del campo le despierta. Le habíamos dicho que no hacía falta, pero así es la hospitalidad local. Mustafa llegó hace ocho meses desde Raqqa. A el lo querían matar y a su mujer violarla, como al resto. Lo contábamos antes.

Durante la huida, su hija Rihana, de siete años, se quedó ciega por la mina que mató a su hermano Murad, de cinco. Rihana apenas sale de la tienda, pero sus dos hermanos pequeños no paran en casa. Andan descalzos por un campo lleno de piedras, un montón.

Duele solo de verlo.

 

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