Cinco años con Pablo

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Imagen del rodaje de Loving Pablo (2017). Imagen: Filmax.

Kilómetros antes de llegar ya empieza a sentirse. El basurero de Medellín no es una montaña cubierta de basura: es una montaña hecha de millones y millones de toneladas métricas de basura descomponiéndose todas a un tiempo. (…) Es el aroma dulzón de la muerte que a todos aguarda, un perfecto perfume para el día del Juicio Final.

Ese es paisaje escogido para la cita, el lugar exacto donde en 1983 comenzó el idilio: una montaña de basura. Ella ha accedido a la invitación y una vez allí se deja llevar hasta la cumbre. Está convencida de que mientras él siga a su lado podrá soportarlo todo. Así lo cuenta:

Iniciamos el ascenso por el mismo camino gris cenizo utilizado por los camiones que depositan su carga en la parte superior. Pablo conduce. A cada minuto siento que me observa, escrutando mis reacciones: las del cuerpo, las del corazón, las de la mente. Yo sé lo que él piensa y él sabe lo que estoy sintiendo.

El camión se detiene en lo más alto. Ella deja que él abra la puerta y nada más bajar apremia al camarógrafo, desenreda el cable del micrófono, repasa mentalmente las preguntas. Él está mirando la nube de buitres que revolotean justo encima de sus cabezas. Y sonríe al ver que un reguero de niños trepa por la basura y viene hacia ellos:

¡Es él, don Pablo! ¡Llegó don Pablo! ¡Y viene con la señorita de la televisión! ¿Van a sacarnos en televisión, don Pablo?

Les pide que se echen a un lado durante la entrevista. La cámara empieza a grabar. Ella es la periodista más famosa de Colombia, Virginia Vallejo; culta, atractiva, de familia acomodada. Él es Pablo Escobar Gaviria, tiene treinta y tres años, los mismos que ella, ocupa un escaño como representante parlamentario (como tal ha estado en la toma de posesión de Felipe González, en España), y para nadie es un secreto el origen de su fortuna. Pronto será el traficante de droga más conocido del planeta, el séptimo hombre más rico del mundo según la lista Forbes y, en unos pocos años, el hombre más buscado por el ejército colombiano y por la DEA estadounidense.

Acabada la entrevista, Pablo invita a Virginia a cenar en el Hotel Intercontinental, a cuya dirección ha dado instrucciones para que permanezca abierto el salón de belleza hasta que Virginia pueda «quitarse del pelo ese olor a mofeta fétida» (sic). La de esa noche será la primera de más de doscientas citas en los próximos cinco años, una buena parte de ellas en la misma suite de ese mismo hotel, adonde ambos viajarán no importa desde dónde porque Pablo pone sus once aviones y dos helicópteros a disposición de esos encuentros clandestinos. El volumen de su amor, ella lo dirá, se podría medir en la cantidad de galones de combustible gastados.

La entrevista del basurero se emitió por televisión, toda Colombia ejerció de testigo de aquel encuentro. Ella la contó muchos años más tarde en sus memorias, que tituló Amando a Pablo, odiando a Escobar, y es una escena escrupulosamente reproducida en la película Loving Pablo: la montaña de basura, los niños corriendo, Penélope Cruz encarnando a la periodista y un Javier Bardem que parece haber nacido para interpretar el papel, como si fuera Pablo Escobar quien hubiera estado toda su vida imitando a Bardem. La película, que compitió fuera de concurso en el último festival de Venecia y ahora inicia su recorrido comercial, cuenta los cinco años en que Pablo y Virginia fueron amantes y también el desencuentro durante los seis años siguientes. El seguimiento de su relación sirve de espejo al relato del auge y la caída del que fuera conocido como el primer narcoterrorista. Un personaje de leyenda que se ha vuelto recurrente en la ficción de los últimos años, y sobre cuya popularidad la propia Virginia Vallejo ha reclamado sus derechos en unas declaraciones recientes: «Con aquella entrevista del basurero di a conocer a Pablo, con mi libro lo convertí en mito, y ahora será mi historia la que llegue a los cines».

Obsesión compartida

Fue en 2003, veinte años después de la escena del basurero, cuando el director Fernando León de Aranoa empezó a interesarse por la figura de Escobar. Acababa de triunfar en los Premios Goya con Los lunes al sol, en la célebre gala del «No a la guerra». En las semanas que siguieron, el director y Javier Bardem intercambiaron lecturas y en ellos germinó un interés por Escobar que con el paso de los años derivaría en obsesión. Fernando León leyó entonces Killing Pablo, el libro escrito por Marc Bowden, y aún hoy recuerda la impresión que le produjo: «El libro dedica más páginas a los agentes que participaron en su persecución que a la figura de Escobar, que fue realmente la que nos atrajo a mí y a Javier. ¿Cómo era posible que eso no se hubiera contado en una pantalla?». Los dos siguieron leyendo, necesitaban más, era su persecución particular del narco, al que buscaban libro tras libro. Reportajes, informes, memorias, entrevistas… León de Aranoa asegura haber leído docenas de libros escritos por familiares, por policías, por militares, por lugartenientes de Escobar y también archivos desclasificados de la CIA y del FBI, cables de la embajada norteamericana…

Al mismo tiempo, a Bardem, cuyo prestigio internacional como actor empezaba a crecer de modo imparable, le llegaron varios guiones de grandes producciones de Hollywood con el encargo de que interpretase precisamente a Pablo Escobar, «pero siempre era el malo de la película, sin más», dice León de Aranoa, «el objetivo a batir, una espalda que corría por los tejados, o visiones parciales de su historia, como uno que recuerdo y que supongo que no se hizo porque no hubo noticia posterior sobre él, en el que se contaba solamente la estancia de Escobar en la catedral, la cárcel que se construyó a su medida». Apasionados ambos por la peripecia completa del personaje, decididos a confabularse para contarla, el empeño empieza a fraguar casi diez años después de aquella primera lectura, cuando cae en sus manos el volumen de memorias que Virginia Vallejo ha escrito desde el exilio en Miami.

«El punto de vista de Virginia nos permitía una narradora, un punto de vista externo al personaje que pudiera contarlo. La violencia que impregnaba la historia de Pablo Escobar se percibía mejor en la intimidad con ella que en las escenas de acción, cuando los sicarios disparan desde una moto o un coche explota por los aires. Los encuentros entre los dos amantes nos podían servir, además, como hitos que ayudasen a contar al mismo tiempo la degradación de su relación y la caída en desgracia del narco», dice León de Aranoa.

Virginia se convierte, por fin, en la llave de la historia. Pero Loving Pablo no sigue estrictamente las más de trescientas páginas de sus memorias, quien busque esa historia en la película no la va a encontrar, porque en ella el personaje de Escobar lo ha devorado todo. Cuando el director se sienta a escribir el guion quiere contar todo aquello que le resultó increíble desde las primeras lecturas. Tan increíble como solo puede serlo la realidad.

Desde que debutó en 1996 con Familia, León de Aranoa ha estrenado once largometrajes, cuatro de ellos documentales, pero esta es la primera vez que ha escrito una historia de ficción basada en personajes reales. Para documentarse y para iniciar los trabajos de localización viajó varias veces a Colombia, visitó los escenarios donde todo había sucedido y en algunos de ellos planeó al detalle jornadas de rodaje que más tarde serían anuladas. Conoció a personajes que no tendrían cabida en la película, recopiló datos que nunca utilizaría. La escritura se revelaba más que nunca un empeño descomunal, casi inabarcable: los primeros borradores del guion superaban las doscientas cincuenta páginas, el equivalente a una película de más de cuatro horas.

Y cuando va por la cuarta o quinta reescritura, le llega la noticia de que Caracol Televisión, una emisora colombiana, ha producido una serie que pretende contar toda la historia completa del narco bajo el título de Escobar, el patrón del mal. León de Aranoa recuerda haber cedido a la tentación de asomarse a un capítulo, aprovechando que la emitía un canal español, «con más envidia que otra cosa, porque en la serie disponían de setenta horas para contar la historia. Setenta horas, me dije, quién pudiera». La escritura del guion ya no tenía marcha atrás, y en aquel entonces pensó —lo sigue pensando— que en la historia de Escobar podrían convivir la versión televisiva y la cinematográfica. Un par de años después llegó la noticia de Narcos, la serie de Netflix que también cuenta a Pablo Escobar, esta vez a o largo de veinte capítulos. «Nos pilló demasiado avanzados como para que pudiera interferir de alguna forma», recuerda. «Creo que estábamos a un mes de rodar o algo así». La apuesta estaba sobre la mesa, la producción en marcha. Y la convicción, sobre todo, de que la pantalla grande merecía el empeño, aunque para cuando llegase el momento del estreno las aventuras del narco fueran terreno conocido. ¿Demasiado conocido?

Story original de Loving Pablo (2017). Imagen: Escobar Films / B2Y EOOD.

El agua en el desierto

Desde los tiempos de Los lunes al sol hasta el comienzo de la producción de Loving Pablo, Javier Bardem se ha convertido en una estrella, ha ganado un Óscar y ha sido nominado dos veces más. El compromiso de abordar el personaje de Escobar de la mano de León de Aranoa se ha mantenido intacto todos estos años, esperando el momento oportuno y el guion adecuado. A ese compromiso se suma ahora el de Penélope Cruz, que también ha ganado un Óscar y también ha sido nominada en otras dos ocasiones, y que en la película da vida a la periodista Virginia Vallejo. Esto pensó tras sus primeros encuentros clandestinos con Escobar:

No es bello ni educado, ni es un hombre de mundo. Pablo es, simple y llanamente, fascinante. Y voy a hacer que me necesite como el agua en el desierto.

Para dar cuerpo a esa fascinación durante el rodaje de la película, Javier Bardem se sometía diariamente a casi cuatro horas de maquillaje. León de Aranoa se sumaba cada madrugada a la sesión, cuando la caravana de maquillaje era la única luz encendida de todo el campamento de rodaje. Allí repasaban las escenas del día: no se puede decir que no tuvieran tiempo para hablarlas.

Loving Pablo es, con toda seguridad, la película con mayor presupuesto que ha dirigido. Ocho semanas repartidas entre Bogotá, Medellín y Girardot. Del plan de rodaje se escapó la escena más espectacular de toda la película, la que menos recuerda al cliché ya formado de «una película de Fernando León de Aranoa». La escena recrea el aterrizaje de una avioneta cargada de fardos de cocaína, que usa una carretera de ocho carriles como pista para tomar tierra. Para rodarla, el equipo de producción pensó justo lo contrario: busquemos una pista de aterrizaje abandonada y convirtámosla en autopista, pintando los carriles y llenándola de coches de la época. En la misma Colombia encontraron varias donde era posible rodar, pero por diferentes razones una tras otra tuvieron que ser descartadas.

Finalmente, la escena se rodó en Bulgaria. Eso es, sí: Miami en Bulgaria. Para entonces, el director había contado unas cuantas veces a su equipo la acción de la escena, paso a paso, plano a plano. En Bulgaria volvió a reunirles y volvió a contarla: «El director de arte nos preparó una autopista en miniatura, una banda de papel que extendió sobre el suelo, en la que dispuso coches y aviones de juguete. Con ayuda de eso pude explicarles la escena, y ahí me tenías, agachado, jugando con los cochecitos, ante la mirada de todos ellos». Es la definición gráfica de lo que es un director: jugando con muñecos y con cochecitos para entretenimiento de los que miramos. Un juego carísimo: para esa escena, ochenta coches de época —estamos en los años ochenta—, una avioneta, docenas de figurantes, todo rodado simultáneamente con tres cámaras.

«Hace poco leí una frase que dijo Kubrick y yo no conocía: si se puede escribir, se puede rodar. En esta película me he convencido de ello más que en ninguna otra, hasta me tranquilizaba pensarlo». Lo que está escrito: en una autopista de cuatro carriles en cada dirección, un tráiler da un estrepitoso volantazo y se coloca perpendicular, taponando el avance de los coches y dejando libres esos cuatro carriles para que, minutos después, ante el asombro de los que siguen atascados en sus vehículos, aterrice una avioneta. Justo entonces, no menos de una docena de individuos que esperaban en el arcén descargan los fardos de cocaína de la avioneta y los suben a sus pick up, con tanta premura que uno de ellos resulta atropellado y la mercancía salta por los aires dejando un rastro blanco sobre el asfalto como única huella de lo que allí ha sucedido cuando termina la descarga y la avioneta vuelve a volar.

La escena está montada sobre una canción de Bing Crosby, como una sucesión de planos subjetivos: la autopista oteada desde la avioneta, el tráiler que se cruza ante los ojos de los conductores, lo que ven los que cargan los fardos… «Salvo el momento en que cargan la mercancía, en el que el tiempo corre más rápido que en la realidad», dice León de Aranoa, «el resto está contado casi en tiempo real, con el punto de vista de varios conductores y la radio que se escucha en cada uno de los coches, como si el asombro ante la escena fuera repercutiendo en cada uno de ellos, con la sensación de que nosotros podemos ser uno de los que mira atónito lo que está pasando».

«Quería que cada escena de acción o de violencia tuviera un lenguaje diferente», continúa. «La escena de la avioneta es como una pieza musical, pero en los asesinatos callejeros, sin embargo, busqué una violencia áspera, desnuda, que trasmitiera la sensación de improvisación. En otras el planteamiento era más teatral, como si mirásemos desde fuera lo que está sucediendo dentro de una jaula».

Animal que huye

En otro de los momentos más llamativos de Loving Pablo, el narco recibe el ataque imprevisto de los helicópteros del ejército colombiano cuando está refugiado en la selva. La escena arranca con Escobar dentro de una cabaña que comparte con una adolescente, los dos desnudos, y sigue el caótico zafarrancho de combate con el que los hombres de Escobar se defienden del ataque lanzando contra los helicópteros ráfagas de kalashnikov… y una bandada de palomas que sueltan con el objeto de que intercepten en su vuelo las aspas de los aparatos. Todo está rodado en plano secuencia, «porque es la mejor manera de que asistamos a la urgencia del momento y porque, pese a que parece más complicado, en realidad es lo más eficaz: si tuviera que fragmentar esa secuencia en planos necesitaría tantos para contarla que probablemente no tendría tiempo para hacerlo o no sería capaz».

Escobar huye, desnudo, con el AK en la mano. Desde el helicóptero lo vemos cruzar un río como un animal enrabietado, parece un enorme jabalí al que acaban de despertar y escapa sin rumbo, decidido a encontrar al que ha encendido su rabia. Pocos minutos después el Escobar de la ficción anuncia a una emisora de radio, tal como hizo el real, que ya se acabó el tiempo del plomo. A partir de ese momento comienza el de la pólvora, el del terrorismo, «el arma atómica de los pobres». Ese anuncio abre paso a una de las décadas más sangrientas de la historia de Colombia. Una deriva que el director considera la culminación de un proceso de inadaptación: Escobar había sido rechazado del Country Club, pese a que era millonario; le habían expulsado del Congreso Nacional, pese a que había sido elegido representante, y ahora intentaba con bombas lo que no había conseguido por su dinero o con la política. En la película, el personaje escrito por León de Aranoa se lo dice así a su hijo: «Tienes que conseguir que te quieran. Si no lo consigues, haz que te respeten. Y si tampoco lo consigues, haz que te teman».

Ese mismo ciclo sigue la relación de la periodista con el narco: primero le quiere, luego le respeta y finalmente le tiene miedo. «No quería fiarlo todo al dinamismo de la historia, al de la violencia», dice el director. «Para mí era importante que al menos los dos personajes protagonistas tuvieran capas, que me gustaran los dos, que supiera contar bien la evolución de la relación entre ellos».

Esa relación duró cinco años. El mismo tiempo que ha transcurrido desde que León de Aranoa y Bardem tomaron la decisión de producir la película hasta que ha llegado la fecha de su estreno. Cinco años buscando la manera de contarlos, fascinados por ellos como también los personajes reales sintieron mutua fascinación. Podría decirse que León de Aranoa ha buscado en esta historia a su contrario, lo que no tenía, la película que no había hecho hasta ahora y la que menos responde a lo que se espera de él. De la misma manera que Escobar y Vallejo se unieron cuando eran dos polos opuestos. Escobar vio en Virginia lo que nunca podía alcanzar: su clase social, esa envoltura, esa inteligencia social y política que a él siempre le faltó y que no encontraba en las reinas de belleza que ponían a su disposición. Virginia Vallejo, por su parte, hizo con él de Pigmalión, consiguió una exclusiva periodística que acaparó durante un lustro. Cinco años en los que Escobar tan pronto le regalaba poemas de Neruda a los que añadía una firma como intentaba acabar con su vida ahogándola con una almohada.

Así se lo dijo Escobar, así lo cuenta Virginia Vallejo en sus memorias: «¿Acaso crees que yo soy solo tu Pablo Neruda? ¡No, no, Virginia! Yo soy también… ¡tu Pablo navaja!».

Cinco años que fueron, que han sido, cualquier cosa menos aburridos.

Story original de Loving Pablo (2017). Imagen: Escobar Films / B2Y EOOD.

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11 comentarios

  1. Miguel S.

    “Pablo Navaja” es una referencia al “Pedro Navaja” de Rubén Blades, una canción muy popular de la salsa y que amplía el significado del chiste de Escobar. Así sucede con muchas otras referencias en el libro de Vallejo, un poco lost in translation Aranoa. Y aunque Penélope y Bardem son jóvenes, se les notan los 15 años de más que tienen sobre Escobar y Vallejo en el momento en que los representan, aparecen más maduros de lo que en realidad eran. Lo del idioma es otra excentricidad de la película: Escobar no hablaba inglés y Virginia lo habla de manera nativa, nada que ver con la pronunciación alcobendesa de Penélope, además de que era una joven muy viva y extrovertida, no acartonada como la representa Cruz.

  2. galahat

    Lo de que sea en inglés, imagino que son exigencias desde la producción porque dentro del triple salto mortal que suelen tener que hacer los actores, aquí a dos actores madrileños se les pide que hablen inglés, pero que lo hagan con acento “paisa”. Es una cabronada descomunal y bastante mérito tiene intentarlo siquiera. Es como si a un colombiano le pides, no que te hable en inglés, sino que lo haga con acento gaditano. Imitar el acento paisa siendo español ya es complicado, pero que lo hagas con otro idioma es para tomarse diez chupitos seguidos.

    No hay acento alcobendense en Cruz. Ha habido mucho cachondeo con el fuerte acento español de Penélope (que ha mejorado mucho, por cierto). Lo que nunca se suele comentar ni desde este ni desde el otro lado del charco, es que también habla italiano (muy bien) y francés. No está entre mis actrices favoritas, pero alabo la paciencia que tiene. Me hace gracia que quienes tan solo hablan inglés, se permitan el lujo de criticar a quien (mejor o peor) habla cuatro idiomas. Yo tengo una buena y trabajada pronunciación en inglés, pero ya me gustaría hablar italiano y francés, cosa que no hago.

  3. galahat

    ¿Pero no estábamos hablando del inglés que hablaba en la película “Loving Pablo”? Con acento alcobendense, fuenlabreño o alcorconero, pero ya me gustaría hablar francés a mí.

    • Pamosteles

      Hala, a estudiar, que ser políglota es cuestión de esfuerzo, no de superpoderes genéticos. El acento también hay que trabajarlo. A Penélope le sucede como a los ingleses, su acento es tan dominante que les es difícil ocultarlo cuando hablan otro idioma. La verdad que es un misterio esa decisión de hacerlos hablar en inglés con acentos colombiano y alcobendeño a los protagonistas, terminan caricaturizándolos.

    • Gondisalvo

      Exacto. A mi pasa con el inglés y el alemán que los estudie siendo muy niño. Ya me gustaría hablar francés como el, a pesar del acento.

  4. Si el libro de la Vallejo, no lo transformaron lo suficiente para hacer un guión respetable, la película no vale nada; son chismes sin ningún valor literario, y lo de las actuaciones…. es que ser actor supone eso, abandonar cualquier idea de identidad y los españoles como los colombianos pecan de eso, defienden su identidad como si fuera la única cosa defendible en el mundo. Entiendo porqué su disgusto con Goytisolo. Un actor como de Niro era capaz de transformarse hasta en adoptar un acento que nunca había tenido…pero ejemplos sobran para que aprendan.

  5. Al margen de los acentos que tengan que interpretar, me parece que a Bardem ( como de costumbre) le queda muy bien los papeles de personajes con una maldad palpable. Sí bien es cierto, que la novela no tenía mucho de donde sacar, ya que a Pablo Escobar se le está haciendo una explotación, que ya no se donde va a acabar, un día nos dirán las veces que iba al baño incluso.

  6. lockwood

    bardem y penélope están fantásticos en sus papeles en una película que pasa de puntillas por los temas, superficial y lánguida. parece consciente de sus propios errores y por momentos resulta incluso autocompasiva.
    me consta que hay muchísimo más metraje y ojalá lo solucionara aranoa con una “versión del director”… cosa que dudo.
    se queda a medio camino hasta el proyecto en sí. ni siquiera ha tenido los suficientes problemas como para considerarla maldita, ni el montaje final es tan estrambótico para resultar “de culto”. un par de buenas secuencias y el gigante bardem demostrando una vez más que es -de largo- uno de los actores más talentosos de su generación.

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