Los metabarones sin Jodorowsky

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Alejandro Jodorowsky y Jean Giraud con uno de los actores de Dune, ca. 1970. Fotografía: Cordon.

Hubo un reputado crítico de cine que tenía problemas con Amenábar, así lo expresó en un cómic. Yo los tengo con Jodorowsky. No se me ocurren mejores dibujantes de ciencia ficción que Moebius o Juan Giménez, pero creo que el guionista chileno los desaprovechó. Tampoco quiero desmerecer su trabajo, las obras que hizo con ellos; El Incal y Los Metabarones, están consideradas clásicos del cómic. Además, muchas de sus ideas son únicas e intransferibles, como la monja-puta o el Tecno-papa, pero siempre he echado en falta que en estas páginas hubiera unas historias mejor elaboradas, con mayor profundidad y no necesariamente tanta extensión, tanto en El Incal como en todo lo que ha tenido que ver con los metabarones.

Esto pensaba hasta que me acabé recientemente el primer ciclo de Metabarón que está publicando en España (Yermo Ediciones), Wilhem-100, el tecno-almirante y Khonrad, el antibarón, y me llevé una sorpresa. Me han gustado más que el integral de La casta de los Metabarones. Me pregunté: ¿Vuelve en plena forma o en una versión mejorada el maestro chileno? Qué va.

Mi impresión tan positiva se debía a otro motivo. Los álbumes que está publicando Yermo no son de Jodorowsky, aunque aparezca firmando junto al estadounidense Jerry Frissen y el francés Valentin Sécher. Su nombre figura en calidad de creador de la saga, les escribió una sinopsis, pero todo el desarrollo es un trabajo de la pareja. Pero yo, sin embargo, por fin me sumergía en el argumento de forma adictiva, expectante en cada página. Algo que nunca me había pasado antes en esta saga.

Sabrán ustedes que el metabarón es un soldado interestelar que, cuando se hace adulto, tiene que matar a su padre. Si no se lo carga, es que no vale como guerrero, ni por talento para luchar ni por falta de escrúpulos para matar. Y si lo logra, ha cumplido el requisito último para ser un metabarón. Ahora mismo, cualquiera diría que este fenómeno se ha dado entre el creador de la idea y los que la están continuando. Pero pongámonos antes en perspectiva.

El cómic de los metabarones viene del cómic de El Incal, y El Incal, de un proyecto cinematográfico fallido: Dune. Para el chileno es la mejor película de todos los tiempos, pero, vaya, no está filmada. Al menos hay un documental donde se explica detalladamente qué pasó.

Como director de cine, Jodorowsky filmaba películas surrealistas que, al contrario de lo que pueda parecer, eran muy interesantes. Una de las más destacadas fue La montaña sagrada. Es difícil olvidar las imágenes que contenía. Corderos crucificados en un desfile militar, una turista que mientras era violada por un soldado le pedía a su marido que se hicieran los tres un selfie, un anciano que le regala su ojo izquierdo a una prostituta, gente que esnifa por la oreja… A estas películas se las ha criticado por «no entenderse nada», pero es imposible aburrirse e incluso olvidarlas.

A raíz de esta cinta, Jodorowsky consiguió un mecenas que financiaría sus proyectos. Le pidieron que pensara a lo grande y, sin haber leído el libro, propuso rodar Dune, porque se lo había recomendado un amigo. En Hollywood tenían los derechos, pero habían visto que era una película tan difícil de hacer que, cuando se los quisieron comprar, se los dieron tirados de precio. Como si fuera imposible llevarla a cabo. Eran otros tiempos, 1975, todavía no había irrumpido el modelo de George Lucas y Steven Spielberg.

En un primer boceto de lo que tenía en mente, Jodorowsky consiguió que el dibujante Moebius le hiciera una especie de cómic con sus ideas. Fueron tres mil dibujos a lápiz reunidos en un tomo. Es lo único que le queda de todo aquello, pero ese trabajo tuvo mucho valor de cara al futuro. Tirando por lo alto, se considera que de ahí surgieron muchas de las ideas estéticas que luego aparecieron en la ciencia ficción y la fantasía de finales de los setenta y principios de los ochenta. Una época dorada.

Igual que los fichajes que hizo. Contrató a Dan O’Bannon, un tipo de campo que no tuvo un teléfono hasta los diez años de edad y que, según cuentan, cuando leía a Mark Twain pensaba que se trataba de historias actuales o modernas. Quizá por ese motivo se obsesionó de adulto con la ciencia ficción y, cuando conoció a John Carpenter, pudo ayudarle a terminar su trabajo de final de curso en la escuela de cine, Dark Star. Una historia que daba un giro a lo visto hasta entonces en el género. La nave del protagonista no era un prodigio, estaba siempre estropeada, y la tripulación no era heroica precisamente. Dark Star era una especie de parodia de la solemnidad de todo lo que se había visto hasta entonces. Y de ella, de un personaje que aparecía en los pasillos de la nave, surgió el guion de Alien, el octavo pasajero, que se convirtió en un mito y una saga que dura hasta nuestros días.

H. R. Giger. Fotografía: Cordon.

Otro fichaje sería el autor del diseño del xenomorfo, o sea, el mencionado alien. El dibujante suizo H. R. Giger. Además, para la banda sonora Jodorowsky ideó un concepto que hubiera podido triunfar en los años setenta. Para cada planeta en el que transcurriese la historia, un grupo de rock progresivo haría la banda sonora y luego se lanzaría en LP, como un sistema solar. En un principio contó con Pink Floyd, con los que contactó mientras mezclaban Dark Side of the Moon, y con los franceses Magma.

Jodorowsky tenía en mente una superproducción que anticipaba las que iban a llegar, pero en Hollywood los estudios no le compraron el cuento. No quisieron meterse en una empresa tan megalómana, no les parecía un proyecto realista. Demasiados efectos especiales. Por esas fechas, George Lucas y Steven Spielberg aún no habían cambiado el espíritu del cine. Aunque tuvo que haber más.

De algún modo, en el documental Jodorowsky’s Dune (2013), de Frank Pavich, se desliza que Jodorowsky no aceptaba correcciones. De hecho, él defiende que la obra de un artista tiene que ser tal cual él se la ha imaginado, sin retoques de nadie. Por lo que uno puede deducir que hubo elevadas posibilidades de que su incapacidad para desviarse de su propia idea original, bajar el listón de la ambición o aceptar sugerencias tuvo también mucho que ver en que no le dieran dinero alegremente para rodar la película.

Sin embargo, tras esta empresa abortada, se vende como genio incomprendido. Una figura que es un cliché donde suele repetirse habitualmente que el genio nunca es capaz de ver la realidad. Por ejemplo, una prueba de que los estudios de Hollywood apreciaron su trabajo es que luego, como él mismo cuenta y presume, fue apareciendo en otras películas. Hubo en cada estudio un tomo del Dune que dibujó Moebius con sus ideas y de él florecieron detalles en muchas pelis.

En Star Wars, Jodorowsky reconoce las guerras de espadas entre guerreros de una casta superior. Las escenas de Luke entrenando su destreza con el sable láser con un robot. El punto de vista desde dentro de ese robot fue una idea genuina del chileno, luego se vio en muchas más películas, la más famosa quizá sea Terminator.

En Flash Gordon hubo varias ideas y la que sin duda es una de las escenas más espectaculares de una película desigual, pero que los niños solíamos adorar en los ochenta: cuando le arrancan las gafas electrónicas a John Hollis, caracterizado como Klytus Observer No. 2. Un día habrá que hablar de los papeles de este hombre, fijo en la saga de Superman, que en 1980 rodó Flash con las gafas, El Imperio contraataca como Lobot, el ayudante de Lando, con las orejeras electrónicas aquellas —las mismas del metabarón, por cierto— y Superman como holograma de la Fortaleza de la Soledad.

También hubo detalles en el He-Man de la Cannon, el plano de Contact en el que atraviesan medio universo iba a ser el primero de Dune, y en El arca perdida, cuando abren la caja y a los nazis les da el telele, también había una escena similar dibujada por Moebius en aquel boceto.

Jodorowsky, en lugar de preguntarse por qué estás películas sí salieron adelante y la suya no, lo que entiende es que su Dune hubiese sido la suma del éxito de Star Wars, Alien y Terminator. La confirmación para él fue que toda la gente que eligió fuera después contratada por los estudios de Hollywood. Su única alegría, y lo dijo con pena porque David Lynch era uno de sus directores más admirados, fue que la Dune que sí que se filmó finalmente fuese mala. Cuando fue a verla al cine se sintió feliz, confesó.

Con este fracaso, descabalgó de su carrera cinematográfica y en lo sucesivo se volcó en el mundo de los cómics como guionista. Tanto en el celuloide como en las viñetas, no se le puede negar a Jodorowsky su portentosa imaginación visual. Él mismo reconoció que la pasión por imaginar escenarios le vino de niño tras empacharse de películas. Su madre le llevaba al cine varias veces por semana, el único lugar donde se portaba bien. Le emocionaban particularmente las películas de guerra y, al llegar a casa, se ponía horas a dibujar lo que había visto o lo hacía con plastilina.

La casta de los Metabarones 1. Othon el Tatarabuelo, de Alejandro Jodorowsky y Juan Giménez. Imagen: Rodrigo Vera / Norma Editorial.

Junto a Moebius, en pleno auge de las viñetas de ciencia ficción en los ochenta, crearon El Incal. Y de un personaje aparecido en esta ambiciosa epopeya hasta los confines del universo, el metabarón, dibujó en los noventa junto al gran Juan Giménez la historia de la dinastía de los guerreros de su casta.

El argentino Giménez había dibujado en 1989 una obra de arte llamada El cuarto poder. Las portadas de cada tomo son para llevar al Prado, junto a los retratos de Goya. Eran absolutamente irresistibles. Gritaban cómprame. Y dentro, el antiguo futuro en todo su esplendor. Naves, trajes, bases, ciudades y tecnología espectacular para la época en planetas devastados por guerras que duran más de cien años. No había mucho más que pedir.

Para él, como artista, era la consumación de una carrera dedicada a la ciencia ficción fundamentalmente, con títulos como La estrella negra o Leo Roa, donde destacaba el gusto por las ilustraciones llenas de pequeños detalles dibujados de la forma más realista posible, pero sin adornos innecesarios. Además, como Syd Mead, tenía formación mecánica tras estudiar en un instituto técnico y quiso en su día trabajar en aviación.

En 1992, Jodorowsky y Giménez rescataron al aludido personaje del Incal, aparecido en 1981, para un spin-off iniciado por Moebius en una historieta corta de seis páginas que publicó Cairo. El proyecto no empezó con paso firme. Giménez recelaba del guionista. En una primera toma de contacto, al margen de la fama que arrastraba, apareció todo vestido de morado. Toda la ropa e incluso los gemelos de la chaqueta. Además, a la hora de entregar los guiones, el chileno lo hacía de forma irregular e incluso grabando su voz en casetes.

Giménez le exigió que le diera guiones completos para poder interpretarlos. El guionista se comprometió y aceptó, además, otra condición que para él tuvo que ser mucho más complicada: libertad absoluta. Curiosamente, veinte años después del aborto de Dune eso también funcionó. Cuando estuvieron listas las primeras páginas, Giménez dijo que al principio Jodorowsky no reconocía ni su propia historia, pero que luego, oye, también le fue gustando. Con esta relación de igual a igual fue surgiendo una gran amistad y una colaboración de una década que, es innegable, hizo historia del cómic.

La casta de los Metabarones contaba la historia completa, desde los ancestros, e incluso posteriormente con precuelas, de estos guerreros de corte medieval en un futuro lejano en el espacio. Fuera de toda concesión, destacaban por su crueldad. Su razón de ser era esa. Al mismo tiempo, Giménez aportó la concepción de una tecnología futurista inspirada enormemente por el Kurosawa de la última época.

Las ideas eran muy buenas. El dibujo no podía ser mejor. Muchas escenas eran inolvidables. Pongamos, por ejemplo, cuando un metabarón padre le arranca una oreja a su hijo de un desgarro tirando con una mano mecánica (un implante, pues a él su padre ya le había arrancado una mano) como quien rompe un muñeco de lana, y este permanece inalterable, probando que ha aprendido a resistir el dolor. Así como cuando le ponen a un niño una máquina de triturar los pies, a ver si es capaz de resistirlo y prueba su valor. Cosa que logra el mozo.

En La Casa de los ancestros, una especie de making of con entrevistas a los autores editado por Norma en 2002, Jodorowsky explicó el origen de esta idea de malos tratos entre padres e hijos. Más o menos nacía de la experiencia de su propia familia; dijo: «Vemos que para fabricar un guerrero como el Metabarón, se requiere el trabajo de varias generaciones. Vemos cómo nacen y evolucionan las tradiciones. Vemos que una familia es como un organismo, y vemos que el heredero de un linaje es, en cierto modo, el vehículo inconsciente de todos sus antepasados. La casta de los Metabarones ilustra a su manera los descubrimientos teóricos, pero reales, que hice a lo largo de los años trabajando sobre terapia familiar. Ello consiste, resumiendo, en colocar al individuo en su árbol genealógico, pues se puede sufrir hoy, sin saberlo, del mal transmitido por un ancestro. Se dice que el hombre que pega a sus hijos fue a su vez un niño maltratado. Le pegó un padre que, al igual que él, recibió palos de su progenitor, pero no lo sabe, porque su padre no se lo ha dicho, claro. Y como resultado, cuando es adulto y padre, padece un problema que reproduce sin conocer el origen ni disponer de los medios para solucionarlo. Es un ejemplo sencillo. En la realidad surgen problemas mucho más complicados. Con el Metabarón quise referir una historia que se desarrolla a lo largo de varias generaciones. Se explica el personaje del Metabarón de El Incal por todo un linaje de ancestros que acaban por explicarnos por qué el Metabarón es como es, cómo se ha formado la tradición, etc. El árbol genealógico forma un sistema de repetición. Uno está como poseído por sus abuelos».

También hubo la aparición posterior de un metabarón trans, que debe fecundarse a sí mismo. O la continuidad de la dinastía por medio de un metabarón robot, depositario de algo de cada uno de sus antepasados. En las precuelas, Castaka, dibujadas esta vez por Das Pastoras, dos hijas que naufragan en un planeta con su padre urden un plan para emborracharlo y extraer semen de sus testículos para procrear. La historia es tan buena, tan buena, que está directamente tomada de la Biblia, de las hijas de Lot, que emborracharon a su padre y lo violaron en una cueva por miedo a no tener descendencia tras la destrucción de Sodoma y Gomorra. Del mismo modo, había filosofía oriental, bushidō, y los personajes sobre todo parecen propios de la tragedia griega, ese típico personaje de Eurípides que sabe cómo, cuándo y dónde debe morir, y acepta su final de forma dócil y a la vez heroica. Por una causa superior hacia la que se eleva su espíritu.

Todo es de una originalidad increíble, pero el problema, a mi modo de ver, residía en que las grandes ocurrencias se iban acumulando, una tras otra, sin mucho sentido global. El sesudo trabajo de organización de un argumento, la dura labor para conseguir que sea un relato sólido, brillaba por su ausencia. Solo eran destacables en este aspecto los finales en alto de cada álbum, que te obligaban, no sin cierto enfado, a seguir con el siguiente. Una reseña en Zona Negativa es muy elocuente en este aspecto, dice: «Si a esta obra le extirpásemos todo texto, en nuestras manos quedaría una colección de más de quinientas láminas ilustradas cuya exposición en cualquier prestigioso museo no debería desentonar en absoluto dada la calidad que presentan». Al final, uno leía más por ver de qué iban unos dibujos espectaculares que por ver de qué iba la historia.

El metabarón 1: Wilhelm-100, el tecnoalmirante. Imagen: Yermo Ediciones.

Pero desde 2016, para quien se haya tomado la molestia de leer todas estas sagas durante tantos años, que suman más de mil páginas, ha llegado el momento de disfrutar con cierta plenitud. Yermo Ediciones está publicando la actualización de la saga que ha iniciado Les Humanoïdes Associés, ahora con el escueto título de Metabarón, tomando una síntesis de todo lo que puso en liza Jodorowsky para quien busque continuidad, y sin enigmas y referencias anteriores que ahuyenten al profano.

El dibujo de Valentin Sécher es hiperrealista. Quizá demasiado fotográfico. A veces parece que vemos una sucesión de frames de una película más que a una sucesión de viñetas, pero no deja de ser de un nivel estratosférico. Y el punto fuerte está en el guion de Jerry Frissen. Hasta ahora habíamos tenido escenas imborrables, mística y religión, peleas brutales, pero en este ciclo aparece un personaje, Tetanus, el esclavo de un tecno-almirante, que destaca por algo nuevo, por su inteligencia.

En el segundo álbum, Kohnrad, el antibarón, hay un circo de tres pistas con la intensidad de El Imperio contraataca y sin perder la atmósfera mágica de los metabarones tradicionales. Es un número espectacular. Frissen en una entrevista confesó que los Humanoïdes le propusieron escribir el nuevo ciclo porque no encontraban a nadie capaz de hacerlo.

Cuando se enfrentó al proyecto, no se llegó a sentir intimidado «porque ya soy muy viejo», bromeó, pero sí digamos que aturdido, porque Jodorowsky no planteó la historia de un planeta o de una galaxia, sino de todo el universo completo. Afortunadamente, Frissen optó por no querer ser Jodorowsky, sino él mismo, y explicó que lo que él aporta es menos fantasía y más ciencia ficción, que es lo suyo, pues se considera ante todo un pupilo de Arthur C. Clarke y Robert A. Heinlein.

Sécher, por su parte, era más afín a la saga. Dice que tuvo en su regazo El Incal de Moebius prácticamente desde que nació. De hecho, Frissen bromeaba con que, cuando le dio el encargo de llevar a cabo la continuación a su lado, el dibujante tuvo que sentir como que por fin venía a buscarle la nave nodriza que tanto tiempo llevaba esperando.

Así que, lo dicho al principio, estamos en condiciones de asegurar que Jodorowsky ha sido devorado por su obra hasta el punto de ser objeto de su propia profecía: ha sido asesinado por su hijo para mejorar la casta.

7 comentarios

  1. Mr. DeWitt

    Como fan acerrimo de esta saga desde que lei el primer tomo, no me queda opcion que darle toda la razon al autor de este articulo. En la casta de los Metabarones hay guerras, intrigas y demas pero todo parece ocurrir porque si, no hay un argumento que justifique los conflictos, o ya de plano surge un nuevo enemigo o amenaza sin explicar de donde rayos salio.

  2. Hobbes

    De Jodorowsky no he leído nada de los metabarones, aunque si el Incal, y…. lo siento, pero me pareció una vendida de humo colosal. Salvable solo por el oficio de un maestro entre maestros como es Giraud/Moebius. Ya está, lo he soltado, fans de Jodorowsky, pueden proceder a lapidarme tranquilamente.

    • Colorao

      Nada de lapidar. Como mucho te dejaría un rato con Calvin. Estoy de acuerdo en que gracias al maestro Moebius el Incal pasa al Canon del cómic por derecho propio. No todo es humo tal como dices. La capacidad que tiene de sumergirme en ese universo y creerme casi toda la història que me explica, es lo que hace del Incal un libro para releerlo.

      • Hay que recordar que Moebius era un admirador devotísimo de Jodorowsky. Y lo que hace Moebius es poner en el papel todo aquello que se le ocurre al primero en su infinita imaginación. Es más, la “forma de imaginar” de Jodo creo una escuela propia en los autores que vinieron después. Se les debería otorgar el mismo mérito a los dos.

        Saludos

  3. Quizá es porque yo soy un desordenado enorme o un porque quedaba fascinado por las imágenes pero devoraba esos comics deseando que no se terminaran nunca.

  4. El HM de La Pradera

    Me compré el integral porque era de Juan Giménez, a pesar de Jodorowski (ya me llevé una decepción con El Incal, que no consigue salvar ni mi adorado Jean Giraud).
    Juan Giménez me gusta tanto que, lo confieso, me hice completa la colección Nova Fantasía atraído por sus portadas. Después resultó que había un puñado de buenas novelas ahí…

  5. asdfgh

    La nueva serie del Metabarón tiene una calidad altísima, y como dice el autor del artículo el guión toma un camino diferente al original de La Casta y no se limita a conectar una escena tras otra de manera casi independiente.

    Tanto el guionista como el ilustrador son magistrales. Pero se nota la ausencia de los autores originales. De Jodorowsky porque está ausente todo ese batiburrillo de ideas que ha creado esa estafa que es la psicomagia, que en el ámbito de la ficción resulta única y creadora de mundos increíbles.
    Y de Juan Giménez se echa en falta, sobre todo, su educación y preparación en cuanto a dibujo industrial. Por bien que Sécher lo haga, que lo hace, jamás será capaz de ilustrar la maquinaria como lo hace Giménez. Tampoco podrá ilustrar un naufragio estelar con sus piezas y trozos de nave flotando igual que el argentino.

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