¿Quién quiere vivir para siempre?

Publicado por
Jordi Hurtado. Imagen: RTVE.

Un hombre trabajado por el tiempo,
un hombre que ni siquiera espera la muerte
(las pruebas de la muerte son estadísticas
y nadie hay que no corra el albur
de ser el primer inmortal).

Jorge Luis Borges.

Según el Génesis, Matusalén vivió novecientos sesenta y nueve años. Su padre y su nieto, Enoc y Noé, murieron algo más jóvenes, el patriarca llegó a los trescientos sesenta y cinco y el vástago aficionado a la ebanistería náutica apenas vivió para cumplir los novecientos cincuenta años. Adán, el padre de todos ellos y de todos nosotros, murió con novecientos treinta años. Algo debía de haber en el agua antes del diluvio universal que se perdió con él. O puede que alguien confundiera los ciclos solares con los lunares, en cuyo caso Matusalen vivió, en realidad, setenta y dos años. Y el resto… Hagan ustedes las cuentas. Aun así, setenta y dos años es una edad nada desdeñable para los tiempos del Antiguo Testamento. No flotamos en datos sobre la esperanza de vida en los siglos posteriores a la creación, pero si tenemos en cuenta que antes del siglo XIX era poco probable superar los treinta y cinco años de edad, concluiremos que el Creador se preocupó más por la longevidad de las ballenas que por la de sus ojitos derechos.

Longevidad y esperanza de vida, no obstante, son conceptos que no deben confundirse. La esperanza de vida es una media, una cuestión estadística y de probabilidades, y la probabilidad de llegar a muy viejos crece a medida que sacamos de la ecuación la mortalidad infantil o juvenil y las muertes por epidemias o infecciones. La longevidad, o cuánto puede una persona poner a prueba los límites de su cuerpo, no tiene por qué haber variado sustancialmente a lo largo de la historia humana —pre y post creación—. Para aquellos con una genética a prueba de bombas y diluvios universales, los cien años parecen ser el límite, y los ciento veinte la anomalía. De acuerdo con Juan Martínez, impulsor del Registro Nacional de Centenarios de España, en declaraciones a La Vanguardia, «Ciento veinte años es un límite puramente estadístico. La probabilidad de llegar a esa edad es prácticamente cero». En efecto, que se conjuren en una misma persona —o más en concreto en una mujer, de largo las que más años viven— genética centenaria, hábitos saludables, ausencia de enfermedades o accidentes, es tan complicado como que esa misma mujer gane el Euromillón un día antes de su ciento veinte cumpleaños.

«La muerte es dulce; pero su antesala, cruel». (Camilo J. Cela)

¿Cuál es la verdadera clave de la longevidad? ¿Por qué envejecemos? ¿Por qué tenemos que envejecer y morir? Quizás esta última pregunta sea poco pragmática, así formulada, en el tono lastimero e impotente de quienes consideran que el tiempo del que disponemos es poco o de los que llegan tarde, como Gil de Biedma, a la conclusión de que la vida iba en serio. Aunque es una pregunta humana. Muy humana. Al fin y al cabo solo los humanos llegan a hacerse estas y casi todas las demás preguntas. Pero a preguntas, humanas o no, poco concretas les pueden —y les deben— seguir respuestas igual de genéricas. «La vejez y la muerte parecen ser la consecuencia lógica e inevitable de estar hechos de materia orgánica», afirma la doctora Marianela Zanolla, bióloga marina de la Universidad de Galway. Punto. Ningún organismo, por resistente y longevo que sea, esquiva al envejecimiento y a la muerte. Ni los extremófilos que se nutren del azufre al borde de las chimeneas termales del fondo oceánico, ni las secuoyas milenarias, ni siquiera Jordi Hurtado. Nada ni nadie se libra. Todo tiene que morir más tarde o más temprano porque, en cualquier caso, más tarde o más temprano las condiciones de nuestro planeta harán inviable la vida tal y como la entendemos. Hasta que finalmente todo lo que conocemos y lo que se conocerá se extinga «como lágrimas en la lluvia».

Sin embargo, cambiar la preposición al comienzo del enunciado puede ayudarnos a permutar entre un callejón sin salida que termine en filosofía/metafísica y respuestas más útiles o argumentadas. Probemos. ¿Para qué envejecemos y morimos? ¿Para qué propósitos la evolución y la selección natural fulminan el principio de supervivencia y dan pie a una cada vez más mermada capacidad reproductiva y a la muerte? Las primeras teorías a este respecto apuntaban precisamente a lo contrario; el envejecimiento no solo no anula la supervivencia sino que vendría a ser una suerte de programación celular encargada de limitar las poblaciones o de acelerar el relevo generacional, colaborando de esta manera a la adaptación de los individuos a entornos en permanente cambio. Es la especie la que debe sobrevivir, no tanto el individuo. La colmena, no la abeja. Y en cualquier caso, la evolución no es un plan maestro prediseñado para enseñarnos el camino hacia vidas confortables y largas. «La evolución no tiene ningún plan maestro. La evolución natural no es más que el resultado de mutaciones aleatorias. Unas nos ayudan a desenvolvernos en nuestro medio, a ser más aptos para la reproducción, más fuertes, más resistentes, y otras nos matan o no nos sirven absolutamente para nada. Pero esto no responde a ningún objetivo concreto ni, como decía, a ningún plan preconcebido», continúa la doctora Zanolla.

La teoría de la programación con fines «renovadores» tuvo, de todas formas, poco recorrido. Como explica el gerontólogo Thomas B. L. Kirkwood en su estudio Why do we age? (¿Por qué envejecemos?), «la mayoría de las especies cuya muerte, a diferencia de algunas como el salmón del Pacífico, no coincide directamente con el final de su ciclo reproductivo, nunca mueren de viejas. En entornos salvajes la muerte sobreviene por múltiples factores externos; infecciones, depredadores, desnutrición, frío. Como norma, los animales salvajes no viven lo suficiente como para envejecer». Y aquí Kirkwood se da de bruces con una cuestión capital; solo el ser humano, de entre todas criaturas que habitan o han habitado el planeta, ha logrado que casi todos los individuos de su especie eludan esos factores externos. Por tanto, solo el ser humano y solo en un período de tiempo que en la escala evolutiva apenas representa un grano de arena en el desierto puede servir de «material de estudio» para la selección natural. Con nosotros la selección natural podría empezar a preguntarse cómo perfeccionar la senescencia celular, eso en el caso de que consideremos que dicha senescencia no ha sido ya perfeccionada y no sirve ya a intereses muy determinados.

En ese sentido, doctores Gilberto Pardo Andreu y René Delgado Hernández, de la Universidad de Camagüey, y a lo expuesto en su estudio Senescencia celular y envejecimiento, «la senescencia celular es un proceso que evolucionó para prevenir el desarrollo de tumores en células mitómicamente competenes en organismos jóvenes para garantizar, en última instancia, la supervivencia de la especie. Precisamente los mecanismo que la inducen pueden provocar crecimientos neoplásicos». Es por esto que «la vejez es, quizás, el precio que se paga por disfrutar de una salud óptima en la juventud», concluyen Pardo y Delgado. Así pues, ¿para qué envejecemos y morimos? Para dar lo mejor de nosotros en la juventud. Lo que nos otorga fuerza, resistencia y capacidad reproductiva, termina por destruirnos. Un proceso que quizá pueda revertirse o modificarse en un futuro. En un futuro lejano, por más que les pese a los charlatanes de la criogenización y la vida eterna. Aunque en el caso de estos últimos ya no estaría en juego la compleja reescritura de la senescencia celular y sus incontables dilemas adyacentes sino la resurrección. Despertar a los muertos. Fíenselo largo a Walt Disney.

Walt Disney, 1951. Fotografía: Cordon.

«La farmacia más efectiva está dentro de nuestro propio sistema». (Robert C. Peale)

Kirkwood va un poco más allá que Pardo y Delgado, o un poco más acá, si se quiere, pues sitúa las claves de la longevidad en un condicionante bastante cotidiano: la dieta. Si bien coincide en que «la energía y los recursos empleados en mantenernos vivos y en forma en las primeras etapas de la vida y hasta la reproducción conduce a un evidente deterioro en fases posteriores de la vida […] los períodos de hambruna a menudo producen cambios metabólicos que, paradójicamente, aumentan la esperanza de vida sin que ello afecte a la reproducción o a la supervivencia cuando vuelven a generarse condiciones favorables». «Está demostrado», además, «que una reducción de la ingesta calórica ralentiza el envejecimiento en los ratones de laboratorio». Y esto, la dieta, parece adquirir una dimensión capital a la hora de dar con estrategias realistas y no de ciencia ficción que retrasen la visita de la Parca. Así lo cree el biológo y genetista Preston Estep, de la Universidad de Cornell.

Comienza Estep por desmontar en cierta manera el mito de la cura del cáncer como pasaporte a la longevidad. Curar el cáncer solo eliminaría un factor de riesgo, pero lo cierto es que «el cáncer y otras enfermedades asociadas a la edad no pueden separarse del envejecimiento y la senescencia. Son resultado de procesos latentes. Mucha gente que muere de un fallo hepático, digamos, a los ochenta y cinco años, también puede tener cáncer, arteriosclerosis; pueden sufrir deterioro cognitivo como consecuencia directa de la esa senescencia y la degeneración de todos los sistemas y circuitos genéticos del cuerpo humano». Curar el cáncer, en el caso de los ancianos, no supondría más que acabar con un síntoma del envejecimiento. Y así con el resto de síntomas. Parches de masilla en un muro que se agrieta y se desmorona sin solución. Estep, como Kirkwood, prefiere hablar de la dieta como el verdadero plan maestro para mantener el cerebro en forma. Porque, sin un cerebro en forma, cualquier parche es inútil o cuando menos insuficiente. Por ello, en su libro The Mindspan Diet destapa, desde el rigor científico, falsas nociones y malos consejos de esos que circulan a todas horas por la red de redes o en el bar del gimnasio.

Estep escruta poblaciones donde longevidad y un buen funcionamiento cognitivo van de la mano —lo que llama la mindspan elite— y, sirviéndose de sus conocimientos en metabolismo y genética, nos ayuda a entender cuáles son los secretos de sus dietas. Por ejemplo, según sus investigaciones, una dieta basada en el hierro, los lácteos y los granos no refinados después de los cuarenta puede ser nociva para el metabolismo y contribuir a enfermedades habituales en la vejez, como la demencia. Comer solo pollo y arroz integral para marcar bien la tableta de chocolate pasada la cuarentena puede convertirnos en los pacientes con los abdominales mejor definidos del asilo para enfermos de alzhéimer. Por el contrario, una dieta basada en carbohidratos refinados, en arroz blanco, con pocos aportes de hierro, una dieta a la japonesa —el país que acoge a la gran mayoría de la mindspan elite—, puede colaborar no solo a alcanzar edades centenarias sino a alcanzarlas en plenas condiciones mentales, único salvoconducto conocido para transitar por la tercera y la cuarta edad en buena forma física.

«Si cambiar el mundo es jugar a ser Dios, será una prueba más de que Dios nos hizo a su imagen y semejanza». (Aubrey De Grey)

Pero hay quien no se conforma con estrategias «mundanas» y, como sucede en esas películas de científicos chiflados donde todo termina muy mal, insiste en coquetear con la idea de ser dioses. Dioses inmortales. De entre todos los gurús, iluminados y charlatanes varios que han propuesto teorías desde las que afirman poder posponer «la hora señalada», el gerontólogo y biomédico británico Aubrey de Grey ha enfadado de verdad, con su osadía, a buena parte del gremio científico. Desde su fundación, SENS: Strategies for Engineered Negligible Senescence —algo así como «las estrategias para diseñar una senescencia inocua»— lanza el humilde lema «Transformamos la manera en que el mundo investiga y trata las enfermedades relacionadas con el envejecimiento». A la pregunta de qué es lo que hace a SENS especiales, respuestas grandilocuentes, pero poco concretas. «La cantidad de dinero, tiempo y energía que se emplea actualmente en poner remedio a enfermedades como el alzhéimer, cardiopatías o diabetes, es enorme. Por desgracia, pese al progreso en el tratamiento de los síntomas, no se ha encontrado cura para ninguna de ellas». Pero tranquilos, porque «la Fundación SENS es la única organización sin ánimo de lucro que de verdad se empeña en un cambio de paradigma que dé pie a una verdadera industria de la biotecnoogía del rejuvenecimiento». Solo necesitan una cosa: nuestro dinero. De Grey lo tiene todo controlado. Una terapia para cada tipo de daño celular, y un nombre de producto de Avon para cada terapia: OncoSENS, GlycoSENS, MitoSENS. Suena parecido a poner parches de masilla en la pared que se agrieta, a atajar síntomas y no curar, pero en ciencia todos deben tener su oportunidad. Su oportunidad de probar que están en lo cierto.

Sin embargo, De Grey y los suyos optan por una estrategia muy en boga entre chamanes e Hipócrates modernos: lo que digo será cierto hasta que alguien demuestre lo contrario. Ese cohete llegará a la Luna, salvo que explote. En 2005, la Fundación Methuselah —Fundación Matusalén, un nombre digno de Ibáñez—, de la que fue cofundador el propio De Grey, ofreció a la revista Technology Review un premio de veinte mil dólares para el científico o grupo de científicos que demostraran que SENS «estaban tan equivocados que no eran merecedores siquiera de debate en el ámbito académico». La propuesta tenía trampa, pues no se trataba tanto de desmontar a través de ensayos o investigaciones las teorías de SENS como de «probar» que sus tesis no merecían ser probadas. Claro, nadie pudo probar tal cosa. Decidir si algo merece o no ser debatido es una cuestión que navega profrusamente en las aguas de la subjetividad. Del reto de Technology Review se extrajo, eso sí, que Preston Estep, firme opositor de SENS, y sus compañeros hicieron la mejor exposición de todas —lo que les valió un accésit de diez mil dólares— y que De Grey y SENS, por su parte, se movían y se mueven en todo momento entre la pseudociencia y teorías robadas a otros y vendidas con una pátina de sensacionalismo para seducir a todos aquellos que desean comprar lo único que no pueden comprar: tiempo extra.

Nada de lo que proponen visionarios como los de SENS es nuevo. Las terapias antiaging o de regeneración celular se vienen investigando e incluso aplicando desde hace décadas, y es la industria cosmética la que más réditos saca de procedimientos que en realidad ofrecen mucho menos de lo que prometen, a menudo de manera cuasi fraudulenta. No es posible la regeneración a nivel superficial que aseguran ciertos laboratorios respecto a las cualidades rejuvenecedoras sus cremas, y mucho menos dar con una píldora mágica o procedimiento universal que nos convierta en Benjamin Button. Cualquier intentona de regeneración celular implica trabajar a un nivel genético; un enfoque mucho más profundo. Kenneth D. Poss, profesor de Biología en la Universidad de Duke, lo explica: «El debate sobre cómo y por qué se da la regeneración de los tejidos ha atraído a numerosos biólogos e ingenieros biomédicos. La capacidad regenerativa difiere enormemente entre los diversos órganos y organismos, y se han estudiado un amplísimo espectro de sistemas que utilizan diferentes estrategias regenerativas. Estudiando estas estrategias, comenzamos a entender algunas claves fundamentales en la regeneración. La propia capacidad regenerativa del órgano o del organismo, las células madre, o los mecanismos que controlan la proliferación de los patrones regenerativos». Se necesitarán décadas de investigación para llegar a comprender y acaso controlar una sola de esas claves que, hipotéticamente, puedan colaborar a rejuvenecer lo que ha envejecido y se está muriendo. Mientras tanto, no lo olvidemos, la senescencia continuará desempeñando su particular tarea.

«Desear la inmortalidad es desear la perpetuación de un gran error». (Abraham Lincoln)

Demasiados frentes abiertos como para que alguien ose afirmar que tiene en el puño de una mano el elixir de la eterna juventud. Hasta que el futuro esté aquí con sus promesas de regeneración y longevidad, coman poco, beban con moderación, y no fumen. Llegarán a viejos y, con suerte, para entonces, aún nadie habrá averiguado la fórmula del dichoso elixir. No tendrán que lamentarse en los mismos términos que aquel Winzy que imaginó Mary Shelley en su El mortal inmortal, que vio morir a todos los que le importaban y se quedó aquí para ver vivir a los que no le importaban nada:

Así he seguido viviendo año tras año… Solo, y cansado de mí mismo. Deseoso de morir, pero no muriendo nunca. Un mortal inmortal. Ni la ambición ni la avaricia pueden entrar en mi mente, y el ardiente amor que roe mi corazón jamás me será devuelto; nunca encontraré a un igual con quien compartirlo. La vida solo está aquí para atormentarme.

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11 comentarios

  1. Agustín

    “Todos desapareceremos sin dejar rastro”

    Serguei Koroliov

    Yo sí quiero vivir para siempre.

    Interesante artículo.

  2. La cuestión, Agustín, es… ¿Vivir «para siempre» con qué edad? ¿Siempre adolescentes? ¡El horror! ¿Siempre treintañeros o cuarentones? ¡Trabajar para siempre! ¿Jubilados eternos?

    Hay algo en lo que no pude «internarme», porque evidentemente no hay ningún dato al respecto, y es el estado mental/emocional de alguien que viva doscientos o trescientos años. Creo que en este sentido la literatura es muy sabia y todos los mitos inmortales que se han creado han sido casi siempre personajes tremendamente desgraciados. Desde el propio Winzy de Mary Shelley hasta Drácula, o Matusalén, que tenía muy mal café y vivía más solo que el «probe» Migué.

    • Agustín

      Yo estoy jubilado. Soy un jubilado que, salvo los pinitos con la literatura, no hace nada en todo el día. Si pudiera mantener la vista y la mente claras, seguiría deseando vivir para siempre. O al menos, ser el último en marcharse de esta desconocida existencia. La de cosas que vería.

      Supongo que es algo que no podemos decidir/elegir.

      Saludos, Autor.

  3. Agustín

    Yo estoy jubilado. Soy un jubilado que, salvo los pinitos con la literatura, no hace nada en todo el día. Si pudiera mantener la vista y la mente claras, seguiría deseando vivir para siempre. O al menos, ser el último en marcharse de esta desconocida existencia. La de cosas que vería.

    Supongo que es algo que no podemos decidir/elegir.

    Saludos, Autor.

  4. Maestro Ciruela

    Vivir tantísimo tiene para mí algo horrible y es asistir a la muerte de seres muy amados, mucho más jóvenes que tú. Me parece razón de suficiente peso aunque no se pudieran encontrar más, que seguro que encontraríamos. Además, esta prolongación me la pediría yo en la época de mis treinta y tres, treinta y cinco, porque supongo que nadie querrá vivir 300 años como un viejo pellejo.
    Tengo un ahijado que acaba de cumplir 6 años. Después de su padre (mi hermano) y su madre, sé sin duda que soy la persona que más lo quiere en el mundo. A veces, cuando lo miro extasiado y feliz, se me vienen a la cabeza pensamientos que casi me avocan al llanto; dentro de muchos años, cuando él haya muerto después de una larga y (espero) feliz vida, sus padres y yo llevaremos tiempo desaparecidos. Cuando a su vez, mueran sus allegados, esposa e hijos, nietos, no quedará rastro ni recuerdo de todos los que he ido mencionando. Cuando mi cuñada me pregunta qué me pasa, le digo que lloro de felicidad.

    • Maestro Ciruela

      Ahora no sé si debiera haber escrito “Abocar” en vez de “Avocar”…

    • Mariona

      ¡Es cierto! Ayer, mirando a mi hijita de 17 meses, me puse a pensar en que en 200 años, nadie recordaría su existencia y se me cayeron unos lagrimones de aupa!
      ¡Qué pena, dios mío!

  5. Recuerdo que estando yo estudiando medicina, una asignatura llamada bases antropológicas de la evolución humana, tuvimos tertulia y debate sobre envejecimiento, longevidad y desarrollo tumoral. El artículo que comentábamos (no recuerdo PMID de referencia) se basaba en un ensayo con ratones de laboratorio, demotrando que aquellos que tenían una dieta hipocalórica extrema pero sin llegar a estados cerenciales tenían una mayor longevidad.

    Sobre esto hay artículos interesantes desde hace ya unos añitos.

    Saludos

  6. Poder ser inmortal sería un desmadre fiscal. Quién pagaría las jubilaciones eternas? Porque, si uno, como sería lógico, accede a la inmortalidad siendo jóven no creo que querría trabajar durante toda la eternidad. Es mejor morirse. Además, creo que sería un aburrimiento total. Todos los días lo mismo.
    No é facile invecchiare con garbo,
    Bisogna accertarsi della nuova carne, di nuova pelle,
    di nuovi solchi, di nuovi nei.
    Bisogna lasciarla andare via la giovinezza, senza
    mortificarla in un nueva eta che non le appartiene,
    occorre fare la pace con il respiro piú corto… etc
    Cecilia Resio, poetisa.
    excelente artículo

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