La nueva mojigatería

Publicado por
Gilbert Keith Chesterton (1874 – 1936). Fotografía: Getty.

Este texto es un capítulo del libro Monstruos y lógica, publicado por Editorial Renacimiento

He descubierto que la nueva mojigatería es más estrecha y mojigata que la vieja, incluso la de los días tristes y oscuros del final de la época puritana. Este descubrimiento me interesa no poco, pues siempre he odiado el puritanismo ordinario con odio límpido, perfecto e inmaculado. Sin embargo, el puritano puro no es tan negativo, represivo y lúgubre como el progresista puro. La nueva mojigatería no sale de vetustas sectas ni de viejas capillas desvaídas; sale de nuevos clubes, ligas y asociaciones de arte y cultura, de novísimos escuelas de ciencia y filantropía. Es una cosa del futuro o, por lo menos, de futuristas que piensan que dominarán en un futuro. Más notable aún, es algo de jóvenes y, lo que resulta todavía más extraordinario, de jóvenes que se consideran libres. Los Diez Mandamientos del cristiano, incluso los Diez Mil Mandamientos del puritano, son la libertad perfecta, cuando se les compara con la terrorífica rigidez de los nuevos tabús.

Para probar la pura verdad de lo que digo, lo ilustraré mediante un caso práctico. Una señora, que por casualidad cuidaba al hijo de una chica joven, descubrió en el niño un interés morboso y pervertido por la historia de Juana de Arco. La joven pertenecía a esta escuela que se precia de su juventud, aunque no en el sentido al que se refería el poeta, cuando habla de libar vino en el país de la juventud. Esta joven provenía de otro país más extraño donde habitan los jóvenes de ahora, en el que solamente se bebe agua fría o cócteles, a veces mezclados con arsénico. En suma, tenía ideas de lo más progresistas y ella, que era la madre, hizo saber a la señora, que actuaba in loco parentis, que, en lo tocante a la educación y recreación del menor, se debían observar estrictamente las siguientes normas. 1.º El niño nunca deberá leer cuentos de hadas ni se le debe hablar de la existencia de estas. 2.º El niño nunca debe oír hablar de la existencia de ninguna forma de violencia. 3.º El niño debe ser celosamente protegido contra el vergonzoso rumor de que existen cosas como la religión y la fe. Con estas cortapisas, la señora debía afrontar al problema de contar la historia de la santa Juana de Arco histórica. Para empezar, el niño no debía llegar a saber nada de la niñez de santa Juana, cuando jugaba alrededor de un árbol encantado por hadas; es más, el niño no debía saber nada de su vida, pues me temo que buena parte de esta la ocupó en guerrear; para colmo, el niño no debe enterarse de la muerte de la santa, cosa que fue el resultado de su lucha y que saca a colación el bochornoso asunto de la religión; quisiera ver cómo explicar, en la versión expurgada y saneada de la vida de esta heroína del s. XIV, por qué peleaba santa Juana y por qué murió.

Es una insensatez decir que esta clase de cosa es liberal o emancipada; es una insensatez pretender que no es más estrecha y obscurantista que el más negro pesimismo de los peores días del puritanismo. No lo comparo con mi religión: lo comparo con la religión que más me disgusta; al mismo tiempo, afirmo que el puritanismo más extremado fue un loco estallido de libertad, un paraíso de permisividad y diversión, si se le compara con esta cosa. No me gustan el sabbath de los escoceses, ni las viejas casas en las que no se deja entrar la luz, ni los largos días que se consumen, sea en hacer nada, sea en estudiar teología. No obstante, todo esto era de lo más divertido y quienes lo hacían eran más libres. Por ejemplo, decir que los domingos a la gente solo se le permite leer la Biblia, más que un panegírico del puritanismo, es una crítica. Pero leer la Biblia es tan romántico y apasionante como leer las Mil y Una Noches del romanticismo y la pasión, si se le compara con las limitantes que fija un joven progresista. La Biblia es una Enciclopedia Británica con los más variados temas sobre la multitud de los intereses humanos, si se le compara con el conocimiento que puede ser transmitido en las nuevas condiciones. Nadie podría leer la Biblia sin adquirir una ingente cantidad de información acerca de guerras, credos, religiones falsas y verdades, seres míticos, mágicos y misteriosos, como los que aparecen alrededor del hombre en todas las literaturas del mundo. En realidad, los niños que se criaron en las casas de nuestros bisabuelos calvinistas crecieron con la cabeza llena del noble ruido del conflicto y la crisis; de acciones valientes y vigorosas descritas en el más fino inglés que nuestra historia nacional ha conocido; con el fragor de los gritos y los capitanes, de los carros y jinetes israelitas; con aquel que lanzó una flecha al azar, solamente para que fuera a clavarse entre las junturas de la armadura de un rey; de aquel que su carrera se escuchaba desde muy lejos, pues corría con furia. A pesar de tener serias desventajas, a eso es a lo que yo llamo tener educación; tengo por cierto que es estar mucho mejor educado que el pobre niño mojigato a quien no se le debe revelar que Juana de Arco portaba estandarte, sino que usaba paraguas.

En tanto que eliminar la literatura de guerra equivale a limitar toda la literatura, la sola Biblia resulta más pedagógica que un tonto escrúpulo, que quiere permanecer ignorante del caballo de batalla cuyo cuello envolvía el trueno, o del animal que estaba siendo cazado, pero que se reía al ver a los cazadores. Sea como sea, resulta interesante recordar que en aquellos lúgubres hogares puritanos de los que he estado hablando era proverbial hacer una excepción; incluso en domingo, los niños podían leer The Pilgrim’s Progress. Esto es, se les permitía leer lo que casi es un cuento de hadas: que ciertamente es una historia punzante y que, de acuerdo a innumerables testimonios, de hecho no resulta un sustituto nada malo de otros cuentos y narraciones infantiles. Así, un niño de espíritu libre podría llegar a encontrar ahí valor para luchar; y no olvidaría nunca el instante en que Apollyon salta sobre todo lo ancho del camino; o cuando Greatheart, en su agonía, rinde su espada y del otro lado todas las trompetas le aclaman. Yo preferiría ser un muchachuelo del siglo XVII, menudo, atolondrado y andrajoso, antes que alguien que nunca haya escuchado las notas lejanas de esas trompetas, aun en este valle de lágrimas.

El interés intelectual en la intolerancia moderna radica en que las nuevas filosofías, religiones y sistemas sociales no pueden idear proyectos de esquemas para la emancipación de la humanidad que no la esclavicen cada vez más. No pueden ni siquiera ejecutar lo que consideran las más ordinarias de las reformas sin imponer en ese mismo instante las más extraordinarias de las restricciones. Para que no escuchemos hablar de marcialidad, nos sujetan a ley marcial. Debemos encomendar a nuestros hijos al cuidado de la más ogra de las tutoras, so pena de que se les mencione, ni siquiera por accidente, que hay cosas tales como ogros y hadas. Todos tendrán que ser entrenados bajo una disciplina antimilitar, que será tanto o más tiesa y estricta que la disciplina militar. Los cuentos de hadas habrán de ser sometidos a una censura que objetará encontrarlos demasiado hermosos, del mismo modo que el más aburrido de los victorianos o el más zafio de los censores protestaría por encontrarlos demasiado feos. Surgirá alguien como la señora Grundy, a quien no sonrojarán los hechos naturales, sino las fantasías sobrenaturales. Un nuevo Paul Pry será enviado a husmear en nuestros hogares, a espiar por las cerraduras, para buscar si, en una cueva de infamia, se le está enseñando a un niño a admirar la valentía. Sin importar lo que pensemos de los méritos relativos de las dos religiones, hay un hecho que se hace evidente por mera lógica: que la nueva religión, tanto como la vieja, será una religión persecutoria. Por su naturaleza misma, tendrá que luchar por su vida en contra de las fuerzas normales de la naturaleza humana, tanto como supuestamente han tenido que hacerlo los sistemas de ascetismo y penitencia del pasado. Este es un claro ejemplo de extremos que se tocan aunque, bien mirado, a menudo los extremos se tocan porque son menos extremos que las personas. El pacifista moderno tiene un innegable parecido con el antiguo puritano; el hombre actual a quien ahora horroriza toda la teología es muy semejante al hombre antiguo a quien horrorizaban todas las cosas, excepto la teología. La demostración está en la práctica. Como el nuevo comunista, el viejo calvinista le prohibía a los niños leer cuentos de hadas. El viejo puritano, como el nuevo pacifista, quisiera impedir a los niños leer historietas de piratas. El nuevo idealista ni siquiera llega a ser nuevo, en el sentido en que lo es un recién nacido. Es nuestro bisabuelo puritano, que terroríficamente se levantó de entre los muertos.

6 comentarios

  1. Máximo

    Qué bueno…

    Que se mueran los hippies. Y abajo el sectarismo.

    “Para que no escuchemos hablar de marcialidad, nos sujetan a ley marcial.”

  2. Cómo no afirmar sin sonrojarse que lo expuesto admirablemente también es un dogma para una cierta parte de la población? He pasado gran parte de mi vida leyendo libros en los cuales se hablaba de tolerancia, amor al prójimo, libertad, responsabilidad social, honradez, sacrificio, etc. etc, todos temas que no tendrían que tener ninguna oposición, pero aquí andamos. Es muy angustiante, y a veces,
    he llegado a dar la culpa de tal situación a… los libros. Una ambiguedad dolorosa y quiero convencerme que equivocada, pero cada vez que la humanidad ha estructurado una creencia religiosa o politica, así sean estos libros sagrados o constituciones ha andado de mal en peor. Es muy deprimente. Espero que no sea verdad que el hombre es un producto nocivo para el planeta. Muy buen artículo, como para seguir creyendo.

  3. Pingback: Los nuevos puritanos | qdrelatos

  4. Raulito

    Qué chorrada más grande escribió Chesterton, cristiano rabioso con que los padres modernos quisiesen proteger a sus hijos de la enfermedad mental (como lo harían de cualquier otra) que es la religión, que infecta siempre (y ese es su plan) cuando las personas somos aún críos indefensos de cerebro maleable.

    Esta reacción censora de los creyentes ante los ateos siempre ha sido y sigue siendo la que muestra Chesterton: llamar puritanismo censor a la intención de los padres por darle a sus hijos la oportunidad de vivir una infancia limpia de creencias infundadas que hacen un daño a la psique humana de por vida, y dejar que sus hijos conozcan todas las locuras del mundo cuando crezcan y como adultos tengan por fin capacidad de decisión y raciocinio. Pero claro, esto revienta siempre a los fanáticos religiosos, pues saben que ninguna persona no adoctrinada desde niño en la fe en lo absurdo creerá en sus ridículos dogmas.

    Las únicas censura y puritanismo reales son las que ejercen la religiones y sus adoctrinados sobre la libertad de pensamiento de los demás. Miles de años de Historia humana lo demuestran sin sombra de duda.

  5. Oppiano Licario

    Maravilloso.

    Y tan de actualidad en esta nueva era de postverdad y corrección política.

    Qué ironía que la nueva Inquisición venga de la mano de unos niñatos deseosos de sentirse ofendidos.

  6. Asher

    La primera frase con la que Chesterton comienza a ilustrar la anécdota lo dice todo: “descubrió en el niño un interés morboso y pervertido por la historia de Juana de Arco”. Esto es lo que sucede cuando se intenta educar a cualquiera negándole la realidad, y de la realidad, guste o no, forman parte el mal, la violencia y las creencias irracionales (conformadas en una proporción nada despreciable por las diversas mitologías y las historias legendarias de cada cultura).
    La negación y la ocultación que conlleva esa educación políticamente correcta hacen que el niño viva desconcertado: él intuye vagamente que existe algo que no le están contando, algo “oscuro” (tanto por su contenido como por el secretismo al que está siendo sometido), pero no sabe exactamente qué es, así que no es raro que la imaginación se le desboque tratando de rellenar los huecos que percibe. Lo embarga un miedo difuso a ese algo que no puede concretar, y al mismo tiempo se siente atraído por ello de una forma irresistible. Es así como se desarrolla ese gusto morboso y perverso del que Chesterton habla.
    Lo dice la psicología junguiana y lo dice la lógica más elemental: cuando se niega y se reprime la sombra, ésta se hace más y más incontrolable y toma un aspecto cada vez más amenazador; lo prohibido resulta tremendamente apetecible aunque sea un veneno.
    Los niños están más capacitados de lo que creemos para encajar la existencia de la violencia (no olvidemos que ellos mismos sienten pulsiones violentas) y diferenciar entre fantasía y realidad. Además, en el caso de que tengan dudas, pueden contar con el apoyo de sus mayores para despejarlas.
    Por cierto, ¿de dónde viene ese empeño de algunos adultos por esconder la fea realidad? Yo creo que de sus propios miedos, prejuicios y obsesiones, de un apego enfermizo a la pureza, al bienestar, a la belleza y la racionalidad, que los impulsa a huir y negarse la parcela de la realidad que no coincide con esa visión. Su argumento, que hay que transformar la realidad que no nos gusta, no aceptarla resignadamente, pero la realidad se suele comportar de manera muy tozuda, y se empeña en demostrar una y otra vez que es imposible borrar totalmente lo que nos parece feo o inadecuado.
    Mojigatería, puritanismo y corrección política extrema se vuelven a reeditar en todas las épocas porque reflejan el miedo patológico a la propia sombra, a nuestros demonios, tanto individuales como colectivos.

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