Bonnie & Clyde (I): La poetisa y la serpiente

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Foto: DP.

Algún día caerán juntos;
y serán enterrados lado a lado.
Para unos pocos será una desgracia;
para la ley, un alivio.
Pero será la muerte para Bonnie y Clyde.

(Fragmento de «El final del sendero», poema que Bonnie Parker escribió en la cárcel)

No ocurre todos los días que la policía tenga que intervenir para impedir el robo de una oreja.

El miércoles 23 de mayo de 1934, a las nueve y cuarto de la mañana, la pareja de amantes más célebre del mundo del crimen tuvo el encontronazo final con su destino. La prensa los apodaba Romeo and Juliet in a getaway car, «Romeo y Julieta en un coche a la fuga», y sus fotografías, tomadas por ellos mismos en momentos de diversión, habían aparecido en todos los periódicos importantes del país. No había estadounidense que no conociese sus nombres. Durante meses habían protagonizado una intensa persecución a lo largo de varios territorios de los Estados Unidos, alimentando las portadas con los detalles morbosos, reales o inventados, de sus fechorías. Varias veces habían esquivado el cerco llevándose por delante las vidas de ciudadanos y agentes de la ley. Los mandos policiales habían transmitido un claro mensaje a sus subordinados: la pareja era demasiado peligrosa y no se contemplaba una detención sin incidentes. Ya no se trataba de capturarlos para llevarlos ante un juez, sino de darles caza como a animales salvajes.

La autopista estatal 154 de Lousiana, al sur de los Estados Unidos, no es una «autopista» como las que nos sugiere ese nombre en España. Es una carretera secundaria de dos carriles; sus ochenta y cinco kilómetros discurren entre una pedanía insignificante, Elm Grove, poco más que un puñado de casas dispersas, y un pueblo minúsculo, Athens. Poblaciones tan pequeñas que se las cita por su parroquia; en Lousiana, debido a la influencia francesa, el territorio no está dividido en «condados», sino en «parroquias». Viajando desde el norte, a la altura de Mt. Lebanon, la 154 vira hacia la derecha; por allí hay poco más que un par de iglesias baptistas, algunas casas y muchos, muchos árboles. La estrecha carretera sigue atravesando un paraje verde, pintoresco y anodino, todavía flanqueado por espesas arboledas, aunque con los arcenes bien despejados, durante unos ocho kilómetros. Allí, se eleva y vuelve a descender en una larga y suave recta. Junto al carril derecho, a mitad de recta, se erigen dos pequeños monumentos. El primero es una tosca lápida de piedra gris, con pintadas en el frente y los bordes picoteados por los turistas que querían llevarse un pedacito. El segundo, también de piedra, es el soporte de una placa que tiene grabada la imagen de seis hombres con traje, corbata y sombreros fedora. Son los seis policías que, aquella mañana de 1934, tendieron una emboscada en ese mismo punto.

Habían pasado todo un día y toda una noche haciendo guardia, ocultos entre los árboles, en una ubicación desde la que disfrutaban de cientos de metros de visibilidad hacia cada lado. Después de más de veinticuatro horas de agotadora vigilancia, escucharon a lo lejos el rugido de un motor. Por fin, divisaron el automóvil que habían estado esperando: un Ford V8 de color gris verduzco —lo que en la fábrica llamaban «gris Córdoba»— que, por supuesto, era robado. Cuando el automóvil estuvo a distancia de fuego, los agentes salieron de sus escondites y, sin dar el alto, sin que mediase aviso alguno, empezaron a disparar. Vaciaron la munición de sus escopetas sobre el lado del conductor. Después, vaciaron la munición de sus pistolas. En menos de un minuto, ciento cincuenta detonaciones retumbaron en un lugar donde, incluso hoy, lo único que suele escucharse es el canto de los pájaros.

El Ford perdió el control. Arrastrado por la inercia, avanzó todavía unos treinta metros, virando hacia donde estaban los policías. Se detuvo a muy poca distancia de ellos, cuando chocó con la ligera vaguada que trazaba el arcén. Las ventanillas estaban rotas, la parte izquierda de la carrocería moteada por decenas de orificios de bala. Romeo y Julieta, atrapados en su célebre coche a la fuga, murieron sin tan siquiera haber abandonado sus asientos. Aunque, según dijeron los agentes, a ella llegaron a oírla gritar incluso en mitad del ensordecedor tiroteo. Clyde Barrow tenía veinticuatro años; Bonnie Parker, veintitrés. Al instante, uno de los agentes filmó el automóvil. Las imágenes, en las que puede verse el cadáver de Bonnie, terminarían en todos los noticiarios cinematográficos.

La intensa jornada no terminó ahí. Cuando corrió la voz sobre lo sucedido, el más completo caos se apoderó del lugar. Los pueblos más relevantes de la zona, Gibsland y Arcadia, eran dos diminutas agrupaciones de casas en las que solía reinar la tranquilidad, pero que durante aquellas horas recibieron miles de visitantes. Parecían provenir de todas partes, atraídos por la sensacional noticia del sangriento desenlace de la cacería que había estado acaparando los diarios. Todos querían ver el Ford V8, aquel colador con ruedas en cuyo interior permanecían, todavía tibios, los cuerpos de Bonnie y Clyde, mientras la policía porfiaba por mantener el orden en un paraje por donde no acostumbraba a pasar casi nadie. Los inopinados turistas se agolpaban para llevarse lo que podían de aquella carretera, hasta entonces insignificante, pero convertida de repente en escenario de la historia. Recogían cualquier cosa que sirviera como recordatorio de que habían estado allí: los casquillos de bala y los pedazos de cristal procedentes de las lunas eran los objetos más perseguidos. Algunos, más atrevidos en su rapiña, optaron por un botín más llamativo y se acercaron al coche para intentar llevarse un jirón de la ropa de los difuntos fugitivos. Hubo quien lo consiguió. Una mujer llegó a recortar un rizo del cabello ensangrentado de Bonnie. Los policías, eso sí, impidieron que un hombre provisto de una navaja cumpliera su propósito de rebanarle una oreja a Clyde, para llevársela como souvenir, o quizá para vendérsela a algún coleccionista de curiosidades macabras.

La celebridad de la difunta pareja era inmensa. Cuando habían empezado a acaparar titulares el año anterior, el público estadounidense los miraba con simpatía, o lo hizo durante un breve periodo. Los amantes indómitos que recordaban a los forajidos del viejo Oeste. Libres, rebeldes, dos almas gemelas buscando la libertad al margen de las asfixiantes leyes que encorsetaban las vidas de quienes eran menos atrevidos y estaban condenados a una rutina insípida de nacimiento, escuela, trabajo y muerte. La libertad absoluta es siempre una ensoñación evocadora; las imágenes de la pareja bromeando con sus armas o dándose un beso habían alimentado la imaginación de todo el país.

El encantamiento no había durado mucho, sin embargo. El rastro de sangre que la pareja y sus cómplices dejaron tras ellos terminó agriando su aureola y la misma prensa que los había glorificado como a personajes de novela empezó a recrearse en las facetas morbosas de sus asesinatos. Una vez emboscados y muertos, el público quiso conocer hasta el último detalle que quedase por desvelar sobre Bonnie y Clyde. Y, como suele suceder en estos casos, los verdaderos personajes terminaron sepultados bajo un aluvión de habladurías y leyendas, de equívocos que no hicieron sino empeorar con el paso del tiempo, la publicación de libros oportunistas y el estreno de películas embellecedoras.

Los Capuleto y Montesco de Texas

Bonnie Parker. Fotografía: Cordon.

Bonnie Parker nació en 1910, en la localidad tejana de Rowena. Su padre, un obrero de la construcción, murió cuando ella tenía cuatro años, y su madre decidió que sería mejor abandonar el pueblo para buscarse la vida en Dallas. Se mudaron a un suburbio obrero conocido como Cement City por la presencia de dos grandes instalaciones cementeras que daban empleo a casi todos los habitantes. La madre de Bonnie salió adelante ejerciendo como costurera, mientras la niña iba al colegio y cultivaba un intenso amor por la poesía, afición que nunca abandonó. Cuando se convirtió en una adolescente, Bonnie empezó a sentirse atraída también por los tipos duros. En 1926, siendo una quinceañera, conoció a un joven maleante llamado Roy Thornton y decidió dejar el instituto para casarse con él (en Texas era legal casarse antes de los dieciocho). El matrimonio fue tormentoso y, después de tres años de constantes peleas, ambos jóvenes tomaron caminos separados. No se firmó ningún papel de divorcio y Bonnie jamás se quitó el anillo de casada, aunque no volvería a ver a su marido, sobre todo después de que este fuese encarcelado por un asesinato.

Tras la separación, Bonnie volvió a vivir con su madre. Encontró empleo como camarera y, por lo que sabemos, era muy popular entre la concurrencia masculina del restaurante donde trabajaba. Así lo recordaba al menos uno de sus clientes habituales, un joven empleado de correos llamado Ted Hinton, que reconoció haber desarrollado una fascinación platónica por la sonriente y carismática chica que le servía las comidas. Se iba a producir la extraordinaria circunstancia, digna de un guion cinematográfico, de que Hinton terminaría ingresando en el cuerpo de policía y, no mucho tiempo después, sería el más joven de los seis agentes que emboscaron el automóvil en el que Bonnie murió acribillada a balazos. El propio Hinton fue quien, con una cámara de 16 milímetros, tomaría las imágenes del cuerpo inerte de la antigua camarera de la que, en tiempos mejores, se había enamorado.

La existencia monótona y sin perspectivas de su barrio obrero asfixiaba a Bonnie, cuya imaginación bullía en persecución de sueños más elevados. Su temperamento artístico la inclinaba hacia una vida dedicada a la poesía, o hacia la fotografía, que se había convertido en la segunda de sus pasiones. Por desgracia, tales sueños se antojaban inalcanzables para una camarera de la Ciudad del Cemento. Si tenía que escapar, debía hacerlo por otras vías. Y la monotonía se rompió el mismo día en que una amiga suya se rompió el brazo. Bonnie empezó a visitarla para ayudarla con las tareas domésticas. Un día, mientras preparaba algo de comer, entraron en la casa unos conocidos de su amiga. Uno de ellos captó su atención. Era Clyde Barrow. Ya no se separarían nunca, excepto cuando la cárcel lo impidiese.

Clyde había nacido un año antes, en 1909. Era el séptimo hijo de una pareja de granjeros en las cercanías de la pedanía de Telico, en Texas. Durante su infancia solo conoció la miseria. Las cosas no iban bien en el campo, así que, cuando Clyde tenía diez años, sus padres decidieron probar suerte en la ciudad. Se trasladaron todos a un barrio chabolista de las afueras de Dallas, donde sus condiciones de vida no solo continuaron siendo paupérrimas, sino que fueron incluso a peor. Pasaron los primeros meses sumidos en la indigencia, viviendo todos juntos en el destartalado carromato con el que habían llegado hasta allí. Al cabo de un tiempo, el padre encontró trabajo y reunió dinero suficiente para comprar una tienda de campaña, lujo que la familia recibió con alborozo, como si fuese un regalo del cielo. Las cosas progresaban, aunque con mucha lentitud. Nunca dejaban de ser pobres; era solo que el grado de miseria iba tornándose un poco menos intolerable. Los pequeños Barrow crecieron rodeados de marginalidad. Siendo un adolescente, Clyde empezó a desempeñar diversos trabajos para ayudar a la economía familiar, pero también hizo sus pinitos en la delincuencia, influido por su hermano mayor Buck, que llevaba tiempo haciendo de las suyas por los alrededores. Su primer arresto se produjo cuando cumplió dieciséis años, la edad legal para conducir: la policía lo detuvo al volante de un automóvil que había alquilado para visitar a su novia y que no se había molestado en devolver. En su segundo arresto lo sorprendieron robando unos pavos. A los diecinueve años tenía ya un florido historial de pequeños delitos, aunque todavía nada lo bastante serio como para haberlo sentado en un banquillo. Resulta irónico que su antecedente más decisivo, el que ayudaría a mandarlo a la cárcel, era un episodio insignificante de varios años atrás, cuando había intentado robar un coche en la localidad de Waco, situada a unos ciento cincuenta kilómetros de Dallas. La policía local lo había pillado in fraganti mientras intentaba forzar la puerta de un turismo, pero como Clyde era aún menor de edad en aquel momento, se habían limitado a tomarle los datos y lo habían dejado en libertad. Un tropiezo que parecía haber quedado olvidado. A los veinte años, de hecho, Clyde ya había hecho cosas peores. Sin embargo, sería ese incidente secundario el que retornaría para amargarle el resto de su existencia.

La serpiente de cascabel

Clyde Barrow, ca 1926. Fotografía: Dallas (Tex.). Police Dept. (DP)

En 1929, cuando Clyde cumplió veinte años, sus andanzas delictivas ya incluían, junto a los consabidos robos de vehículos, atracos a tiendas y la apertura forzosa de cajas fuertes. Pero todavía no había recaído sobre él ninguna condena. Eso sí, era cuestión de tiempo.

Había estado delinquiendo por toda la región; entonces existía poca coordinación entre los diferentes cuerpos policiales, que no disponían de algo parecido a una base de datos conjunta. Los delincuentes sabían por experiencia que la movilidad era una de las claves para no acumular demasiados antecedentes en los archivos de cada una de las policías locales (las cuales solo se comunicaban entre sí cuando se producían casos urgentes como asesinatos o fuga de presos). Pero Clyde no era un delincuente tan hábil. Era demasiado joven e impulsivo como para calcular bien sus movimientos. Tentaba demasiado a la suerte, retornando a lugares donde acababa de perpetrar golpes o donde tenía algún antecedente. Y su suerte se terminó en Waco, cuya policía local andaba detrás de dos criminales que estaban en búsqueda y captura, William Turner y Frank Hardy. Los encontraron en un hotel de las afueras, junto a un jovenzuelo desconocido, Clyde, al que, por si acaso, metieron también en una celda. Según afirmaron después los guardias, Clyde pasó un par de días «berreando su inocencia entre lágrimas». Cuando el jefe de policía lo interrogó, Clyde aseguró que no conocía de nada a aquellos tipos y que estaba con ellos porque lo habían recogido haciendo autoestop. Los otros dos corroboraron su historia, así que Clyde quedó en libertad. Volvió a Dallas y fue entonces cuando conoció a Bonnie.

Mientras tanto, empero, las cosas se le estaban complicando sin que él fuese consciente. En Waco, durante los meses anteriores, se había estado produciendo una oleada de robos de automóviles, en los que Turner y Hardy habían estado involucrados. A alguien en la jefatura se le ocurrió indagar mejor en los archivos policiales de la localidad; descubrió la antigua ficha de Clyde Barrow, en la que constaba una única detención que se había producido justo por el robo frustrado de un automóvil. Aquello encendió una bombilla en la cabeza de los policías. El joven forastero al que habían dejado marchar dos veces quizá sí había tenido algo que ver con la reciente oleada de robos. Pronto consiguieron relacionarlo con la sustracción de veinte automóviles de un garaje. Clyde volvió a ser detenido y esta vez ya no era ni menor de edad, ni un joven ligeramente sospechoso; ahora había cargos en su contra. Cuando se produjo la acusación formal entendió que se enfrentaba a una condena carcelaria por primera vez en su corta vida. Viéndose atrapado, se declaró culpable de siete de aquellos robos, la única manera de evitar que se los adjudicaran todos. Se decretó prisión provisional a la espera del juicio.

Clyde fue encerrado en la cárcel de condado de Denton, en Dallas. Sus dos cómplices fueron ingresados en la misma prisión, en la misma galería y en celdas contiguas a la suya. Poner juntos a los miembros de la misma banda era una mala idea y, en efecto, menos de dos semanas después, conseguirían fugarse. Un funcionario de la prisión acudió a la celda de Turner para llevarle un vaso de leche, que este había pedido alegando un terrible dolor de úlcera. El funcionario fue sorprendido por los tres presos que, no se sabe muy bien cómo, se habían hecho con un arma de fuego. Luego, a punta de pistola, hicieron que el encargado de la entrada principal de la prisión los dejara salir a la calle. Se alejaron a la carrera mientras varios guardias abrían fuego sobre ellos, aunque ningún disparo hizo diana. Cuenta la leyenda que fue Bonnie, durante una visita a la cárcel, la que le había llevado la pistola oculta bajo la falda y sujeta a la pierna con una liga, o quizá dentro del sujetador; lugares recónditos de la anatomía de una dama donde los guardias no se habrían atrevido a registrar. En cualquier caso, los tres evadidos viajaron hacia el norte en automóviles robados: se llevaban uno, lo conducían durante un tiempo y después lo abandonaban. Robaban otro y repetían el ciclo. Así consiguieron llegar muy lejos, pues recorrieron unos mil setecientos kilómetros hasta la localidad de Middleton, en Ohio. Estando en el norte del país, a tanta distancia de Texas, quizá pensaron que lo peor había pasado. Sin embargo, unos delincuentes que habían escapado por la fuerza de una prisión se convertían en objetivo prioritario para las fuerzas de seguridad. Ya no se trataba de un robo de automóviles; ahora, diferentes cuerpos policiales se enviaban telegramas o se llamaban por teléfono. Aunque estuviesen al otro lado del país, el sheriff de Middleton estaba sobre aviso.

Clyde y sus dos compinches estaban saliendo de un restaurante en el que acababan de desayunar cuando vieron dos coches de la policía que se aproximaban con la aparente intención de cortarles la salida. Para despistarlos, trazaron un plan de fuga en cuestión de segundos: dos de ellos saldrían corriendo para atraer la atención de los agentes, mientras Clyde iba a buscar el automóvil, con el que después recogería a los otros en un punto acordado de antemano. Los policías, en efecto, persiguieron a los dos hombres a los que vieron correr, pero fueron más rápidos de lo previsto por los delincuentes, quienes fueron acorralados y tuvieron que rendirse. Clyde sí consiguió llegar al coche, pero, desconociendo que sus cómplices habían sido ya detenidos, empezó a conducir por el vecindario para intentar localizarlos. Al final, claro, topó con los dos coches de la policía. Se inició una persecución sobre ruedas que terminó cuando Clyde perdió el control y estrelló su vehículo contra una pared. Ileso, trató de huir a pie, efectuando disparos disuasorios en dirección a sus perseguidores. Cuando se le acabaron las balas, viendo que iba a ser detenido, arrojó su arma a un canal para eliminar la prueba de que había disparado y se dejó capturar.

Los tres prófugos fueron devueltos a Texas, pero ya no se los encerró juntos. Clyde ingresó en la prisión federal de Huntsville. De los archivos de aquella cárcel se conserva un informe que revelaba algunos detalles de su aspecto. Clyde no era muy alto, 1.70 metros. Tenía el cabello castaño y los ojos oscuros, aunque todo esto se puede percibir en las fotografías. El informe también describía sus tatuajes. Hoy los tatuajes son algo muy común, pero entonces eran un rasgo muy distintivo, propio, sobre todo, de marineros, soldados y delincuentes. En el momento de su internamiento, Clyde lucía unos cuantos, que hablaban de una intensa vida sentimental: la cara de una chica con el nombre «Grace»; otro nombre de mujer, «Anne»; las letras «EBW», que se interpreta como las iniciales de Eleanor B. Williams, una antigua novia suya. También llevaba tatuada una rosa con varias hojas y un escudo adornado con un ancla y las iniciales «USN» de U.S. Navy, aunque Clyde nunca había estado en la marina. Bonnie, por cierto, tenía también un tatuaje en el muslo, que rezaba «Bonnie & Roy», en referencia a su marido.

En Huntsville, Clyde descubrió que le había estado aguardando una desagradable sorpresa: la fiscalía pretendía juzgarlo por el asesinato de un hombre en Houston. Él no tenía la menor idea de lo que le estaban diciendo y esta vez era sincero, porque aún no había matado a nadie. La acusación era muy grave, pero no prosperó: resultó que la policía de Houston, que se había encontrado con un crimen difícil de resolver, supo de la fuga de unos presos en Dallas y aprovechó para cargarle el muerto, nunca mejor dicho, a uno de ellos (Clyde). Empleando testigos manipulados, presentaron el caso ante un juez. Si Clyde hubiese muerto durante su escapada, cosa no tan improbable, la policía de Houston hubiese «resuelto» un homicidio para el que no tenían ni una pista. Cuando Clyde fue capturado, sin embargo, la patraña terminó viniéndose abajo. Eso sí, nadie le quitó el mal trago de pensar durante un tiempo que podía acabar en la silla eléctrica por un crimen que no había cometido.

Lo que sí sucedió, como era de esperar, fue que el intento de fuga suponía un endurecimiento de su condena: catorce años de trabajos forzados. Fue trasladado a la granja-prisión Eastham, donde los internos tenían que partirse el lomo cultivando para ganarse la manutención. Aquel encierro cambió a Clyde para siempre. En Eastham descubrió las más penosas realidades de la vida carcelaria. Y allí cometió su primer asesinato. Por lo que sabemos, un preso de enorme tamaño y gran fuerza física sodomizó a Clyde en repetidas ocasiones. Para vengarse, Clyde se hizo con un pedazo de tubería, citó a su violador en las duchas y allí lo mató a golpes. No recibió castigo porque los funcionarios nunca supieron que había sido él: otro recluso, ya sentenciado a cadena perpetua, se atribuyó el homicidio. Aquel incidente traumatizó a Clyde y su temperamento se tornó explosivo e impredecible. Por lo general, era un joven de apariencia tranquila, que hablaba en voz baja y al que ni siquiera le gustaba decir tacos. Tras las violaciones y su primer asesinato, sin embargo, se volvió muy peligroso. Todos en la prisión supieron que había cambiado y que lo más sensato era evitar tener problemas con él. Ralph Fulls, uno de sus amigos en la cárcel y futuro miembro de su banda, recordaba más tarde que Clyde podía cambiar, en un instante, de tener «la personalidad de un colegial a la de una serpiente de cascabel».

Lo cierto es que Clyde no parecía pensar demasiado las cosas. Harto de los duros trabajos forzados, pidió a un compañero que usara una de las hachas que se les permitía tener durante las tareas agrícolas para cortarle dos dedos de un pie, simulando un accidente. El otro recluso así lo hizo. La mutilación sirvió para que Clyde fuese dispensado de los trabajos forzados… aunque al poco tiempo, para su sorpresa, lo pusieron en libertad condicional porque su madre, sin que él hubiese tenido noticia, había presentado una solicitud de excarcelación bajo fianza. La solicitud había sido aceptada por el juez porque Clyde no tenía antecedentes violentos. Así pues, se había cortado dos dedos sin ninguna necesidad, porque hubiera salido de la cárcel de cualquier modo. Durante el resto de su vida, Clyde caminaría con una visible cojera.

El Clyde Barrow que salió de Eastham no era el mismo que había entrado. Su familia sabía que su estancia entre rejas había sido dolorosa, pero, aun así, les sorprendió la profundidad de su metamorfosis. Era una persona diferente. Una de sus hermanas lo expresaría más tarde usando la misma la metáfora que Ralph Fulls: «Estaba claro que algo le había pasado en la cárcel, porque se volvió duro como una serpiente».

El rastro de sangre

Clyde Barrow y W.D. Jones, 1933 (DP).

Lo primero que hizo tras recuperar la libertad, no obstante, fue intentar reinsertarse. Se reunió con Bonnie en Dallas y obtuvo trabajo en una pequeña empresa dedicada al vidrio. El empleo no duró, aunque parece ser que no fue culpa suya sino de la constante vigilancia de la policía local, que inquietó a los jefes de Clyde, haciéndolos optar por prescindir de sus servicios. El despido fue la perfecta excusa para que Clyde volviese a las andadas. Formó una banda, que en el futuro se haría célebre como «gang de Barrow». En ella estaba el que había sido compañero en prisión, Ralph Fulls, y la propia Bonnie, además de otros individuos. Empezaron a atracar objetivos «seguros», como tiendas pequeñas y gasolineras.

La banda era algo más que un simple instrumento para ganar dinero, pues tenían un muy peculiar objetivo, producto de la obsesiva fijación de Clyde: estaba, según sus conocidos, «muy resentido» con el sistema carcelario. Juró que nunca volvería a dejarse capturar con vida, algo que lo haría peligroso en extremo cuando la policía pretendiera volverlo a detener. Y expresaba su deseo de vengarse de la prisión en la que tanto había sufrido, Eastham. Pretendía reunir dinero y armas en cantidad suficiente como para asaltar la granja carcelaria y liberar a todos los reclusos que pudiese. Robar armas, sobre el papel, no era mucho más difícil que robar cajas registradoras, pues rifles y pistolas se vendían en diversos tipos de comercios en los que no se guardaban especiales medidas de seguridad, sobre todo cuando estaban situados en poblaciones rurales. Pero también tenía sus riesgos, y el 19 de abril de 1932, Bonnie y Ralph Fulls fueron sorprendidos mientras intentaban sustraer varias armas de la ferretería de un pequeño pueblo. Aquello supuso la primera detención en la vida de Bonnie, que iba a pasarse dos meses en prisión preventiva, a la espera de juicio; para matar el tiempo, retornó a su antigua afición y escribió diversos poemas en un cuaderno cuya tapa negra, irónico detalle, mostraba el logotipo de un banco (el cuaderno procedía de la sede que el First National Bank tenía en la localidad tejana de Burkburnett). En aquellos poemas, Bonnie glorificaba la vida delictiva y, quizá impulsada por la imaginería romántica que envolvía a bandidos legendarios como Jesse James, imaginaba un final trágico, y profético, para ella y su amado.

Hasta entonces, que se supiera, Clyde no había estado involucrado en ningún crimen sangriento. Pero, once días después de la detención de Bonnie, el «gang de Barrow» se cobraba su primera víctima mortal. Clyde esperaba con el coche en marcha frente a una tienda, mientras sus compinches Johnny Russell y Ted Rogers la asaltaban a punta de pistola. El atraco se complicó. La tienda estaba regentada por un matrimonio, y el marido intentó plantar cara. Russell y Rogers le dispararon, salieron a la calle, subieron al coche y huyeron. El hombre murió como consecuencia de las heridas. Cuando la policía mostró a su esposa fotografías de criminales de la región, no estaban las de Russell y Rogers, autores materiales de los disparos. Pero ella vio la fotografía de Clyde y lo señaló como al hombre que había matado a su marido. Desde ese momento, Clyde sería buscado por asesinato. Su fiera determinación de no volver a pisar una cárcel lo haría revolverse como un gato sanguinario cada vez que se sintiese acorralado.

El 17 de junio, el juicio contra Bonnie terminó en nada porque la policía no pudo presentar pruebas convincentes en su contra y el juez decidió absolverla. Una vez en la calle, Bonnie se reunió con Clyde. Pasaron juntos parte del verano, en el estado vecino de Oklahoma. En agosto, Bonnie retornó a Dallas para visitar a su madre. Clyde, que se había quedado en Oklahoma, se las iba a arreglar para echarse a la policía encima una vez más. Lo más sensato hubiese sido tratar de mantener un perfil bajo; sabía, por la experiencia de su captura en Ohio, que no todos los policías eran tontos y que algunos, de hecho, tenían buen olfato para detectar a individuos sospechosos aunque proviniesen de otra región y nunca antes los hubiesen visto. Pero Clyde tenía ganas de divertirse y se presentó en una diminuta localidad de seiscientos habitantes, Stringtown, en la que todos los lugareños se conocían entre sí. Allí se celebraba una fiesta al aire libre en la que se servía alcohol, todavía ilegalizado por la famosa ley Volstead, la «Prohibición». Clyde y dos de sus compañeros de banda, Hamilton y Ross Dyer, se pusieron a beber en el aparcamiento, a la vista de cualquiera. Era obvio que existían muy altas probabilidades de que se presentase la policía local. Y así fue. El sheriff del pueblo y su ayudante vieron un automóvil desconocido en torno al cual había varios jóvenes forasteros, y se acercaron suponiendo que estaban bebiendo. Cuando comprobaron que los jóvenes tenían en su poder varias botellas de whisky, anunciaron que los iban a poner bajo arresto. Clyde y Hamilton sacaron sus armas y dispararon: el sheriff cayó herido de gravedad y su ayudante falleció. Huyeron, pero habían matado a un policía. Tarde o temprano alguien terminaría asociándolos con ese crimen.

Bonnie y Clyde celebraron la Nochebuena de 1932 en su propia ciudad, Dallas. Allí, un chaval llamado W. D. Jones, amigo de la familia Barrow, insistió en que deseaba formar parte de la banda. Solo tenía dieciséis años. La pareja decidió llevarlo con ellos bajo la condición de que robase un automóvil para demostrar que estaba hecho de la pasta requerida. Era como un rito de bautismo delictivo. Al día siguiente, viajaron hacia el sur de Texas. Se detuvieron en la localidad de Temple, a tres cuartos de camino entre Dallas y la capital del estado, Austin. Allí fue donde Jones intentó perpetrar el robo. El dueño del automóvil lo sorprendió in fraganti. Clyde acudió en ayuda de Jones; respondieron a balazos, matando al pobre hombre y después regresaron a Dallas. La ristra de cadáveres que iban dejando tras de sí continuaba en aumento.

Empezó 1933 sin que hubiesen tenido un encontronazo con las autoridades desde el incidente de la fiesta clandestina, pero quiso la casualidad que, mientras conducían su automóvil por los alrededores de Dallas, pasaran justo por delante de un dispositivo de vigilancia que la policía había preparado para capturar a otros criminales. Al percatarse Clyde de que estaban en presencia de una trampa policial, pensó que la habían montado para ellos y abrió fuego. El sheriff del condado, que estaba a cargo de la operación, murió como consecuencia de los disparos. Era el segundo agente de la ley abatido por el «gang de Barrow» en muy poco tiempo.

La fama

Cartel original de búsqueda de Bonnie y Clyde, 1934. Imagen: FBI (DP).

Clyde se marchó a otro estado vecino, Missouri, y Bonnie se marchó con él. En marzo recibieron la visita de Buck, el hermano mayor de Clyde, que tenía por entonces veintinueve años y de su mujer, Blanche, que tenía veintidós.

Buck acababa de salir de la cárcel y estaba intentando rehacer su vida. En 1929, tras ser tiroteado y detenido durante un robo frustrado, había sido condenado a cuatro años en la granja prisión de Ferguson. Una vez recuperado de sus heridas, Buck escapó de Ferguson por el más sencillo de los procedimientos: caminando por la puerta con total naturalidad, sin que nadie se lo impidiese. En 1931, siendo todavía un fugitivo, se casó con Blanche, a la que había conocido antes de su encarcelamiento. Ella provenía también de una familia pobre: cuando nació, su padre tenía cuarenta años y su madre dieciséis. Fue precisamente su madre la que, al cumplir Blanche los diecisiete, le concertó un matrimonio con un hombre mucho más mayor. La experiencia fue nefasta (Blanche achacó a aquellas primeras relaciones sexuales su incapacidad para concebir), así que terminó huyendo a los pocos meses. Se encontró con Buck, que con veintiséis años ya se había casado y divorciado en dos ocasiones. Se enamoraron y cometieron juntos algunos robos, pero, tras contraer matrimonio, Blanche insistió en que Buck debía abandonar la vida delictiva. Incluso lo convenció para que se entregase a las autoridades y terminase lo que le quedaba de condena, para poder empezar de cero sin ser un fugitivo. Buck se presentó en la cárcel de Huntsville; los funcionarios escucharon atónitos su relato y al principio se resistieron a creer que Buck estaba allí de manera voluntaria. Al final, le creyeron. Buck volvió a la cárcel como había salido de ella: caminando por la puerta con total tranquilidad. Su condena, debido a la fuga, había sido alargada a seis años. Su conducta en la prisión fue ejemplar. Aunque era analfabeto, dictaba cartas a otros presos, en las que decía a sus padres que estaba arrepentido, que deseaba reformarse y que pretendía traer al buen camino a su hermano pequeño. Cuando Buck llevaba dos años entre rejas, le concedieron la libertad provisional. Se reunió con Blanche, y una de las primeras cosas que quería hacer era convencer a su hermano pequeño para que se entregase también. Buck se sentía culpable porque había sido él quien había introducido a Clyde en el mundo del delito.

Clyde se ocultaba en un suburbio de la ciudad de Joplin, en Missouri, a unos cuatrocientos kilómetros de Texas. Recibió con alborozo a su hermano, pero cuando este le pidió que se entregara, no accedió. No estaba dispuesto a pisar otra cárcel. Buck dejó de insistir.

Las dos parejas vivieron un tiempo juntas. Ocupaban una casa situada en una tranquila calle donde cualquier cosa fuera de lo normal llamaba la atención. Pero eso no parecía preocuparles. Organizaban partidas de cartas durante las noches. La vivienda era transitada por individuos de diverso pelaje, ante la perplejidad de los vecinos de la calle. La Prohibición continuaba vigente, pero ellos compraban una caja de cervezas todos los días, y es muy posible que los vecinos los viesen cargando con ellas. Este tipo de fiestas con alcohol clandestino, en realidad, no eran inhabituales. ¿Molestaban a los vecinos? Sí, porque eran algo ruidosas, pero las dos parejas no hicieron nada que colmase la paciencia del vecindario. Al menos al principio. Hasta que un día, mientras limpiaban sus armas en el salón, una de ellas se disparó por accidente. Nadie salió herido, pero el disparo alarmó a los habitantes de las casas cercanas, que avisaron a la policía. Pensaban que la casa estaba ocupada por una banda de traficantes de alcohol y que estaba teniendo lugar un ajuste de cuentas al estilo Al Capone. Pronto llegaron dos coches patrulla de los que bajaron cinco agentes. Los ocupantes de la casa, al parecer, no habían considerado la posibilidad de que un disparo hiciese cundir la alarma. No se habían marchado. Cuando los policías anunciaron su presencia, Clyde y los suyos respondieron como de costumbre: a tiros. Buck, pese a su propósito de reformarse, tomó partido por su hermano y se unió al tiroteo. Dos policías cayeron muertos al instante; otro corrió a refugiarse detrás de un árbol, resultando herido en el rostro por las astillas que salían despedidas por los balazos en el tronco. Los Barrow salieron, disparando aún para contener a los policías, y corrieron hacia su automóvil. Arrancaron y se alejaron, no sin antes recoger a Blanche, que había salido en persecución de su perro (aterrorizado por el tiroteo, el animal había salido huyendo calle abajo).

Clyde había recibido un disparo, pero estaba ileso como por un milagro, porque la bala había rebotado en uno de los botones metálicos de su chaqueta. Buck tenía un rasguño porque una bala lo había rozado tras rebotar en algún objeto. El joven Jones, sin embargo, sí había recibido un disparo de lleno en el costado y sangraba con profusión. Tenían que buscar otro escondite.

Antes de aquel incidente, la banda ya había matado a cinco personas, incluyendo dos policías, pero nadie había oído hablar de ellos. En Joplin cambió todo. Al huir con tanta precipitación de una casa que habían estado ocupando durante casi tres meses, se dejaron atrás la mayor parte de sus efectos personales. Entre ellos, un poema de Bonnie. Y, sobre todo, una cámara con los negativos de fotografías que se habían tomado en momentos de asueto. La policía entregó el carrete fotográfico al periódico local, The Joplin Globe, para que lo revelase. Cuando los periodistas vieron la imágenes, entendieron que tenían una mina de oro entre manos. No eran las típicas fotos de criminales que abundaban en la prensa: se veía a Clyde alzando en brazos a una sonriente Bonnie; a Bonnie imitando una pose de gánster, con una pistola y un cigarro en la boca; a Bonnie apuntando con una escopeta a Clyde y quitándole la pistola de la chaqueta; incluso había una foto de ellos dos besándose. Hoy todo el mundo se fotografía a todas horas haciendo toda clase de posturas, pero entonces no era algo tan común, y menos tratándose de criminales en busca y captura.

El Joplin Globe publicó las imágenes y el poema de Bonnie. Ahí empezó un efecto cascada: otros periódicos de la región empezaron a publicarlas también, acompañadas de los correspondientes relatos, embellecidos a conveniencia, sobre los protagonistas. Aunque la banda hubiese asesinado a varios civiles y policías, el carisma que los dos amantes desprendían en las imágenes y la generalizada tendencia al sensacionalismo provocaron que la prensa los vendiese como forajidos de leyenda, más parecidos a los outlaws del Salvaje Oeste que a los gánsteres que en años recientes habían estado provocando el terror en las calles de Nueva York o Chicago. Cuando quisieron darse cuenta, Bonnie y Clyde eran famosos en todo el país. Ser retratados como figuras novelescas en los diarios, sin embargo, no tenía ningún lado bueno para ellos. Ahora todos los cuerpos policiales los tenían en la diana. Cualquier ciudadano podía reconocerlos y denunciarlos. La cacería estaba en marcha.

(Continúa aquí)

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4 comentarios

  1. pereira

    Qué maravilla de artículo. Una novela en miniatura, un relato delicioso. Lo he leído con gran interés; le doy mi enhorabuena, ya que ha mi me a cautivado.

  2. Muy buena. Atrapante. Mejor que la peli que vi tantos años atrás. Además se evidencia que las mejores escuelas para el delito son las cárceles y la miseria. Gracias por la lectura.

  3. Da gusto leer historias tan bien contadas entre tanta basura por la red.
    Espero con ganas la parte 2.

  4. Ernesto Piquer

    Magnífica y escrupulosa narración.Si publicase de otros personajes, por favor, avísame para poder leerlo.
    Muchas gracias.

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