Bonnie & Clyde (y II): La cacería

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Bonnie y Clyde. Foto: DP.

Viene de la primera parte.

Bonnie y Clyde eran gente guapa,
pero os digo, amigos,
eran los hijos del diablo.

(«The Ballad of Bonnie & Clyde», Georgie Fame & Blue Flames, 1968)

Kansas City es una curiosidad geográfica. Sobre el mapa, las calles y los edificios se extienden a ambos lados de la división política entre dos estados, Kansas y Missouri, porque la frontera discurre justo por el corazón de la ciudad. Que no es una ciudad. Desde el punto de vista administrativo e histórico hay dos ciudades, y las dos se llaman Kansas City. Como dos mellizas de distintos padres, han crecido espalda con espalda, pero cada cual con su propio ayuntamiento, sus propios servicios y su propia idiosincrasia. En su mitad norte, como las antiguas Buda y Pest, están separadas por las aguas del río Missouri. En la parte sur, la frontera abandona la corriente y atraviesa una calle de dos carriles en la que, según la acera, el transeúnte camina por el estado de Missouri o por el estado de Kansas.

La ciudad más antigua es la que hoy pertenece a Missouri. Los colonos la bautizaron con el nombre de una tribu india local, los Kanza, y obtuvieron su estatus administrativo en 1853. Ocho años más tarde, en 1861, fue establecido el vecino estado de Kansas. Cierto número de pequeños pueblos que estaban al otro lado del río quedaron de repente bajo el gobierno del nuevo estado. Se unieron en 1872 para crear un nuevo municipio, la segunda Kansas City. A vista de pájaro, son un único núcleo urbano. Pero, aún hoy, los lugareños de ambas mitades suelen apresurarse en aclarar la diferencia cuando preguntados por forastero. La Kansas City antigua, la de Missouri, es tres veces más grande, más rica, y atesora los estadios, los museos y los grandes edificios. Se escora más a la izquierda en lo político y su voto acostumbra a decantarse por el Partido Demócrata. La Kansas City «nueva» es más dispersa y más pobre, salvo en suburbios acomodados como Overland Park. Suele votar al Partido Republicano.

La Kansas City de Missouri es también la de las atracciones históricas. Una de las más famosas, que hoy ya no existe, era el motel Red Crown Tavern. Situado cerca de Platte City, un modesto suburbio de las afueras, estaba compuesto por pequeñas casitas con garaje propio que podían ser alquiladas de manera individual. Fue demolido a finales de los sesenta, cuando los terrenos fueron expropiados para la construcción de una autopista. Antes, el Red Tavern había sido un bar de mala reputación —un prostíbulo, según las malas lenguas— regentado por Holt Coffey, antiguo sheriff de la localidad. Décadas antes, en aquel mismo motel, el propio Coffey se había batido a tiros con la banda de Clyde Barrow y Bonnie Parker. Y había vivido para contarlo, cosa que no podían decir todos los agentes de la ley que intentaron detener a la peligrosa pareja durante sus últimos meses de fuga. Unos meses marcados por tiroteos, accidentes de tráfico, desesperación, agonía física, agotamiento psicológico y muerte.

Fugitivos a la desesperada y ácido de batería

Unos fugitivos a la desesperada, armados con metralletas, atan a varios oficiales tejanos a un árbol (…) Después, huyeron en compañía de una mujer herida.

Después de que sus fotografías hubiesen aparecido en todos los periódicos, Bonnie y Clyde pensaron que no podían dejar de moverse. Junto al hermano mayor de Clyde, Buck, su cuñada Blanche y el joven W. D. «Bud» Jones, viajaron primero hacia el norte del país. Para desplazarse, habían cambiado de procedimiento: localizaban un automóvil, pero no ya uno aparcado, sino uno cuyo conductor estuviese al volante. Lo secuestraban a punta de pistola y lo obligaban a acompañarles durante un tiempo, para que no pudiera denunciar el robo al instante. Después de atravesar la frontera de otro estado, soltaban al prisionero, buscaban un nuevo vehículo y repetían el proceso. Cuando la prensa publicó los testimonios de los secuestrados, estos hablaban del buen trato que habían recibido, describiendo a los fugitivos como personas educadas. Eso, junto al detalle de que les habían dado dinero al liberarlos para que pudieran volver a sus casas, marcó el pináculo de la simpatía popular hacia el gang de Barrow. Aunque algunos lectores tenían bien presentes los asesinatos que la banda ya había cometido, el hechizo de sus célebres fotografías perduraba todavía.

Mientras atravesaban Indiana, intentaron atracar una sucursal bancaria en una diminuta pedanía llamada Lucerne. Un banco rural de poca importancia que parecía un blanco fácil, pero donde encontraron más resistencia de la prevista; tuvieron que salir corriendo, cubriendo su huida con varias ráfagas de ametralladora. Aunque no hirieron a nadie dentro del banco, las balas atravesaron los cristales que daban al exterior, cruzando la calle y alcanzando las ventanas de una vivienda y un restaurante. Dos chicas jóvenes resultaron heridas. El único periódico de los alrededores, el Pharos Tribune, publicó una crónica del suceso, atribuyéndolo a «dos hombres y dos mujeres» (Blanche no participaba en los atracos, pero sin duda hubo testigos que la vieron en el automóvil). A nadie en la zona se le ocurrió que los autores hubiesen sido los famosos Bonnie y Clyde. El suceso se produjo en mitad de la nada, así que los grandes periódicos ni siquiera llegaron a enterarse.

Para su siguiente atraco, los Barrow eligieron otro banco rural en el pequeño pueblo de Okabena, Minnesota; apenas un puñado de casas cuya población no superaba los doscientos habitantes. Esa vez consiguieron llevarse dos mil quinientos dólares, el equivalente a unos cuarenta y cinco mil euros de la actualidad, aunque también tuvieron que huir entre los disparos de los vigilantes, esta vez sin heridos. El suceso también fue atribuido a «dos parejas» de identidad indeterminada. Sin embargo, cuando los periodistas locales supieron que en Indiana había tenido lugar un atraco cuyo modus operandi había sido idéntico, empezaron a componer las piezas del rompecabezas. La voz empezó a correr. Los grandes diarios, por fin, asociaron a Bonnie y Clyde con aquellos dos eventos. Todo el país acabó enterándose de que dos chicas habían recibido balazos en Lucerne, y la percepción de la opinión pública sobre la célebre pareja empezó a virar.

La vida cotidiana de los cinco fugitivos se había convertido en una pesadilla. Sabían que todo el país estaba pendiente de sus andanzas, y que era arriesgado pisar lugares públicos como restaurantes y hoteles, donde existía la posibilidad de que alguien pudiese reconocerlos, así que acampaban en lugares alejados de los núcleos habitados, con todas las incomodidades asociadas a ello. Cocinaban en una hoguera, dormían al raso y, cuando podían, se bañaban en los ríos que, incluso a finales de primavera, venían con aguas heladas. La tensión constante empezó a provocar roces entre ellos; Jones, ya recuperado de su herida, abandonó la banda después de una discusión y desapareció durante un tiempo, aunque terminó volviendo. Blanche, que después escribiría una crónica sobre todo aquello, describió esa etapa de huida constante como «miserable».

Foto: DP.

El 10 de junio de 1933 habían regresado a Texas. Clyde conducía por una tranquila carretera campestre, en la que no deberían haber encontrado grandes inconvenientes. Sin embargo, quizá por el cansancio o el estrés, ignoró una señal que advertía de la presencia de un barranco. El automóvil cayó por un desnivel y chocó con el fondo de la vaguada. Aunque el golpe físico no causó heridas serias, sí produjo la rotura de la batería del motor. El ácido que contenía se derramó sobre el habitáculo de los pasajeros, alcanzando la pierna derecha de Bonnie, que sufrió quemaduras de tercer grado (aunque nunca se produjo un fuego, como contaría después la leyenda popular). Con el automóvil inutilizado, llevaron a Bonnie en volandas hasta una granja cercana. Su presencia allí atrajo a dos policías locales, a quienes la banda consiguió reducir, atándolos a un árbol y usando su coche para huir, esta vez hacia otro estado vecino, Arkansas. En un primer momento, los periódicos de la región también publicaron la noticia sin asociarla a los Barrow, pero el testimonio de los dos agentes permitió deducir que habían sido ellos. Esto otorgó a los investigadores una importante ventaja: ahora sabían que Bonnie había sufrido quemaduras, así que empezaron a enviar mensajes a las comisarías de otros condados advirtiendo de que, si observaban a algún forastero comprando suministros médicos de los que se usan para cuidar una quemadura grave, podrían estar en presencia de los criminales más buscados de la nación.

En efecto, las heridas de Bonnie necesitaban cuidados. La banda ya no podía acampar en mitad de cualquier parte, así que alquilaron una habitación en un motel en los alrededores de Fort Smith, la segunda ciudad más importante de Arkansas. Acercarse a un núcleo urbano tan grande tenía sus peligros, pero no contemplaban la posibilidad de presentarse en un hospital así que necesitaban acercarse a comercios en los que hubiese material médico. Buck y Jones atracaron una tienda para conseguir provisiones y dinero, pero el golpe se complicó y apareció la policía. Consiguieron huir, pero mataron a un agente, lo que era como pegarle una patada al avispero de las fuerzas de seguridad de Arkansas. Escaparon y reaparecieron en la modesta ciudad de Fort Dodge, Iowa, donde provocaron el pánico durante una media hora, atracando varias gasolineras y robando hasta las monedas de algunas máquinas dispensadoras de chucherías.

Tenían que seguir moviéndose de forma constante. Se dirigieron a Oklahoma. Allí, Clyde perpetró uno de sus robos más atrevidos, entrando en una armería de la Guardia Nacional y haciéndose con un ejemplar del rifle militar de repetición M1918. Él mismo lo modificó para que pudiese disparar cincuenta y seis balas sin necesidad de recargar; además, se hizo con munición de acero, capaz de atravesar planchas de metal más fuertes que la carrocería de cualquier automóvil. Necesitados aún de cierto reposo para tratar las heridas de Bonnie, continuaron hacia el este y llegaron a Missouri con la intención de encontrar algún motel discreto en las afueras de Kansas City.

Este destino, sin embargo, fue motivo de discusión entre los hermanos Barrow. El mayor, Buck, no quería acercarse a la ciudad porque allí acababa de producirse la «matanza de Kansas City», un tiroteo entre la policía y la banda de otro famoso delincuente, «Pretty Boy» Floyd. Buck, con toda la razón, pensaba que las fuerzas de seguridad de la región estarían en alerta, porque Pretty Boy había huido y nadie sabía dónde estaba. Era un motivo poderoso para evitar la zona. Aun así, como de costumbre, se impuso el criterio de Clyde y se encaminaron a Kansas City. Pararon para repostar gasolina en Platte City. Mientras llenaban el depósito, Clyde vio un motel, el Red Crown Tavern, cuyas casitas estaban construidas con sólido ladrillo y tenían garajes adjuntos. Aquello le gustó. Si eran localizados y tenían que defenderse, las gruesas paredes los protegerían de las balas, y podrían subir a su automóvil sin necesidad de abandonar la casa. Decidieron alquilar dos de aquellos bungalows.

El tiroteo de Red Crown Tavern

Blanche Barrow, 1933. Fotografía: FBI / DP.

Neal Houser, el regente del motel, estaba detrás del mostrador cuando entró una mujer que llamaba la atención por su atrevido estilismo, pues vestía pantalones de jinete, algo muy inusual en el vestuario femenino de entonces, salvo quizá en el cine y en la alta sociedad; la actriz Carole Lombard y la aviadora Ruth Elder habían contribuido a ponerlos de moda, pero eso no significaba que las mujeres lo vistieran de diario. La mujer era Blanche Barrow, la cuñada de Clyde, a la que la prensa había bautizado como «la tigresa» debido a su belleza selvática. Siempre se preocupaba mucho por su aspecto, siempre había vestido a la última moda, y ni siquiera siendo una fugitiva consideró que fuese buena idea adoptar un vestuario más discreto.

Blanche alquiló dos casitas contiguas a nombre de tres personas. Más tarde, sin embargo, encargó cena y cerveza para cinco (la cerveza ya era legal; ese mismo año 1933, el presidente Roosevelt había impulsado una enmienda en la ley Volstead, la «Prohibición», para permitir la venta de cerveza de hasta un 4% de graduación alcohólica). Otro detalle que llamó la atención de Houser fue que la mujer lo pagaba casi todo con monedas; los Barrow estaban dando uso al cambio que habían robado de las máquinas dispensadoras de Iowa. Presintió que había algo turbio en torno a sus nuevos inquilinos y se acercó a las casetas para echar un vistazo a través de las ventanas. Descubrió que los recién llegados habían cubierto la parte interior de los cristales con periódicos. Preocupado, contactó con su amigo William Baxter, capitán de la policía de tráfico, que le prometió pasar por allí para cerciorarse de que todo estaba en orden.

Mientras tanto, Clyde y el joven Jones salieron para hacerse con provisiones. Entraron en una tienda y compraron comida, lo cual entraba dentro de lo normal, pero también pidieron vendas y medicinas de las que se usan para curar heridas. El tendero, escamado, avisó al sheriff de la localidad, Holt Coffey. Este escuchó alarmado el relato del tendero; como muchos otros policías de Missouri, había recibido mensajes desde comisarías de tres estados vecinos —Texas, Oklahoma y Arkansas—, sobre la presencia de forasteros que comprasen material médico. Cuando el sheriff habló con el capitán William Baxter y supo que también el gerente del Red Crown Tavern sospechaba de sus nuevos inquilinos, dedujo que se trataba de las mismas personas, y que esas personas eran la banda de los Barrow. Ordenó poner el motel bajo vigilancia. Después de una cuidadosa observación, ya no le cupo duda: allí estaban Bonnie, Clyde y sus tres compinches. El problema residía en enfrentarlos; cada vez que alguien había intentado detenerlos, habían respondido con feroz violencia. Y Platte City era una localidad tranquila cuya policía local no tenía medios o experiencia para efectuar una operación de ese tipo, así que Coffey recurrió a la capital. Telefoneó al sheriff del condado de Jackson (situado en la propia Kansas City, pero independiente del ayuntamiento; una curiosidad más de su administración territorial) en busca de ayuda. Este, al principio, se negó a colaborar por la sencilla razón de que no era capaz de creer que los fugitivos más famosos del país estuviesen en un lugar como Platte City. Ante la insistencia de Coffey, le envió un par de hombres provistos de metralletas y un coche blindado, parecido a una pequeña tanqueta de asalto.

Los Barrow no tenían la menor idea de que habían sido descubiertos, aunque la habladuría ya había circulado por el pueblo. El 20 de julio, Blanche salió a comprar por los alrededores y notó que la miraban con más insistencia de lo habitual. Estaba acostumbrada a recibir atención por su moderna vestimenta, pero esta vez sospechó que se trataba de algo diferente. Al volver al motel comunicó su inquietud a los demás, pero Clyde la tranquilizó diciendo que debía de tratarse de imaginaciones suyas, la paranoia inevitable producida por el estar sometidos a una persecución sin descanso. Como Clyde acumulaba una amplia experiencia en fugas, Blanche le hizo caso y los demás también dieron su equivocada hipótesis por cierta. Infravaloraron la capacidad de las autoridades locales para dar con ellos. Apenas una horas después, a las once de la noche, llamaron a la puerta de los bungalows. Eran policías provistos de escudos; un coche blindado bloqueaba la salida del garaje y otros agentes apuntaban desde cierta distancia.

Los Barrow, como era de esperar, se negaron a entregarse. Mientras Clyde y Jones ayudaban a Bonnie a caminar hasta el garaje, Buck empezó a disparar desde las ventanas para rechazar a los policías. Recibió un disparo en la frente. Cayó al suelo. La herida dejaba parte de su cerebro al descubierto, pero estaba vivo. Lo arrastraron hacia el garaje y consiguieron meterlo en el automóvil. Cuando Clyde vio que el coche blindado impedía la salida, demostró la terrible eficacia de las modificaciones que le había hecho a su fusil M1918. Empezó a disparar sobre la tanqueta y, con una facilidad que los agentes no habían previsto, la munición de acero atravesó las placas blindadas. Sus ocupantes se vieron obligados a arrancar para alejarse del alcance del fusil de Clyde. La casualidad quiso que una de las balas de acero estropease la bocina, haciéndola sonar de manera constante, cosa que los policías que estaban algo más lejos interpretaron como una señal de alto el fuego. En mitad de la confusión y con el camino despejado, el automóvil de los Barrow abandonó el garaje a toda marcha. Los policías trataron de detenerlo a tiros. No lo consiguieron, pero una de las balas atravesó una ventanilla haciendo saltar astillas de cristal que hirieron a Blanche en ambos ojos, dejándola casi ciega.

El coche de los Barrow se perdió en la distancia. Los agentes, que tenían heridos entre sus filas, no lo persiguieron. Uno de los heridos, aunque no grave, era el propio sheriff Coffey, que se convirtió en un héroe local después de haber sido rozado en el cuello por, según se decía, la metralla de un disparo de escopeta de los Barrow. El sheriff disfrutó durante años del carisma que le otorgaba esa herida de guerra y, como vimos más arriba, llegó a montar un negocio en el mismo establecimiento donde se había producido el tiroteo. Ninguno de sus compañeros quiso revelar la embarazosa verdad: Coffey había sido alcanzado por fuego amigo.

Bungalows de Red Crown Tavern, 1933. Fotografía: FBI / DP.

La muerte de Buck Barrow

Cuatro días más tarde, los Barrow estaban en Iowa. Robaron dos nuevos automóviles y acamparon en el Dexfield Park, un antiguo parque de atracciones que llevaba tiempo abandonado. Ofrecía un refugio tranquilo, en el que podían estar lo bastante cerca de la carretera en caso de necesitar huir, pero ocultos de las miradas indiscretas gracias a los arbustos que invadían el lugar.

El estado físico y anímico del grupo era lamentable. Bonnie apenas podía caminar sin ayuda, porque sus quemaduras, aparte de provocar un intenso dolor, habían contraído los músculos de su pierna derecha. Blanche llevaba gafas oscuras; uno de sus ojos había quedado ciego y por el otro veía de manera limitada. Buck, con la herida abierta en la cabeza, llegó a recuperar la consciencia y pudo comer un poco, pero los demás no se hacían ilusiones con respecto a su pronóstico. La intención de Clyde era la de llevar a su hermano mayor de vuelta a Texas, para que pudiese morir acompañado de su madre, promesa que ambos hermanos se habían hecho uno al otro. Mientras llegaba el momento de partir, cuidaban a Buck como podían; le desinfectaban la herida y le cambiaban los vendajes; los ya usados, ensangrentados, los quemaban en una hoguera para no dejar pistas.

Entonces sucedió otra de las casualidades fatídicas que, junto a las torpezas y decisiones irreflexivas de la propia banda, iban contribuyendo a su perdición. La única vez en que los fugitivos subieron al coche y se alejaron de su campamento durante unas horas para comprar provisiones, un habitante de la zona tuvo la ocurrencia de dar un paseo por el parque abandonado. Encontró los restos de un fuego, donde quedaban todavía algunos pequeños pedazos de tela manchados de sangre. El hombre había escuchado en la radio la noticia del tiroteo en el Red Crown Tavern y sabía, como casi todo el mundo a esas alturas, que el famoso gang de los Barrow tenía dos miembros heridos. Decidió comunicar su sospechoso hallazgo al sheriff de la zona. Unas horas después la banda estaba de regreso en el parque. Sentados en torno a una hoguera, preparaban salchichas y café cuando empezaron a sonar disparos que provenían desde detrás de los arbustos. Los habían vuelto a tomar por sorpresa.

Clyde consiguió alcanzar uno de los dos automóviles. Lo puso en marcha, pero cuando trataba de recoger a los demás, un disparo lo alcanzó en el brazo y le hizo perder el control. Terminó estrellando el coche contra un árbol. Salió ileso y vio que el segundo automóvil del que disponían también había sido inutilizado por los disparos. Él, Bonnie y Bud Jones salieron huyendo hacia una arboleda cercana; aunque Bonnie tuvo que ser ayudada a ir más deprisa, los tres consiguieron despistar a los policías. Blanche no pudo ni quiso huir: estaba casi ciega y, para colmo, su marido recibió cinco balazos en la espalda. Arrodillada, abrazaba a Buck y gritaba entre lágrimas: «¡Basta, dejen de disparar! ¡Se está muriendo!». Buck aún estaba consciente cuando terminó el tiroteo y los policías se acercaron a examinar su estado; existen varias fotografías de ese momento, incluyendo una inolvidable instantánea en la que Blanche, con sus gafas oscuras, parece estar gritando mientras un policía la sujeta. Parece ser que, al no ver bien, creyó que el fotógrafo que la apuntaba con la cámara tenía una pistola y la iba a matar allí mismo.

La captura de Blanche Barrow. Fotografía: FBI/DP.

Buck fue conducido a un hospital. El doctor que lo atendió aseguró que era «difícil de creer lo limpia que estaba la herida», desmintiendo el informe policial que hablaba de que la herida abierta estaba infectada «por falta de cuidados» y despedía «un olor nauseabundo». Buck, de manera sorprendente, continuaba despierto. Se quejaba de un intenso dolor en la espalda; una de las balas había penetrado entre las costillas, alojándose en un pulmón, en la cavidad pleural. Lo operaron de urgencia para extraérsela. Mientras, temiendo que Clyde pudiera presentarse en el hospital para recuperar a su hermano, la policía rodeó el edificio. Pero Clyde no apareció. Es posible, quién sabe, que planease hacerlo. Quienes sí se presentaron fueron su madre y su hermano más pequeño, que se quedaron con Buck en la habitación. Cuatro días después de la operación, Buck empezó a delirar; al poco entró en coma y ya no despertó. Una neumonía repentina había acabado con él.

Blanche fue encarcelada a la espera de juicio; de la ficha policial se conserva otra muy famosa fotografía en la que se aprecia que uno de sus ojos ha quedado en blanco. Cuando la interrogaron, se negó a ofrecer información que pudiese llevar al arresto de sus cuñados Bonnie y Clyde, pese a que se le ofreció un trato para aligerar los cargos que se presentaban contra ella: atraco y complicidad en homicidio frustrado. Fue condenada a diez años de prisión. Blanche desconocía que Coffey había recibido fuego amigo y que la acusación de homicidio frustrado, por tanto, no tenía fundamento. Le sorprendió ver que, durante el juicio, el fiscal de Platte City parecía no tener mucho interés en pedir una condena mayor. También quedó muy sorprendida cuando el propio sheriff la visitó en prisión y se interesó por ella. Con el tiempo, llegó a hacerse amiga de la familia Coffey al completo.

Blanche demostró una clara voluntad de reinsertarse y salió en libertad condicional tras cumplir seis años. Regresó a Dallas, se puso a trabajar y contrajo matrimonio con un hombre llamado Eddie Frasure, cuya familia nunca vio con buenos ojos el matrimonio. Sin embargo, el amor entre ambos no se resquebrajó, ni siquiera cuando Frasure, ingeniero de la marina, se marchó durante tres años a combatir en la Segunda Guerra Mundial. La crisis más seria de la pareja, cosa curiosa, se produjo en 1968 por culpa del estreno de la película Bonnie & Clyde, protagonizada por Warren Beatty y Faye Dunaway. A Blanche, como a los otros supervivientes de la banda, le disgustó mucho el largometraje. La actriz que la interpretaba, Estelle Parsons, ganó un Óscar, pero Blanche dijo que su versión en celuloide la hacía parecer «una imbécil gritona». Con todo, lo peor fue la atención repentina de la prensa, que resquebrajó la discreción que Blanche trataba de mantener sobre su pasado de cara a su entorno social y laboral: «Esa película estuvo a punto de costarme el divorcio».

Blanche Barrow enviudó poco después, cuando Frasure murió de cáncer. Ella también moriría de cáncer, a los setenta y siete años de edad, en 1988. En 2004, de manera póstuma, salieron a la luz sus memorias, tituladas Mi vida con Bonnie y Clyde.

El asalto a la granja prisión de Eastham

Durante el verano de 1933, Bonnie, Clyde y Bud Jones pasaron mes y medio deambulando por distintos estados. Para no llamar la atención, se limitaron a pequeños robos en los que conseguían lo justo para comer. La única excepción fue un atraco en una tienda de armas, de la que se llevaron pistolas y escopetas, además de munición en gran cantidad. Durante esas semanas, consiguieron dar esquinazo a las autoridades. Su situación legal iba a empeorar cuando un tribunal de Dallas promulgase la primera acusación de asesinato contra Bonnie, por disparar a un sheriff meses atrás, aunque el autor material había sido Clyde.

Bud Jones estaba cansado de huir y declaró su intención de regresar junto a su familia. Clyde le advirtió «Chico, no puede irte; te acusan de asesinato, como a mí». Como eso no hizo que cambiase de idea, Clyde le aconsejó que, en caso de que lo detuviesen, dijese que lo habían obligado a participar en los atracos y robos de manera forzosa, a punta de pistola; así, podría quizá aprovechar el hecho de que aún era menor de edad cuando se había unido al grupo. Bud regresó a Texas y durante un tiempo trabajó recogiendo algodón y recolectando verduras en granjas de las afueras de Houston, hasta que alguien de la zona lo reconoció y lo denunció a la policía. Cuando Bud vio que venían a detenerlo, se entregó sin oponer resistencia. Lo acusaron del asesinato de un sheriff, que en realidad había perpetrado Clyde, pero Bud aceptó la acusación porque quería cumplir condena en Texas y no en Arkansas, desde donde reclamaban su extradición. Las granjas carcelarias de Arkansas tenían muy mala fama; se decía que eran lugares corruptos y crueles, donde los presos eran explotados, a veces hasta la muerte. Bud tenía razón al no querer ir allí: años después, el descubrimiento de fosas con cadáveres de presos asesinados por los funcionarios provocaría un gran escándalo (reflejado en la muy recomendable película Brubaker, protagonizada por Robert Redford). En el juicio, dada la juventud y buena actitud del muchacho, los policías recomendaron al tribunal que no aplicase la pena de muerte. El fiscal solicitó más de noventa años de prisión, pero el juez decidió condenarlo a quince. Se le otorgó la libertad condicional después de seis años, como a Blanche. En 1968, Jones concedió una entrevista a la revista Playboy, en la que recordaba muchos detalles de sus pasadas andanzas. También comentaba la película Bonnie & Clyde, afirmando que no le había gustado nada: «Lo única cosa de la película que no es completamente estúpida es la manera en que representan los tiroteos. Son lo bastante realistas como para casi conseguir que me doliese».

Buck había muerto; Blanche, Bud y otros antiguos compañeros de banda estaban en prisión. Bonnie y Clyde se habían quedado solos. También empezó a hacerles mella la nostalgia. Decidieron arriesgarse para visitar a unos familiares en la localidad tejana de Sowers; condujeron hasta la calle en que vivían sus parientes, pero la visita no se llegó a producir porque Clyde intuyó una trampa y aceleró sin detenerse, abriendo fuego en cuanto vio aparecer policías. Empezaron a llover balas sobre el automóvil. Consiguieron escapar, pero tanto Clyde como Bonnie recibieron un disparo en la pierna. La pareja volvió a ocultarse durante un par de meses para recuperarse de las nuevas heridas.

En la granja prisión Huntsville, en la localidad tejana de Eastham, seguían presos tres antiguos compinches de Clyde: Raymond Hamilton, Hilton Bybee y Joe Palmer. Justo en aquellos días salió en libertad otro preso, Jimmy Mullens, al que Hamilton comunicó un mensaje para Clyde. Le pedía que lo liberase. Clyde recibió el mensaje; era la ocasión perfecta para ejecutar su ansiada venganza del sistema carcelario. Se las arregló para enviar un mensaje de vuelta a Hamilton, en el que anunciaba la fecha y hora en la que intentarían su liberación.

El 16 de enero de 1934, Clyde, acompañado de Bonnie y Mullens (a quien llevaba consigo porque no se fiaba, conociendo su fama de drogadicto y confidente), condujo hasta los alrededores de Huntsville. Los presos, como siempre, salieron a trabajar en los campos, custodiados por guardias que iban a caballo. Uno de aquellos guardias era el mayor Joe Crowson, que disfrutaba pegándoles palizas a los reclusos. Joe Palmer había recibido alguna de aquellas palizas y sabía que Crowson, cuando desmontaba para pegarle a alguien, solía dejar la escopeta en su caballo. Ningún preso osaba intentar robar el arma, porque había más vigilantes y el mero intento se hubiera convertido en un suicidio, pero aquel día Palmer esperaba refuerzos del exterior, así que se atrevió a hacerlo. Cuando vio que Crowson desmontaba, se acercó al caballo con sigilo y consiguió hacerse con el arma. La escondió. A la hora convenida, Palmer se acercó a Crowson, quien, sin darse cuenta de que su arma ya no estaba en la silla, conversaba con otro guardia. Palmer los encañonó. Crowson hizo amago de resistencia y Palmer le disparó en el abdomen. El oficial, malherido, azuzó a su caballo y huyó al galope. De repente, desde unos árboles cercanos, apareció Clyde, disparando su rifle automático al aire, sin apuntar a nadie, pero a muy baja altura. Todos, presos y guardias, se arrojaron al suelo. Se oyó con claridad su voz: «Al primero que levante la cabeza se la vuelo de un disparo». Justo después, también desde la espesura, llegó el sonido de un claxon: era Bonnie, indicando a los tres presos en qué dirección estaban los automóviles. Un cuarto recluso, Henry Methvin, no estaba incluido en el plan de escape, pero aprovechó la confusión para salir corriendo también y de hecho terminaría uniéndose a Bonnie y Clyde en su etapa final. Todos subieron a los vehículos y huyeron.

Ningún guardia pudo ver con claridad al autor del asalto, aunque no les hizo falta un gran esfuerzo de imaginación para deducir que había sido Clyde Barrow. El mayor Crowson, hospitalizado, falleció once días más tarde. No era el primer policía que moría a manos de la banda, pero esta vez había sucedido en una prisión; los criminales más célebres del momento habían conseguido liberar a varios compinches, poniendo en ridículo al sistema carcelario y propinando tal bofetada mediática a las autoridades de Texas que estas situaron a los Barrow como su prioridad máxima. Lo mismo sucedió en los despachos de Washington, donde solían preocupare por el crimen organizado, pero donde ya no podían seguir permitiendo que aquellos dos forajidos continuaran poniendo a las fuerzas de orden en evidencia. Se redoblaron los esfuerzos; empezaron a circular más patrullas y se crearon grupos destinados a establecer nuevas emboscadas. Policías de medio país tenían como objetivo principal la localización y captura de Bonnie y Clyde. Durante los dos meses y medio que siguieron al sonado asalto de Eastham la pareja siguió dando vueltas de un estado a otro, acompañados por su nuevo e improvisado compañero, Henry Methvin.

El primero de abril viajaban por la ruta 114, cerca de Grapevine, en Texas. Como de costumbre, era Clyde quien conducía (cuanto más desesperada era su situación, menos le gustaba poner el volante en manos de otro). Su nuevo compañero de aventuras Henry Methvin ocupaba el asiento del copiloto. Bonnie iba detrás, durmiendo. De repente, dos patrulleros de la policía de tráfico les hicieron detener el vehículo, aunque es dudoso que supieran quiénes eran. En cualquier caso, y sin mediar palabra, Methvin les disparó. Ambos agentes fallecieron. El propio Methvin declararía más adelante que Clyde había salido del coche para auxiliar a los agentes; cosa sorprendente, porque siempre había sido Clyde quien se había resistido a tiros cuando se había visto acorralado. Quizá en este caso se daba cuenta de que no los habían reconocido.

Cuando los investigadores llegaron al lugar, encontraron una colilla reciente, en la que se apreciaban marcas de dientes. Observándolas, determinaron que eran dientes de mujer, así que salió a relucir el nombre de Bonnie Parker y dedujeron que la pareja había cometido los dos asesinatos. Se los achacaron a Clyde, aunque esta vez él no era el autor. La prensa publicitó el asunto con versiones de lo más florido: algunos pretendidos testigos aseguraban que tanto Clyde como Bonnie habían dado tiros de gracia a los dos agentes. Otros decían que Bonnie había soltado una malévola carcajada mientras vaciaba su cargador sobre uno de los policías porque su cabeza «se había puesto a rodar por el asfalto como una pelota de caucho». Nada de esto era cierto, como aclararía después el propio Methvin, pero Bonnie y Clyde habían cometido crímenes más que suficientes para que la percepción de prensa y público fuese así de oscura. Los periódicos, además, desvelaron que uno de los agentes fallecidos estaba a punto de casarse; todo el país se enteró, con la comprensible congoja, de que su prometida había acudido al funeral ataviada con el vestido de novia que ya no podría usar. Aquello colmó el vaso de la paciencia colectiva. El jefe de la policía de tráfico de Texas ofreció mil dólares de recompensa por sus cadáveres; el gobernador de Texas añadió otros quinientos dólares al botín.

El final

Frank Hamer y los cinco oficiales que abatieron a Bonnie y Clyde, 1934. Fotografía: FBI / DP.

El capitán Fran Hamer, una especie de llanero solitario de los famosos rangers, la policía estatal de Texas, acumulaba casi treinta años de experiencia en el ejercicio de la ley. Había empezado en 1906 como agente de vigilancia fronteriza y se había especializado en la persecución de prófugos. Era casi un ranger de novela del Oeste; sabía seguir huellas e interpretar rastros, y conocía la mentalidad de los contrabandistas y fugitivos que intentan aprovechar el terreno para moverse sin ser localizados. «El criminal», decía, «es como un coyote, siempre echando vistazos por encima del hombro». En principio, cuando le propusieron encabezar uno de los equipos policiales encargados de dar caza a Bonnie y Clyde, se mostró reticente. Era una tarea muy peligrosa por la que iba a cobrar menos que su salario habitual; además, estaba acostumbrado a trabajar solo. Sin embargo, terminó aceptando cuando le prometieron una parte sustanciosa de la recompensa.

Hamer no tardó en demostrar sus habilidades como sabueso. Recopiló toda la información que pudo sobre los movimientos de Bonnie y Clyde en el mapa: «Es bueno tener la estadística, pero necesitas algo más». Y él lo tenía: olfato. Para muchos otros policías, aquellos movimientos eran anárquicos y respondían a las circunstancias de cada momento. Pero Hamer descubrió que Bonnie y Clyde tenían un sistema. Era sabido que atravesaban las fronteras entre estados con tanta frecuencia porque los cuerpos policiales, salvo permisos especiales, no podían actuar más allá de su jurisdicción. Por ejemplo: si la policía de Texas perseguía a Bonnie y Clyde, pero estos entraban en Oklahoma, los policías tejanos ya no podían detenerlos. Si Bonnie y Clyde estaban usando ese principio para moverse, Hamer estaba convencido de que debían de seguir algún patrón, aunque fuese de manera intermitente. Al final, lo encontró. Después de sumergirse en una montaña de datos, descubrió que Bonnie y Clyde se movían trazando círculos. Hamer reunió a sus hombres, se puso en marcha y empezó a recorrer esos círculos. Y empezó a encontrarse con un rastro de atracos recientes a lo largo de Texas, Oklahoma e Iowa, que le demostraban que había empezado a pisarles los talones a sus presas. Aunque no iba a ser esto lo que le iba a permitir tenderles la emboscada final, Hamer estaba en el buen camino.

El trío formado por Bonnie, Clyde y Henry Methvin se separó de manera repentina el 19 de mayo. Methvin se dirigió a comprar unos bocadillos en un restaurante mientras Bonnie y Clyde le esperaban fuera, sentados en el automóvil. Cuando Methvin estaba pidiendo en el mostrador, un coche de la policía dobló la esquina. Clyde arrancó el motor y se alejó. Methvin se quedó solo. Sin embargo, tenían acordado un punto de reencuentro para cuando se diera el caso de que se vieran obligados a seguir caminos distintos: ese punto estaba en Lousiana, a pocos kilómetros de Ruston, localidad donde vivían sus padres. Methvin hizo autoestop hasta Ruston y le contó a su padre todo lo que había sucedido, incluyendo el que había matado a dos agentes de tráfico; también le dijo dónde estaba el punto de reencuentro. El padre de Harry Methvin, que había estado siendo presionado por la policía desde que su hijo se había fugado de la cárcel, contactó con el sheriff local y llegó a un acuerdo (según parece, a espaldas de su hijo) por el que, a cambio de revelar el punto de reunión, Henry no sería condenado a muerte. Fue así como el capitán Hamer supo del punto de reunión y dedujo en qué punto podría situar una emboscada. Acompañado de sus tres subordinados de Texas y de dos policías de Lousiana, se apostó en la carretera 154, oculto por los árboles.

La mañana del 23 de mayo, Bonnie y Clyde se detenían en un café de la cercana localidad de Arcadia para tomar el que iba a ser el último desayuno de sus vidas (aquel café es hoy un museo dedicado a ellos). En la carretera 154, después de un día y pico de guardia agotadora, los seis agentes estaban a punto de abandonar. El capitán Hamer creía que había errado en sus cálculos y que sus objetivos iban a dar un rodeo. Cuando estaba ya pensando en ordenar que cesara la vigilancia, apareció, para su sorpresa, el Ford V8 robado en que viajaban Bonnie y Clyde. A Hamer ni siquiera le dio tiempo a dar la orden de abrir fuego: uno de los policías locales que lo acompañaban, el joven cadete Morel Oakley, se adelantó y efectuó dos disparos por su cuenta. Al menos una de las balas debió de impactar en Clyde, porque perdió el control del automóvil mientras Bonnie gritaba. Los otros cinco hombres se unieron a Oakley y vaciaron sus cargadores sobre el coche. Cuando terminaron de disparar, los cadáveres tenían tantos orificios de bala que más tarde los embalsamadores tuvieron mucho trabajo para dejarlos listos de cara a los funerales. Bonnie y Clyde serían enterrados en su ciudad, Dallas, pero sus exequias y sus entierros se celebraron por separado.

Aunque la banda de Bonnie y Clyde, con catorce asesinatos a sus espaldas, había cosechado una infamia muy merecida, el comportamiento de los agentes durante la trampa policial empezó a provocar serias dudas, sobre todo cuando corrió la voz de que a los fugitivos no se les había dado el alto ni la oportunidad de rendirse. Diversas autoridades habían promovido, de manera implícita o explícita, que la pareja fuese cazada sin previo aviso y, como hemos visto, incluso habían puesto precio a sus cadáveres. Aun así, quienes se encontraron en el ojo del huracán fueron los seis agentes protagonistas (y únicos testigos) de la emboscada. Sus respectivos informes se contradecían entre sí. La desconfianza mutua entre los seis policías se agudizó porque unos pensaban que los relatos de los otros les podían perjudicar. Salvo algunos detalles básicos compartidos por las seis versiones —y aquellos otros que podían ser deducidos de la observación del lugar del crimen—, nadie sabía con total seguridad qué había sucedido en aquella carretera.

Dos de los agentes, el sheriff local Henderson Jordan y el propio Morel Oakley, expresaron a sus respectivos círculos de familiares y amistades que sentían remordimientos por no haber ofrecido a Bonnie y Clyde la oportunidad de rendirse. Por peligrosos que fuesen estos criminales, Jordan y Oakley pensaban que su obligación como agentes de la ley era la de haber intentado capturarlos con vida. Oakley, en particular, llegó a repetir esa misma opinión en público, admitiendo que se había precipitado al disparar sin dar el alto. El capitán Hamer, como líder de la emboscada, vio su reputación manchada por ello. Otro miembro del grupo, Ted Hinton, el mismo que tiempo atrás se había enamorado de Bonnie cuando esta trabajaba como camarera, aún creó más confusión durante sus últimos años, cuando rememoró la historia añadiendo detalles extraños sobre la conducta del capitán Hamer. Aseguró que este había «atado» a un árbol al padre de Henry Methvin durante toda una noche para conseguir extraerle información. Aún más raro, dijo que la famosa foto en que Bonnie fumaba un puro había sido retocada por los periodistas, y que en realidad Bonnie había sostenido una rosa entre sus labios. Esto último es difícil de creer, porque es una foto en la que Bonnie imita la pose de un gánster de película, con evidente intención jocosa. Sin embargo, Hinton parecía responder de manera póstuma a una de las quejas que Bonnie había formulado contra la prensa en vida: en una ocasión, cuando el gang de los Barrow liberó a un rehén, Bonnie le encomendó comunicar un mensaje a los periodistas: «Que dejen de publicar que fumo puros, ¡yo no fumo puros!».

Dos curiosos juicios tuvieron lugar poco más tarde. En uno de ellos, veinte familiares y amigos de miembros del gang de los Barrow enfrentaron acusaciones de complicidad y asistencia a fugitivos de la ley, porque habían tenido contacto con ellos sin comunicarlo a la policía. La madre de Bonnie, Emma Parker, y la de Clyde, Cumie Walker, tuvieron que cumplir un mes de prisión cada una. La hermana pequeña de Clyde, Marie, fue también acusada, pero como era menor de edad su condena fue simbólica: se la obligó a pasar una hora en la comisaría. Otro juicio fue aún más estrambótico, porque uno de los policías de la emboscada, el sheriff Jordan, trató de justificar su derecho a quedarse con el Ford V8 en el que Bonnie y Clyde habían muerto. El automóvil llevaba meses guardado en un garaje policial y aún estaba manchado de sangre. Su legítima dueña era Ruth Warren, esposa de un techador de Kansas, que se lo había comprado solo unas semanas antes del robo. La señora Warren, por descontado, quería recuperar su vehículo, en especial porque ahora era un cotizado objeto de culto. El tribunal decretó que la señora Warren tenía la razón, aunque no solo se vio obligada a ir a juicio para recuperar su Ford, sino tuvo que pagar a las autoridades una cantidad nada simbólica (ochenta y cinco dólares, el equivalente a unos mil trescientos euros hoy) en concepto de gastos de mantenimiento por el tiempo que el coche había pasado bajo custodia. Eso sí, pudo retratarse junto a su marido frente al automóvil repleto de agujeros.

Lo que de verdad nadie sabe es qué hizo el sheriff Jordan con lo que, decían, había sido su segundo botín; el maletín repleto de dinero que Bonnie y Clyde llevaban consigo en el automóvil. Pero es una de tantas historias que surgieron tras la muerte de Bonnie y Clyde, y que quizá merezcan ser contadas en otro momento.

Fotografía: FBI / DP.

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5 comentarios

  1. Qué historiaza, señor! Felicitaciones. La percepción que tengo del ciudadano medio de los EEUU, y como yo tantos otros, es siempre el tópico del texano, algo cerril, con el eterno sombrero de cowboy y armado hasta los dientes. Es un estado anómalo, donde mataron a JFK, con la pena de muerte, la legalidad de las armas y las matanzas en los colegios en primera pagina y que dio los natales a un presidente nefasto. Gracias por la lectura.

    • pues no estaría de más entonces de que si es una imagen remanida, la fuera abandonando ya y no le de tanto bombo. Vamos, digo yo

  2. Excelente historia muy bien narrada, con tantos detalles humanos y sociales que hacen reflexionar sobre ese gran país. La imagen fisionomica y remanida que tengo del ciudadano medio de los EEUU, y que creo tantos otros compartirán, es la del texano, algo cerril, con su eterno sombrero de ala ancha y armado hasta los dientes. Es un estado anómalo, donde mataron a JFK, con la legalidad del uso de las armas proporcional a las condenas a muerte y con las matanzas en los colegios donde los culpables no son los fabricantes de armas sino el ciudadano tentado por el diablo, según los fánaticos relilgiosos, y que dio los natales a un nefasto presidente. Gracias por la lectura.

  3. Antonio

    Gran relato. Muchas gracias. La película se toma muchas libertades al relatar la historia, pero es muy, muy buena

  4. menta verde

    Una gran historia, gracias.

    Viene bien aterrizar mitos como estos con detalles cotidianos que tuvieron tanto impacto en la vida de sus protagonistas

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