De rednecks, pobres y votantes de Trump

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Fotografía: Jorge González (CC).

Un país es la narración de su epopeya, y no hay aventura contemporánea más heroica que la de los Estados Unidos. Desde su misma Declaración de Independencia todo parece una conquista continua de libertades, liberación de los yugos colonialistas y continuo aumento del bienestar. En un mundo, el de finales del XVIII, donde no había tales cosas. Pero apenas se rasca bajo ese relato figurado aparecen las contradicciones. Y pocas las hay mayores que esa masa de blancos, protestantes y pobres que son la verdadera base de su nación. Palurdos, basura blanca, paletos. Rednecks.

El término tiene sus sinónimos en lengua inglesa, como hillbillies, white trash o crackers. Pero el más usado hoy en día es rednecks, cuellos rojos. Los de unos blanquitos rurales con epidermis demasiado caucásica para trabajar bajo el sol. Todos los hemos visto aparecer en las películas norteamericanas como un prototipo social aterrador. Tanto, que no podría concebirse el gore moderno sin La matanza de Texas. Ni sin esos arquetipos de cerebro disfuncional, fruto de la endogamia, que aman las armas, y se acuestan con sus hijas o con sus propias madres si no encuentran otra cosa.

Las creencias que los definen están identificadas en el extranjero como la idiosincrasia estadounidense. Defienden que la ley de Dios está por encima de la Constitución. Son patriotas amantes a ultranza de su país. Fanáticos de las armas, y partidarios de usarlas en defensa propia antes que de llamar a la policía. Convencidos de la inferioridad de los naturales de otras naciones. Seguidores de una fe que predica que el hombre pobre lo es por no esforzarse lo suficiente, o por ser idiota. Y también que todo pobre está en camino de ser rico. Por último, pero no menos importante, que viven en el único país libre y desarrollado de este mundo: los Estados Unidos de América. Por eso la palabra redneck, y sus equivalentes del argot inglés pueden traducirse por paleto.

Pero no nos confundamos. Tanta caricatura ridícula tiene que esconder por fuerza un estereotipo social. Para entender porqué existe, y de dónde sale, hay que leer alternativamente a Howard Zinn y a Jim Goad. Ambos, hijos blancos de los EE. UU.

El profesor Zinn, universitario y activista del Movimiento por los Derechos Civiles, ha escrito un libro fundamental, La otra historia de los Estados Unidos. En él nos explica cómo, antes de que llegaran los esclavos negros, la gran población sometida a un régimen similar al esclavismo eran los ingleses e irlandeses pobres. En el discurso oficial, expresidiarios enviados a la colonia de Reino Unido para librarse de ellos. En la obra de Zinn, muchachos, mujeres y hombres que eran cazados, literalmente, en sus países de origen, y encarcelados en barcos que hacían la ruta hacia la coste este de la por entonces colonia inglesa. Una vez allí se los convertía en mano de obra esclava de los grandes terratenientes ingleses. Las razones que se les daban para ello suenan sospechosamente contemporáneas. Tenían que pagar el traslado a América que no habían pedido, como ahora los emigrantes a las mafias de trata de personas. Como no eran obreros cualificados, ni tenían nada más que aportar más que su trabajo, se les obligaba a aceptar el que les dieran. Aunque no les permitiera comer lo suficiente ni vestirse adecuadamente. Como a los parados de la Norteamérica de hoy. Y por último, dado que en Inglaterra habían sido calificados como sujetos peligrosos socialmente, debían someterse al régimen de dependencia de un terrateniente que «los controlara».

Por su biografía, Zinn podría ser un redneck, y Jim Goad solo un blanco de clase media, pero adopta el estereotipo para su ensayo, y lo hace de forma tan lúcida como el catedrático. Añadiendo ideas tan rasposas como un buen whisky casero de fabricación clandestina. Su libro, Manifiesto Redneck, tiene una reciente y portentosa publicación en castellano a cargo de la editorial española Dirty Works. Eruditamente anotada, además, para los ajenos a este fenómeno social. En ella leemos cómo Goad arremete contra el prejuicio que nos ha hecho imaginar a los rednecks como a los hermanos protagonistas de La Matanza de Texas. Aunque el autor no cita este largometraje, más conocido por los no estadounidenses, se refiere en cambio a Deliverance, película de 1972 elevada hoy a los clásicos del cine. Sus protagonistas son cuatro blancos urbanos de clase media que emprenden un viaje de aventura en piragua por la naturaleza salvaje. Allí serán sodomizados, perseguidos y tiroteados por los rednecks. Blancos violadores, armados y violentos, peores que el coco. Es más o menos como la clase blanca estadounidense ve a los blancos pobres, rurales, y/o habitantes del sur. Goad denuncia el patrón de esa narrativa: el redneck asesina y viola sin motivo porque es parte de su naturaleza.

Pero el Manifiesto Redneck fue publicado en 1997, y su narración podría haberse quedado trasnochada. Para nada. Hay alguien que ha traído a los rednecks de vuelta a la portada, y ese es Donald Trump. Tanto Jim Goad como Howard Zinn analizan en profundidad la razón de que la historia estadounidense mantenga una gran clase pobre y blanca permanentemente fuera del bienestar económico. A los descendientes de ingleses e irlandeses emigrados a la fuerza no les fue bien al ser liberados, con la Declaración de Independencia, de sus patrones. Fueron convertidos en ciudadanos estadounidenses, con pleno derecho… a no tener trabajo. Fueron sustituidos por los esclavos negros, que no tendrían plenos derechos hasta 1963. Su segregación es bien conocida, no así la de las clases blancas desfavorecidas, como explica Goad. Sistemáticamente, la crisis de 1929, la expropiación de granjas en la década de 1950, y la guerra de Vietnam va hundiendo en la miseria a los hillbillies. Sus hijos y nietos han visto ahora desaparecer el poco bienestar alcanzado tras la Segunda Guerra Mundial una vez desatada la crisis del 2008. Aquí es donde entró en juego el «America First», o los americanos primero, el lema de campaña de Trump. O en oídos de un redneck, «Por fin nosotros».

Cuando Donald Trump ganó las elecciones, gran parte de la prensa del país estaba atónita. ¿En serio habían elegido al loco en lugar de a Hillary Clinton? Lo cierto es que los periódicos que se echaban las manos a la cabeza representaban a la gente blanca, urbana y universitaria. Mientras que los periodistas que habían seguido la campaña a pie de calle, y preguntado en todos los rincones del país, tenían otra visión. La gente votaría a Trump, no porque creyera en sus promesas, sino por probar. Total, los otros ya los habían defraudado. No iban a estar peor con él que con cualquier otro. Y esta reflexión predominaba, y predomina, entre los rednecks.

Donald Trump en un acto con los trabajadores de la refinería Andeavor, en Mandan, Dakota del Norte, 2017. Fotografía: Jonathan Ernst / Cordon.

Lo cierto es que el actual presidente jugó bien con todos los principios ideológicos asociados a este grupo. Patriotismo, expulsión de emigrantes y muro en México, traer las fábricas de vuelta, y por tanto el trabajo redneck también de vuelta, y defensa de la tenencia de armas. Además de la baza más importante de todas: presentarse como el hombre listo y hecho a sí mismo que había trabajado duro para hacerse millonario. El viejo sueño americano redneck. Que además ha asociado ciertas cualidades a quien lo consigue: el ser sabio, justo, moral, digno, fuerte e inteligente. Así ven a Trump, que adquiere con ello la misma aureola que los padres fundadores, redactores de la Constitución Americana. Zinn nos explica que, como ricos hacendados que eran, practicaron el esclavismo y la opresión. Y no puede haber contradicción en que un payaso dirija una nación si unos cínicos ayudaron a crearla.

Si la legislatura de Trump termina y no ha cumplido sus promesas, sus votantes no se sentirán demasiado defraudados, ya que votaron por «el a ver qué pasa». La victoria del republicano no solo se basó en ellos, sino en la abstención de otro grupo, el de los millennials, jóvenes nacidos en torno a la década de 1980. Eran más proclives al partido demócrata, siempre y cuando su líder fuera Bernie Sanders, y no Hillary Clinton. Una vez ganó ella, se abstuvieron de ir a votar. Ahora enfrentan una realidad no muy diferente a la de los rednecks. La clase media blanca valedora del sueño americano se derrumba. Literalmente. Pongamos un ejemplo. Una profesora de instituto en la zona de Sillicon Valley puede ganar de sueldo, al cambio, tres mil euros. Esa cantidad no le permitirá vivir de alquiler y pagarse la comida, ni siquiera si opta por una habitación en el sótano de una casa unifamiliar, fórmula corriente allí. Los precios provocados por los sueldos de las empresas tecnológicas como Google, Facebook, Apple, y todas las start-up cuyos nombres no conocemos lo hacen imposible. Estas empresas están preocupadas, porque no atraerán talento si sus empleados no tienen profesoras donde viven para sus hijos, o ni siquiera casas asequibles donde vivir. Así que ahora barajan la idea de construir ciudades de su propiedad para paliar este problema. La pregunta es si entonces todos los que no trabajen en esas corporaciones acabarán convertidos en rednecks pobres.

¿Espera mejor futuro al brillante ingeniero universitario que es contratado por una de estas empresas punteras? No necesariamente. En el aparcamiento frente a Google ya hay varios empleados que tienen en el coche su casa. Duermen en él, y al levantarse usan las duchas que la compañía pone a su disposición, junto a gimnasios y comedor. No lo hacen porque ganen poco, sino para pagar la deuda contraída con los bancos por su educación universitaria. Que es el equivalente a una hipoteca media de entre cien mil y doscientos mil euros, al cambio. Estas personas se reirían en mi cara, o me la partirían directamente, si yo los llamara rednecks. Pero no difieren mucho de la realidad que Goad nos describe en su libro. Él mismo, en uno de los párrafos, asegura que él y su mujer, con sus dos trabajos de licenciados universitarios, cubren a duras penas sus gastos. Cuando su padre, con un solo sueldo de trabajador no cualificado, mantenía a cuatro hijos.

Hay un fenómeno más que acerca a rednecks y millennials, el de los parques de caravanas. Nosotros los llamaríamos campings, pero nada tienen que ver con el ocio ni los viajes. Los aparcamientos destinados a autocaravanas son, simplemente, el recurso habitacional de la gente más pobre. Rednecks que ya no proceden en exclusiva del medio agrario, sino de ciudades como Detroit, cuando desaparecida la industria automovilística se han despoblado. Tenían casas hipotecadas, pero con la llegada de la crisis no pudieron venderlas, perdiendo el dinero gastado en adquirirlas. Lo mismo ha ocurrido en cientos de miles de ciudades y pueblos en todo Estados Unidos. Algunos de sus habitantes las conservan para acudir a ellas el fin de semana. El resto de días, laborables, duermen en el camping, los más afortunados en autocaravanas alquiladas, y los menos en la caja de su camioneta, o directamente en el coche. Como algunos de los que trabajan en Google. Y así se cierra el círculo.

La realidad de hoy en EE. UU. parece poner el foco en el subtítulo del Manifiesto Redneck. «Cómo los paletos, palurdos y la basura blanca se convirtieron en el chivo expiatorio de América». Goad denuncia la ridiculización de una clase social que por su pobreza no le queda más remedio que partirse el lomo currando y olvidarse de refinamientos. El hombrecito blanco pobre de ciudad se reirá de ellos, con la idea en la cabeza de que viajar a sus lugares de origen debe ser una experiencia aterradora. Recuerden Deliverance. Pero ahora, a diferencia del momento en que fue escrito el Manifiesto, blanco urbano y blanco rural, pobre blanco y pobre negro, están siendo igualados por un capitalismo sin medidas legales que lo modere. Da igual si eres ingeniero de Google o despachador de hamburguesas en un Burguer King. Desaparecida la Unión Soviética y la amenaza de su comunismo, los políticos ya no se preocupan por los derechos de los trabajadores, y los sindicatos están desactivados. Las empresas buscan su máximo beneficio, y en el balance el gasto mayor son, siempre, los sueldos. Parece cuestión de tiempo que la pobreza redneck vuelva a ser tan universal en Estados Unidos como en el período inmediatamente posterior a la Declaración de Independencia.

Aunque, como es habitual, la historia nunca termina en conclusiones tan categóricas. Un movimiento llamado Redneck Revolt se extiende como la pólvora por el país. Define al capitalismo y a Trump como sus enemigos, y muestra pistolas, metralletas, subfusiles y demás como armas. Estuvieron en los incidentes de Charlottesville, donde el Ku Klux Klan y los supremacistas blancos se manifestaban en contra de la retirada de una estatua del general Lee. Uno de ellos atropelló con su coche a diecinueve personas que defendían lo contrario, matando a la joven Heather D. Heyer, de treinta y dos años. Intelectuales como Howard Zinn, que vivieron el Movimiento de los Derechos Civiles, donde Luther King, entre otros, reivindicaban los derechos de los negros, creen estar viendo el resurgir de aquella violencia. Por motivos ciertamente análogos. Trump ha dado alas a los radicales de extrema derecha y los Redneck Revolt de la extrema izquierda contestan a su lema con un «Make racist afraid again». Hagamos que los racistas tengan miedo otra vez.

Las élites demócratas y republicanas del país, no todas representadas por Trump ni por Hillary Clinton, miran todo esto de reojo. Y mientras, la ONU ha emprendido una misión para analizar por qué la pobreza extrema está sacudiendo a EE. UU. con una fuerza análoga a la de países subdesarrollados. En una de las naciones más ricas de la Tierra. Llámenme exagerado. Pero intuyo que la desaparición de la clase media va a convertirlos a todos en rednecks. Paletos, palurdos, hijos endogámicos de padres endogámicos demasiado idiotas para percibir la que se nos estaba viniendo encima. Me incluyo, sí, no por ser estadounidense, sino porque todo esto suena a haberlo visto ya, también por aquí.

Detroit, 2010. Fotografía: Thomas Hawk (CC).

13 comentarios

  1. Miguel

    Me quedo con los rednecks del bible belt antes que con las elites culturales de NY o los glamourosos de LA en busca de la iluminación perpetua con su trasnochado orientalismo.

    No es un fenómeno único de EEUU, aquí en España también se utiliza mucho el estereotipo rural, puertourraco, los santos inocentes, tractoria, y lo hacen a derecha e izquierda.

  2. Extraordinario editorial, brutal como dicen los españoles.

  3. “… Paletos, palurdos, hijos endogámicos de padres endogámicos demasiado idiotas para percibir la que se nos estaba viniendo encima…” Considero demasiado extremista esta visión. Esta categoría social ha estado siempre presente en los EEUU y en cualquier otro pais. En toda sudamerica la burguesia descendiente del europeo hace exactamente lo mismo: se casan entre ellos, y ahora por qué EEUU está donde está? Creo que por el modelo de democracia y la inversión en la educación. Siempre tuvo sacas de pobreza, es inevitable. El americano medio es un concentrado de individualismo a rajatabla y pienso que ese modelo de sociedad comienza a declinar. Ahora tendrá que confrontarse con otro modelo social, el de la China, potencia insoslayable con una visión social diametralmente opuesta. En la futura historia si Grecia inventó la democracia y Roma el derecho, EEUU sera el pais que amalgamó ambas mirando al individuo. Talvez China sea el contagio enéfico de una visión socialista. Gracias por la lectura.

  4. Álvaro T

    En paralelo a esa narrativa (omnipresente en el género de terror) que tan claramente ha esterotipado la América blanca y rural en los últimos años algunas películas o proyectos narrativos han intentado redignificar a estos rednecks desde una mirada más compleja. Me pareció interesante la propuesta de Soderbergh en Logan Lucky, especialmente en un escenario Post Trump y la mayor parte de las pelis de Jeff Nichols que he visto.Al menos ayudan a observar la realidad de un país de semejante tamaño en parte de su complejidad sinpaternalismos academicistas.
    Muy interesante el artículo.

  5. xantos

    pues a mi me recuerdada Ciudadanos y las periferias

  6. martincx

    Grandiosa lectura la de esta mañana, gracias Señores.

    A mí lo que no cesa de sorprenderme son las actitudes más cercanas (y por lo visto no exclusivas) a los gobernantes de las “repúblicas bananeras”:
    -Nepotismo ¿Cuál es el rol de Ivanka y su marido en el gobierno de Trump?
    -Hostilidad con la prensa, y
    -Agresividad y comportamiento egocéntrico.

  7. Excelente artículo. Enhorabuena! !

  8. Malvisol

    Un artículo interesante que plantea una tesis que no conocía.
    Enhorabuena al autor por haber sido capaz el común denominador de rednecks e ingenieros de google.

  9. Que digo yo que...

    …estupendo análisis y original enfoque del asunto, gracias.

    Hay algo que me preguntaba antes y después del artículo: vale que el mensaje de Trump cala entre esta gente, que si populismo y blablabla. Pero ¿él? Es un neoyorquino hijo de millonario que en absoluto se ha hecho a sí mismo y cuya fortuna procede de algo tan poco “emprendedor” como la especulación inmobiliaria. ¡Es casi un judío! No es en nada como ellos. Los Bush, que eran texanos y petroleros, sí, ¡Clinton procedía del Sur profundo! ¿pero Trump?

    Supongo que será por la relevancia de su personaje televisivo que aquí no es conocida y muchos otros factores analizados ampliamente ya, pero sigue sin cuadrarme que haya funcionado en un personaje tan poco atractivo

  10. El mito de que el voto redneck es el que aupó a Trump a la presidencia es eso, un mito. Una postverdad, como se dice ahora
    La realidad es que la victoria de Trump se produce porque este conserva prácticamente integro el voto republicano a Rommey de 2012, mientras que Clinton no fue capaz de activar el voto demócrata lo suficiente en varios estados clave.
    Los votantes de Trump son en promedio, mas ricos que los votantes demócratas.
    Si partimos de premisas falsas, es muy probable que lleguemos a conclusiones erroneas

  11. Gracias por el artículo.
    Sobre la misma temática, me permito recomendar también “Hillbilly Elegy”, de JD Vance (acabado de traducir al catalán como “Una família americana”, Ara Llibres).

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