Zeina Abirached: «En el Líbano la guerra destruyó mucho, pero la reconstrucción también»

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Fotografía: Raquel López

Traducción simultánea: Francis Merino

Creció en plena guerra, una de las más duras que se recuerdan, la del Líbano. Durante años, su mundo se redujo a un par de calles y unos vecinos que vivían siempre resguardados de los francotiradores. Zeina Abirached (Beirut, 1981), años después, comenzó a ordenar todos sus recuerdos de la niñez a través del dibujo y así surgieron sus cómics, en los que, paradójicamente, la desgracia se ha transformado en cierta belleza. Su visita a Granada, al Tres Festival, voces del Mediterráneo, para compartir sus recuerdos de una ciudad que ya no existe, destruida por la guerra y cambiada para siempre por la reconstrucción posterior y la gentrificación del centro, nos sirven de oportunidad para conocer de primera mano por qué se dedicó a hacer cómics.

Naciste en mitad de una guerra, hasta los diez años solo conociste un ambiente bélico.

Fueron momentos extraordinarios, muy diferentes de algo ordinario y normal. Crearon, al menos en mi persona, o desarrollaron, mejor dicho, una forma de observar y una imaginación especial para poder sobreponerse a las situaciones difíciles. Eso me llevó a crear un imaginario y un mundo interior que luego me condujo a convertirme en escritora y dibujante.

En mi caso, porque no puedo hablar por los demás, es verdad que cuando se acabó la guerra del Líbano también lo hizo mi infancia, tenía diez años. Y, todo lo que habíamos vivido, nadie volvió a hablar de ello. Cayó en un olvido total y se convirtió en un tabú. De ahí la huella que me ha dejado a mí. Por eso me hizo falta, necesitaba, contar todo lo que había ocurrido para poder guardar una continuidad respecto a mi vida como niña, adolescente y adulta. La huella que me quedó fue que tenía que transmitir esto. Explorar los recuerdos y todo lo que me produjo aquella experiencia durante diez años.

En el Líbano no se hizo trabajo de memoria sobre esa guerra civil. La gente que la vivió no tuvo oportunidad de reflexionar de forma oficial. Hasta ahora los libros de historia, el programa de las escuelas, se terminan en la guerra civil. No ha habido ningún trabajo sobre ese relato de la guerra. Esto ha creado en mí la necesidad y las ganas de contar este periodo tan singular.

Ese problema de la memoria está presente en muchos conflictos. Un dilema entre si se debe olvidar y seguir adelante, o recordar con el riesgo de que las nuevas generaciones hereden los conflictos…

Creo que es necesario comentarlo a la nueva generación, no hay que callarse. Pero debe hacerse con un afán de comprensión de la sociedad, en lo que se ha transformado y en lo que se ha convertido después del conflicto. Una guerra, aunque no se haya vivido, forma parte de nuestra identidad. Aunque no hayamos crecido en un lugar en guerra, si la hubo antes forma parte de nuestro acervo y no la podemos amputar. Es malsano negarlo. No se trata de hablar siempre de esto y glorificar esos años, pero al menos hay que hablarlo para comentarlo y ponerlo en buen lugar. El problema que tenemos en el Líbano es que no tenemos memoria ni tan siquiera a nivel político. Los políticos que hicieron la guerra en los años ochenta están ahí todos presentes. Es imposible hablar del conflicto si los que jugaron papeles importantes en él aún están presentes en el poder.

Creciste en una calle cortada y controlada por un francotirador; durante años ese espacio era el único mundo que conocías.

Esa fue una de las dificultades durante la guerra, la relación con el territorio. Nací y crecí en la mitad de la ciudad, en una parte solamente. No tenía ninguna conciencia del territorio más allá de esta frontera controlada, precisamente, por francotiradores. Recuerdo mi sorpresa después de la guerra cuando atravesé la llamada línea de demarcación una vez que se tiró el muro. No sabes la sorpresa que me llevé cuando vi que la calle que estaba enfrente, detrás del muro, donde el enemigo, tenía el nombre de mi calle. Era la mía, era la misma calle, pero cortada durante años de conflicto.

Una de las huellas más profundas que he guardado de mi infancia es esa relación con el espacio y el territorio. El hecho de vivir durante diez años en dos o tres calles muy cercanas unas de otras, y muy controladas, y conocer, el día que se acabó la guerra, todo lo demás, el resto de la ciudad de Beirut y del Líbano. Ahí me ha hecho falta conquistar ese espacio que durante años fue un lugar prohibido. He tenido que ir, buscar referencias, conquistar este territorio que, al fin y al cabo, sigue siendo mi ciudad y mi país. Por ejemplo, la primera vez que fui a Beirut oeste tenía tanta impresión de estar en un lugar extranjero que me salía hablarle en inglés a la gente porque no imaginaba que hablasen mi propio idioma.

¿Los personajes de El juego de las golondrinas (Sins Entido, 2009) siguen vivos?

Sí, pero desgraciadamente ya no viven en el mismo edificio. El barrio ha cobrado mucho valor después de la guerra, está en el centro de la ciudad, y los viejos edificios los están demoliendo para construir altas torres y edificios de lujo. No sé quién vivirá en ese lugar, va a ser muy caro, pero los habitantes del 38 de la calle Youssef Semaani tuvieron que irse. Les echaron del edificio. Sigo en contacto con algunos de ellos que están en otros lugares del barrio o de la ciudad, pero este barrio, finalmente, tal y como yo lo describía en El juego de las golondrinas ya no existe.

Este es uno de los defectos de la reconstrucción. En el Líbano la guerra destruyó mucho, pero la reconstrucción también. Ha borrado muchas cosas, ha destruido las cosas frágiles que se pusieron en marcha en los barrios. Todo eso ha desaparecido con la reconstrucción, que ha trazado otros planes para la ciudad. Ahora estamos mucho menos en comunidad, ya no es como en el pasado. Es tanto la modificación del urbanismo como el estilo de vida lo que ya no es igual.

¿Te sentías identificada cuando veías por las noticias Sarajevo, Grozni, Alepo…?

La primera vez que viajé a Siria tendría doce o trece años, fue justo después de la guerra del Líbano. Fuimos de vacaciones porque Damasco está a cuatro horas de Beirut. Cuando descubrí Damasco y luego Alepo en el mismo viaje recuerdo decirles a mis padres: «Qué suerte tienen porque han mantenido su antigua ciudad, su mercado, tienen todo». En nuestra ciudad todo estaba destruido. Ahora, cuando veo una ciudad como Alepo, que era maravillosa, Patrimonio de la Humanidad, con un estilo arquitectónico alucinante, completamente destruida me entristezco enormemente. Como todo el mundo, me quedo boquiabierta con esa huida de los sirios, que están dispersados por toda Europa. Me afecta mucho.

Acabó la guerra y decidiste poco después estudiar Bellas Artes.

Me apunté al mismo tiempo a Bellas Artes y Psicología, pero no se podía hacer las dos por los horarios. Me quedé con Bellas Artes porque sentía que tenía que hacer algo con el dibujo, pero no sabía qué. La primera vez que fui a la escuela primaria, con cuatro o cinco años, era una escuela muy severa y estricta. Yo no lo sabía al principio, era muy pequeñita, y el día antes del primer día de clase, que íbamos todos los niños con nuestros padres a conocer las instalaciones, vi que en un pasillo había un enorme dibujo de El libro de la selva de Walt Disney. Estaba convencida de que iba a ir a clase para poder dibujar algo así. Creía que lo habían hecho los alumnos. Entonces, estaba supercontenta de ir a clase, pero al día siguiente me dieron libros de cálculo, gramática, lengua… y en toda mi escolarización no tuve ocasión de dibujar, porque había muchas materias más importantes. Tal vez por eso, al obtener el título, me metí a Bellas Artes. Fue como un acto de venganza [risas].

Entras en el cómic gracias a la colección franco-belga de tu padre.

La lectura y relectura, y re-re-relectura de los cómics que tenía en casa fue una gran influencia, obviamente. Pero también me han interesado los libros de arte, la pintura y la literatura. Me interesa tanto la parte escrita de un cómic como el dibujo. Pero el oficio de dibujante de cómics no existía en el Líbano. A mí ni se me había pasado por la cabeza que una podría vivir de eso.

Lo que pasó fue que, simplemente, en un momento dado, con veinte años, aún estaba estudiando, me vino una urgencia de contar cosas. De contar la historia de esa calle, del muro. Ese microcosmos que se había hecho entre los vecinos durante la guerra. Tuve necesidad de contarlo, me puse a escribirlo y me di cuenta de que también tenía imágenes que podía dibujar. Gracias al dibujo podía apoyar los textos, tener una huella de esa ciudad que estaba desapareciendo rápidamente. Cuando me quise dar cuenta, estaba haciendo cómics y ya era muy tarde, ya estaba completamente pillada, enredada y atrapada por el cómic. Luego tuve la complicación de encontrar un editor en el Líbano, donde no había interés por el cómic. Decidí entonces irme a Francia.

Se ha dicho que tus viñetas están influenciadas por la pintura figurativa musulmana y tú has hablado de otra influencia también muy interesante, la cinematografía de Jacques Tati.

Sí, sin duda. Tuve mucha suerte, porque crecí en un país, en una familia, donde constantemente, como diría yo, había dos culturas. La oriental, del Líbano, de la lengua árabe, de los tapices que ves cada día, la forma de vivir, la relación entre las personas, que es muy oriental… y también una cultura muy occidental. Obviamente, a través de la lengua francesa, pero también por sus películas, por la poesía, por toda la tradición cultural francesa. Ahora ya no sé de dónde viene qué [risas]. Pero desde que dibujo me dicen que tengo una manera de hacerlo oriental. Es como la escritura, no puedes controlarlo todo, hay cosas que, de repente, surgen. Y una no sabe de dónde vienen, es un poco misterioso.

En relación con mi obra El piano oriental, sí que hay una influencia de Jacques Tati, porque me encanta la relación que hizo con el sonido en sus películas, como en Mi tío, donde cuenta la historia a través del sonido. Hay muy poco diálogo, la narración se hace con la imagen y el ruido de los pasos, el huevo que se rompe… todos sonidos cotidianos que se exageran mucho y se convierten en una forma narrativa igualmente. En mi cómic el pasaje más importante es el sonido, por eso pensé en Jacques Tati.

En este tebeo, El piano oriental (Salamandra, 2016), hablas de tu llegada a Francia. Hablas de la etimología de la palabra «naturalización», la que se emplea para hablar de la integración de los extranjeros, que tiene una acepción, encontraste, relacionada con la taxidermia.

Siempre me intrigó esa palabra y la busqué en el diccionario. Sí que tiene ese significado relativo a la taxidermia, dar aspecto natural a un animal disecado, se refiere a algo fijo en el tiempo. Y me parece absurdo su uso en cuestiones de inmigración. Porque, si estamos naturalizados, estamos en movimiento; el movimiento permanente de la doble cultura, lo que aprendemos, lo que transforma a uno. Me interesa esa postura porque cuando tenemos la suerte de tener dos idiomas maternos o estar expuestos a dos culturas nos encontramos a gusto.

No debemos perder en ningún momento la vigilancia del origen de las palabras, su raíz, cómo suenan… Personalmente, me gusta mucho el hecho de tener esta curiosidad y esforzarme en mirar estas cosas, porque las palabras han viajado. Ya sabes, por ejemplo, que muchas palabras en español son de origen árabe. Eso habla mucho de la cultura de un país, de sus orígenes. Y me sorprendió mucho que, en Francia, nadie haya cambiado el término naturalización referido a los extranjeros.

Llegaste con veintitrés años a París. Siendo árabe en Francia, encontrabas el prejuicio de que para unos evocabas un mundo exótico, para otros, radicalismo islámico… pero siempre clichés.

En Francia pasamos de evocar Las mil y una noches a los barbudos radicales casi sin transición, sin abrir una la boca ya me veían en toda esa gama de colores. Francia es un país muy singular por su pasado colonial. Para ellos, los árabes son los magrebíes por su historia con Argelia. Pero si una viene del Líbano y no es musulmana, cuando su lengua materna es el francés aunque nunca hubiera pisado antes Francia, es algo muy diferente para ellos.

Pero es interesante, porque me obliga a tomar tiempo para explicar las cosas y explicando a los demás te explicas cosas a ti misma. Te obliga a tener conciencia de lo que uno es y cómo se sitúa frente a las cosas. Si uno está en su biotopo natural no se pregunta quién es, pero fuera sí. De repente estás expuesta a esa duda a diario. Para mí, estas reflexiones son una herramienta de trabajo, no un sufrimiento.

Decías en el cómic que para ti el árabe era la lengua de las milicias y el francés un idioma incompleto, porque sin el léxico árabe era imposible expresarse.

Digamos que la relación entre lenguas también tiene unas líneas que se mueven, no están fijadas. A veces estaba más cerca del árabe que del francés y en otros momentos he estado más cerca del francés que del árabe. Son fases que uno experimenta en función de lo que está viviendo. Lo que sí es cierto es que para mí el árabe fue muchos años la lengua de las malas noticias, de la radio, y lo tenía asimilado al terror que sufrimos de una forma muy brutal. Es así, no se me ocurre otra forma de definirlo. Y el francés de pronto tenía un significado de lengua tranquila, de los libros, de la pausa, de las cosas bellas y confortables.

No obstante, cuando me fui a vivir a Francia, fue justo al revés. El francés era la lengua de comunicarme con desconocidos, con la Administración, mientras que el árabe pasó a ser mi tesoro, la lengua de mi intimidad, de mis emociones, de las cosas que solo puedes compartir con muy pocas personas. Ahora mismo son las dos lenguas, no tengo por qué elegir, y las dos pueden vivir perfectamente juntas.

Señalas que las expresiones onomatopéyicas son diferentes también, si en el Líbano hacía frío se decía «aaahh» y en París, «uuuhh».

Es la parte divertida de las lenguas. Puede cambiar la voz también, el tono, hasta la postura física, el ritmo. Uno no se mueve igual al hablar si es árabe, francés o español. Recuerdo que la primera vez que vine a España estaba acostumbrada a Francia. En París, si le pides la hora a alguien por la calle, tienes que decirle: «Por favor, discúlpeme, si usted pudiese darme quizás la hora». Estaba en Madrid, tenía que hacer una escala, hacía muchísimo calor y me fui a comprar un helado. En la cola, una mujer pasó delante de mí y me dijo, directamente y tocándome: «¿Qué hora es?». Y yo: «¡Por fin! ¡Por fin me tocan!» [risas]. El perímetro depende también de qué lengua hablas, si tocas o no al otro. Es muy bello fijarse en estas cosas.

En una viñeta, en una tienda de lencería, va una mujer a comprar y se lleva a sus familiares y vecinas a que le digan cómo le queda.

¿No se hace igual en España?

No creo.

Es el Beirut de los cincuenta lo que dibujé. La clase burguesa que se iba de compras, a la que le hacían ropa a medida, que compraba esa lencería que llegaba de Francia y todo ello estaba acompañado de un ritual. En esa viñeta, concretamente, estaba relacionado con el ajuar cuando alguien se va a casar, en su preparación. Todo el mundo colaboraba en la elaboración de ese ajuar, venía tu tía, tu vecina… Y en el Líbano algo característico es que tu vecina sea alguien prácticamente de la familia. La comunidad era más amplia que la familia estricta. Cuando me mudé a París, el primer día llamé a la puerta de todos los vecinos para decirles: «Hola, soy la nueva vecina, ya he llegado». Y me miraban de arriba abajo y decían: «Pues vale». Y cerraban [risas]. Nunca más volví a ver a muchos de esos vecinos a pesar de vivir juntos.

Ahí recuerdas a Abdallah Chahine, afinador de pianos e inventor del piano oriental, y tu bisabuelo.

Quería contar solamente la historia de mi bisabuelo, al que no conocí, y que diseñó un modelo de piano en los cincuenta. El proyecto era contar su vida, pero, a medida que empecé a avanzar en la redacción, me di cuenta de que no le había conocido y de que teníamos mucho en común, como artistas y artesanos. Él tuvo que irse a Viena para crear su piano. Hubo en su vida también una salida a Europa.

Gracias a él, de alguna manera, me puse a escribir todas las observaciones que había hecho, apuntado, sobre mi llegada a Francia, y sentí que había llegado el momento de expresarlas. Finalmente, este piano que él inventó es una metáfora ideal de la doble cultura. Ese trayecto entre Oriente y Occidente que es incluso mental. Me pareció interesante enlazar las dos historias porque me permite despegarme de una autobiografía pura, me da una dimensión quizá más amplia, y también me permite visitar mi pasado. Este Beirut que mi generación no conoce y que se destruyó. Cuando yo nací ya no existía, un Beirut del que tanto me han hablado cuando era niña y del que ya no queda ninguna pista visual, porque todo ha desparecido.

 

¿Cómo vives el ascenso de Le Pen y la extrema derecha, se nota en la vida cotidiana?

Digamos que es una atmósfera que se está construyendo. Si ves la prensa es bastante desagradable, pero en la vida diaria no lo he notado. Me ha pasado tener algún momento en que buscaba un apartamento y tomas conciencia del tema. Mi físico no es galo y nunca lo será, obviamente. Y tengo el mal gusto de tener un apellido tremendo [risas] y el nombre, peor aún. Ahí lo noto, cuando digo mi nombre.

Luego, como artista que soy, es quizá un poco banal lo que voy a decir, pero es importante, es importante para mí seguir contando las historias de los lazos que existen entre culturas y recordar que las cosas no son tan determinadas, que estamos más cerca de lo que nos quieren hacer creer, porque pretenden que estemos alejados. [Hace una pausa] Aunque lo cierto es que vivimos en un periodo en el que no es nada simple vivir las circunstancias que se están dando no solo en Francia, también en Europa, donde en Hungría y, en fin, en tantos otros lugares vemos cómo la extrema derecha coge fuerza. La verdad es que no puedo apuntar nada más interesante al respecto, lo que se me da bien, y lo que tengo que seguir haciendo, es dibujar cómics.

One Comment

  1. Juan cm

    Muchas gracias por esta entrevista. He descubierto a una gran persona.

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