Restaurante Naomi

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NAOMI
c/Ávila 14 (Madrid) –Tel: 91 572 93 04

Es difícil reparar en el Naomi si uno no está puesto sobre aviso de su grandeza, ya sea por las grandes voces de la alta cocina, entendamos por esto lo que queramos o lo que nos quieran vender, o por el runrún a pie de calle que, generalmente, demuestra mucha más perspicacia a la hora de localizar templos culinarios donde comer bien y punto pelota. Por una vez, ambos tienen razón.

Lindando con el Tetuán más profundo, un barrio del que los restaurantes huyen según van prosperando y encuentran necesario darse una pátina de respetabilidad arrimándose la jungla empresarial del margen occidental de la Castellana, el Naomi no desentona con el entorno y está muy lejos del lujo que solemos asociar a los restaurantes japoneses de calidad. Un estrecho recibidor, donde quien quiera se puede descalzar. Ocho mesas, tres de ellas japonesas, una barra detrás de la cual el sushi-man se afana con el gesto torvo que irreflexivamente asociamos a Tojo, Yamamoto o algún otro Shogun con mala baba, y una cohorte de gatos mecánicos haciendo esa suerte de guiño a la Internacional que a las mentes más paranoicas nos pone los pelos de punta. Es todo lo que necesita para desde hace más de treinta años servir auténtica comida japonesa. Y en platos redondos.

Si uno se centra en lo que importa, no va a quedar defraudado. No falta el aperitivo que acompañe a las cervezas; un atún cocido que ya deja claro que aquellos que no comulgan con las ideas cavernícolas que exaltan las virtudes del crudo también podrán disfrutar lo suyo. ¿Tienes un conocido tiquismiquis que opina que el paso evolutivo que separa el canibalismo del comer pescado crudo es difícilmente discernible? Aquí tiene opciones que no podrá rechazar, entre ellas las especialidades del día. En nuestro caso unos callos japoneses con el picante minuciosamente dispuesto aparte para que cada cual se torture a voluntad, la nuestra siempre es muy firme, y una ración de hígado de rape al vapor con nabo macerado y algas que resultó ser una masa con aspecto de foie, pero que siguiendo (o precediendo) los principios básicos de la cocina moderna en la que nada debe ser lo que parece… ¡miren, no es foie! Por tanto no remueve las conciencias de aquellos que, como nosotros, han encontrado en la guerra al hígado hipertrofiado y al boletus una Causa Justa y Sagrada por la que sacrificarse. Los que consideren que cualquier menú japonés debe incluir su ración de crudo, pueden pedir tranquilamente el sushi o sashimi de pescados variados del día; son fresquísimos y  tan primorosamente cortados que uno se estremece ante la cantidad de horas de práctica y dedos rebanados que necesariamente tienen que haber hecho falta para desarrollar ese arte. ¿Tan buenos y frescos como las raciones que se podrían tomar en el mercado de pescado de Tsukiji? Sí. Que es pescado crudo, oiga. Y a dos pasos tenemos el Mercado Maravillas, no lo olvide.

Dejándose aconsejar por cualquiera de las camareras, amables y serviciales hasta el punto de azorar a las personalidades más tímidas u optando por una de las sugerencias manuscritas en la carta, uno se puede encontrar disfrutando de un plato de pez limón sobre un fondo de arroz y algas que sin temor a exagerar podemos calificar como sublime. O de unas finísimas lonchas de magret de pato. Para terminar, si se quiere dejar claro que se está iniciado en la cultura japonesa y arrancarle la primera sonrisa desdeñosa a la camarera, pidan una sopa de miso; si en cambio lo que se busca es la máxima expresión de la justa medida y comedimiento japonés (o de la insipidez, según se mire), disfruten lo que puedan de una ración de tofu frito.

Naomi es lo más parecido a una casa de comidas tokiota que uno puede encontrar en Madrid varios escalones por encima del no menos conocido Musashi de la calle de la Concha. Y al terminar, para completar una experiencia de felicidad plena tanto si el día es soleado como si no, dense un paseo por Tetuán y disfruten de ese Shibuya que tenemos en el centro de la capital. Hay comercios, hay gentío, hay ruido cacofónico y tiendas de electrónica. Hay salas de juego que no tienen nada que envidiar a las casas de pachinko más psicóticas.  Y si alguien lo pone en duda  porque echa de menos tener un templo sintoísta a mano, que entre en una ferretería de barrio y pida que le expliquen las virtudes de las tuercas autoblocantes. Y a levitar.

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