Cine y TV

Lemmon y Matthau: la teoría platónica de la comedia

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El triunfo artístico es hijo del esfuerzo tanto como del accidente y así el arte está repleto de andróginos; mitades perdidas de un todo perfecto que sólo encuentran el equilibro cuando el destino decide reunirlas. Los ejemplos en la “cultura popular” son numerosos y célebres: Ginger y Fred, Simon y Garfunkel, Lennon y McCartney. Hay artistas que, quiéranlo o no, dan lo mejor de sí mismos en presencia de un compañero y rival con quien forman una entidad nueva, un nuevo ser que es mucho más que la suma aritmética de ambos. Esta complementariedad casi mágica es un fenómeno que sencillamente sucede; es cuestión de química y no puede planearse ni manufacturarse.

Pocas cosas hay tan dependientes de la química como la comedia, que es como el sexo del intelecto y se rige por leyes igualmente indescifrables. La complementariedad de dos cómicos no depende de mecanismo alguno conocido, al menos no de mecanismo susceptible de ser controlado a voluntad. Nadie sabe ni ha sabido nunca cómo se fabrica una gran pareja cómica. La gran pareja cómica aparece; eso es todo. Como en la teoría del Big Bang sabemos cómo y cuándo, pero no sabemos por qué. Contrariamente a la facilidad con que —gracias a la epicúrea flexibilidad del arte del humor— emerge el cómico individual, el tándem cómico genial es una diamantina rareza que, cuando es hallada, suele elevar la comedia a niveles de complejidad inalcanzables para un bufón solitario.

Jack Lemmon y Walter Matthau (enumerados en estricto orden alfabético, anotamos a los más suspicaces) forman una de esas grandes parejas cómicas, si acaso no la más grande. Explicarlos resulta casi tan difícil como intentar reproducirlos; así de insólita es su naturaleza y así de caprichoso fue el accidente de su génesis. Porque, antes de superponerse con la perfección de un eclipse, no eran conocidos como reyes de la comedia.

No ambos dos, al menos, porque Jack Lemmon sí había hecho de su vis cómica un célebre acontecimiento cinematográfico. Le habíamos visto, por ejemplo, fingiéndose mujer en Con faldas y a lo loco y en varios films había sembrado dudas sobre cuál de sus dos facetas era más brillante, si la trágica o la jocosa. Aunque Lemmon estaba especializado en el melodrama —con esa facilidad única para encarnar al hombrecillo medio, sufrido e insignificante que transita innoticiado la vida— su faceta hilarante era bien conocida. Pero lo que no sabíamos aún era que, con todo su inmenso talento y todo su intrincado virtuosismo interpretativo, Lemmon estaba incompleto. Aún le faltaba Matthau.

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11 comentarios

  1. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Coca-Cola, la Guerra Fría y Billy Wilder

  2. Pingback: Lemmon y Matthau: la teoría platónica de la comedia

  3. estaban perfectamente sicronizados, no se pisaban, colaboraban.

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  7. Genial la teoría de la manzana en el cine.

  8. ¡Fantástico! ¡Dos grandes de la historia del cine!

  9. genial post. amaba esa pareja. ahora me parece que tiene cierto futuro la pareja robert downey jr y jude law, buena quimica solo basta con verlos en sherlock holmes y en las entrevistas.

  10. Pingback: AMPLIANDO EL PANORAMA – CINE DE GÉNERO: LA COMEDIA | SABLAZO

  11. Pingback: La extraña pareja

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