No tengo carnet de conducir.
Al cumplir los dieciocho me apunté a una autoescuela, tomé algunas clases y el primer día en que iba a coger un coche me torcí el tobillo al caer por unas escaleras. Una vez recuperado y cuando me disponía de nuevo a hacer una práctica, mi profesor de autoescuela fue atropellado al cruzar un paso cebra, lo que no supe si interpretar como ironía cósmica o injusticia poética. Intento estar atento a las señales que manda el mundo: no creo en Dios, pero sí en los muchos dioses que llevamos dentro los humanos… Así que les escuché y supe que me estaban recomendando amablemente que me olvidara de aquello y empezara a usar transporte público.
Y es que: ¿os habéis parado a pensar realmente en qué son los coches? Moles asesinas de acero y plástico de varias toneladas de peso impulsadas por explosiones periódicas, alimentadas con restos líquidos de dinosaurios muertos, lanzadas a velocidades absurdas por estrechas tiras de asfalto… Sólo una especie de hipnosis colectiva nos impide ver estos bichos como lo que realmente son: máquinas de matar con una sed de sangre insaciable y maligna. Bestias peligrosas.
Pensado fríamente, eso me pone.
1. Crash: el despertador definitivo
Para explicar el porqué de mi frase anterior debo remontarme a 1996, año en que David Cronenberg estrenó esa joya del malditismo cinematográfico llamada Crash, basada en una novela del gran J.G. Ballard. La premisa de la película es sencilla: un variopinto grupo de gente se excita sexualmente con los accidentes de coche y sus consecuencias, y se dedica no sólo al simple sexo automovilístico sino a reproducir con una minuciosidad extrema accidentes famosos como el que le costó la vida a James Dean (y puedo imaginarme qué hubiera pasado si el guión de la película se hubiera escrito tras el choque mortal de Lady Di en París).
La polémica que rodeó a la película en su momento fue muy intensa… Especialmente exaltada en el Reino Unido, donde sufrió un asalto incansable de críticos escandalizados y tabloides que acudieron, como acostumbran, al olor de la sangre. Entre los argumentos esgrimidos contra la película (más allá de los estrictamente cinematográficos y subjetivos de ritmo, narrativa e imagen) figuraban reparos morales, fobias sexuales, escrúpulos políticamente correctos y paternalistas («¡puede molestar a los espectadores que realmente hayan tenido accidentes de coche!») o incluso miedos ridículos (en la línea de «¡estimulados por la película, los locos se lanzarán a la carretera a chocar entre ellos y follar sobre los cadáveres de honrados ciudadanos!»). Sin embargo poca gente parecía estar haciéndose las preguntas que más me interesaban a mí como fan de las sexualidades alternativas y fetichismos varios… Más allá de la literalidad del choque, ¿qué simboliza y encarna esa excitación sexual tras un accidente violento? ¿En qué otras circunstancias (fuera de la carretera, se entiende) puede experimentarse una sensación parecida?
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La fragilidad bonita es mucha debilidad. ¿Quién no tiene corazón?
Jo! Ahora entiendo muchas cosas… como la debilidad que sentía de adolescente por los chicos enfermos, o como me gustaban los calenturones en los labios de mis novios, o como me atraian las heridas, cicatrices y la sangre de los chicos.
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Gran post. Me ha encantado de pies a cabeza. Mi querido amigo Romain. Cuanto le he insistido para que venga a Madrid. Gran tipo.
Ni te imaginas el mundo subterraneo que se mueve entre el medical bondage, ofrecer atención, recibirla. El mundo wannabe, devotee.
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Interesante. Me he acordado mucho de la peli ‘Amores perros’. Concretamente de la historia de la modelo lisiada y el ejecutivo infiel, aunque en este caso sea todo funciona al revés.
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Al igual que nevada, de un comentario anterior, me vuelven loca los tíos enfermos, pero de enfermedad psicológica, traumatizados, heridos en el alma. Fantaseo con aliviarles su dolor interior, con recomponer los pedacitos de su carácter. Una especie de soft porn del fetichismo del dolor…