Pepe Albert de Paco: Un país fallido

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Cuando, en la escuela, elaborábamos listas de países miserables, catastróficos o despreciables, no era corriente mencionar a España. En todo caso, el nuestro era un país que solía encabezar las tríadas de lo risible y montaraz, esa rara categoría que tenía su más alta cumbre en el inextinguible chiste de Eugenio: “Se reúnen las tres potencias mundiales… Grecia, Portugal y España…” Hoy, no obstante, apenas faltan dos suspiros para que España chapotee en una suerte de inframundo que, si bien no puede tildarse de subdesarrollado, se halla a un paso de la quiebra técnica y la bancarrota moral.

Entre el goteo de evidencias que nos adocenan en la podredumbre, en el pesar de ser españoles, ni siquiera falta la salpicadura inhóspita, la cruz al pie de firma, pues somos el país más pirata de Europa, es decir, el país donde más canciones y películas se roban por minuto, lo que, teniendo en cuenta nuestro atraso secular, nuestra ardua relación con las nuevas tecnologías, no es un hito precisamente desdeñable.

Confieso que no le había tomado las medidas a semejante lacra hasta que, no hace mucho, leía una noticia en la que, de forma colateral, un directivo de una multinacional del entertainment decía que se habían planteado la posibilidad de abandonar a su suerte la distribución de DVD en nuestro país. Al parecer, el índice de delincuencia local convierte dicha actividad en un páramo, en una bulla ruinosa, en una afrenta a la más ínfima inteligencia comercial. Si la medida en sí resulta atroz (por desmoralizadora), más lo era la alternativa que sopesaba esa empresa: ceder esa rama del negocio a algún intermediario de medio pelo (nativo, por supuesto) que guste de batirse el cobre en una cueva de ladrones. De pronto, y como por ensalmo, se me apareció la silueta de África en todo su esplendor. Ah, esas polvaredas donde triunfan los ‘estrenos TV’ y, en lugar de un musculado FNAC, se extiende el vocerío de mil manteros ofertando remakes hollywoodienses, versiones pachuli de lo que los lugareños jamás podrán oler de primera mano.

Pensé entonces en la importancia del mercado para el engrase de los goznes sociales. Y no hablo ahora del mercado en cuanto mano invisible o abstracción similar, sino del mercado en su noción más concreta y urgente, la de escaparate infestado de lujurias que embelesan a los niños, la de centro improvisado de recreo, la de nítido horizonte de nuestra limitación. En tiempos, los ladrones trataron de poner a salvo su ya trémulo orgullo en el burladero de la democratización de la cultura (que es como decir la democratización de la gastronomía); al cabo, y tras la consolidación de iTunes, Spotify o aun la plataforma de cuentistas a euro de Cristina Fallarás; ya sólo les queda enfrentarse al único argumento de la obra, es decir, a su irrefrenable apego a la impunidad.

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