Las ciudades visibles

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Las ciudades existen porque han escrito en ellas. Puede que también se hayan hecho otras cosas en esas ciudades, y de hecho todo parece indicar que se han hecho, sobre todo, otras cosas, además de escribir. Se vive, dentro y fuera de los bares, se trabaja algo. Se sufre, se muere, se resucita por las mañanas, casi siempre. La ciudad se pasea y a veces, en fin, se escribe. Es en la literatura donde la ciudad acaba dejando atrás esa visibilidad escurridiza del presente, que es casi una invisibilidad, esa apariencia de decorado oscuro en busca de obra o de autor, y haciéndose por fin real. Esto se ha dicho mucho. Quizá el último haya sido Vargas Llosa, en ese ensayo sobre Onetti (El viaje a la ficción, 2008): “No son las novelas las que imitan a las ciudades (sólo las malas novelas tratan de hacerlo y por eso fracasan) sino las ciudades las que terminan imitando a las grandes novelas que fingen imitarlas y en verdad las inventan.” Hasta el San Petersburgo de Crimen y castigo, que parece sólo una ciudad de interiores, es tan real como el París del flâneur baudelairiano. Ese París del que tanto escribió Walter Benjamin es la recreación de la ciudad, la ciudad que se descubre a sí misma y se gusta. Puede que el principio de todas las ciudades.

Así, París, una ciudad mirándose el ombligo, que es lo que hace el niño pequeño cuando se descubre el ombligo. Y así lo primero que aprende a escribir París es su nombre; en eso también es como cualquier criatura. Baudelaire nos deja París como nos deja sus putas sifilíticas, y ni siquiera hizo falta la novela. Llega el verso, llega odiar a papá, que era general del Estado Mayor (del odio al padre nace la poesía moderna; después, o antes, qué más da, Freud se sube al carro). Es un París traído como una blasfemia, satánico, hedonista, ingenuo, claro, aunque de todas formas acabaremos cargándonos al hombre antiguo, fuera éste lo que fuese, o lo que no fuese. Recoge a Poe y el flâneur, ya se sabe, se hace detective. El paseante acaba creyéndose detective, y, efectivamente, siéndolo. Es lo mismo. Un lógico entre posibles asesinos, entre vecinos. Todos los vecinos son unos asesinos, al menos en potencia. Ya no es el ocioso que pasea y observa, relajado, las costumbres y los tipos; ahora es el perseguidor del desconocido, en general, porque la ciudad es el refugio de los desconocidos. El crimen. La ciudad como espacio sin intimidad.

Escribía Arcadi Espada sobre el tema, la intimidad en la plaza, en la ciudad, al hilo de una película de José Luis Guerín (Recuerdos de una mañana) sobre el suicidio de un vecino. Otro crimen, aunque contra uno mismo. Es la cámara la que husmea, y según Espada, con un tacto irreprochable. Ese territorio de solitarios en el que todos viven con todos, y eso es la ciudad, es también el lugar del relato. La ciudad fue el lugar perfecto para el nacimiento de la ficción, o al menos de un tipo de ficción. Lo que no se sabe, y nada se acaba de saber del otro ahí, se inventa.

La novela tantea todo eso. O tanteaba. Ya no sé. Ahí está Balzac en ese otro París, el mismo París, quizá la fundación mítica de París. La ciudad nos presenta a sus hijos, los sube y los baja de sus novelas, de los tranvías, de los salones y de las duquesas; algunos se revuelven y también se mueren. En ese ir y venir de la pensión a los salones y de los salones a la pensión se plantea ya lo que será la ciudad como gran imán de ambiciosos. Ese paisaje de tejados esconde ya menos. La novela urbana le quita los tejados a las casas. Digamos, Dickens, Londres. Siguiendo a Balzac, que como digo funda París, Faulkner se saca de la manga Yoknapatawpha County, y su capital Jefferson. Si hoy en día el condado de Lafayette no se llama Yoknapatawpha County es porque la administración siempre va muy por detrás de la realidad.

La ciudad, entonces, se escribe. Ese desorden de la ciudad, esa ratonera hermosa, unas más que otras, es cierto, va tomando cuerpo en la novela. La novela es el género. Aparece, es verdad, algo nuevo, el diario o dietario, que también es un tipo de novela, o de ficción. De ese gran diario que es el Livro do desassossego sale una Lisboa que ya quedó. Bueno, Lisboa está en toda la obra de Pessoa. Es posible que la inercia del ojo perezoso ya sólo vea la Lisboa esquematizada, esclerotizada, de un Pessoa de bronce. Lisboa es pessoana, y para verlo no hace falta haber leído a Pessoa. Como Praga es en parte una extensión de la obra de Kafka, sin que haga falta leer a Kafka.

Bernardo Soares, el pobre diablo que se anota en el Livro, y que es Pessoa y no es, busca el paisaje objetivo de una ciudad que cartografía sin apenas salir de sí mismo. Es también un desorden, pero hay más verdad en el desorden literario que en el orden. Ya que de ahí salga o no un paisaje interior es lo de menos, o que esa ciudad sea el paisaje interior de ese hombre, alguien que por cierto existió a medias. Cosa muy borgiana, por laberíntica. Soares es un semiheterónimo, lo que ya es afinar. Y Lisboa ahí; un mosaico deslavazado de lamentos, pasos perdidos, tranvías sin mucha prisa, niebla, rostros cansados, casi siempre anónimos, señoras en las ventanas, la misma señora en todas las ventanas. La ciudad extrañada.

Veo piedad, antes que melancolía, por esos desconocidos que caminan delante, al menos por sus espaldas. Hay un fragmento en el que Soares compara las espaldas de los transeúntes con el rostro de alguien dormido. No es posible odiar a alguien que duerme como no es posible odiar a alguien por la espalda. En esa espalda ama la vida con violencia. Es más fácil, en todo caso, amar una espalda. Es la misma espalda, todas las espaldas se parecen un poco, que come, sola, en alguna taberna, esta vez un poco encorvada. Lisboa toma su sopa. Lisboa toma su sopa, siempre un poco encorvada.

Escribe: “Nâo há nada de real na vida que o nâo seja porque se descreveu ben.” Es eso.

Pienso en el Madrid de Baroja, por ejemplo. Creo que es el Madrid que queda, ese Madrid de principios de siglo. Galdós primero. Madrid, por supuesto, sale más de Galdós que de Mesonero Romanos, y está más vivo en la prosa de Gutiérrez Solana que en otras muchas novelas con Madrid de fondo. Baroja da el Madrid desharrapado de principios de siglo XX en la trilogía La lucha por la vida. En Madrid se ha escrito mucho, y muy bien, que es lo que importa. Hay un Madrid surgido directamente de escritores como Ramón (el Rastro es absolutamente ramoniano, y viceversa), Valle-Inclán, que en dos pinceladas ha dejado inaugurada la bohemia literaria, junto a Cansinos Assens, y más tarde vemos el Madrid de café y sabañón y mesa de mármol de Cela en La colmena. Umbral aparece en los nuevos tiempos de suecas y puño alzado con unos vaqueros como marcando paquete, sin marcarlo; es un Madrid también frío, pero con bufanda, porque la bufanda es muy literaria y Madrid es muy literaria. Es la bufanda que casi quiere escandalizar, con su coqueto abrazo de boa. Siguiendo la estela de Gutiérrez Solana y paseando mucho el Rastro el Madrid de hoy está en los diarios y artículos de Andrés Trapiello.

En fin, Barcelona; Marsé, Mendoza, Casavella. Encuentro un París distinto, muy reconocible, en Modiano. Chicago es Bellow, como ese Tokio futurista y un tanto ochentero es Murakami. Y por supuesto, Venecia.

Venecia es una ciudad absolutamente inventada. Aunque se hunda.

Italo Calvino escribió un libro titulado Las ciudades invisibles. Un catálogo de ciudades inventadas. Calvino inventa todas esas ciudades para poder inventar una: Venecia.

Ilustración: Héctor Quintela

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