Manuel Jabois: ¿Pero de dónde sale?

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Pues oye, le dice el médico, menuda tortícolis parecías tener, has hecho más muecas hoy que en Berlín. Ya lo sé, reconoce Emil, es lo que siempre me echan en cara. En los entrenamientos, en las competiciones, todos dicen lo mismo. Pero no puedo evitarlo, no es ninguna pose. Te juro que hace daño de verdad lo que hago, si crees que no preferiría sonreír. Al menos podrías intentarlo, sugiere distraídamente el médico, levantando la mano para pedir otra pinta. No tengo suficiente talento para correr y sonreír a la vez, reconoce Emil, levantando también la suya. Correré con un estilo perfecto cuando se valore la belleza de una carrera según un baremo, como en el patinaje artístico. Pero yo, de momento, lo que tengo que hacer es correr lo más rápido posible.

Jean Echenoz, Correr

Emil corría desmadejado, con el rostro hundido en un dolor espantoso, cabeceando bruscamente y moviendo los brazos de forma absurda, contraviniendo cualquier ciencia. Emil hacía lo contrario de lo que se debía hacer: se movía sin importarle los brazos, como si le sobrasen, y sacudiendo de forma absurda los hombros de tal forma que levantaba los codos de forma exagerada. “Mientras corre parece un boxeador luchando contra su propia sombra, por lo que todo su cuerpo se asemeja a un mecanismo descompuesto, dislocado, doloroso, salvo la armonía de sus piernas, que muerden y mastican la pista con voracidad”. Emil, un fondista de leyenda, la celebridad que batió 18 récords del mundo y cosechó en Helsinki una hazaña irrepetible al ganar el 5.000, el 10.000 y la maratón, no sabía correr.

Tampoco es que a él al principio le apeteciese mucho. Trabajaba en la fábrica de zapatillas deportivas Bata, en su ciudad, Zlín, donde pasaba el tiempo en departamentos chuscos —pulverizando silicatos, por ejemplo— cuando llegaron los nazis a Checolosvaquia. Ya por entonces había corrido obligado por la firma en alguna competición de propaganda. Odiaba el deporte y a quienes lo practicaban. Como le sucedía a su padre, el summum de su desprecio eran las carreras, que obligaban a usar media suela extra, algo inconcebible en una familia pobre como la suya. Pero contra su voluntad, haciéndolo horrendamente, y quedando en una digna segunda posición, corrió una vez. Así que sus compañeros le volvieron a obligar a correr. Y aunque siempre se negaba, lo hacía con una sonrisa que lo convertía aún más en enternecedor, el joven, rubio y guapo Emil, y se dejaba convencer coqueto. Fue gracias a una competición cuando descubrió cómo se escribía su apellido, pues nunca lo había visto escrito. Salió en un breve del periódico: Zátopek.

De repente se enamoró del deporte con una de esas pasiones salvajes que arrebatan a los hombres la razón. Corrió durante años hasta que se decidió que juntando sus horas de entrenamiento Emil Zátopek podría haber dado tranquilamente tres vueltas al mundo. Y comenzó a pasarse de la raya. Hay algo en la actividad física que trastorna la mente. Superarse a sí mismo es una droga de la que muchos no logran desengancharse. Se llega a un pico en plena edad de oro y la decadencia comienza a aplastar al deportista, que muda la piel entre gemidos de dolor. “Sé”, le dice Rafael Nadal a John Carlin, “que cuando deje el tenis no volveré a ser feliz”. Y así juega uno envuelto en melancolía con la lección más dura sobre la espalda. Pero Zátopek era pobre, tenía todo el hambre del mundo y ni siquiera pensaba en la gloria, sino en correr. Sin saber si algún día lo haría fuera de su pueblo ya entrenaba desaforadamente por los bosques de los alrededores de Zlín llegando a un pacto con su cuerpo en el camino de casa a la fábrica: el primer día caminó hasta el cuarto chopo aguantando la respiración; los dos siguientes, hasta el quinto; luego hasta el sexto, y así todos los días hasta que consiguió llegar al final del camino sin respirar. Se desvaneció. Y se desvanecería una vez más al ducharse en agua fría después de hacer doce rectas a toda velocidad.

¿Usted también quiere correr? ¿Pero de dónde sale?”, le espetó el juez de salida. Emil había llegado al estadio que Hitler mandó construir para no darle la mano a Jesse Owens. El nazismo ya estaba enterrado bajo los escombros de Alemania cuando se organizó un gran campeonato de las fuerzas aliadas. Checoslovaquia mandó allí a un atleta que viajó solo en un trayecto infernal de varios días, subido a veces a la caja de un camión, otras durmiendo sobre un banco en zulos de soldados que se burlaban de él, y cuando llegó a la capital alemana perdió el tiempo buscando el estadio, tratando de hacerse entender en un idioma que nadie conocía. Se presentó allí harapiento vestido con un pantalón corto y una camiseta. En el desfile inicial al soldado Joe le tocó portar el cartel de Checoslovaquia, y cuando vio que detrás de él sólo caminaría este pobre hombre empezó a maldecir en voz alta y con razón: los dos fueron la rechifla de un estadio a rebosar, de tal forma que al terminar el acto Joe tiró el cartel y desapareció sin despedirse. Al día siguiente Emil se sentó en la grada fatigado, casi quedándose dormido, y sólo porque un emigrante checo le dio palique pudo empezar la carrera. “¿Corres los cinco kilómetros?, ¿no sabes que hace ya un rato han convocado a los de cinco mil? Tres veces los han llamado. Mira, están allí todos”. Y Emil cruzó el estadio en diagonal como si le fuera la vida en ello. Llegó jadeando a la salida “y al quedar cegado por un instante, casi se rompe la crisma”. Una vez allí, no lo encontraron en la lista por un error administrativo. Otros atletas respondieron por él y el juez, refunfuñando, le permitió salir.

Nervioso y crispado, harto ya de tanto calvario, Emil decide salir con el turbo a correr sus cinco kilómetros. En poco tiempo y a un ritmo inhumano dobla a todos sus rivales. “Ante eso, ochenta mil espectadores se levantan a una gritando, pues Emil les depara un espectáculo nunca visto hasta entonces: tras sacarles una vuelta a todos sus adversarios, comienza de nuevo a rebasarlos uno tras otro y, conforme ellos acusan el golpe y aminoran la marcha, él va acelerando cada vez más. Boquiabierto o vociferante, pasmado tanto por la hazaña cuanto por esa manera imposible de correr, el público del estadio está enloquecido”. El entrenador de Jesse Owens, de pie, se frota los ojos: “No es normal: este tipo hace exactamente lo que no debe hacerse y gana”. Pero Emil Zátopek sigue acelerando como si corriese los cien metros, que era, en definitiva, lo que había entrenado: correr cien metros una y otra vez. “En las tribunas la gente se enardece, patea, vibra, se exalta, todas las unidades militares jalean su nombre a coro”. Cuando cruza la meta, en lugar de desplomarse, da una carrerita ligera más antes de que una multitud se abalanzase sobre él como si fuese un extraterrestre. El soldado Joe le grita al oído al borde de las lágrimas, haciendo suya la victoria. “¡Sólo uno, sólo uno!”, chillaba histérico. Y en el desfile de la ceremonia de clausura, con el estadio en pie aplaudiendo a Checoslovaquia encarnada en la Locomotora humana, Joe, lleno de orgullo, mira a su espalda y se encuentra a un aturdido Zátopek: “Sólo uno, hostia, sólo uno”.

Emil, explica Chenez, no estaba de acuerdo con que el corredor redujese el ritmo cuando le flaqueasen las fuerzas. Así que cuando se sentía cansado, en cuanto notaba algún riesgo de bajar la velocidad, aceleraba de forma inmediata. “Su suerte, en ese sentido, es que le gusta sentir dolor. Sabe que puede contar con su amor al dolor y consigo mismo: nunca deja que nadie le dé masajes”, escribe en Correr. Y ese modo de entrenarse, algo casi suicida en un jovencito de quien los médicos, asombrados en sus comienzos, esperaban que muriese de un momento a otro al acabar cualquier carrera; esa forma de intercalar un número indefinido de esprints en el medio fondo a la vez que reservaba fuerzas para un esprint final, el más violento y desconcertante de todos, tenía sumidos en la depresión a sus rivales. “No sólo les resulta casi imposible seguir sin descentrarse la pequeña zancada corta, discontinua, desigual y sincopada de Emil, no sólo esos incesantes cambios de ritmo les complican horrorosamente la vida, no sólo esa cadencia extraña y cansada, acompañada de gestos rígidos de autómata, los desalienta porque los engaña, sino que el continuo balanceo de la cabeza, sumado al incesante molino de los brazos, les produce casi vértigo”.

El espectáculo del chico amateur de Berlín se repetiría a lo largo de quince años en todo el mundo. Zátopek fue la enseña comunista de Checoslovaquia muy a su pesar. El régimen lo utilizó como una marioneta, prohibiéndole salir al extranjero temiendo un exilio político, censurándole declaraciones o inventándose entrevistas de él en medios extranjeros donde atacaba sin piedad el capitalismo, por lo que esos países le prohibían el visado para ira del gran atleta, del formidable ídolo que cambió la historia del deporte. Cuando viajaba lo hacía con una guardia pretoriana que lo protegía sólo de sí mismo y cualquier tentación que tuviese, incluida la de pensar en voz alta. Arrasó en Londres 48 y llegó a Helsinki 52 tras varias derrotas y en ambiente de sospecha, aplastado por el comunismo, hastiado de tener metida a la policía secreta incluso en casa. Allí se inscribió por inercia en los 5.000, los 10.000 y la maratón. Que apareciese su nombre en esta prueba fue del desagrado incluso de la URSS, que le parecía absurdo que alguien intentase ya no ganar, sino sacar buenas marcas en tres carreras tan dispares: cinco, diez y cuarenta kilómetros. Emil Zátopek ganó la primera y se propuso quedar al menos tercero en la segunda, pero al ver a dos delante de él (“lo cual siempre le irrita un poco”) se preguntó por qué no y los dejó asfixiados en la recta con un último impulso. Muerto de cansancio se presentó en la maratón, que nunca había corrido. Allí se encontró la oposición oficial de su equipo, que no le permitía salir, tanta era la locura. Pero los saltó a todos por encima. A mitad del recorrido, asombrado, se dirigió al grupo de cabeza: “Yo no entiendo mucho de maratón, ¿pero no estamos corriendo demasiado despacio?”. Y partió volando tras despedirse educadamente. Tuvo tiempo de hablar con el público, guiñar el ojo a las señoritas y contemplar el paisaje de la campiña finlandesa, “alegre marco de abetales y campos de cebada, de rocallas oscuras y abedules, de lagunas rutilantes de sol”. Cien mil espectadores enloquecidos lo recibieron en el estadio.

Zátopek dio un paso al frente en la Primavera de Praga y pagó las consecuencias de la entrada de los tanques soviéticos. Tenía 46 años cuando una de las grandes leyendas de todos los tiempos se fue a trabajar a una mina de uranio para que luego, en un golpe de magnanimidad, el Gobierno lo ascendiese a basurero. Por donde pasaba detrás del camión de la basura con su escoba salía la gente a las ventanas a ovacionarle mientras sus compañeros no le permitían recoger ni un solo residuo, así que Zátopek se limitaba a correr dando zancaditas a modo de exhibición. “No ha habido en el mundo basurero tan aclamado”, escribe Jean Echenoz en este libro magnífico.

Correr (Anagrama), de Jean Echenoz

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9 comentarios

  1. Regina

    Precioso. Me ha encantado. Gracias

  2. Juanjo

    Correr ha sido un fenómeno similar a Soldados de Salamina. Y no digo más.

  3. Alberto

    ¡Yo aún diría más!

  4. Antonio

    Me gusta mucho la reseña. El libro no tanto. La anécdota sobre el maratón de Helsinki procede de Jim Peters, pero no la cuenta exactamente así. Parece ser que Zatopek, al no haber corrido nunca un maratón, decidió seguir a Peters, que tenía el récord del mundo y era el principal favorito. Éste impuso un ritmo muy rápido desde el principio, y Zatopek, ya en el kilómetro 20, le preguntó si no iban muy rápido. Peters, convencido de que Zatopek cedería tarde o temprano, le contestó que el ritmo era lento. Era un broma. Lo que no esperaba Peters es que Zatopek decidiera que, en ese caso, había que acelerar el rimto, y le invitase a unirse él. Pero ni Peters ni ningún otro corredor pudo seguirle, y siguió ya solo hasta la meta.

  5. Anonimo

    » Emil había llegado al estadio que Hitler mandó construir para no darle la mano a Jesse Owens.»

    Por lo que veo esta trola aun hay gente que se la sigue creyendo.

    Extraido de http://es.wikipedia.org/wiki/Jesse_Owens :

    Owens, en su autobiografía (The Jesse Owens Story, 1970), cuenta como posteriormente Hitler le saludó de todas maneras:

    «Cuando pasé, el Canciller se levantó, me saludó con la mano y yo le devolví la señal. Pienso que los reporteros tuvieron mal gusto al criticar al hombre del momento en Alemania.»

    «Cuando volví a mi país natal, después de todas las historias sobre Hitler, no pude viajar en la parte delantera del autobús. Volví a la puerta de atrás. No podía vivir donde quería. No fui invitado a estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca a dar la mano al Presidente.»

  6. Pingback: Pongamos que hablo de correr | Vendiendo humo desde 1983

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  8. Pingback: Jot Down, los reyes del refrito | Maldito Periodista

  9. Monikix

    Gracias,gracias por que me lo he pasado pipa leyendo este artículo.Que hombre más maravillosamente tozudo y que afán de superación!!!
    Y que pena que no sepamos valorarnos por lo k somos independiente mente de como pensemos.
    Que desagradecida es la raza humana,Emil encumbró deportivamente a su País y este se lo agradeció de aquella manera…
    Claro que…el siguió haciéndolo, limpiando sus calles; os lo imagináis corriendo tras el camión mientras seguía soñando con su dorsal?

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