El Palais Wilson de Ginebra es actualmente la sede del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas. En los sótanos de dicho Palacio, que antes había sido sede del Instituto Europeo de Pedagogía, se encontró en 1977 un cajón con documentación perteneciente a una tal Sabina Spielrein, una psicoanalista judía de origen ruso fusilada por los nazis en 1942 y que había abandonado Ginebra en 1923. Entre los documentos encontrados se hallaba el diario personal de Sabina y la correspondencia mantenida entre ésta, Freud y Jung durante varios años. El hallazgo conmocionó la historia del psicoanálisis y revalorizó la figura de Sabina Spielrein, hasta entonces un nombre marginal en acotaciones a pie de página en algunas obras de Freud y Jung. No se explica fácilmente tanto olvido habida cuenta que la Spielrein llegó a psicoanalizar a Jean Piaget y a Ferdinand de Saussure, entre otros. Un relato pormenorizado de estos sucesos lo firmó en 1993 el psicólogo John Kerr con el título de A most dangerous method. Un buen libro en el que se ha documentado David Cronenberg para filmar una excelente película titulada en España Un método peligroso.
Hay que agradecer al cineasta canadiense que se haya ceñido a lo que de verdad se sabe sobre las relaciones de este trío tan dinámico evitando especulaciones divaniformes. En 1904, un neófito psiquiatra apellidado Jung inicia el tratamiento de una joven judía tan rica como histérica ingresada en una clínica psiquiátrica cerca de Zurich. Con el tiempo la joven se enamora del psiquiatra que sufre horrores ante el acoso de su paciente. Su matrimonio se tambalea a la par que se acrecienta su deseo por aquella joven que, recuperada, comparte su interés por el incipiente psicoanálisis creado por Sigmund Freud. La zozobra de Jung le lleva a visitar al maestro en su casa de la Bergstrasse. Era 1907. Esa primera vez hablaron 13 horas seguidas. La última vez que se vieron fue en la misma ciudad en 1913 pero ya no se dirigieron la palabra. La escena en que Freud decide cortar la relación con el discípulo que había elegido para sucederle (mi príncipe heredero) es admirable y renueva el mandato renardiano de que no existe la amistad sino momentos de amistad. Habían colaborado estrechamente durante seis años para poner los cimientos del psicoanálisis. Entre medias, Jung y Sabina Spielrein mantuvieron una relación sentimental tan extraña como apasionada con Freud como testigo interesado.
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«Y el presunto olvido de la Spielrein no es mas que fruto legítimo del encuentro entre el frío de la vida y los cuentos de hadas.»
Impecable, Juanjo.
Es un truño esa peli, amosnomejodas.
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